Rafael Grossi, director del Organismo Internacional de Energía Atómica de la ONU

“La guerra va a dejar cicatrices en materia de proliferación nuclear. Hay que evitar que el genio salga de la botella”

Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica de las Naciones Unidas (OIEA).

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El director general del Organismo Internacional de Energía Atómica de las Naciones Unidas (OIEA), el argentino Rafael Grossi, advirtió que la guerra en Ucrania atraviesa un “momento crítico” en materia de seguridad tras las alamas declaradas en la central nuclear de Chernobyl, en el noreste de ese país, y la más reciente en la central de Zaporiyia, sobre el río Dnieper, considerado el mayor complejo nuclear de Europa. Grossi además aseguró que las centrales de Ucrania aumentaron sus niveles de radiación desde el comienzo de la guerra, “por el solo efecto del paso de los blindados sobre el territorio”.

“La situación es sumamente grave”, dijo Grossi este miércoles desde Viena en una exposición organizada por el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI). Grossi, designado al frente del OIEA en 2019, es un diplomático con más de 35 años de experiencia en la esfera de la no proliferación y el desarme nuclear. Presidió en 2020 la Conferencia de Examen del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) y la Conferencia Diplomática de la Convención sobre Seguridad Nuclear , entre otros cargos. Hoy es la máxima autoridad internacional en la esfera de cooperación científica y técnica nuclear y participa de negociaciones directas con Moscú y Kiev sobre la seguridad de los 15 reactores desplegados en cuatro centrales en territorio ucraniano.

Rusia tomó el control de la central de Chernobyl a poco de lanzada la invasión a Ucrania, el pasado 24 de febrero. Hoy maneja la seguridad y los accesos a la planta, que colapsó en 1986, cuando aún existía la Unión Soviética, y cuyo núcleo permanece protegido por una enorme estructura -un sarcófago- ante la radiación.

Grossi dijo que la central está siendo monitoreada por el mismo personal ucraniano, aunque advirtió que no tienen recambio desde que pasó a poder de las autoridades rusas. “La presión psicológica es muy grande -dijo Grossi. Imaginen un avión que es operado con la misma tripulación durante semanas, aún tomando descansos. Es una situación de total anormalidad”.

Grossi recordó que en Chernobyl se vio interrumpido el suministro eléctrico tras la caída de torres de alta tensión, con un riesgo directo sobre el sistema de enfriamiento de la central. “Podía haberse producido un accidente (nuclear)”, dijo, del tipo del que registró la propia central en los '80 y la planta de Fukushima, en Japón en marzo de 2011.

La situación se repitió en la central de Zaporiyia, tomada por Rusia hace dos semanas, “un episodio más inquietante” donde hubo un intenso intercambio de fuego entre tropas ucranianas y rusas. “Hemos comprobado que hubo un impacto de proyectil con incendio posterior” en la planta, confirmó Grossi. Rusos y ucranianos se acusan mutuamente.

Grossi dijo que el OIEA es en este momento el “único punto de vista objetivo” acerca de lo que está sucediendo con la seguridad en materia nuclear en Ucrania. El país, junto a Kazajstán y Bielorrusia, era uno de los emplazamientos de armas nucleares de la Unión Soviética hasta el colapso de 1990. De hecho, era el tercer estado con más armas nucleares. Con su independencia, Kiev mantuvo las centrales nucleares y renunció al arsenal atómico, que volvió a Rusia, a cambio de seguridad y reconocimiento como país independiente. según un memorándum firmado en Budapest 1990.

-¿Qué haría el OIEA ante un accidente nuclear en Ucrania?, le preguntó a Grossi el embajador Roberto García Moritán.

“Lo primero, sería decirlo. Luego poner a disposición asistencia inmediata, de todo tipo”, respondió Grossi, quien explicó que el OIEA avanza en la negociación con las partes de un acuerdo marco ad hoc de protección de seguridad física y tecnológica de las plantas en territorio ucraniano.

Para Grossi, la guerra en Ucrania “va a dejar cicatrices, muchas, en el régimen internacional de no proliferación nuclear”, un tratado de 1968 que dispuso que los países poseedores de armas nucleares se comprometen a no traspasar armas nucleares ni ayudar a ningún Estado a fabricarlas ni a adquirirlas, mientras que los estados no poseedores de arsenal nuclear se comprometen a no desarrollarlo.

“El tratado quizás sufra por esta guerra”, dijo Grossi, quien advirtió sobre la tentación que podrían tener algunos países de desarrollar armas nucleares. Uno de los desafíos para la OIEA, según el diplomático, será poner luz “en la opacidad” que abre el conflicto en materia de proliferación nuclear “es evitar que el genio no salga de la botella. Si es que no salió ya”.

WC

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