Crisis climática Opinión

El 'greenwashing' nos lleva a la catástrofe climática

Emma Thompson a bordo del Rainbow Warrior de Greenpeace en Venecia.

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Para quienes pueden permitirse pagar los precios que se cobra a los turistas, los viajes en góndola son una parte tradicional de la visita a Venecia. Pero en un viaje reciente a la ciudad yo me salí del guion eligiendo una embarcación diferente, aunque también muy simbólica: el Rainbow Warrior, de la organización ecologista Greenpeace.

Fui invitada por la ONG We Are Here Venice, que lucha por la protección de una ciudad profundamente afectada por la crisis climática y las innumerables actividades humanas, y el objetivo fue cualquier cosa menos turístico.

He viajado por el Ártico en dos ocasiones con Greenpeace: una, a bordo del Esperanza –ahora en desuso, ¡no tuve nada que ver!– y otra, en el Arctic Sunrise. En ocasiones anteriores había navegado junto a dos de las personas que ahora integran la tripulación del Rainbow Warrior. Ahí siguen, luchando por la justicia climática en todo el mundo.

En julio, Reino Unido batió no solo su propio récord histórico de temperatura sino también los de Cuba, Singapur y Panamá. Pero todavía había gente clamando que todo era perfectamente normal y que se trataba de un simple día de sol. ¿En qué mundo de ensueño vive esta gente y quién se lo ha construido? Mi viaje a Venecia me ha ayudado a encontrar la respuesta a esta pregunta.

Contra el lavado verde de imagen

No lo sabía cuando llegué, pero los activistas de Greenpeace estaban a punto de organizar una protesta que consistía en desplazarse por los canales a bordo de embarcaciones tradicionales venecianas y mostrando los logos de grandes empresas europeas de petróleo y gas que usan el lavado verde de imagen (lo que en inglés se llama 'greenwashing'), técnicas de marketing con las que buscan hacernos creer que son respetuosas con el medio ambiente cuando se trata de todo lo contrario: quieren mantenernos enganchados a los combustibles fósiles. Esto está acabando con el planeta.

Los activistas de Greenpeace anunciaron irónicamente su protesta como el Último Tour por Venecia, aludiendo al riesgo que corre la ciudad de quedar sumergida debido a los impactos del cambio climático en la región mediterránea –impactos que hemos presenciado recientemente, con olas de calor que han batido récords y una serie de incendios forestales que asolan la región–.

Greenpeace y otras 30 organizaciones pusieron en marcha en octubre de 2021 una iniciativa ciudadana para pedir una ley europea que prohíba la publicidad y el patrocinio de los combustibles fósiles dentro de la Unión Europea, como ocurrió con el tabaco a principios del siglo XXI. Si la iniciativa consigue un millón de firmas en un año, la Comisión Europea se verá obligada a responder.

¿Por qué es importante una ley así? Tras décadas frenando deliberadamente la acción climática, las empresas de petróleo y gas se están aferrando a la publicidad y al patrocinio como una de las últimas formas de mantenerse a flote en un momento de máxima vulnerabilidad: la opinión pública está apoyando de manera generalizada la acción contra la crisis climática y la comunidad científica las señala sin reservas como principales responsables.

Una nueva forma de negación

“Retrasar y engañar” es la nueva forma de la negación. Las empresas de combustibles fósiles están invirtiendo millones en greenwashing para disimular sus décadas de destrucción, haciendo promesas sin sentido de “cero” emisiones netas y presentando “soluciones” falsas. Se presentan falsamente a sí mismas como aliadas con el fin de prolongar su negocio obsoleto.

Los científicos están hartos. Este año, un informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático puso en evidencia por primera vez la estrategia de desinformación. “Quién domina el debate en los medios de comunicación, y lo abierto que puede ser ese debate, es algo que varía significativamente entre los países en función del poder material y tecnológico de los participantes. En países como Australia y Estados Unidos, las empresas de los combustibles fósiles tienen acceso privilegiado a los medios a través de la publicidad, moldeando la narrativa de las informaciones de los medios y ejerciendo influencia política”, dice el informe.

Más de 450 científicos firmaron también una carta pidiendo a las agencias de relaciones públicas y de publicidad que dejen de trabajar con empresas de combustibles fósiles y que dejen difundir desinformación sobre el clima. Es la primera vez que se juntan tantos científicos para denunciar el papel de las empresas de relaciones públicas y de publicidad en la crisis climática.

El activismo funciona

Las empresas de gas y petróleo ganan popularidad cuando sus marcas se asocian al deporte, adquieren prestigio con el patrocinio de museos, y ponen dinero en las universidades influyendo en la esfera del conocimiento. Invierten mucho comprando el permiso de la sociedad para seguir con los negocios de siempre, colándose en nuestra vida cotidiana y disimulando los daños. Tenemos que echarlos urgentemente de nuestros cerebros, corazones y comunidades.

Gracias a un infatigable trabajo de base, la Universidad de Harvard anunció el año pasado que eliminaría paulatinamente sus inversiones en empresas de combustibles fósiles. En Reino Unido, el museo National Portrait Gallery y la compañía de danza Scottish Ballet confirmaron que no firmarían más patrocinios con la petrolera BP. La federación australiana de tenis ha dejado de ser socia de la empresa de gas Santos.

A principios de este siglo, la UE prohibió la publicidad y el patrocinio del tabaco tras reconocer que aumentaban el consumo y ocultaban las advertencias sanitarias. Con las abrumadoras evidencias científicas que hay ahora sobre el deterioro del clima, y su innegable relación con las empresas de combustibles fósiles, ha llegado el momento de prohibir la propaganda de estos. Es mortal, es criminal, y nos lleva inexorablemente hacia una catástrofe climática.

El activismo funciona. Juntos podemos decirle a quienes están en el poder cómo queremos vivir y qué debe cambiar.

Traducción de Francisco de Zárate.

ET

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