Análisis

Irán no es Venezuela: Teherán tiene capacidad de internacionalizar el conflicto y se apoya en un sistema político descentralizado

0

El ataque militar de Estados Unidos e Israel contra Irán tiene simbologías con el pasado y una comparación arriesgada con el presente. Hacia atrás, Irán y EE.UU. estuvieron en confrontación regular desde 1953, cuando los gobiernos de Washington y Londres derrocaron al presidente Mohammad Mosaddegh, que nacionalizó los recursos petroleros iraníes. Estados Unidos y el Reino Unido lideraban la explotación del crudo en Oriente Medio.

Entre 1953 y 1979 se estableció en Irán la monarquía modernizadora a la vez que represiva y prooccidental de Reza Sha Pahlevi. Su caída, desencadenada por la revolución islamista liderada por el Ayatolá Jomeini, fue una derrota para Washington: perdió el acceso al petróleo y vio el ascenso de un gobierno hostil a Israel, su aliado y protegido en la región. Pero también porque entre 1979 y 1981 la Guardia Revolucionaria mantuvo secuestrados a 52 diplomáticos estadounidenses en la embajada de Estados Unidos en Teherán.

Ambos países libraron desde entonces una guerra de posiciones, con apoyo de Teherán a grupos radicales en Oriente Medio —Hezbollah en Líbano, Hamás en los territorios Ocupados de Palestina, y los hutíes en Yemen—. Hezbollah atentó en octubre de 1983 en Beirut (Líbano) y mató a 241 soldados de EE.UU.. Por su lado, Washington promovió que Irak atacase a Irán en 1980, le impuso diversos regímenes de sanciones y ha mantenido la poderosa alianza con Israel.

Benjamín Netanyahu presionó sistemáticamente a todos los presidentes estadounidenses para que atacasen a Irán y desmantelaran su programa nuclear

Durante más de dos décadas, Israel, y especialmente el primer ministro Benjamin Netanyahu, presionó sistemáticamente a todos los presidentes estadounidenses para que atacasen Irán y desmantelaran su programa nuclear. La mayor decepción para Netanyahu y las monarquías del golfo Pérsico la produjo el presidente Barack Obama cuando promovió negociaciones con Irán que llevaron en 2015 a un acuerdo para preservar su programa nuclear civil, eliminando la parte militar de este, y ponerlo bajo supervisión internacional a cambio de que se levantaran las sanciones que pesaban sobre el país.

En su primera presidencia, Trump echó por tierra el acuerdo y reimpuso sanciones a Irán, para satisfacción de Israel y Arabia Saudí, sus dos adversarios regionales. Esto dio lugar en gran medida a la crisis actual. Irán retomó el programa nuclear militar al tiempo que pasó a desconfiar profundamente de la diplomacia estadounidense, que negociaba algo con un presidente y lo desmantelaba con el siguiente.

La distancia entre Teherán y Caracas

Aunque no lo mencionó al anunciar el ataque (sí lo recordó en el discurso del Estado de la Unión el 24 de febrero), la acción contra Teherán se apoyó en la comparación con la exitosa operación realizada por EE.UU. en Venezuela donde, a la vez, fue secuestrado el presidente Nicolás Maduro, no hubo bajas estadounidenses, y en vez de derrocar al régimen chavista se cambió su orientación.

Las diferencias con Venezuela, sin embargo, son grandes. Como explica el New York Times, Irán tiene misiles de alcance medio para golpear bases estadounidenses en la región e impactar sobre buques mercantes en el Estrecho de Ormuz. De este modo, puede internacionalizar el conflicto desde el inicio del mismo. Algo que Venezuela no ha podido hacer.   

Respecto de la estructura política, la iraní es mucho más compleja que la venezolana, donde en las últimas décadas se ha concentrado en el presidente Maduro, un limitado número de ministros y la cúpula militar.

Irán, en cambio, es una teocracia islámica. El Líder Supremo Ali Jamenei, quien fue asesinado en el curso de los ataques de ayer, era la máxima autoridad política y religiosa y jefe de Estado. Si bien el ayatolá controla las fuerzas armadas (estructurada entre el Ejército Nacional y la Guardia Revolucionaria), la política exterior, el poder judicial y los medios de comunicación, su poder está equilibrado por el Consejo de Guardianes (seis clérigos elegidos por el líder y seis por el Parlamento), una asamblea de expertos, el Parlamento, el poder Ejecutivo y el Legislativo y el presidente del Gobierno.

Los iraníes han reforzado su sistema de defensa durante el último año. Han llevado a cabo una descentralización de los centros de mando y control para crear un sistema que, según, Andreas Krieg, del King´s College, opera como “un grupo insurgente en vez de un gobierno normal”. Cuánto de eficaces son estas medidas se comprobará si se produce una transmisión de poder que permita al régimen mantener el control del Estado. Si los ataques de EE.UU. e Israel desestructuran el país, quizá se fracturan las fuerzas de seguridad del Estado, y entonces podría generarse una guerra civil. Washington tendría que decidir entonces si interviene con efectivos en el terreno.

Por otra parte, aunque Israel tiene un sofisticado sistema de intercepción de misiles, un lanzamiento masivo de estos por parte de Teherán puede alcanzar ciudades de ese país —de hecho han impactado varios de sus misiles en territorio israelí, matando a varias personas y generando decenas de heridos—. Un riesgo muy grave es que Irán muestre una capacidad de respuesta superior, inclusive mientras pierde la guerra, a la que esperan Israel y Estados Unidos, y se produzca una escalada, al final de la cual uno de estos dos países, liderados por fanáticos, usen armas nucleares.

Cambios geopolíticos en Oriente Medio

La ofensiva presente confirma la alianza de EE.UU. con Israel en el marco de cambios muy fuertes en la región y en la política exterior de Washington. A partir del ataque de Hamás a Israel en octubre de 2022, Israel lanzó una campaña militar, apoyada por el Gobierno de Joe Biden, pese a algunas divergencias, para convertirse en la mayor potencia militar económica, tecnológica y comercial de Oriente Medio, lo que vino acompañado de alianzas con las monarquías del Golfo y Marruecos. Antes de terminar su primera presidencia, Trump impulsó los Acuerdos de Abraham, que vincularon a Israel con una serie de países árabes.

Pero Irán era un obstáculo para ese plan, en el que la familia Trump y sus aliados empresariales, especialmente grandes empresas de Silicon Valley y productores de armas, tienen grandes expectativas. Jared Kushner, yerno de Trump, fue clave desde 2017 para construir ese proyecto con el príncipe saudí Mohammed bin Salmán y empresarios estadounidenses judíos como Steve Witkoff, enviado especial de la Casa Blanca para las negociaciones sobre Gaza, Ucrania, e Irán.

Los ataques e intercambios de misiles entre Irán, Israel y Estados Unidos en 2025 fueron una antesala de la guerra que se libra ahora. Previamente, Washington mató a altos mandos militares y científicos nucleares iraníes y miembros de Hamás en Irán. Teherán, por su parte, trató de demostrar su disposición, a la vez, para ir a la guerra o negociar.

Construir la argumentación

Un problema para Trump y su gobierno es que una parte de la base social del movimiento Make America Great Again (MAGA) no quiere que soldados estadounidenses participen en “guerras sin fin”.  Trump prometió en la campaña electoral que no implicaría a su país en esos conflictos armados, como hicieron —otro factor del pasado— presidentes anteriores. La explicación de la Casa Blanca para atacar a Irán tiene en cuenta este factor.

Trump ha justificado el ataque de varias formas. La primera alega que se está defendiendo la seguridad nacional de EE.UU.. Irán, según dijo, ha retomado la fabricación de armas nucleares y puede tenerlas en “pocos días”. Ha aducido asimismo que Teherán tiene misiles balísticos con capacidad para impactar sobre el territorio estadounidense. Informes de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, de centros de análisis, y del servicio de inteligencia de Estados Unidos lo desmienten.

Una vez definido Irán como un enemigo agresivo para la seguridad de los estadounidenses, el mensaje siguiente, compartido con Netanyahu, es alentar a los iraníes a cambiar el régimen

La segunda justificación es cambiar el régimen político en Irán. Su crítica durante años a intervenciones militares de administraciones anteriores fue que cambiar regímenes era una ilusión, y así lo explica la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025. Su gobierno no piensa participar en cambios de regímenes ni en reformar sociedades, afirma. Pero si un gobierno se convierte en adversario de Washington, lanzar una guerra resultaría apropiado.

Una vez definido como un enemigo agresivo para la seguridad de los estadounidenses, el mensaje siguiente, compartido con Netanyahu, es alentar a los iraníes a cambiar el régimen. No serían tropas de EE.UU. las que invadirían Bagdad, como lo hicieron en 2003 para derrocar a Sadam Husein en Irak, sino los mismos ciudadanos de Irán que se han manifestado regularmente sufriendo dura represión ayudados por Washington.  

Este escenario no es, sin embargo, sencillo. Como señaló a CNN el general David Petraeus (que comandó la intervención de Estados Unidos en Irak entre 2007 y 2008), no hay indicios de que la oposición tenga la suficiente organización como para sustituir a un régimen cohesionado como el iraní. Por otra parte, aunque Reza Ciro Pahlavi, hijo del Sha, se presenta como líder del movimiento de protesta en las calles iraníes, no hay ninguna certeza de que tenga ni fuerza ni capacidad para liderar un cambio político.