La estación de Odesa, la puerta de salida para huir del sur ocupado de Ucrania

El andén en la estación de Odesa lleno de pasajeros que intentan salir de la ciudad.

Gabriela Sánchez / Olmo Calvo

Enviados especiales a Odesa (Ucrania) —

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Cae la noche y parece hora punta en la estación de Odesa. En una gran sala de la segunda planta del antiguo edificio, decenas de desplazados esperan, sentados en sillas blancas de plástico, la confirmación de la salida de su tren. Es el lugar donde llegan muchos de los ucranianos evacuados de algunas de las localidades del sur del país más atacadas por las tropas rusas, un punto de paso aún seguro para quienes quieren continuar su camino hacia la Unión Europea.

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Una abuela que se despide de su nieto, que pasará una temporada en Austria apoyado por los compañeros de un equipo de fútbol. Un militar agarrado de la mano de su niña, a la que hace carantoñas, minutos antes de decirle adiós. Una mujer en silla de ruedas, ayudada por el resto de su familia. La música suena a través de los altavoces de los andenes cuando se acerca la salida de uno de sus trenes.

Desde el inicio de la invasión rusa, más de 4,6 millones de refugiados han abandonado Ucrania, pero antes de cruzar la frontera y llegar a su lugar de acogida, muchos atraviesan su país con el miedo de que algo pueda ocurrir en el trayecto. Sentirse arropados por los miles de voluntarios ucranianos, movilizados en ciudades más seguras como Odesa o Leópolis, calma la incertidumbre de un viaje decidido a menudo de un día para otro.

“Solo buscamos estar seguros”

Faina y Sasha han pasado siete horas en la estación de la ciudad portuaria, después de haber abandonado su hogar de madrugada en uno de los autobuses facilitados por las autoridades locales para la evacuación de población civil desde Mykolaiv, en cuyos alrededores aún se encuentra uno de los frentes de la invasión rusa. La pareja de ancianos, de 71 y 75 años, acaban de escuchar que han cancelado su tren, están agotados y ahora tendrán que dar un rodeo mayor hasta llegar a su destino final, Hungría. Pero no se quejan, solo tienen palabras de agradecimiento.

Agradecen estar seguros, después de vivir con el miedo en el cuerpo durante las últimas semanas. Agradecen no haber tenido que abrir la bolsa con comida que prepararon el día anterior a su huida, porque los voluntarios de la estación de Odesa les han recibido con comida caliente. Acaban de abandonar el hogar en el que han resistido hasta ahora, según cuenta Faina, a pesar de la insistencia de su hija, residente en Hungría, el cuarto país por el que más refugiados de Ucrania han pasado desde el inicio de la guerra. “Nos decía: ven, ven, ven. Nosotros nos negábamos, pero ya era demasiado”, dicen resignados a punto de tomar un tren que les trasladará a Leópolis, para cruzar la frontera a pie y, de ahí, viajar hasta la localidad donde reside parte de su familia.

Ya en la estación y rodeados de maletas, sin saber aún del todo bien cómo llegarán a su destino, la pareja asume la decisión de marcharse: “Ahora no nos importa tener una casa, no nos importa tener nuestras cosas con nosotros, solo buscamos estar seguros”, dice Sasha con un gorro de lana sobre la cabeza y la mirada desencajada. No conocen bien cuál será su recorrido, pero estar tan acompañados por voluntarios en cada uno de los puntos de su trayecto les da seguridad.

La noche de este domingo, Faina estaba cocinando cuando vio en la televisión que había una alerta de bombardeo. No llegó a escuchar las sirenas, pero sí el estruendo causado por el impacto de un misil en un lugar indefinido de Mykolaiv. Fue su último susto, pero la decisión de dejar Ucrania ya la había tomado días antes junto a su marido. Estaba en la cama, dormida, cuando el rugido de un proyectil la despertó como nunca antes lo había hecho.

“Fue como si la cama volase. Todo temblaba. Parecía un terremoto. Cayó muy cerca de casa, al lado de un hospital”, dice la señora. “Ahí tomamos la decisión. Ya no podíamos esperar”. Viajan con una pequeña maleta militar y un par de bolsas de plástico. “Llevamos algunas mudas de invierno y de primavera para cada uno. No traemos apenas ropa de verano. Para entonces esperamos estar de vuelta”.

Sasha muestra una caja de plástico transparente que decidió traerse consigo. Lleva decenas de papeles para liar cigarrillos. En una caja metálica, el tabaco, que abre para enseñar el olor de su interior. También muestra con cuidado la pequeña máquina con la que los prepara: “Así sale más barato”.

Evacuados de Jersón

A su lado, Valentina posa sobre sus piernas al protagonista de la sala de desplazados de la estación de Odesa. Un pequeño gato anaranjado, de tan solo dos meses y pelo suave. Viaja con su hija, de 15 años, que posa su cabeza sobre el hombro de su madre. Vienen de Jersón, una de las ciudades del sureste de Ucrania ocupadas por las fuerzas rusas. “Hasta esta semana no había opción de salir de allí, era muy peligroso”, cuenta la mujer mientras acaricia a su mascota.

Lograron escapar a través de una caravana de evacuación preparada por una organización religiosa, explica. “Supimos que había esta posibilidad hace una semana y decidimos unirnos. Nos daba miedo, pero ha sido tranquilo”, cuenta la mujer, que no ha tenido otro remedio que convivir con las tropas rusas que ocupan su ciudad. “A veces te encuentras con ellas, pero intentaba ser discreta y no molestar para que no pasase nada. A algunas personas les han quitado los teléfonos o los coches…”, relata. Llevaban semanas con dificultades para comprar comida y medicamentos.

La conversación se interrumpe con los gritos de un voluntario de la estación. “¡Quienes vayan en el tren de evacuación que se coloquen a la derecha!”, dice en ucraniano, para tratar de organizar a los recién llegados a Odesa y explicar el cambio de planes tras la modificación del destino del convoy, que ahora se dirigirá a Leópolis.

Ella no se unirá a ese tren. Espera otro ferrocarril con destino a Alemania, pero la pareja de ancianos se levantan apurados y empiezan a preparar sus cosas para trasladarse al lugar indicado.

Al otro lado del espacio diáfano, varios miembros de una familia se apoyan sobre una pequeña mesa de plástico. También de Mikolaiv. No pensaban salir de su ciudad, pero lo hicieron por su abuela. La señora, de 72 años, intenta escuchar a su hija mientras ella baja el volumen de su voz para que no llegue a oírla. “Es diabética y su medicación cada vez era más difícil de encontrar. Por eso nos vamos. Quedarnos podría ser peligroso para ella”, dice su hija y la madre del resto de la familia, Ana. La falta de acceso a medicamentos les asustaba más que el sonido de las bombas a las que, según su hijo de 15 años, ya llegaban a habituarse.

Charlan con calma hasta que casi todas las personas que les rodean se levantan con premura. Salen disparadas hacia las escaleras de la estación. El hijo confirma que ya ha llegado el momento de partir. Su destino final es Polonia, el país europeo por el que más refugiados ucranianos han pasado y donde serán acogidos por unos parientes. Pero todavía les faltan varios tramos del viaje.

El grupo de desplazados camina hacia el andén. Apenas hay luces para vislumbrar el número del vagón correspondiente. En una de las pocas farolas, suena música a través de uno de los altavoces poco antes de la hora de salida. La gente se arremolina alrededor de la puerta del tren. Todos irán en el mismo vagón, pero la entrada es tranquila. Faltan unos minutos para la salida del convoy con destino Leópolis, la región que mayor cantidad de desplazados internos alberga.

Desplazados que se quedan en Ucrania

La población de las zonas más seguras del país se ha volcado para atender a los desplazados, a sus vecinos empujados por los ataques más duros del conflicto. Unos se van, pero otros se quedan. ACNUR estima que alrededor de 10 millones de personas han abandonado sus hogares pero han permanecido dentro de Ucrania.

En la simbólica ciudad de Odesa, Irina tejía este lunes unas redes militares para apoyar al ejército ucraniano. Ella salió de su hogar durante las primeras semanas de guerra para acompañar a sus nietos hasta la frontera con Rumanía, pero su intención siempre fue volver a su ciudad, Jersón. Nunca pudo.

La ocupación rusa imposibilitaba su regreso. Ahora busca ayudar para evitar pensar demasiado en la seguridad de su hijo, su madre y su suegra. Todos se han quedado atrapados en la ciudad o alrededores. Teme dar muchos detalles para proteger a su familia. No quiere irse del país. Cuenta que ella nunca quiso marcharse. Irina esperará en Odesa para estar preparada para volver.  

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