En Chernígov, los vecinos intentan reconstruir su ciudad arrasada: “Lo importante es que los rusos no vuelvan”

Mariangela Paone / Olmo Calvo

Enviados especiales a Chernígov (Ucrania) —

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Los escombros siguen amontonados a la entrada del edificio, lo que queda de un bloque de nueve plantas con la fachada reventada que deja al descubierto el interior de los pisos vacíos. “Allí vivía una familia de cuatro personas, la madre y una hija murieron, la otra hija sigue grave en el hospital y el padre ha sobrevivido”, cuenta Sergey Lazlo, señalando con la mano hacia los restos de una de las viviendas. Unos metros más allá un enorme hoyo indica el punto donde cayó una de las bombas que los aviones rusos lanzaron el 3 de marzo en pleno día en el cruce entre la calle Chornovola y Kruhova, en una céntrica zona residencial de Chernígov. Murieron 47 personas en lo que se investiga como uno de los crímenes de guerra cometidos por las fuerza de Moscú en esta ciudad a 50 kilómetros de la frontera con Bielorrusia. Los tanques rusos llegaron a esta capital de provincia en los primeros días de la ofensiva y aunque no llegaron a tomarla empezaron un asedio que se alargó durante un mes, con bombardeos constantes que causaron cientos de muertos e hicieron temer una segunda Mariúpol.

“Muchos de los que murieron eran conocidos. Gente hecha pedazos”, comenta Lazlo mientras fuma nerviosamente un cigarrillo. A sus espaldas, un pianoforte yace en el suelo en medio de ladrillos rojos, restos de los muros de lo que era una farmacia. Cuenta que cuando las bombas cayeron los vecinos se encontraban haciendo la cola a la puerta del establecimiento, al que se podía entrar de tres en tres. Había miedo a la escasez de medicamentos. Al otro lado de la calle hay un hospital, también dañado, y otro enorme bloque de pisos donde un misil golpeó las plantas superiores saliendo por el otro lado, como un tiro limpio.

La madre de Lazlo, Tatiana, que tiene 68 años, vive en un bloque a pocos metros de este lugar. Los vecinos han limpiado las zonas ajardinadas entre un edificio y otro pero hasta hace unos días estaban llenas de escombros, restos de muebles, cristales rotos. Al lado de los portales, en pequeñas parcelas precintadas, se han vuelto a plantar flores, en uno más de los símbolos de la resistencia de los habitantes a la destrucción sembrada por la ofensiva rusa. Casi un mes después del fin del asedio, no hay aún agua corriente en este punto de la ciudad y la electricidad ha sido restablecida hace poco. En los patios, unas casetas improvisadas hacen de letrinas para los cientos de residentes de cada bloque.

Durante las semanas más duras, Lazlo dejó a su familia en su casa, a unos kilómetros de aquí, y vino a estar con su madre, para la que acondicionó el diminuto trastero que tienen en los sótanos del edificio. Allí se refugiaron decenas de personas sin agua ni luz ni calefacción, cuando fuera las temperaturas rozaban las dos cifras bajo cero. En algunos puntos de los estrechos pasillos del sótano con las paredes sin alicatar el olor a orina se mezcla con el de humedad. La mayoría de los pequeños locales son espacios inhóspitos y vacíos pero Lazlo trató de convertir el de su madre en un cobijo habitable. En un metro y medio por dos había montado una cama con un colchón, un palé y unos neumáticos; en una pequeña estantería había colocado botes de guisos, medicamentos, mantas y cerillas. Aquí Tatiana pasó 35 días.

“Hoy hemos venido a hacer fotos para enviárselas al abuelo”, dice Olga, la mujer de Lazlo, mientras abraza a sus dos hijos, Yaroslav, de 14 años, y Mijail, de siete. El padre de Olga se fue a Rusia cuando ella era una niña. “No nos cree cuando le contamos lo que ha pasado, repite que aquí son todos fascistas”, dice con indignación. Los niños escuchan en silencio. Desde hace dos días han retomado las clases a distancia, pero su escuela, muy cerca de donde viven, es ahora un amasijo de ruinas. Fue golpeada junto a otro instituto por un bombardeo que causó unos 40 muertos.

“La casa la reconstruiremos, peor es que vuelvan los rusos”

Las heridas abiertas de Chernígov son aún más evidentes en la calle Shevchenka, que atraviesa el barrio de Borovitsa, sobre el que los ataques rusos se ensañaron durante días. A pesar de que el 4 de marzo el cuartel militar colindante con su casa de una planta había sido duramente bombardeado al igual que la comisaría al otro lado de la calle, Valeryi Tosenko y su mujer decidieron volver tras pasar unos días en un pueblo cercano. Junto a su hermana y su hermano habían construido una vivienda para cada uno, pegadas a la primera casa familiar, donde Tosenko nació y donde seguía viviendo su madre. “La noche entre el 13 y el 14 de marzo, mi mujer y yo estábamos en el sofá y fuera hacía mucho frío. De repente se oyó un estruendo enorme y todo empezó a caerse. Sólo quedó de pie el muro detrás del sofá. Salimos vivos de milagro, aún hoy no sé cómo nos salvamos”, cuenta ahora el hombre mientras enseña lo que queda de las casas engullidas por el incendio que se desató tras el bombardeo.

Tosenko es delgado y esbelto pero su figura se empequeñece cuando se acerca al borde del enorme agujero que dejó la bomba, profundo al menos tres metros. Junto a su hermana ha venido hoy para recoger un par de viejas bicicletas del garaje que tenían alquilado al otro lado de la calle y que ha quedado de pie en medio de otras casas en ruina. Para llevársela ha venido con un pequeño remolque y el coche que consiguió salvar de las llamas saliendo disparado hasta romper la cancela de su jardín. “La casa es importante, pero lo más importante es que los rusos no vuelvan, porque la casa la podemos volver a construir”, dice Tosenko con el tono de quien trata de convencerse primero a sí mismo.

Unos cientos de metros más allá, hay decenas de casas, viviendas de una planta con pequeñas huertas y jardines como la de Tosenko, arrasadas. Decenas de metros de destrucción total. Dmitro Mavsloska, un hombre con una larga barba rojiza y un chándal gris, empuja una carretilla llena de bidones de agua, enfila una pequeña calle y se encamina hacia su casa, que sigue de pie, una de las contadas excepciones que se ven por el barrio. Junto a su mujer van repartiendo el agua a los pocos vecinos que siguen allí. Los que pudieron se fueron a medida que avanzaba la ofensiva. En la ciudad quedó menos de la mitad de los 280.000 habitantes que había antes de la guerra.

“En esta zona no hay ni agua ni gas y la electricidad poco a poco la están reanudando. Aquí aún no ha llegado. El agua hay que calentarla con el sol”, dice Mavloska. “Los aviones iban y venían y caían bombas por todos los lados. Un día encontramos a nuestros dos caballos con las cabezas voladas”, cuenta su mujer mientras explica que pasaron todo el tiempo en el sótano de la casa. “Los rusos dicen que bombardeaban estructuras militares, pero esto son casas. ¡Y luego golpearon hasta los cementerios! ¿Por qué bombardearon los cementerios?”, añade Mavloska gesticulando con indignación.

Tumbas reventadas y jardines minados

Los rusos ocuparon el cementerio de Yatsevo, el principal de Chernígov. A la entrada, en una tarde de finales de abril, unos obreros trabajan para reconstruir los muros y la cúpula de la capilla destruida. Al otro lado de la avenida que atraviesa el recinto, unas mujeres quitan capas de pintura ennegrecida de unas oficinas. Varios pequeños carteles rojos avisan de que hay riesgo de minas. No se puede pasear por las tumbas y varias lápidas están reventadas, también en la parte del cementerio dedicada a los soldados muertos desde el comienzo de la guerra en Donbás. En la tradición ortodoxa los días que siguen a la Pascua se dedican a las visitas de las tumbas de familia, donde se llevan flores y comida. Pero en esta tarde de finales de abril, las pequeñas mesas al lado de las lápidas están desiertas. “Tenemos miedo por las minas, sí, pero más miedo teníamos cuando estábamos en los sótanos y caían las bombas”, dice una de las trabajadoras del cementerio.

A Natalia Solomennik en le destruyeron las tumbas de su marido y de su hija. Trabaja de celadora en un hospital de Chernígov, cercano al cuartel destruido a principios de marzo en la calle Shevchenka. Iba y venía todos los días desde Novoselivka, un pequeño pueblo a las afueras de la ciudad, duramente golpeado por los bombardeos. Un enorme agujero se abre justo a la entrada de una de sus principales calles pero hay varios otros a pocos metros de distancia. El terreno es un macabro gruyere. Entre la hierba quedan los restos de las vidas de antes. Un elefante de peluche azul, una almohada blanca... Poco más allá, unas mujeres rebuscan entre bolsas de ropa usada, donada para los que se han quedado aquí sin nada. Otras han acudido a un reparto de pan.

Las colas para la comida

Conseguir comida fue una del pesadillas del asedio a la ciudad. Muchos vecinos, sobre todo los más mayores, sobrevivieron gracias a la ayuda de voluntarios que arriesgaban sus vidas bajo los bombardeos para auxiliar a quienes no podían encontrar otra forma para sustentarse. Aún ahora las mayoría de las tiendas están cerradas y decenas de personas hacen cola en el número 18 de la calle Rokosovskij en el primer día del reparto de bolsas de alimentos organizado por las autoridades locales. Son las 10 y media de la mañana y la distribución acabará a la una de la tarde, pero a medida que pasa el tiempo, el número de personas en la fila no hace más que aumentar y pasa de decenas a centenares bajo el sol que se refleja en las cúpulas doradas de la vecina Iglesia.

Valentina Nartinovich vive sola en la tercera de las 14 plantas del edificio que está en frente. Tiene problemas de artrosis y durante el asedio, sin electricidad, el ascensor no funcionaba. “Salía muy poco para buscar agua porque no había. No podía cocinar, no había agua caliente y así, durante 40 días, donde solo podía contar con la ayuda de algún voluntario”, cuenta mientras los ojos se les llenan de lágrimas. Tras la espera sale del local con su bolsa de alimentos: una botella de aceite de girasol, un paquete de macarrones, harina y harina de avena, tres botes de guisos de carne, café, leche condensada, rebanadas de pan seco. La misma que se llevará su vecina Tamara Goncharenko. “Menos mal que no entraron en la ciudad porque hubiera sido un desastre”, dice esta profesora jubilada que durante 20 años enseñó ruso. “¿Por qué nos hacen esto? ¿Por qué nos han hecho esto si esta es la ciudad donde más ruso se habla? Yo no me esperaba esto de Rusia. Putin está enfermo”.

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