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La emblematica directora de Vogue

La moda también es política: por qué es relevante el fin de la era Anna Wintour que empieza este septiembre

Anna Wintour a su llegada a la ceremonia de los Tony Awards el pasado mes de junio.

Cristina F. Pereda

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Anna Wintour tiene tanto poder dentro de la industria de la moda que su sello de aprobación tiene sus propias siglas, AWOK. Es el 'OK’ de la editora de la revista Vogue, que desde 1988, además de transformar el mundo de la moda, también ha ido acaparando tanto dominio como para lanzar y encumbrar las carreras de diseñadores, modelos y celebrities, o hacer justo lo contrario con sus destinos. Pero después de casi 40 años al frente de la revista más influyente de la industria, con decisiones que reverberan desde las pasarelas hasta los estudios de cine o la televisión, la marca Condé Nast debe abrir una etapa nueva: Wintour decidió a finales de junio dejar la dirección editorial de Vogue, el gigante editorial debe buscar su reemplazo y el mundo de la moda una nueva referencia en el horizonte.

Sin conocer aún quién sustituirá a Wintour en su cargo, Vogue acaba de publicar su primer September Issue en 37 años sin su editora al frente. El ejemplar de la revista más importante de todo el año —una especie de ‘biblia’ de la moda que ha llegado a tener más de 900 páginas— hace este mes de septiembre un guiño a la primera portada que firmó la británica con un posado simbólico. Ahora es Emma Stone quien posa con un lujoso top y unos vaqueros, en un fotograma similar al revolucionario posado que dio comienzo a la era Wintor a finales de los 80.

“Tras más de tres décadas de números de Vogue, ella ha definido no solo las tendencias de moda sino los estándares de belleza, diciéndole a millones de personas qué comprar, cómo vestir y a quién prestar atención”, escribe la periodista Amy Odell en Anna: The Biography (Atlantic Books, 2022). “Ella decide qué celebridades y modelos son fotografiadas y con qué prendas. Si quiere que un diseñador tenga más influencia, le recomienda a las grandes marcas. Y tiene ese poder porque los dueños de esas firmas buscan y siguen sus consejos”.

Odell reconoce en la biografía que entre las decenas de personas que entrevistó para ese trabajo, la mayoría “tenían dificultades para explicar por qué es tan poderosa y qué significa realmente ese poder”. Pero su autoridad en la industria está reflejada en la decisión misma de apartarse de la dirección editorial de la revista. “Es un me voy pero no me voy”, afirma a elDiario.es Alex Hug, escultora textil y profesora del Máster en Diseño y Dirección Creativa de Moda IADE. Wintour se va, porque ya no dirigirá la revista, pero se queda, porque seguirá siendo la responsable editorial de todas las cabeceras de Condé Nast, excepto The New Yorker.

Es decir, sigue controlando Glamour, Teen Vogue, Allure, The World of Interiors, Architectural Digest, Bon Appétit, House & Garden, GQ, Wired o Vanity Fair —entre otras, hasta 20 cabeceras— y su sucesor o sucesora, aún por nombrar, deberá responder ante ella. Hug afirma que su grado de autoridad lo justifica. “Ella está anclada allí, tiene todos los contactos, y mueve tantísimo a puerta cerrada, que Condé Nast no quiere perderla”, afirma la escultora.

La moda como símbolo de poder (blanco)

“Ella hizo de Vogue una revista que fuera un referente para la cultura global, donde una industria tan poderosa como la moda podía llegar a influir en lo cotidiano casi sin darnos cuenta”, afirma el director artístico Rafa Pena. El creativo destaca desde la capacidad de Wintour para detectar talento y plasmarlo en la revista —como hizo con Alexander McQueen o Marc Jacobs— especialmente en la década de los 2000, hasta la creación de la Met Gala, “el ejemplo claro de donde se performa la moda como sistema de poder y un escaparate global”.

Wintour presencia un desfile de Tory Burch durante la Semana de la Moda de Nueva York de 2023.

“Es la mujer que puso de moda la moda”, declara a este diario Maria Chammah, historiadora de moda y profesora del Fashion Institute of Technology de Nueva York (EEUU). Para describir esa influencia, Chammah recuerda una escena de la película El diablo viste de Prada, en la que Meryl Streep interpreta a un personaje inspirado en la editora británica. Esta le pregunta a su asistente en la ficción si se cree que lleva un jersey de color azul simplemente porque lo encontró en las rebajas. “Ese azul lo inventé yo”, dice el personaje de Miranda Priestly en una de esas escenas de ficción que ya no podemos separar de la realidad.

Además de haber recibido la ayuda inestimable de la película de 2006 —cuya secuela se rueda estos días en Nueva York—, Chammah describe a Wintour como una profesional “extremadamente política” con la capacidad de intelectualizar la conversación sobre la moda, poner los nombres de diseñadores y marcas en boca del público general y, sobre todo, conseguir que la moda se volviera “un comunicador muy grande”. La historiadora recuerda que en los años 90 ella era una adolescente interesada en la moda, que compraba Vogue y reconocía a los profesionales de la industria. “Mis amigas no tenían ni idea, yo era la única fanática de la moda que veía”, cuenta.

Wintour también ha reconocido que nunca contrataría a una persona con sobrepeso y uno de sus principales asesores le confesó a Oprah Winfrey —a quien Wintour dijo que nunca estaría en la portada si no perdía peso— que a la editora “no le gustan los gordos

Aquello cambió con el estreno de la película protagonizada por Streep y la popularización del personaje de Wintour, siempre reconocible con el mismo corte de pelo, siempre con la mirada escondida tras sus gafas de sol. Por si el filme no hubiera llegado suficientemente lejos, le siguió tres años después el documental The September Issue, sobre la elaboración del número de la revista más importante del año. En diversas escenas se escucha a Wintour pedir cambios en una sesión de fotos de la actriz Jennifer Garner porque “da la sensación de que está embarazada” o reducir el tamaño de la letra de la portada “porque parece que es para ciegos”.

Las escenas de tensión del documental no hicieron más que añadir pinceladas al retrato de la tirana que todo lo puede en el mundo de la moda. En una le dice a una jefa de sección lo que piensa de su corte de pelo mientras rechaza la selección de joyas que había preparado para el próximo número; en otra le dice a la cara a Oscar de la Renta las prendas de su colección que nunca mostraría en la revista. En 2009, la editora declaró a la CBS que “la gente responde bien a las personas que saben lo que quieren”. La misma cadena afirmó que Wintour lidera un “equipo de chicas jóvenes, blancas, delgadas y bellas que van corriendo nerviosas por las oficinas”. En otras entrevistas, Wintour también ha reconocido que nunca contrataría a una persona con sobrepeso y uno de sus principales asesores le confesó a Oprah Winfrey —a quien Wintour dijo que nunca estaría en la portada si no perdía peso— que a la editora “no le gustan los gordos”.

Cualquier evento sirve para hablar de moda

“Es el Al Capone de la moda”, dice Hug, que también describe a Wintour como “la presidenta no electa” de una industria cuyos cambios en las últimas décadas han estado condicionados por sus decisiones desde el despacho que ocupa en el One World Trade Center, al sur de Manhattan. Más allá del mito, la directora de Vogue ha dejado una huella imborrable en una industria valorada en 1,7 billones de dólares en 2023, según datos de McKinsey.

Nada más estrenar su puesto a finales de los 80, determinó que la portada de la revista dejase atrás los retratos e incluyera imágenes de modelos de cuerpo entero. La primera desató la polémica por combinar unos pantalones vaqueros de 50 dólares con una camiseta bordada con joyas valoradas en 10.000 dólares, una tendencia de mezclar marcas de lujo con ropa asequible que llevaría su nombre.

La Met Gala ya ha superado en impacto económico a la Super Bowl y en 2025 batió su propio récord al recaudar 31 millones de dólares en una noche.

“Hizo un cambio muy grande, empezó a enseñar el mundo de la moda desde otro punto de vista, más de streetwear”, recuerda Hug ahora que ese formato está consolidado y que fue reinventado décadas después por blogs como The Sartorialist o Atelier Doré, entre muchos otros. Cuando la editora británica agotó aquella tendencia, apostó por las supermodelos, después por las celebridades y para finales de los 2000, desde la alfombra roja de los Oscar a la de cualquier festival —como la de estrenos de cine, teatro o musicales— es una excusa para debatir sobre moda.

“Convertía la moda en un tema de conversación mucho más público, con portadas y editoriales a veces icónicas, aunque a base de impulsar el consumo de productos prácticamente inaccesibles para la mayoría, convirtiéndose a sí misma en una figura de autoridad casi incuestionable e impenetrable”, añade el director artístico Pena. “Te guste más o menos, es un personaje histórico de este tiempo, que ella misma cierra con su retirada de Vogue”.

“Te guste más o menos, es un personaje histórico de este tiempo, que ella misma cierra con su retirada de 'Vogue

Rafa Pena Director artístico y creativo

Y nada representa mejor ese logro que la Met Gala que cada año, el primer lunes de mayo, secuestra la atención de medios y audiencias de todo el mundo para hablar de las creaciones de los diseñadores con la temática elegida por Wintour. Según la revista Business of Fashion (BoF), la reserva de una mesa para cenar en la gala oscila entre los 200.000 y los 300.000 dólares. Pero detrás de este evento para recaudar fondos destinados al Costume Institute del Museo Metropolitano de Arte en Nueva York —renombrado Anna Wintour Costume Center en 2014—, también hay una oportunidad publicitaria para Condé Nast, que cobra un millón de dólares por cada anuncio de seis segundos que se emite durante la retransmisión online del evento, que ya supera en impacto económico a la Super Bowl, según BoF. En 2025, la Met Gala batió su propio récord al recaudar 31 millones de dólares en una noche.

Crisis contadas pero reseñables

Las finanzas del conglomerado editorial son también la razón por la que Wintour ha sobrevivido a las crisis que han afectado a su carrera. Han sido pocas, pero dignas de recordar. “Se le ha acusado repetidamente de publicar artículos y fotografías inaceptables cultural y racialmente, así como por negarse a incorporar más diversidad”, escribe Odell. “Durante los años 90, pasaron años en los que solo había mujeres blancas en la portada. Una de sus causas célebres era promocionar las prendas de piel. Ha humillado públicamente a varias personas por su aspecto físico. Y su equipo es mayoritariamente blanco, seleccionado a partes iguales por estilo personal, apariencia y pedigrí, como por credenciales o habilidades”.

Entre sus mayores críticos está uno de sus principales asesores, André Leon Talley. En su autobiografía, el periodista describió a Wintour como “colonialista” y “arrogante”. “Es una mujer colonial, proviene de la Inglaterra de entonces, forma parte de un entorno colonial. No creo que jamás permita que nada interfiera con su privilegio blanco”, escribió tras ser cesado de su cargo. El archivo de la revista refleja de qué hablaba Leon Talley. La edición británica —cuyo contenido también depende de Wintour— no puso a una sola modelo racializada en su portada entre 2002, con Naomi Campbell, y hasta 2014, con Jourdan Dunn, el equivalente a 146 portadas.

La periodista y analista de datos Malaika Handa estudió en 'Colorism in High Fashion' los tonos de piel de las protagonistas de las portadas de Vogue entre 2000 y 2018..

“En la industria de la moda, conseguir una portada en Vogue sigue siendo esencial para obtener acceso a los contratos más importantes”, escribe Tansy E. Hoskins en el Manual anticapitalista de la moda, que publica Capitan Swing el próximo 1 de septiembre. “Es también un signo de por dónde van los parámetros de belleza, y estos se habían vuelto decididamente solo blancos”.

En Estados Unidos, Vogue tardó 126 años en contratar a un fotógrafo afroamericano, Tyler Mitchel, para retratar a una protagonista de su portada, que en aquella ocasión era la cantante Beyoncé. Fue en 2018, cuando Wintour ya llevaba dos décadas al frente de la revista. Dos años después, un número titulado “Hope” (Esperanza), reaccionó a las protestas del movimiento Black Lives Matter incorporando por primera vez una mayoría de modelos, fotógrafos y diseñadores afroamericanos. Wintour, una de las principales recaudadoras de fondos para políticos del Partido Demócrata, reconoció en una carta a su equipo editorial que no había hecho lo suficiente para “impulsar y dar espacio” al trabajo de creadores racializados y por publicar imágenes “dolorosas e intolerantes” para las minorías. “Asumo la responsabilidad de esos errores”, dijo.

Casi siempre llegan un poco tarde y, cuando llegan, lo explotan tantísimo que le hacen un flaco favor al movimiento porque lo vuelven supercomercial

Alex Hug Escultora textil

“Casi siempre llegan un poco tarde y, cuando llegan, lo explotan tantísimo que le hacen un flaco favor al movimiento porque lo vuelven supercomercial”, reflexiona Hug. “Me hubiese gustado que Vogue hubiese impulsado estas cosas, que fuese un poquito activista con algunos temas en vez de callarse para no ofender a cierta gente que tiene el poder financiero”. Otros analistas cuestionan incluso que a los máximos responsables de la industria les convenga liderar una tendencia más abierta. “Hacerse inclusivo significaría perder el poder de excluir”, añade Hoskins.

La historiadora Chammah coincide en que estos cambios en los estándares de diversidad, tanto racial como corporal, así como los valores de sostenibilidad que se le exigen hoy a la industria de la moda han surgido fuera de esta, impulsados en las redes sociales por las nuevas generaciones. Pero considera que esto no es excusa para que una persona con la autoridad de Wintour no hiciera más por liderar el cambio desde dentro. “Ella podría haber hecho más, obviamente, porque estaba en una situación de poder tan alto”, afirma.

Los expertos recriminan a la editora británica, además de no haber liderado estos cambios en favor de la diversidad y la sostenibilidad, que se haya quedado atrás cuando un nuevo contexto —tanto generacional como impulsado por Internet— ha cambiado la dirección de la corriente. Es pronto para saber si esto ha afectado a los números de Vogue y de Condé Nast, acelerando la salida de Wintour. La revista cuenta ahora con 1,2 millones de suscriptores en EEUU —similar a las cifras de ventas de la revista en 2007, según The Independent— y en redes sociales amasa algo más de 51 millones de seguidores, mientras que cualquiera de las tres hermanas Kardashian, solo en Instagram, tienen más de 200 millones de seguidores cada una.

“La crisis editorial, que si bien manteniene la relevancia en la era digital, convive con nuevos líderes de opinión que no son necesariamente editores y editoras de revistas, nuevas voces que piden nuevas cosas como transparencia, autenticidad y representación alejada de la voz de las élites que ella encarna como nadie”, concluye Pena. “Las contradicciones constantes que atraviesan el mundo de la moda global que ella representaba basado en el lujo y falta de diversidad es cada vez más complicado de defender”.

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