Irán en guerra: la batalla por la hegemonía en Medio Oriente
En agosto de 2023, el asesor de seguridad nacional de los Estados Unidos, Jake Sullivan, declaró públicamente que Oriente Medio estaba libre del espectro de la guerra. Que la región, por fin, parecía encaminarse hacia una nueva era de estabilidad. En septiembre, Arabia Saudita estaba finalizando su ingreso oficial a los Acuerdos de Abraham, normalizando las relaciones diplomáticas con Israel. El 7 de octubre, Hamas realizó una serie de ataques y masacres en territorio israelí, desencadenando una represalia militar tan violenta en Gaza que puede ser categorizada como genocidio. El conflicto se ha extendido al Líbano, Siria, Yemen, Irak, e Irán. En marzo del 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una nueva intervención conjunta contra Irán ha impactado a múltiples países directamente, desde Chipre a Sri Lanka, desbarrancando a todo Oriente Medio en una guerra y erosionando los pilares de la economía global. ¿Cómo se pasó de esa aparente estabilidad a una guerra regional en dos años y medio?
Quizás la respuesta reside en la convergencia de tres procesos históricos que venían desarrollándose en paralelo durante décadas y que, al interrelacionarse progresivamente, disolvieron lo que parecía ser un status quo en equilibrio, detonando una ruptura total y violenta del sistema regional de Oriente Medio .
El primero: la transformación de Israel de ser un garante encubierto del equilibrio regional a convertirse en un aspirante hegemónico.
El segundo: el ascenso de Irán como potencia revolucionaria, dispuesta a formar un bloque contrahegemónico en el sistema regional a su favor.
El tercero: la transición de los Estados Unidos de hegemón externo estabilizador a convertirse en una fuente de desorden y, progresivamente, en un hegemón en retirada.
Israel: de garante encubierto del equilibrio regional a aspirante hegemónico
Desde la guerra fría el principal objetivo estratégico de Israel ha sido evitar que cualquier otra potencia de Medio Oriente se convirtiera en un hegemón capaz de establecer un sistema de dominación regional. Es decir, en un actor capaz de establecer y dictar el orden del sistema internacional de Oriente Medio a través de la coerción y, aún más importante, de un consenso legitimado por la estabilidad y la inclusión. Las ambiciones hegemónicas de competidores regionales son interpretadas como una amenaza existencial para Israel porque le quitaría la capacidad de manejar exclusivamente la cuestión palestina, forzándolo a resolverla, afectando la “sagrada” identificación nacional como estado judío. Para impedir tal escenario, se desarrollaron tres políticas de Estado: 1) «doctrina de la periferia»; 2) el congelamiento de la cuestión palestina; 3) garantía de seguridad de Estados Unidos
La primera fue la llamada doctrina de la periferia: alianzas estratégicas con países no árabes –Irán pre-revolucionario, Turquía, Etiopía–para contener y equilibrar a los rivales árabes directos como Egipto, Siria e Irak. La segunda fue el congelamiento deliberado de la cuestión palestina: mantenerla sin resolución, en un limbo permanente. Y la tercera fue la garantía de seguridad de los Estados Unidos.
Durante la Guerra Fría, la doctrina de la periferia permitió a Israel impedir con éxito que cualquier otra potencia obtuviera una hegemonía regional. Esto se aplica al Egipto de Nasser en los 50's y 60's, y al Irak de Saddam Hussein en los 80's. Impedir la hegemonía regional no era un interés estratégico nacional exclusivo de Israel. El panarabismo republicano de Nasser representaba una amenaza para Arabia Saudita y otras monarquías árabes. Las décadas de 1950 y 1960 fueron testigos de una guerra fría entre Egipto y Arabia Saudita que incluyó una unión nacional con Siria, una alianza con la Unión Soviética y una intervención militar directa en la guerra civil del norte de Yemen. Las fantasías de Saddam Hussein de un Oriente Medio gobernado desde Bagdad también preocupan a los Saudíes, quienes agradecieron, tácitamente, que Israel destruyera el programa nuclear iraqi en 1981.
Los acuerdos de Camp David con Egipto, firmados en 1978, demostraron el éxito de las tres políticas: Egipto abandonaba su pretensión hegemónica, garantizada por la asistencia financiera y militar estadounidense, y reconoció diplomáticamente a Israel, sin abordar la cuestión palestina. El único período en que Israel se sintió cómodo con el orden de Oriente Medio fue en la década de 1990, durante la primera década de la era unipolar estadounidense. Tras la Guerra del Golfo en 1991, ningún país de la región intentó desafiar seriamente el dominio estadounidense, lo que garantiza de facto la seguridad de Israel.
La ausencia de una potencia con aspiraciones contrahegemónicas fue un arma de doble filo para Israel: por un lado, fue el periodo de mayor seguridad internacional para Israel, protegido por un sistema regional totalmente estabilizado por un hegemón externo como los Estados Unidos; por el otro, ya no se podía postergar indefinidamente la cuestión palestina, más aún con la presión de Washington. Sin una amenaza externa que justificara el congelamiento, Israel fue forzada a negociar. Y así llegaron los Acuerdos de Oslo en 1993, y la normalización con Jordania en 1994; Israel parecía no tener otra alternativa que entablar un diálogo serio con los palestinos.
Sin embargo, a partir de mediados del 2000 y 2010, el ascenso iraní le brindó a Israel, con el respaldo de Washington, normalizar las relaciones con Baréin, los Emiratos Árabes Unidos, Marruecos y Sudán sin un condicionamiento al compromiso con la futura creación de un Estado palestino. Arabia Saudí era la siguiente en la lista para normalizar relaciones, pero Hamas torpedeó tal posibilidad. La masacre del 7 de octubre reformuló la política exterior israeli en términos mesiánicos. Ya no bastaba con impedir que un rival intentase alcanzar la hegemonía. La existencia misma del Estado de Israel — según la narrativa que se instaló en Tel Aviv y Jerusalem— dependía ahora de transformar el Oriente Medio para construir una hegemonía propia que garantice la existencia de Israel como estado judío a toda costa, incluso generando desestabilización sistémica.
Irán: la emergencia de una contrahegemonía revolucionaria y anti-imperialista
Israel no es el único actor regional con aspiraciones hegemónicas mesiánicas. Estamos acostumbrados a enmarcar la revolución irani en términos teocráticos pero esto es una visión miope. La revolución de 1979 no es interpretada por los iraníes como una mera transformación religiosa sino más bien como un acto de emancipación anticolonial, una revolución anti-imperialista. El primer momento genuino de soberanía popular en más de doscientos años.
Es necesario entender que durante los siglos XIX y XX, Persia –luego Irán– fue objeto de múltiples intervenciones extranjeras por parte de varias fuerzas imperiales, como los otomanos, los británicos, los rusos y luego los soviéticos, otra vez los británicos y estadounidenses. Durante la primera y segunda guerras mundiales el país fue ocupado y víctima de hambrunas provocando la muerte de millones de personas. La invasión soviética del 46, el golpe de la CIA en 1953 que derrocó a Mossadegh, y la dependencia militar-económica del Sha con los Estados Unidos, no hicieron más que reforzar la visión de un Irán dominado política y culturalmente por fuerzas extranjeras.
Para la clase política irani, entonces, la revolución fue la respuesta acumulada de una sociedad que había sido humillada, ocupada y gobernada por poderes externos durante dos siglos. La misma debe preservarse a toda costa, porque de ella depende la independencia nacional. Esta determinación anti-colonialista sería desafiada inmediatamente durante la guerra con Irak entre 1980 y 1988. La agresión de Saddam, apenas un año después de la revolución, fue apoyada financieramente por todas las monarquías del Golfo, y militarmente por Francia, la URSS, Gran Bretaña y los Estados Unidos. Debido al profundo quiebre revolucionario, Irán, a los ojos del sistema internacional, se había convertido en un actor disruptivo que desafiaba la integridad de los dos bloques hegemónicos de la Guerra Fría, un actor totalmente subalterno. Y como fue con la revolución francesa y la soviética, tal disrupción debía ser puesta en cuarentena y esterilizada.
La guerra con Irak fue el momento de aislamiento internacional más extremo para Irán (si bien la única potencia que en parte lo asistió encubiertamente fue Israel, e incluso la Argentina). El conflicto fue un punto de inflexión determinante y definitorio para la república Irani, ocho años de conflicto, casi un millón de muertos. La soledad y la brutalidad de la guerra fueron esenciales para solidificar el régimen revolucionario, y de esa experiencia, Irán extrajo dos principios que van a definir su política exterior durante las décadas siguientes: 1) el de resistencia económica y 2) el de paciencia estratégica.
El primero consiste en conseguir autosuficiencia estratégica que permita sobrevivir a las sanciones y al aislamiento internacional disminuyendo la dependencia de importaciones e insumos extranjeros para desarrollar industrias nacionales, capacidades científico-militares autóctonas, e infraestructura tecnológica. Crear un Estado que no dependa de insumos extranjeros para funcionar, y de paso consolidar una élite monopolizando el complejo prebendario-militar irani.
La paciencia estratégica, por otro lado, consiste en evitar a toda costa un enfrentamiento directo con Estados Unidos, Israel o Arabia Saudita, y en cambio desafiarlos de modo indirecto y asimétrico financiando y apoyando militarmente organizaciones no estatales y grupos insurgentes como Hezbollah en el Líbano, los Hutíes en Yemen, milicias chiítas en Irak y Siria, y Hamas en Gaza. En términos gramscianos, lanzar un bloque contrahegemónico a través de la guerra de posiciones. Esta paciencia estratégica fue notablemente consistente. Ni los asesinatos de científicos nucleares, ni los ciberataques, ni la muerte de miembros de la Guardia Revolucionaria provocaron una represalia iraní abierta. Y cuando la hubo –como tras el asesinato del general Soleimani en 2020– fue anunciada con anticipación y calibrada para evitar una escalada directa.
El ascenso de Irán en la región no se debió únicamente a sus propias estrategias. Tuvo un enorme impulso externo. Y aquí es donde entra el tercer proceso, que veremos en detalle a continuación, pero antes, es necesario enmarcar el efecto de la Primavera Árabe en el ascenso iraní. Las revoluciones exitosas y fallidas de 2011 fueron una bendición y una maldición al mismo tiempo para Teherán.
Las rebeliones y revoluciones parecieron consolidar el fin de la hegemonía estadounidense en la región e incluso amenazar la estabilidad saudí, pero también sumieron a varios países en guerras civiles, lo que llevó a Irán a tomar un decisión: arriesgarse a perder aliados como Assad o a intervenir directamente para reafirmar su puja por la hegemonía y mantener su profundidad estratégica. Irán redobló su guerra indirecta con Arabia Saudí, pero a un costo inmenso: una sobreextensión difícil de mantener y la pérdida de la legitimidad regional que había ganado en años anteriores. Atacar a soldados estadounidenses y a miembros del ISIS era popular, pero arrasar la oposición democrática siria no lo era. Irán había establecido un corredor terrestre hacia el Líbano y no estaba dispuesto a renunciar a él. ¿Por qué Irán abandonó esa paciencia estratégica en 2024 y decidió enfrentar directamente a Israel?
La respuesta es que la neutralización sistemática del eje de resistencia iraní –Hamas casi destruida, Hezbollah degradados en el Líbano, los Hutíes debilitados en Yemen– fue percibida en Teherán como una amenaza existencial. Como una acción imperialista contra la propia existencia de la república islámica. Era la “profundidad estratégica” la que le brindaba a Irán un poder de disuasión. La eliminación del eje de resistencia podría haber incentivado a Israel a atacar territorio iraní como lo venía haciendo en Siria. Por lo tanto, Teherán debía intentar restablecer la disuasión, quizás escalar, de una manera convencional y simétrica directa.
Estados Unidos: hegemon desestabilizador y en retirada
El tercer proceso es el más paradójico de los tres: el actor que garantiza la estabilidad de la región se convirtió en el principal responsable de su inestabilidad. Tras la Guerra del Golfo de 1991, los Estados Unidos ejercían una hegemonía prácticamente indiscutida en Oriente Medio. Ningún Estado de la región intentaba desafiar seriamente ese dominio. Washington contenía a los actores problemáticos — Irak, Irán, Siria — principalmente a través de sanciones y presión diplomática. Y en ese contexto, Israel vivió su única década de verdadera comodidad estratégica.
Sin embargo, la invasión de Irak en 2003, justificada por el «mesianismo democrático» de Washington, significó una ruptura total del equilibrio regional. La remoción de Saddam Hussein desencadenó dos consecuencias interrelacionadas: una enorme inestabilidad regional y la destrucción del único contrapeso natural que existía frente a Irán en la región. Sin Saddam y con un Irak en guerra civil, contener esa influencia se volvió prácticamente imposible. La Media Luna Chiíta –ese corredor de influencia iraní que iría desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo, pasando por Irak, Siria y el Líbano– dejó de ser una metáfora geopolítica, y una pesadilla para Israel y Arabia Saudita, para convertirse en la realidad. El rol de los Estados Unidos pasó de mantener el equilibrio de poder regional a convertirse en un desencadenante de desorden.
A esto hay que sumar una retirada progresiva. El estancamiento de la guerra de Irak. La negativa a intervenir en Siria en 2013 cuando se cruzó la línea roja del uso de armas químicas. La prolongada reacción contra el ISIS. La falta de represalias contundentes ante los ataques iraníes de 2019 y 2020. La retirada de Afganistán. El retiro de apoyo militar a Arabia Saudí en Yemen. Cada uno de estos momentos fue interpretado por el liderazgo israelí –y por buena parte de los actores regionales, incluyendo Irán– como una señal de que Washington estaba abandonando Oriente Medio a su suerte.
El 7 de octubre no solo reforzó esa percepción, la cristalizó. Convenció al gobierno de Netanyahu de que las garantías de seguridad de los Estados Unidos habían perdido todo poder de disuasión e influencia. Que, si Israel quería garantizar su seguridad existencial, y evitar la hegemonía iraní, no podía depender de Washington, tenía que actuar por su cuenta.
La reconfiguración de la región: hegemonía inestable, guerra, y colapso.
Desde el 7 de octubre, Israel actuó con una lógica clara y consistente: demoler sistemáticamente el eje de resistencia iraní. Gaza fue arrasada. Hezbollah fue desgastado, y el sur del Líbano devastado. Yemen fue bombardeada para neutralizar a los Houthis. Siria fue el último golpe: el régimen de Assad, que durante décadas había servido como puente terrestre para el suministro de armas a Hezbollah, colapsó, en parte debido a un incremento de ataques israelíes en 2024. Acabar directamente con el régimen en Teherán era la última fase para consolidar la hegemonía total israelí en la región.
La visión hegemónica Israeli es ambiciosa. Un Oriente Medio liderado por el poder militar y tecnológico israelí, respaldado por los recursos energéticos y financieros saudíes y del golfo, que sirva de puente estratégico entre el sur de Asia y Europa, a través del corredor comercial India-Medio Oriente-Europa (IMEC). Una nueva arquitectura regional construida y liderada por Israel. Pero hay una pregunta que esa visión no responde. Y es una pregunta que tiene que ver con la diferencia entre dominación y hegemonía. Dominar es imponer la voluntad por la fuerza. Hegemonizar es construir un orden que los propios dominados perciben como legítimo. El primer tipo de poder es efímero y frágil. El segundo es duradero y estable. ¿Puede Israel construir hegemonía si excluye a los iraníes? ¿Si no hay integración de los vencidos, si no hay consenso mínimo? La historia dice que no. Una hegemonía sin legitimidad es una receta para la inestabilidad permanente. Es, en términos gramscianos, una anti-hegemonía o hegemonía anti-gramsciana.
Por su parte, Irán, con su eje de resistencia destruido, tomó la decisión que hemos descrito: abandonar la paciencia estratégica. Atacando Israel, instalaciones militares estadounidenses, contra la infraestructura estratégica del Golfo; y desestabilizando el régimen energético y economía global. No para ganar una guerra convencional sino para infligir el máximo daño posible, restablecer la disuasión y garantizar la supervivencia del régimen. La militarización, monetización y bloqueo parcial del estrecho de Ormuz por parte de Irán refleja el reemplazo de la paciencia estratégica por una prolongada guerra de desgaste.
A esto hay que sumar los Estados Unidos, que habían pretendido retirarse, y que ahora se ven obligados a volver a involucrarse directamente. Porque cuando el desorden que generaron supera cierto umbral, ya no puede mantenerse al margen. Entonces, ¿cuál es el panorama? Tres actores en colisión. Una hegemonía en retirada que no puede retirarse del todo, y que continúa desestabilizando. Una hegemonía en construcción que busca dominar sin consenso. Y una contrahegemonía en derrumbe que continúa resistiendo. La fórmula perfecta para una desestabilización prolongada.
Un Irán muy debilitado y contenido podría terminar siendo bien recibido por la región, pero la alineación estratégica de intereses israelíes y árabes se rompería, e Israel se vería presionado a negociar una solución a la cuestión palestina. El actual intento desmedido de Israel por lograr la hegemonía no tiene precedentes en su historia. En parte es reflejo de las fuerzas extremistas y mesiánicas que gobiernan el país y que no resuelven tensiones domésticas institucionalmente, sino a través de la represión y el autoritarismo. La guerra perpetua externa es en parte una válvula de escape de presión irresuelta interna. En Cisjordania, la violencia de los colonos y el desplazamiento de palestinos se han intensificado rápidamente desde el 7 de octubre, y el gobierno israelí ha modificado discretamente el marco legal de la ocupación para facilitar la anexión del territorio. En la región existe el temor a un posible “traslado” de tres millones de palestinos a Jordania y dos millones a Egipto.
Al basarse exclusivamente en la guerra y aspirar a la aniquilación total de sus enemigos, Israel busca una dominación regional que no integra a los vencidos, sino que los excluye y los transforma en «nuevas Gazas». Sin embargo, el ciclo de resistencia palestina mediante la violencia y la represalia israelí debería servir como prueba de que la táctica regional de «gazificación», es decir, el uso exclusivo de la guerra total para lograr la hegemonía regional, podría, en última instancia, ser la ruina de Israel. Si, en cambio, Israel realmente aspira a liderar la región, tendrá que incorporar a los palestinos a su bloque hegemónico y no relegarlos a “bantustanes árabes” o continuar a exterminarlos indiscriminadamente.
En todo caso, postguerra de Irán, otras potencias regionales comenzarán a formar bloques o alianzas estratégicas para disuadir posibles políticas coercitivas israelíes. Esto quizás ya haya comenzado. El ataque israelí en Doha en septiembre de 2025 aceleró el pacto de defensa mutua entre Arabia Saudí y Pakistán, con Turquía, Egipto, e incluso Qatar interesados en asociarse para contener a Israel, que quizás solo cuente como aliado a los Emiratos Árabes.
Las acciones de Washington parecen confirmar que los Estados Unidos han abandonado toda pretensión de ser un poder hegemónico responsable e influenciable, con la capacidad y con la voluntad de mantener la estabilidad del orden internacional. Como en el 2003, el hegemón, esta vez en retirada, está generando inestabilidad sistémica y delegando su hegemonía en Israel que, por ahora, destruye pero no construye.
Paradójicamente, el régimen iráni, que estaba atravesando su peor crisis de legitimidad doméstica debido a la emergencia económica, el colapso infraestructural, y la matanza de miles de manifestantes en enero de este año, parece haber sido capaz de resucitar cierto tipo de apoyo interno. Esto por que, por ahora, ha resistido, y sobrevivido, a lo que considera una agresión imperialista cuyo objetivo histórico es la dominación colonial del pueblo irani y no su liberación. En parte esto provoca una mayor radicalización del régimen, pero una que, eventualmente, deberá aceptar reformarse para evitar una posible ruptura más profunda y determinante que la reciente.
Para concluir, esta tercera Guerra del Golfo es un quiebre en el sistema internacional regional al abrir las puertas a una reconfiguración total de las relaciones de poder de Medio Oriente. La única forma de que un nuevo orden regional sea lo suficientemente estable para evitar una cuarta guerra del golfo dependerá de que potencia o potencias lideren un nuevo bloque hegemónico, a qué costo, y con qué grado de legitimidad. La historia nos enseña que el uso de la fuerza para resolver problemas políticos complejos siempre es estéril y, a menudo, contraproducente. Quienes lideren la hegemonía regional deberán optar por la estabilidad y la inclusión de adversarios, de lo contrario podrían encaminarse hacia un suicidio collectivo.
EG/MG
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