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Escapar de la barbarie talibán entre amenazas de muerte por ser mujer: “Afganistán sufre un apartheid de género”

Roya Musawi trabajando como periodista en Afganistán.

Rubén Alonso

Santander —

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El mundo fue testigo en agosto de 2021 de un acontecimiento devastador en Afganistán: los talibanes tomaron el poder tras dos décadas. Entre el caos y el miedo, muchas personas buscaron escapar de un régimen conocido por su brutalidad y su opresión, especialmente hacia las mujeres. Fue el caso de Roya Musawi, una joven periodista afgana que entonces trataba de labrarse su futuro en ese contexto tan adverso, pero que se vio obligada a escapar de la barbarie con tan solo 26 años.

Su testimonio no es solo una crónica de fuga y supervivencia, sino también una mirada íntima al duro proceso de integración en una tierra extranjera que ahora es su casa y a la que agradece la oportunidad que le ha dado –a ella y a su familia– de empezar de cero. Y es que la vida en Afganistán para Roya y para muchas mujeres fue un campo de batalla constante contra la represión. En su caso, logró avances significativos: fue a la universidad, vivió sola en Kabul y colaboró con la economía familiar. Sin embargo, la llegada de los talibanes significó un retroceso dramático: “Afganistán sufre un apartheid de género”, denuncia esta periodista en conversación con elDiario.es.

Así, los derechos conquistados durante veinte años han caído en saco roto: el cierre de las escuelas para niñas tras la educación primaria y la prohibición para mujeres de acceder a parques públicos o de ocupar el asiento del copiloto de un vehículo son solo algunos ejemplos de las restricciones impuestas. “Los talibanes han eliminado a las mujeres de la sociedad”, lamenta Roya.

Cuenta, además, que nada más llegar al poder sustituyeron las facultades de arte y filosofía de las universidades por religión. “Dentro de cuatro o cinco años tendremos más terroristas y más extremistas, y esto puede ser un peligro para los países de alrededor y para la comunidad internacional en su conjunto. Afganistán se convertirá en un nido de terroristas porque lo verán como una zona muy segura para ellos”, explica, resaltando la importancia de la educación para evitar extremismos. “Es la base de todo”, subraya. “Si no hubiese estudiado no sería la persona que soy ahora”, señala.

Roya y su familia vivían en Ghazni, a unos 130 kilómetros de Kabul. Llevaban una vida tranquila, dentro de las circunstancias, ya que también fueron víctimas de episodios de represión estremecedores: su padre, que regentaba un supermercado -que fue bombardeado y tuvo que sobreponerse a sus consecuencias- fue golpeado y detenido hasta en dos ocasiones. “Probablemente porque somos parte de la comunidad musulmana chiíta, una minoría”, señala Roya. Además, en otra ocasión, y con ella como testigo, golpearon a su madre mientras estaban de compras porque salió en público sin un hombre que la acompañara.

Cuando los talibanes comenzaban a recuperar el poder, Roya estaba empezando a ejercer como periodista. Para ella, según cuenta, era muy difícil hacer su trabajo porque, por ser mujer, le negaban el acceso a información para sus entrevistas y reportajes. “Yo llevaba burka solo para protegerme”, añade, expresando la incomodidad que le suponía ponérselo mientras usaba su cámara, pone como ejemplo.

Cambiar la ropa a color blanco

No obstante, el suceso que marcó un antes y un después en su vida profesional fue una llamada que recibió desde un número oculto cuando regresó a casa de una jornada laboral. Al otro lado de la línea se identificó un comandante talibán, quien le aseguró que si no dejaba de trabajar como periodista cambiarían su ropa al color blanco, como se utiliza en los ritos funerarios en el Islam. Esta amenaza de muerte lo cambió todo para ella. Estuvo un mes recluida en casa, sin tener contacto con el exterior por miedo a poner en peligro tanto su vida como la de su familia.

Posteriormente se fue a Kabul, a la capital, donde encontró trabajo como asistente de comunicación de una ONG. Y ejerció allí, casi de forma clandestina –ya que no publicaba nada de ello en sus redes sociales para proteger a su familia–, hasta que la capital fue tomada por los talibanes. Entonces recibió una carta de evacuación del Ministerio de Asuntos Exteriores de España. Sabía del desafío que supondría pasar los puntos de control, pero ella y su familia se aferraron a la oportunidad que se les había brindado por arriesgada que fuera.

La huida estuvo marcada por intimidaciones y violencia. Las largas esperas entre un punto de control y otro, todos ellos militarizados, fueron lo más parecido a un “infierno”. Por un lado, las amenazas, los golpes y los disparos al cielo de los talibanes. Por otro, el miedo y la incertidumbre de lo que les depararía tras dejar su vida en Afganistán. Después de 22 horas sin dormir, Roya y su familia finalmente encontraron refugio entre soldados británicos y españoles, un contraste abismal respecto a lo que habían vivido previamente con los talibanes.

Al llegar a España fueron recibidos por Cruz Roja. Y en Cantabria, concretamente en Santander, arrancó la nueva vida para Roya y su familia. El proceso de adaptación e integración, según cuenta, fue complicado: “Cuando llegué aquí no conocía a nadie, no sabía decir 'hola' en español, fue un trauma muy fuerte”, recuerda. A pesar de las dificultades, la comunidad local la acogió, ayudándola a superar las barreras del idioma y la cultura. “Agradezco mucho al Gobierno de España y a la gente de aquí cómo nos ha acogido”, señala.

Roya encontró trabajo como intérprete y traductora para otros refugiados afganos a través de la Asociación Nueva Vida, lo que le permite utilizar su experiencia para ayudar a quienes enfrentan un camino similar. Este rol no solo es una oportunidad de empleo, sino también una vía para su propia integración y adaptación a una nueva vida en España. “La asociación me ha dado una nueva vida literal”, afirma con satisfacción.

Ahora, cerca de cumplir tres años en Santander, Roya reflexiona sobre lo que ha vivido y las paradojas que rodean su situación: “Los extraños nos trataron como seres humanos, mientras que compatriotas afganos nos golpearon y dispararon como si fuéramos animales”, expresa. Y aunque añora trabajar como periodista, que es su objetivo a largo plazo, reconoce que el camino no será fácil. Sin embargo, su determinación es firme, alimentada por el deseo de una vida mejor y más segura para ella y su familia, lejos de la sombra opresiva de los talibanes.

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