DIARIO DE VIAJE
Anatomía de un instante (atroz)
En 1989, 25 años después de quedar inmortalizada como la sede del mayor magnicidio de la era moderna, Dallas comenzó expiar parte de sus culpas. En febrero de ese año, en ocasión del día nacional de los Presidentes, la ciudad, a través de la Fundación de su patrimonio histórico, inauguró el Museo del 6to piso. Ubicado en el downtown, el espacio no fue erigido en un lugar al azar sino en el célebre edificio sobre la calle Elm en el que Lee Harvey Oswald se acantonó aquella mañana de 1963 para asesinar, de tres disparos, al 35Ë mandatario de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy. El síndrome de culpa tenía una razón: aquel episodio, cuyas esquirlas se hundieron en el alma de la sociedad norteamericana, condicionó el pulso de una ciudad que se sintió estigmatizada por ese hecho maldito. Su comunidad, que mucho tuvo que ver con la iniciativa, pensó que el museo era una forma de reconciliarse con la familia Kennedy y con la historia reciente del país. Era una manera de restañar el orgullo local y, a la vez, una forma de canalizar –y monetizar– el deseo de los miles y miles de curiosos que llegaban hasta las estribaciones del lugar atraídos por la historia, por cierto morbo o por la simple curiosidad. Aun con su obvia alusión al magnicidio, la iniciativa es también un homenaje y un recuerdo de una época convulsa pero apasionante, un tiempo cuyas tensiones sociales parecen observarse tras el velo del romanticismo crítico.
Recorrer este ex depósito de libros, adquirido a comienzos de los años 70 por el municipio de Dallas, es una experiencia inmersiva, un viaje hacia una fecha y un lugar. La fecha es más de medio siglo atrás y el lugar, apenas unos metros. El sexto piso funciona, efectivamente, como una suerte de panóptico desde donde se observa, por sus ventanales, la trayectoria de la bala, el lugar exacto desde donde Oswald entró de lleno, de la peor manera, en la historia reciente. Habitar unos segundos ese metro cuadrado y observar desde allí la cruz blanca que, a 80 metros, precisa el destino final del proyectil que trepanó el cerebro de JFK, hiela la sangre. Pero el recorrido también es un muestreo de todo lo que rodeó y jalonó el hecho. Aparecen, distribuidos en paneles prolijamente didácticos, distintos elementos históricos que explican la época y el contexto de la gira emprendida por el atildado presidente por el sur del país –antes estuvo en San Antonio, Houston y Fort Worth–, una región hostil a sus políticas públicas y sociales. A lo largo de esos paneles, una serie de banners funcionan como apéndice bibliográfico del tour. Así es como uno de los primeros cuadros reproduce un anuncio de una página –tamaño sábana– publicado en “The Dallas Morning News” la misma mañana del asesinato, en el que un grupo de hombres de negocios locales le formulan un puñado de cuestionamientos al presidente. Bajo el título “Welcome Mr. Kennedy to Dallas” puede leerse lo siguiente: “Pese a las opiniones de su administración, el Departamento de Estado, el Alcalde, el Ayuntamiento, los miembros de su partido y los ciudadanos de pensamiento libre de Dallas todavía tenemos, a través de una Constitución en gran medida ignorada por usted, el derecho de abordar nuestras quejas, de cuestionarlo, de estar de acuerdo con usted pero también de criticarlo”. Además de un puñado de observaciones clásicas de aquel tiempo como “¿Por qué ha descartado la Doctrina Monroe en favor del ”Espíritu de Moscú?“, se destaca una que llama la atención: ”¿Por qué ud. está a favor de que los EE.UU. continúe con el programa de ayuda a la Argentina, pese al hecho de que el gobierno argentino acaba de confiscar casi 400 millones dólares que son propiedad privada de los norteamericanos?“. No es esa la única referencia a nuestro país, porque en otro panel se hace referencia al legado de JFK y se comenta, al pasar, que ”desde las montañas de Yukón en Canadá hasta una simple ruta de tierra en Argentina, miles de calles, escuelas y decenas de sitios a lo largo del mundo lo homenajean“.
Otro banner da cuenta del nivel de controversia y de violencia –hasta entonces discursiva– que dominaba el clima político tanto local como del país por aquel entonces: “Dallas –explica el cuadro– fue la ciudad más conservadora en el itinerario del presidente por Texas. El amplio proyecto de ley de derechos civiles de Kennedy, introducido en junio de 1963, sin duda le había costado millones de votos, particularmente en el sur. Las encuestas nacionales realizadas en noviembre de 1963 mostraron que la popularidad del presidente había caído a un 59 por ciento. En los nueve meses previos al viaje a Texas, John F. Kennedy recibió más de 400 amenazas de muerte en todo el país”.
Como toda exhibición contemporánea aquí también es posible detectar los hilos invisibles de la posmodernidad. Más en un país que suele sucumbir con frecuencia ante el altar del show business y en donde es común percibir como lo audaz se confunde con lo insolente. Sucede en todos sus pliegues, incluso en los de mayor dolor. Entre la vasta iconografía y la gran constelación de objetos que orbitan alrededor de la galaxia “JFK en Dallas” hay algunas peculiares. Ofrecido como si se tratara de una pieza decimonónica de la monarquía europea, en uno de los brazos del 6to piso sobresale una vitrina angosta y vertical en la que se expone, solitario, el anillo de casamiento de Oswald, el asesino, el enemigo de América al que también mataron horas más tarde de perpetrado su plan. De igual modo, en el pequeño negocio de venta de merchandising ubicado en la entrada del edificio pueden comprarse las emblemáticas “gafas Jackie O” que hizo popular la célebre viuda del presidente. O una remera con frases antológicas de JFK. O una réplica del auto que lo condujo a su destino.
Sobre el final, un gran letrero explica los claroscuros alrededor de la autopsia del cuerpo de JFK, ya que el tratamiento urgente de la herida en su cuello hizo olvidar por completo el orificio producido en la espalda del mandatario, que no fue observado por los médicos que lo atendieron el primer día. Fue una de las tantas controversias alrededor de un caso que siempre navegó en las aguas de la sospecha y nunca pudo responder con total certeza si hubo o no más disparos –en la causa, testigos presenciales declararon que escucharon hasta ocho disparos– o si Oswald fue o no un psicópata suelto o si fue el engranaje visible de una industria de la conspiración.
Como sea, el recorrido no deja de sorprender por su ligera pero palpable “crudeza empírica”, por así decirlo, algo inevitable tal vez al tratarse de un crimen tan atroz como emblemático, un hito oscuro que tanta angustia genera aun en buena parte de los ciudadanos de ese suelo. Llamativamente, lo que no tiene lugar en el museo es la forma en que lo despidió su hermano Robert en el funeral, quien, citando a Shakespeare, demostró que la poesia difícilmente tenga rival a la hora de condensar y sublimar los momentos de mayor desasosiego. “Cuando muera –dijo el senador– llévenlo y divídanlo en pequeñas estrellas, el rostro del cielo se tornará tan bello que el mundo entero se enamorará de la noche y dejará de adorar al estridente sol”.
PP/MG