Lucrecia Martel: “La gente que abraza las verdades eternas va a ser la más fácil de engañar”
Lucrecia Martel es algo más que una cineasta. Es una persona que cuando habla el resto calla y escucha, porque sabemos que de su boca va a salir una reflexión que nos haga pensar de otra forma. Igual que sus películas, obras maestras como La ciénaga o La mujer sin cabeza, nos hacen plantearnos las normas del cine establecido, las intervenciones de la cineasta en las clases magistrales que ofrece en universidades y festivales expanden la forma en la que nos cuestionamos todo. Solo hay que recordar aquel emocionantísimo discurso para entregarle el León de Oro honorífico a Pedro Almodóvar. En apenas unos minutos, logró que el cine de Almodóvar resonara en toda su magnitud poética y política.
Martel no se doblega. No se une a las corrientes dominantes. Dice lo que piensa, y lo justifica. Es una defensora acérrima del diálogo, incluso con el que piensa diferente. Así cree que se puede avanzar. Ahora, la editorial Caja Negra edita en un libro esas conversaciones que dio en museos, universidades y que mantuvo con colegas de profesión como la española Carla Simón. Un libro para subrayar frases, para repensarnos. Para intentar, como pide ella, “convocar un destino común”. Uno en el que quepan todos. Los pueblos indígenas, los que viven en los márgenes, los olvidados... Una forma de mantenerse optimista mientras reinventamos el cine, y el mundo que nos tocó vivir como de alguna forma intenta su nuevo filme, Nuestra tierra. Para ella cada palabra cuenta. Cada término es una forma de cuestionar algo. Por eso prefiere contestar a esta entrevista por cuestionario, para poder reflexionar cada respuesta.
-Tengo la sensación de que la desazón es el sentimiento que se desprende de sus últimas charlas, ¿lo sigue teniendo?
-Comparto con la mayoría una preocupación acerca del futuro. Tenemos mucho por hacer para que no sucedan las penurias que imaginamos, y en ese sentido estoy optimista, porque nos quedan todavía jugadas por hacer. Quizás si ha percibido cierta desazón es porque es mucho trabajo.
-¿Hasta qué punto cree que la pandemia y, de alguna forma la llegada de las plataformas, fue un punto de inflexión en esa desazón?
-Todos hemos pensado cosas singulares en esos días. Además de ver animales de excursión en nuestras ciudades, de escuchar pájaros que no sabíamos que teníamos de vecinos, y dormir con menos ruido, además de esas cosas magníficas, unas premoniciones oscuras nos invadieron. La primera, que ya era bastante obvia en Latinoamérica, es que la salud es un lujo de los ricos. Y quien tenga más dinero accede a mejores remedios.
En ningún pueblo se rompieron las puertas de las iglesias para salir en procesión y que la Virgen pare la peste, porque la peste había escapado de un laboratorio y solo otros laboratorios podían detenerla. Nuestros dioses empezaron a palidecer. Eso nos ha pasado. Delegamos la salud en la ciencia. La vacunación fue una nueva forma de comulgar. Al menos las fotos que se publicaron de vacunación se parecían mucho a las de mi primera comunión. Yo, que he perdido la fe hace mucho, no me preocupé por esto.
Ser solidario era quedarse encerrado, esa fue la frase que prendió en mí la alerta. Nos dejamos encerrar por gobiernos que negociaban vacunas rodeados de sospechas de corrupción, haciendo negocios millonarios, mientras los ciudadanos estábamos enfermos o separados de nuestros enfermos. No puede sorprendernos que el interés en la política haya decrecido. La economía se paró, y la economía de las pequeñas empresas se hizo pedazos. Pero los gobiernos vieron cuánto más fácil era gobernar con la gente encerrada y asustada. Y entonces no debe sorprendernos el ascenso de la derecha.
El encierro fue mucho más llevadero porque hace tiempo que nuestro espacio vital se ha restringido. La tecnología de las comunicaciones genera la fantasía de la visita, que es otra cosa. Ir de visita es otra cosa. Comunicarnos con símbolos, con solo sonidos, con imágenes planas, es algo que también hacen las máquinas. Nosotros necesitamos un poco más. Las plataformas nos ofrecieron infinitas horas de series, películas con las que paliar el insomnio, la angustia de que algo sin precedentes nos estaba sucediendo. Y nos doblegamos ante la tecnología y sus gurúes por miedo a la muerte. Aunque fuera también la tecnología del transporte responsable de la expansión del virus, la tecnología de los laboratorios la que afiló los colmillos. Empezamos a sentir que esta Tierra era demasiado chica, demasiado sucia, quizás si fundáramos colonias en el espacio… Y abandonamos nuestro planeta. En nuestro corazón, ya no estamos aquí, la mayor parte del tiempo estamos en el espacio, en un futuro que no necesita de mucha gente. El festival de los ansiolíticos.
-¿Qué rol tiene el cine ante este panorama? ¿Hay una necesidad de, a pesar de ello, ser optimista?
-Voy a llamar cine, como acordamos con Ernesto de Carvalho, antropólogo y compañero clave de Nuestra Tierra, a toda narración que haga uso de imágenes y sonidos. Parece lo mismo, pero es algo que hay que inventar con nuevas ideas de narrativa, de financiación, de distribución. El cine puede alterar la percepción agotada de prejuicios, intoxicada de tecnologías de control. Como antes alteraba a los indios las plantas sagradas. El cine puede permitirnos volver a ver algo que no estábamos viendo, porque las hemos naturalizado. Puede hacernos escuchar cosas que por constantes hemos dejado de escuchar.
Puede que parezca una exageración, pero este cine que deseamos inventar es un buen refugio para toda persona que tenga pensamiento crítico y ame este planeta. Para todos los que sienten curiosidad por los otros de nuestra especie y de otras. No es un cine para enunciar verdades. Y una buena noticia, para ser parte de este cine no hay que hacer decenas de películas, no es un cine para tener una carrera de director de cine, no es un cine para por fin hacerse la pileta en el fondo de la casa, sino para ir en busca de la aventura de habitar un planeta. No es un manifiesto esto, es un deseo que comparto con muchísimas personas.
-Para usted el lenguaje es una forma de encontrarse con los otros. Defiende conversar con gente que no piensa como nosotros, ¿no es cada vez más complicado?, ¿qué puede sacar uno de una conversación con, por ejemplo, alguien de extrema derecha?
-Cuando uno habla con alguien, un rato serenamente, las etiquetas con las que catalogamos a las personas se desvanecen. Ese es el momento donde se puede transformar el mundo. Hay que llegar a esos momentos, cuanto antes. La disposición al diálogo no para evangelizar, sino para entrar en el laberinto del otro, para tratar de comprender cómo ve el mundo. No significa acordar, pero es el primer paso para tener algo en común. Es necesario erradicar la idea de enemigo, porque con esa idea llegamos hasta acá y no estamos felices.
Cuando uno habla con alguien, un rato serenamente, las etiquetas con las que catalogamos a las personas se desvanecen. Ese es el momento donde se puede transformar el mundo
-¿Vamos al cine a que nos den la razón?
-El cine de la sustitución de una verdad por otra es el cine de la razón. Como le decía antes, limitar el cine a la función de informar nuevas verdades, es una pena, porque no se trata de cuál es la verdad que debe ser desbancada, sino de con qué artimañas construimos consenso o imponemos sobre los otros una idea supraeterna a la que todo debe doblegarse. Alguien puede decir, pero debe haber una forma de definir un hecho, algo que ha sucedido. Por supuesto, pero es eso justamente una forma de definir.
-¿No está de moda también una ‘ambigüedad’ que acaba siendo una ausencia de posicionamiento que puede ser apropiada por cualquiera?
-Si está de moda, es cuestión de esperar que pase la moda. No es para preocuparse. De lo que yo hablo no es de no tener posiciones, sino de no imponerse sobre la humanidad como si uno fuera la única cosa buena. Mantenerse alerta porque tampoco las posiciones permanecen fijas. Ojalá me equivoque, pero creo que viene el tiempo en donde creer va a ser un peligro. Antes de creer en una noticia, antes de creer en una imagen, antes de creer en un grito en la calle, vamos a tener que hacer muchísimas operaciones intelectuales, y físicas. La gente que abraza las verdades eternas va a ser la más fácil de engañar.
-Dice que las películas no son nada si no hay una conversación después, ¿ha perdido el cine esa capacidad?
-La oferta descomunal de películas producidas con fines empresariales, me refiero a las compañías que llaman contenido a las películas, no aspiran a la conversación sino a las visualizaciones, los likes, o lo que sea que midan y puedan evaluar económicamente. A veces son muy interesantes, y sin embargo nuestras charlas sobre eso se agotan muy rápidamente. Todos sabemos con total claridad que se produce más de lo que necesitamos. Y lo que se produce, también hablando en general, no surge de una necesidad humana sino de unos objetivos de expansión de las empresas que a esta altura de los problemas energéticos y ambientales resulta incomprensible. Todos sabemos que la cantidad de basura que producimos es inmanejable. Las conversaciones requieren de más tiempo, el pensamiento requiere de más tiempo. Nuestra forma de consumo está marcada por la manipulación y la ansiedad, y eso requiere de aceleración del tiempo. Muchísimas películas quizás tienen el poder de generar conversaciones, pero no en este modo de consumo.

-¿Hay un vínculo entre un cine cada vez más conservador y una sociedad más conservadora donde vivimos el auge de la derecha cada vez más claro?
-El cine las películas, los libros, la música, reflejaban antes a las sociedades donde se producían, pero ahora no lo veo tan claro. Al igual que la comida o la oferta de tecnología personal, lo que consumimos refleja los objetivos de las empresas, y pocas veces el consumidor puede ejercer su voluntad de ciudadano, o simplemente de humano, y elegir. La idea de libertad de oferta y demanda es una falacia que contradice todo lo que nos rodea. ¿Cuánta decisión hubo en la gente en torno a los smartphones? Muchos padres que tienen hijos adolescentes y niños no están tan felices con este invento tal como es, y desearían otro tipo de tecnología.
-Defiende el uso de la lengua y su posible extinción si no nos esforzamos, por otro lado, siento que en las plataformas se vive un momento en el que hay hasta cierta fetichización por la lengua: “la serie más vista es en coreano”, “el éxito de la ficción en español”. ¿En qué momento se encuentra la lengua española en ese sentido?
-Me parece que justamente estamos en un momento de transición en cuanto a las lenguas. Porque las lenguas madres, sobre todo las que han tenido colonias, engrosan el aprendizaje de las máquinas, y están cada vez más disponibles los traductores, las versiones dobladas. Muchas lenguas como el español están en una primavera de disponibilidad. No sé cómo seguirá este fenómeno.
-Apuesta por reinventar el cine, ¿cómo podemos hacerlo?, ¿cómo de importante es que esa reinvención incluya a aquellos que hasta ahora se ha dejado fuera?
-Reinventar el cine requiere, indudablemente, del acceso de personas que históricamente han estado marginadas de esta industria. Cómo se hace esto como política cultural de un país, no sé. Yo sé cómo se hace esto personalmente, en pequeños grupos. Y la palabra clave es salir a la calle, caminar, conversar.
-Leyendo el libro, y tras ver la película, tengo la sensación que Nuestra tierra ha sido una obra que le ha tocado de forma profunda, ¿tiene la sensación de haber hecho —perdón por la obviedad del adjetivo— algo importante?
-Algo importante para mí, sin duda. Algo importante para el norte argentino, muy probablemente. Algo importante para el mundo, ojalá. Tengo claridad sobre lo que deseo hacer en el futuro, no sé si va a ser fácil. La facilidad nunca ha sido la emoción con la que se va a las aventuras.
Es realmente alarmante si un gobierno teme más al movimiento LGTB y al feminismo que a las compañías de extracción de datos de los ciudadanos
-En un momento de crisis política evidente, ¿cree que el cine debe ser más explícitamente político?
-Creo que la crisis excede la definición de política. Todos los días la mayoría de los humanos pensamos, o leemos, o vemos, algo relacionado con la extinción del planeta, la extinción de la especie humana. La posibilidad del reemplazo definitivo del hombre por máquinas inteligentes. La sumisión de nuestros gobiernos a las empresas de tecnología multimillonarias. Nuestra propia ofrenda diaria de datos íntimos a aplicaciones dudosas. Habría que preguntarse qué es políticamente explícito. Creo que el cine de propaganda es muy explícito e inútil, en términos de generar reflexiones. Como dije más arriba el cine puede alterar la percepción, sacarnos un rato de ese río de sustitución de información permanente para entregarnos a otra cosa, a algo que desnaturalice lo que llamamos realidad. Eso no impone una agenda, sino que habilita el pensamiento. Quizás ha llegado la hora del cine clandestino, en los términos de Clarice Lispector, una felicidad clandestina.
-Pide en el libro “convocar un destino común”, y pienso cómo en Argentina Milei rompió el sistema de producción de cine. ¿Se rompió también esa posibilidad de imaginar un destino común, es más difícil ahora?
-Lo más importante que se ha roto en nuestro país es la confianza en la delegación de poder en las fuerzas políticas que lo disputan. Los ciudadanos argentinos apuestan, como se apuesta a una criptomoneda que nos salve, mucho más que a lograr un buen trabajo, o que estudiar sea un camino para lograr un buen trabajo. Cualquiera en Argentina sabe, y esto no es un logro de Milei, viene desde hace mucho tiempo, que las casas más grandes en los barrios son de funcionarios del gobierno. Este gobierno, al igual que el anterior, cree que la cultura es una batalla. Que los enemigos son todos los que no son ellos, pero es difícil entender qué es lo que creen de sí mismos los libertarios, porque no conversan, gritan palabras que suenan bien como libertad, pero inmediatamente las contradicen con actos de restricción a la prensa, a la información pública, a las libertades sexuales de las personas.
Cualquier fuerza política de un país subdesarrollado que no tenga en su agenda la educación como la principal necesidad en un mundo cada vez más complejo para el discernimiento humano, es realmente alarmante. Si un gobierno teme más al movimiento LGTB y al feminismo, que a las compañías de extracción de datos de los ciudadanos para vaya a saber qué fines. Que siga permitiendo que la casa más grande, la fortuna más grande se hace como funcionario, que el narcotráfico se combate matando transas en barrios pobres, desde mi punto de vista, es un gobierno condenado a la irrelevancia.
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