ANÁLISIS

América Latina gira a la izquierda entre la moderación y la división en la región

Ayelén Oliva

Buenos Aires (Argentina) —

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El regreso de Luiz Inácio Lula da Silva inaugura una nueva etapa en América Latina mientras varios líderes del centro-izquierda recuperan el poder en la región. En el último año, el candidato del Partido de los Trabajadores ganó las presidenciales en Brasil, Gustavo Petro fue elegido presidente de Colombia y Gabriel Boric llegó a La Moneda en Chile. Las cinco principales economías de la región, con Argentina y México incluidas, estarán a partir del 1 de enero administradas por gobiernos que se identifican con la izquierda.

Pero este nuevo momento de América Latina poco tiene que ver con la primera oleada hacia la izquierda en la región. El mundo cambió, la situación económica es otra, la inflación erosiona a los gobiernos y a los partidos. La subida del gasto público, que le permitió ganar popularidad y votos a los líderes en una primera etapa, ofrece riesgos cuando la inflación escala. La incapacidad del Gobierno peronista en Argentina de contener la galopante inflación, que ya supera el 83% interanual, es muestra de ello.

Para hablar de nuevo ciclo de izquierda es necesario que exista una convergencia entre los intereses y coincidencia en las acciones. “Los hechos electorales no parecen suficientes para determinar la orientación y las acciones posteriores de un Gobierno”, escribió Manuel Canelas, ministro de Comunicación de la Bolivia de Evo Morales entre 2015 y 2020, en este artículo. Para Canelas, las victorias electorales no son un indicador suficiente para hablar de un segundo ciclo progresista en la región. Habrá que esperar a ver qué hacen, o hasta dónde pueden, una vez en el Gobierno. “Un hecho electoral no es suficiente para sostener afirmaciones ideológicas rotundas”, dice el exministro de Evo Morales con la mirada puesta en Bolivia.

El caso más evidente de la incapacidad de cambio que la izquierda afronta en la región queda en evidencia en el Gobierno de Pedro Castillo en Perú, que además de ser resbaladizo a las etiquetas ideológicas, no ha podido hacer más que esquivar pedidos de destitución en casi dos años de mandato. Una situación de inmovilismo que también vive Argentina, donde el Gobierno de Alberto Fernández, un peronista moderado que llega al último año de gobierno muy debilitado, parece no hacer más que tiempo a una llamada a nuevas elecciones.

Alianzas electorales de izquierda a derecha

La conformación de grandes alianzas electorales amplias, así como vastos acuerdos interpartidarios en el Congreso, para poder ganar una elección no hace más que moderar a los gobiernos. La pregunta ahora en Brasil es hasta dónde podrá Lula. No solo por el peso del sector cercano a Jair Bolsonaro en el Legislativo sino por las tensiones internas. Lula ganó las elecciones gracias una alianza de 10 partidos, que van desde el centro-derecha a la izquierda más radical, con innumerables respaldos personales de líderes políticos, como el de la tercera candidata más votada, Simone Tebet, del mismo partido de centro-derecha que el expresidente Michel Temer, al que Lula llama “golpista”.

Excepto por los casos de Colombia y Chile, países que no vivieron el primer momento con la intensidad de sus vecinos, el resto de los nuevos gobiernos de izquierda que vuelven al poder llegan sin el empuje social de las calles de ese primer momento. Si algo ha debilitado la narrativa de “golpe parlamentario” en Brasil contra la presidenta Dilma Rousseff en 2016, esto ha sido que ni los propios militantes del PT salieron a las calles de manera masiva y organizada en ese momento, como sí en otras épocas, a demostrar el rechazo al nuevo gobierno. “Un Gobierno de centro-izquierda en ausencia de sincronía con un amplio movimiento social activo, es un gobierno meramente administrativo de cambios precedentes, defensivo de antiguos derechos”, explicaba el expresidente de Bolivia Álvaro García Linera en esta entrevista.

División

Es una izquierda que se presenta divida. La supervivencia de Nicolás Maduro en Venezuela, así como Daniel Ortega en Nicaragua, por medio del uso de la fuerza y la conformación de regímenes autoritarios, divide al progresismo en América Latina. El presidente de Chile, Gabriel Boric, ha mostrado más de una vez su condena a la violación a los derechos civiles y políticos en estos países, aportando un poco de aire fresco a la izquierda latinoamericana.

Sin embargo, para líderes como la vicepresidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, el expresidente Evo Morales y posiblemente Luiz Inácio Lula da Silva no es posible ni siquiera imaginar una condena pública a estos países. Las supervivencia de las izquierdas autoritarias en América Latina no hacen más que debilitar la unión entre los distintos gobiernos progresistas en la región. En el primer momento, el bloque era mucho más compacto.

Además, “la segunda marea rosa parece más verde que la primera”, como dice Oliver Stuenkel, doctor en Relaciones Internacionales de la Fundación Getulio Vargas. Si bien presidentes como Gabriel Boric o Gustavo Petro han buscado “reforzar sus credenciales ambientales” y se espera que Lula siga este camino, líderes como Rafael Correa, Evo Morales o Cristina Kirchner, que han defendido políticas extractivistas, ahora no suelen hacer referencias al tema.

Derecha más organizada

Del otro lado, la derecha dentro de cada uno de estos países está mucho más organizada que hace 20 años. A principios de este siglo, los primeros líderes de izquierda tomaron por sorpresa a los exponentes de los partidos que se vieron sorprendidos por victorias electorales contundentes. Pero ahora, los candidatos conservadores han aprendido a desplegar un discurso popular y atender ciertas demandas urgentes, en definitiva, a ganar elecciones. Y además, este nuevo momento está caracterizado por la emergencia de las expresiones de extrema derecha y libertarias, que consiguen traducir en votos el descontento social y llegando a interpelar, incluso mejor que las izquierdas, el inconformismo de esta época.

La radicalización por la derecha del electorado no responde tanto a una preferencia ideológica sino más bien al descrédito de toda la política. Bolsonaro, el hombre sin partido, el presidente que no ha hecho más que desprestigiar las instituciones y las organizaciones políticas, consiguió este domingo seducir al 49% de los brasileños. Es decir, muchos de esos viejos moderados, incluso los tradicionales izquierdistas, han votado a un candidato de extrema derecha.