Análisis

El día en que todos fuimos uno

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A los 15 minutos del segundo tiempo, Scaloni quiso tomar un trago de agua al modo entre sádico y adicto en que lo había estado haciendo una hora antes, pero le erró a la boca y se estampó el pico de la botella en una mejilla. ¿Cómo se llama ese estado de la mente en el que el cuerpo se siente en otro lado sino trasmutación? 

Así como el alma de Scaloni entraba al cuerpo del hincha que hay en él, el nuestro también vagaba de un lado a otro. Desde el banco donde el técnico tomaba las decisiones hasta el rostro de rosácea que adopta Messi en los partidos donde se juega la vergüenza, pasando por  el despliegue de transformer de Rodrigo De Paul y los nervios inteligentes de Otamendi, todos fuimos uno.

Son situaciones de stress en las que la sociedad que vive como una ópera la suerte cambiante del fútbol se extiende en un solo organismo. Pero faltaba media hora para que terminara el partido con el que veníamos fantaseando desde hace décadas, y en el Maracaná estaba ocurriendo una realidad concreta que tenía la incredulidad de un sueño. ¿Vamos a salir campeones en Brasil contra Brasil? ¿Esa realidad es posible? Habían pasado poco más de cuarenta minutos desde el gol de Di María, y el plan era sobrevivir. El asunto era ¿cómo?

En el escenario que Brasil construyó para florearse en 1950, y que no alcanzó a ocupar en la final del Mundial 2014, Argentina ganaba y consumía los minutos en una hoguera donde ardían camisetas amarillas, titulares y suplentes. Fue en ese momento de crisis cuando apareció por fin el “cómo” místico de la Selección: resistir por Messi, para Messi, en nombre de Messi. Jugar para la corona. 

Fue tan transparente la ofrenda, que en su último tramo (extendido de manera insoportable como todos los finales sufridos) el partido se convirtió en un juego que fue mitad un extraordinario fútbol de contención, y mitad sacrificio a lo sargento Cabral, con semblanzas guerreras en la media ensangrentada de Montiel y en los que iban saliendo rotos o amonestados.

El agotamiento invertido en los bloqueos contra Richarlison por derecha y contra Neymar por izquierda, consumió las piernas para el contragolpe. La jugada a la que a Messi se le sale la pila antes de gambetear a Ederson en una de las pocas llegadas organizadas de Argentina en el segundo tiempo, fue la prueba de que el equipo se había adaptado a la motricidad gruesa de la destrucción y el enfriamiento del rival. Más  no se podía hacer. La ventaja a favor no podía no derivar en el retroceso. Es natural, sobre todo en los partidos terminales, entregarse a un reflejo de protección si se hace un gol y no hay diferencias grandes entre los equipos. Son geografías escarpadas del juego donde se demanda una revelación de carácter. Y, al margen de la suerte que tengan, los equipos tienen carácter, o no lo tienen.

Argentina siempre dominó los cimientos del partido. Antes del gol, teniendo la pelota con una distribución amplia, generalmente de adelante hacia atrás. Después, desactivando al rival con presión combinada y de diversa altura sobre jugadores y pelota. Brasil era un dead man walking con su mameluco anaranjado, al que se le iba helando a la sangre en un cadalso lleno de histeria y resignación oculta, de la que la manera en que Casemiro negaba con la cabeza faltando diez minutos para terminar el partido fue un precioso poema visual. 

No ha de haber pesadilla menos recomendable en el fútbol que cuando un equipo asume en su conciencia que no va a ganar. Se veía en las extraordinarias incursiones de Neymar, infladas de megalomanía e impotencia, pero sobre todo de soledad. El ahogo de sus dones, que son muchos, se debió a que estaba enfrentando a un equipo. Porque Argentina tiene un sentido de la colectividad que fue perfilando con altibajos durante toda la copa, y terminó como un hecho consumado a la perfección. 

Ya es hora de una descripción retrospectiva del equipo de Scaloni. Juega a dos cosas, y en buena hora. Ataca con los que saben atacar en operaciones comando de escaso trámite. Con contras largas si corta abajo; o medias, si lo hace donde más le gusta, que es la mitad de la cancha. La presión de ahogo es más bien una carta que se juega como amenaza, pero no es su dinámica dominante. Mientras que cuando defiende es la totalidad del sistema el que lo hace. ¿No es eso un equipo?

Argentina tiene un sentido de la colectividad que fue perfilando con altibajos durante toda la copa, y terminó como un hecho consumado a la perfección.

Es imposible no pensar en que esta final es una rémora de aquella otra, mental, que imaginamos para el Mundial de 2014. Entonces, la ilusión de que la lucha a muerte entre Abel y Caín ocurriera nos impidió dormir durante un mes, recitando la frase de Borges: “¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo”. Pero no pasó nada. Brasil se encontró con Alemania en aquel 1 a 7 de características homicidas, y no llegó a vernos en el Maracaná. Ahora sí nos vio, ganándoles a la uruguaya y tal vez, si el mundo de la magia negra tiene algo de lógica, soñando con dinamitar ese escenario maldito que lleva la tristeza en cada átomo de hormigón.

Los últimos minutos quedarán en el recuerdo como aquellos en los que Rodrigo de Paul concentró las posibilidades, las ilusiones y las funciones de todo su equipo. Presionando en soledad sobre Ederson casi en el descuento, o teniendo la pelota bajo el asedio de varios rivales enardecidos y la línea lateral, fue el argentino que encarnó la totalidad del discurso épico del campeón, y el último jugador del partido, el que apagó la luz de Brasil.      

Esta Copa América no será una Copa del Mundo, así como un Maracaná vacío no es uno lleno. Pero es una gran versión del triunfo más deseado, acorde a la realidad de la época plana en la que vivimos con anhelos pendientes de celebración. Por eso la felicidad es doble y alucinante. Le ganamos una final de América a Brasil en el Maracaná. No puede ser totalmente cierto.            

JJB