Festival de Venecia

Laura Poitras gana el León de Oro con un documental sobre el sida y la crisis de los opioides

Javier Zurro

Venecia —

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En una edición de Venecia en la que se han vivido ejercicios de estilo egomaniacos como Bardo y Blonde (ambos financiados por Netflix y ambos de dos hombres), el palmarés dio un golpe en la mesa apostando por obras políticas, contundentes, honestas y directas. El jurado, presidido por Julianne Moore, apostó fuerte dando el León de Oro al documental sobre el sida y la crisis de los opioides en EEUU dirigido por Laura Poitras. All the beauty and the bloodshed era, desde su proyección, una de las favoritas de la crítica y Poitras es la tercera mujer consecutiva en lograrlo.

Uno de los títulos más ovacionados de la Mostra, Argentina 1985, se tuvo que conformar con el FIPRESCI que otorga la crítica internacional. El filme sobre el juicio a la dictadura argentina dirigido por Santiago Mitre no convenció al jurado, pero su gran recibimiento augura que tendrá una carrera larga que puede apuntar al Oscar a la Mejor película internacional.

El trabajo de Poitras realiza un arco narrativo que une el sida en el Nueva York de los 80 y 90 con la crisis actual de los opioides. Lo hace gracias a la figura de la fotógrafa Nan Goldin. A través de su trabajo artístico une ambos momentos convirtiendo su documental en una obra hermosa y en un bofetón al sueño americano. Una mirada desde dentro a la contracultura neoyorquina y al activismo durante las últimas décadas. Una decisión que es, en sí, un acto político. Premiar un documental en un momento en el que el cine se ve dominado por las grandes superproducciones, vacías e inocuas. Hacerlo en la misma edición en la que el Premio del Futuro a la Mejor ópera prima fue para una cineasta que había dirigido varios documentales antes, como si el documental no contara. Si a esa decisión se une el vacío de Netflix, en medio de la discusión sobre la defensa de las salas de cine, el palmarés parece mandar un mensaje claro.

El segundo premio en importancia, el León de Plata (Gran Premio del Jurado) fue para otra obra política y otra de las favoritas en todas las quinielas. Saint Omer -que también se llevó el premio del futuro a la mejor ópera prima al ser el debut en la ficción de Alice Diop-, es un filme que a través del caso real de una mujer senegalesa que abandonó a su hijo de 15 meses en una playa reflexiona sobre el racismo y los motivos por los que una madre puede cometer uno de los crímenes más horribles para la sociedad. Una película potente que no ofrece ninguna concesión al espectador, basando su apuesta a planos largos y fijos del juicio del caso. Y para terminar, otro galardón que es directamente activista y necesario, el Premio Especial del Jurado para Jafar Panahi, encarcelado por el régimen iraní y con una condena de seis años, por No Bears

Un filme donde el director vuelve a interpretarse a sí mismo en una matrioska de historias que se entrelazan. El Panahi de la ficción se encuentra en un pueblo de la frontera de Irán y Turquía, país en el que sus actores ruedan una película basada en sus vidas, las de dos personas que quieren huir de su país. Comienza un juego de espejos sobre el miedo, la necesidad de huir y el compromiso y las consecuencias del cine y el arte. La necesidad de seguir contando ha hecho que Panahi convierta su propio calvario en un caldo de cultivo para el cine más político y comprometido que ahora se ha visto recompensado con un premio que sabe a poco para una de las mejores películas de este festival. 

La que dio la sorpresa fue Bones and All, la película de Luca Guadagnino que se alzó con el premio a la mejor dirección y el premio Marcello Mastroianni al mejor intérprete joven para Taylor Russell. Un drama romántico adolescente con la novedad de que ambos son caníbales. Un juego de géneros que promete más de lo que luego entrega, quedándose en un ejercicio irregular y plano. Guadagnino recordó, como luego hiciera Poitras , se acordó del encarcelado Panahi y dedicó su premio “a la subversión”.

La favorita a la Copa Volpi a la mejor actriz, Cate Blanchett, hizo buenas las quinielas y se llevó su premio por Tar, poco reconocimiento para una de las mejores películas de esta edición, una brillante disección de los abusos de poder con Blanchett como una directora de orquesta implacable. Es cierto que el filme descansa en la colosal interpretación de la australiana y que no ha habido una actuación que se acerque al trabajo de Blanchett, pero es una pena que un filme tan preciso y complejo como el de Todd Field no lograra algo más. Blanchett subió al escenario y dijo que no quería “ser narcisista” y prefirió decir que había visto muy buen cine y que Bardo, ausente en el palmarés, le había parecido una obra maestra.

El favorito para la Volpi al Mejor actor, Brendan Fraser, vio cómo Colin Farrell le quitaba un galardón que casi todo el mundo daba por seguro. Farrell gana su primer premio importante en un certamen por The banshees of Inisherin, lo nuevo de Martin McDonagh. Una de las películas mejor recibidas que también logró el premio al Mejor guion, el mismo galardón que McDonagh se llevó en este festival por Tres anuncios en las afueras.

Un palmarés que dejó fuera a los dos ejercicios más ególatras de la edición, los de Andrew Dominik y Alejandro González Iñárritu. El primero vuelve a encerrar a Marilyn Monroe bajo la mirada masculina en Blonde, decepcionante adaptación de la gran biografía novelada de Joyce Carol Oates que destaca por el trabajo de Ana de Armas. El segundo sepulta por sus ansias de epatar y trascender su filme más personal Bardo, la que parecía que era la gran apuesta de Netflix para este Venecia. La plataforma se fue de vacío. Ninguna de sus cuatro películas rascó premio en un certamen del que siempre había salido aupada para la temporada de premios. Tampoco hubo suerte para el cine español. Ni Penélope Cruz, que optaba por partida doble, ni Juan Diego Botto lograron premio, aunque En los márgenes haya dejado muy buen sabor de boca en su puesta de largo antes de su estreno el 7 de octubre.

JZ