ENSAYO

El mayor de los daños: las formas silenciosas de violencia contra la mujer

Donald Trump

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Es una verdad de Perogrullo decir que todo el mundo reconoce la violencia cuando la ve. Sin embargo, si algo ha quedado claro en la última década es que las formas de violencia más frecuentes e insidiosas son aquellas que no se pueden ver. Vale la pena considerar, por ejemplo, una fotografía de EEUU en enero de 2017. En esa instantánea vemos a un grupo de hombres blancos, todos de muy idéntica fisonomía exterior, todos vestidos con trajes parejamente oscuros. Estos varones observan callados y con atención cómo un mandatario republicano, Donald Trump, ponía su firma al pie del texto del decreto presidencial que prohibía al Estado asignar cualquier ayuda financiera a cualquier grupo u organización de cualquier lugar del mundo que ofreciese servicios médicos o asesoramiento clínico y legal a mujeres que quisieran interrumpir un embarazo.

La “Ley Mordaza Global” (GGR)  -también llamada “Política de la Ciudad de México”- había sido una contra ofensiva anti-abortista universal instaurada en 1983 desde la capital mexicana por otro presidente republicano, Ronald Reagan. Desde entonces, esta Ley es tradicionalmente derogada por las administraciones demócratas y restablecida en vigor por las republicanas. La versión de la “Ley Mordaza Global” que Trump firmó en 2017 (y que, siguiendo la tradición, ya fue dejada sin vigencia por Joe Biden unas semanas atrás) había significado una ampliación a la formulación originaria de Reagan y había extendido sus principios vigilantes a toda la financiación global de la salud por EEUU. En consecuencia, las organizaciones que trabajan en otras cuestiones, como la malaria, el VIH/sida o la salud materno-infantil, deben asegurarse de que sus programas no incluyan remisión o información alguna en relación con el aborto.

La Ley ampliada por Trump significó un aumento en miles de nuevos casos en las muertes de mujeres por abortos clandestinos en los países en vías de desarrollo. Sus efectos han sido tan crueles como precisos. Ninguna organización no gubernamental (ONG) que recibiera fondos de EEUU podía aceptar a partir de ese momento el apoyo externo de cualquier otro país u organización como tampoco presionar en nombre del derecho al aborto a cualquiera de los gobiernos del mundo. Los estados conservadores de EEUU, gobernados por los republicanos, sumaron una serie de prohibiciones respecto al aborto. En noviembre de 2019, Ohio presentó a la Legislatura estadual un proyecto de ley que incluía el requisito de que, en casos de embarazo ectópico, los médicos deben reimplantar el embrión en el útero de la mujer bajo la pena del cargo de “asesinato por aborto”. (El embarazo ectópico puede ser fatal para la madre y el procedimiento prescripto por esta Legislatura no existe en la ciencia médica).

En una charla en Londres en junio de 2019, Kate Gilmore, la comisionada adjunta de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), describió la política estadounidense sobre el aborto como una forma de odio extremista que equivale a la práctica de infligir tortura a las mujeres. “No lo hemos denunciado de la misma manera que hacemos respecto a otras prácticas de odio extremista”, afirmó, “pero no hay duda de que esto es violencia de género contra las mujeres.”

El resurgimiento del populismo impulsado por el odio se ha convertido en un lugar común durante el siglo XXI. Pero acaso resulta menos frecuente escuchar que el odio extremista, especialmente contra las mujeres, sea nombrado tan abiertamente como el aparato legal que muy a menudo rige y dirige a Occidente.

La violencia reinante

Una característica de esta violencia mayoritariamente masculina -que podría llamarse “violencia reinante”, porque está representada y aceptada en el aparato del Estado- es la de siempre ofrecer una defensa para los derechos de los culpables que acaba, y empieza, por hacerlos inocentes. No cabe duda alguna de que estos hombres son asesinos. Sin embargo, su crimen de homicidio resulta invisible a los ojos del mundo (los abortos clandestinos se practican en callejones ciegos y otros escondrijos) y aun a los de ellos mismos. Me imagino que ni siquiera en sus sueños más locos se les cruza por la mente que sus decisiones puedan estar alimentadas por el deseo de infligir dolor. Ellos no creen que la naturaleza de sus acciones, ni las consecuencias que estas provocan, sean de una índole que deba preocuparlos.

En aquella fotografía de enero de 2017, no es nada difícil percibir que aquellos hombres ni transmiten ni traslucen inquietud, con sus manos ligeramente unidas o sueltas a sus lados. Comunican una tranquilidad vacua. Sobre todo, ni discuten ni disienten. El identikit de su postura no permite inferir un ápice de disenso (ni entre ellos, ni dentro de sus propias cabezas). En nuestro tiempo, el tipo de violencia que ejercen esos hombres de la foto se nutre de una forma de ceguera mental. Como una planta de invernadero, florece bajo el imparable vapor embriagador de su propia convicción.

Ese momento de la firma de la Ley fijado por la fotografía ofrece una de las ilustraciones más claras de la distancia que existe entre el acto y la comprensión, entre el impulso y el autoconocimiento: la brecha que está en el corazón de tantas violencias. Podemos nombrar a la violencia masculina contra la mujer, como hizo sin reservas Kate Gilmore, la comisionada de la Organización de las Naciones Unidas, pero los hombres no son los únicos sujetos humanos capaces de personificarla. Las mujeres a lo largo de la historia se han disfrazado del poder estatal. Y los hombres también son víctimas de la violencia: el violador serial más prolífico en la historia de Gran Bretaña, condenado a cadena perpetua en enero de 2020, se había aprovechado constantemente de hombres jóvenes y heterosexuales vulnerables.

Sin embargo, en respuesta a la creciente visibilidad de la violencia de género, quiero centrarme particularmente en una mezcla letal: la que existe entre la capacidad de infligir un daño incalculable y una distorsión voluntaria, ya sea consciente o inconsciente, en el campo de su visualización. La violencia aparece como una forma de derecho. A diferencia del privilegio, que se puede verificar con un simple gesto, por ejemplo “verifique su privilegio”, y luego se lo deja en la puerta, la prerrogativa es algo más profundo y al mismo tiempo, más escurridizo de captar. Como si flotara en el éter, su persistencia depende de la negativa a reconocer que está allí.

De Edipo a Narciso

Otro momento icónico que elegimos de los últimos años: la entrevista televisiva de la BBC al príncipe Andrew en noviembre de 2019. Cuando trató de explicar que su visita a la casa del traficante de personas y abusador de niños Jeffrey Epstein en 2010, apenas meses después de la condena de Epstein por agresión sexual, surgió de su inclinación a ser “honorable” hasta el exceso (quedarse con un delincuente sexual ya condenado era “tener sentido del honor”: una conducta, en todo caso, honrosa, aun en su exageración más allá de toda medida, para un príncipe de la Corona Real). Cuando decía para aclarar, oscurecía. Sus recurrentes negativas respecto de haber conocido o sostenido relaciones sexuales con Virginia Giuffre, anteriormente Roberts -quien afirma que fue obligada a mantener relaciones sexuales con Andrew cuando el príncipe contaba 17 años- provocaron la burla y aun el escarnio. Fue un despliegue de ceguera extraordinario: un príncipe ciego a las jóvenes mujeres víctimas, traficadas por Epstein, supuestamente con el apoyo de Ghislaine Maxwell, que ahora está en espera de juicio, de cuya existencia nada dijo; ciego a que el efecto farsesco que generaba su relato de los hechos resultaba pernicioso y fatal para la credibilidad de su defensa (a diferencia de la tragedia de Edipo, aquí la ceguera del aristócrata no expiaba nada).

A la vez quedaba expuesta una verdad escalofriante, sobre la que tengo fundadas sospechas de que haya sido el factor determinante de la velocidad con que la reina Isabel convocó a Andrew y lo destituyó  sin ceremonia alguna de sus deberes reales, a pesar de la fama que tenía de ser el vástago favorito que en los medios circulaba sobre él. El honor, aquí encarnado en la familia real británica, reveló sus verdaderos colores como el derecho ejercer la violencia con impunidad. (En Gran Bretaña, toda investigación sobre el caso Epstein ha sido abandonada de modo sumario). Por esa misma razón, Virginia Woolf advirtió a las mujeres en la década de 1930 que no se dejaran tentar por la panoplia del poder y que las trampas del honor nacional las arrastrarían a la guerra. Pero aquella alacridad en la expresión de la voluntad de la Monarca no significa una reconsideración. Este imperio sobre la oportunidad está integrado en todo proceso judicial, es el principal instrumento que le permite a la prerrogativa jactarse de ser invencible y ocultar su verdadera naturaleza.

En uno de sus ensayos más conocidos, Introducción al narcisismo, Sigmund Freud habló en 1914 de “Su Majestad el bebé” refiriéndose a la voluntad de perfección y la carga de adoración que los padres depositan en su hijo. El narcisismo comienza con la creencia de un sujeto de que todo el mundo debe estar a sus pies, y que existe solo para que él ejerza su manipulación. Bellamente egoísta, el legado del narcisismo es potencialmente fatal, como en el mito de Narciso -el joven que se ahogó enamorado al querer abrazar y unirse a su propio reflejo en las aguas de un estanque-. El narcicismo hace que sea casi imposible para un sujeto humano ver o amar a alguien más que a sí mismo.

La agresividad es, por lo tanto, su consecuencia, dado que el niño lucha con la madre, o con quien la sustituya, contra el temprano reconocimiento de que debido a su condición tan indefensa depende de otros para sobrevivir. “Toda herida a nuestro ego todopoderoso y autocrático”, escribe Freud a los seis meses de iniciada la Primera Guerra Mundial en sus ensayos De guerra y muerte: Temas de actualidad (1915), “es en el fondo un crimen de lesa majestad”. (En el inconsciente, todos somos o sentimos formar parte de la realeza).

Una clara tendencia a destruir

Para aquellos que, sin metáfora, se encuentran de hecho en el pináculo de la jerarquía del orden social, el narcisismo muta, no en una pérdida, ni en algo a lo que se debe renunciar al menos en parte, sino en un regalo maldito, uno que fácilmente conduce a la violencia. Ningún ser humano, por poderoso que sea, se salva de la confrontación con los límites de su propio poder, con esos reinos, en palabras de Hannah Arendt, “que el hombre no puede cambiar y donde no puede actuar y que, por lo tanto, tiene una clara tendencia a destruir”.

Arendt escribía en la década de 1950 sobre las formas de totalitarismo asesino que en las dos décadas anteriores se habían extendido sobre la Tierra. Sus proféticas palabras no perdieron relevancia en nuestros días, cuando el número de dictaduras va in crescendo, nos enfrentamos a la destrucción del planeta, los hombres negros mueren fusilados en las calles de EEUU, y las tasas de muerte por pobreza, desigualdad desenfrenada y empobrecimiento aumentan día a día.

Con el estallido de pandemia de Covid-19 a fines de 2019, muy pronto quedó bien claro que una de sus características más llamativas se encuentra en la distintiva manera en que acentúa las líneas divisorias raciales y económicas del mundo. Lo prueban el hecho de que los negros, asiáticos y los ciudadanos de minorías étnicas en Gran Bretaña tienen cuatro veces más probabilidades de muerte de Covid-19 que los blancos; y que el asesinato de George Floyd, en medio de la pandemia, repitió y subrayó un contexto histórico de violencia.

Ninguno de quienes que ocupan cargos importantes en el poder mundial (en su mayoría, varones) pareció pensar que el mantra de quedarse en casa para salvar vidas del contagio y la muerte, en los hechos era una seria amenaza para la vida de las mujeres víctimas de violencia doméstica que a partir de ese momento se encontraban atrapadas dentro de sus hogares. Bajo el bloqueo, la tasa de esta violencia se ha disparado.

¿Quién es el que decide qué llamamos violencia? ¿Quién determina las formas de violencia que se nos permite y nos permitimos ver? El no nombrar la violencia, el no señalar su camino a menudo encubierto de destrucción, el ignorar su decisión arbitraria de qué cuerpos necesita y cuáles puede descartar, es una de las formas con que el capitalismo siempre se ha preservado y perpetuado.

Condiciones de tranquilidad 

La revolucionaria socialista Rosa Luxemburgo, respondió -con penetrante percepción histórica y de manera categórica- a la acusación de que la Revolución Rusa de 1905 había derramado sangre, que ese nivel de sufrimiento no era nada comparado con el indiscriminado y casi siempre inadvertido cercenamiento de vidas por parte de la brutal maquinaria del capital que había prosperado hasta ese entonces. “En el exterior, el cuadro que se pinta de la Revolución Rusa es el de un enorme baño de sangre, con todo el sufrimiento indecible del pueblo sin un solo rayo de luz”, afirmó en un mitin en la ciudad alemana de Mannheim en 1906. Pero “el sufrimiento derivado de la Revolución no es nada comparado con lo que el pueblo ruso tuvo que soportar antes de la Revolución en las condiciones de aparente tranquilidad y paz sociales.”

Rosa Luxemburgo también enumeró el hambre, el escorbuto y los miles de trabajadores muertos en las fábricas que no llamaban la atención de los estadísticos. “Condiciones de tranquilidad” es una frase clave; se refiere a la habilidad con la que el capital oculta sus crímenes.

En enero de 2019, los ministros conservadores de Gran Bretaña recomendaron que las asignaciones para las subvenciones a las autoridades locales ya no se consideren como indicadores de los costos que se requieren para paliar las privaciones y la pobreza, con la finalidad de que el dinero público pudiera redirigirse a los condados conservadores más ricos (una medida que se describe tanto como una “estafa política brutal” como “un acto de guerra”). Estos momentos de violencia suceden silenciosamente, al igual que los padecidos hoy por  las mujeres, que con tanta frecuencia son las más afectadas: amenazadas por el Brexit con la pérdida de la igualdad y la protección de los derechos humanos, incluidos los derechos laborales y la financiación de los servicios sociales y legales para mujeres (especialmente en relación con la violencia sexual, donde el número de violaciones denunciadas a la policía en Inglaterra y Gales se duplicó entre 2013 y 2018, mientras que la causas abiertas por violación disminuyeron), o forzadas a trabajar como resultado del sistema de crédito universal, parte de una revisión conservadora de los beneficios para las personas con bajos ingresos familiares que ahora se reconoce como catastrófico para los más vulnerables socialmente.

 Cuando Iain Duncan Smith, un arquitecto de la política, fue nombrado caballero en la lista de honores del año nuevo 2020, 237.000 personas firmaron una petición objetando el premio a un hombre “responsable de algunas de las reformas de bienestar más crueles y extremas que este país haya visto jamás”. El Departamento de Trabajo y Pensiones niega cualquier vínculo entre el nuevo sistema crediticio y la prostitución por supervivencia, descartando las historias de mujeres como anecdóticas.

Es de público reconocimiento que el gasto “gratuito para todos” inaugurado por Boris Johnson después de su victoria electoral de 2019 solo tenía la intención de asegurarle un nuevo período de gestión; sin embargo, lo prometido no tendrá efecto alguno en la brecha abismal que existe entre los ricos y los desposeídos (el dinero destinado para el Servicio Nacional de Salud (NHS) representa sólo una fracción de lo que se necesita). Tampoco se tiene confianza alguna en que el nivel de gasto del NHS, originado un año después por la pandemia de COVID-19, se mantendrá significativamente. Ante la indignación general, el aumento salarial prometido por el NHS para las enfermeras resultó ser de un monto irrisorio de 1%.

La discontinuidad posible

La violencia masculina es la característica más destacada del día, pero también es fundamental para mí argumentar que la masculinidad impuesta a todos los hombres, y exhibida por tantos, es un fraude. Con esta observación me distancio del feminismo radical, en particular el de la influyente escuela de Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin, que ve la violencia como la expresión inalterada e inquebrantable de la sexualidad y el poder masculinos. Este es un argumento de los más contraproducentes  y autolesivos que se puedan concebir: si sus premisas fueran verdaderas, entonces los varones gobernarán el mundo para siempre. En cambio, considero crucial que, aun cuando señalemos y denunciemos las más terribles manifestaciones de la masculinidad, podamos identificar, y permitamos a cada hombre, en cada caso. detectar la discontinuidad posible entre su machismo y una mente humana que es infinitamente más compleja.

¿Cómo podemos, como feministas, hacer de esa brecha el corazón de la lucha de las mujeres contra la opresión, contra la ideología embrutecedora de lo que se supone que deben ser las mujeres, y no permitirles el mismo respiro interno de aliento a los hombres? Seguramente nuestra oportunidad de un mundo mejor depende de la capacidad de todos nosotros para detenernos, pensar y rechazar los comportamientos “requeridos” que resultan más mortíferos. Ningún hombre posee cómodamente la masculinidad (como tampoco, salvo matando, nunca una persona está en posesión total de la otra). De hecho, atribuirles tal imperio a los hombres es una ilusión que sostiene a una versión, hoy muy apreciada, pero desenfocada, sobre qué es y cómo obra la masculinidad. Que los hombres sean capaces de las proezas que la masculinidad presupone es una mentira, tal como lo atestigua cada centímetro del cuerpo de los mortales. Sin embargo, como todas las mentiras, para que sean creídas, hay que repetirlas sin cesar.

Uno de los aspectos más llamativos de la saga del productor y abusador sexual de Hollywood Harvey Weinstein, investigada por las periodistas Jodi Kantor y Megan Twohey, quienes dieron a conocer la noticia en The New York Times, es que Weinstein parece haber estado al menos tan interesado en la cocción a fuego lento de la coerción y de la resistencia, que a veces tardaba horas, como en cualquier acto de supuesta consumación.

Rowena Chiu, por ejemplo, describe que poco después de ser contratada como asistente, soportó cuatro horas de amenazas, halagos, ruegos y sobornos del productor. Al final, “él le separó las piernas y le dijo que era cuestión de un solo pujo y listo”. (¿Qué era, exactamente, nosotros podríamos preguntarnos, lo que a él le importaba lograr?) Claramente, para Weinstein, la repulsión que provocó en Rowena significó un componente central de su placer, lo que no quiere decir que no deseara salirse con la suya con las mujeres. “Si escuchaba la palabra 'No', comentó uno de los testigos clave -quien decidió no ser identificado- en el juicio por violación de febrero de 2020 en Nueva York, ‘era como un detonante’.” Según Zelda Perkins, otra asistente que sufrió sus agresiones, era “patológicamente” adicto: “Era eso lo que cada mañana hacía que se levantara de la cama”.

Si la violencia sexual siempre tiende a salirse de control, es porque el agente de esa violencia debe saber, en el fondo, que está perdiendo. Por lo tanto, el aparente colapso físico de Weinstein después de su arresto se puede leer no solo como una súplica escenificada para provocar compasión: un día después de que se publicaron las fotos que lo mostraban llegando a los Tribunales en diciembre de 2019 usando un andador, se lo vio caminando por un supermercado sin ayuda. Sino también como una exhibición terminal y no buscada de la amarga verdad de la fragilidad del cuerpo humano, una verdad que el diseño de su comportamiento depredador ocultó a las mujeres de las que abusó, al mundo y a sí mismo.

Esto revela algo, me parece, sobre las razones por las que se salió con la suya durante tanto tiempo. Si tantos colegas de su mismo ámbito profesional optaron por hacer la vista gorda, no fue por la rutinaria negligencia brutal de otros hombres hacia las mujeres, ni por el miedo a las consecuencias destructivas para la carrera de cualquiera que se hubiera atrevido a hablar. Fue nadie quería abrir la caja de Pandora, el mundo interior, de un hombre como Weinstein, para mirar demasiado cerca -como tampoco querían reconocer sus propios temores- su miedo acerca de todo lo que,  dada la más mínima oportunidad, un hombre así sería capaz de hacer.

Estas consideraciones colocan a cualquiera que busque combatir estas formas de violencia en la atadura de una especie de doble vínculo, o al menos nos imponen la necesidad de una vigilancia especial. Si la violencia sexual surge de la visión del mundo de quienes sólo eligen túneles como sus caminos y nunca desentierran aquellos aspectos de la vida interior más difíciles de ver o reconocer,  también debemos constatar que el sacar esa violencia a la superficie de la conciencia pública no siempre ha conseguido ni impulsado transformaciones en la dirección que buscábamos que ocurrieran.

Quizás en ninguna parte tanto como en el campo de la opresión sexual se aplique el adagio de que reconocer una injusticia y llamar la atención del mundo no es garantía de que la ofensa será borrada y la justicia prevalecerá.

La condena de Weinstein en febrero de 2020 por agresión sexual criminal en primer grado y violación en tercer grado, y en el mes siguiente la sentencia que le asignó una pena de prisión por 23 años, son una victoria para las mujeres. Sin embargo, Weinstein fue absuelto de los dos cargos más graves de agresión sexual depredadora, lo que significa que la actriz Annabella Sciorra, que había sido la primera mujer en testificar en su contra en un tribunal penal, no fue creída.

La insinuación de la abogada defensora de Weinstein, Donna Rotunno, de que Sciorra sería una “excelente testigo” porque se había pasado toda su vida “actuando”, y lo hacía tan bien que se podía ganar la vida con la actuación, parece haber sido efectiva, porque fue creída: como si solo los buenos mentirosos pudieran llegar a ser actores profesionales. La idea de que este juicio iba a desmantelar de una vez por todas la imagen de la víctima de violación “perfecta” -alguien desconocido para el agresor, sin una relación con él que continuara después de la violación, capaz de recuperarse y de contar su experiencia con perfecta claridad casi desde el momento en que sucedió- podría haber sido prematura. A la vez existe el riesgo de que la fama de Weinstein, que fue lo que atrajo la atención de los medios, distrajera al público de que los crímenes sexuales son banales y globales, comunes y corrientes.

En este caso, la repulsa social contra un delincuente sexual, esa repulsión que parece también haber alimentado su propio deseo, y la ley estaban del mismo lado. Pero una y otra vez vemos que la lucha legal por la reparación contra la agresión sexual se enfrenta contra las formas más obstinadas de la resistencia y la marginación. Esto parece deberse, al menos en parte, al hecho de que los sujetos humanos pueden despertar sus deseos con lo que les resulta repugnante; que el libertinaje, incluso en el orden político que pretende domesticarlos y someterlos, puede atraerlos. Este aspecto, ciertamente, parece haber jugado un papel determinante en la elección de Donald Trump en 2016, cuando su repudiable misoginia fue minimizada como simple alegría masculina, o al contrario, magnificada y defendida, lo que enardecía positivamente a sus bases, como continúa haciéndolo hasta el día de hoy.

La cualidad de la tentación

Chelsea Clinton ha descrito esa misoginia como “la droga de entrada” a las otras drogas, un soporífero que adormece los sentidos y abre la puerta a una mayor maldad por venir. Se concede permiso a un escalofrío vicario de placer erótico y rabia, tan a menudo dirigido hacia las mujeres, que nadie se apura en admitir.

Por asentimiento común, Trump es un infractor de la ley: dos acusaciones de violación, una efectuada y luego retirada por su primera esposa, Ivana, y otra de la periodista E Jean Carroll, quien ha demandado a Trump por difamación basada en sus negaciones y calumnias; múltiples casos de acoso sexual, con su propio y jactancioso reconocimiento; numerosas prácticas financieras y de contratación explotadoras que se ocultaron bajo la alfombra o se resolvieron fuera de los tribunales, y sin embargo aún se reconocen públicamente; sin mencionar los motivos de impeachment  en 2019: abuso de poder con fines políticos (aprobado por la Cámara de Representantes y luego bloqueado en el Senado).

También el primer ministro británico, Boris Johnson, ha violado la ley. Existe evidencia de que en 1990 accedió a proporcionar la dirección de un periodista a un amigo que iba a buscar quien le rompiera las costillas al periodista como venganza por investigar sus actividades.

En el caso del primer impeachment de Trump, no fue absuelto porque sus partidarios estuvieran de acuerdo con él en que los cargos eran un “engaño”, como Trump afirmó repetidamente ante la creciente evidencia en su contra, ni de que estuvieran convencidos de que el presidente norteamericano era incapaz de hacer nada malo. Más bien, fue exculpado porque los senadores lo adularon de una manera directamente proporcional al mal que veían claramente que Trump era capaz de hacer. Dada su cualidad de transgresor, en palabras de la presentadora de televisión estadounidense Rachel Maddow, se podía confiar en que siempre haría algo “impactante, incorrecto o increíblemente perturbador”. Por lo que se convirtió en “una evaluación racional para los medios disponer en todo momento de una cámara que lo siguiera.”

Si la violencia es tan conmovedora, parecería estar en proporción directa a su poder para suspender cualquier cosa que se parezca vagamente al pensamiento, para liberar el torrente de sangre que no te da tiempo para detenerte. No permite la introspección, a pesar de que, o precisamente a causa de ella, la violencia se hunde tan profundamente en quienes somos. Un transgresor de la ley en la cima de la política es atractivo. Arendt escribió sobre el peligro para el tejido social que representa un mundo en el que la autoridad estatal y sus leyes han degenerado hasta el punto en que el orden civil y la democracia, o incluso la mera decencia, se ven como una traición: “El mal que reinaba en el Tercer Reich causó la pérdida de la cualidad que hace que la mayoría de la gente lo reconozca: la cualidad de la tentación ”. Un régimen sin ley se basa en la culpa oculta que existe en los sujetos humanos, atrayéndolos al mundo ilícito y disoluto al que todos ya pertenecen, al menos en parte, en el inconsciente (nadie es completamente inocente en sus sueños; los pensamientos prohibidos son propiedad de todos). Una mujer de religión bautista del sur de EEUU, a quien un periodista de tevé de la BBC le preguntó cómo podía votar por Trump dadas sus fallas morales, respondió: “Todos somos pecadores”.

“¿Por qué”, preguntó la columnista alemana Hatice Akyün en el periódico Der Tagesspiegel, después del asesinato en junio de 2019 de Walter Lübcke, miembro del partido Demócrata Cristiano (CDU) de Angela Merkel,  gobernante en Alemania, “la gente de mi país no está inundando las calles? ¿No están enojados?”.  Lübcke había sido asesinado por un neonazi como venganza por su postura comprensiva sobre la migración. En octubre de 2019, un grupo pro-Trump con conexiones con la Casa Blanca publicó un video que mostraba a Trump matando a opositores y periodistas políticos (en una secuencia, los rostros de todos quienes habían recibido disparos, puñaladas y golpes estaban cubiertos con el logotipo de CNN, una de las principales redes de televisión en el mundo). Cuando fue desafiado, el organizador del sitio web insistió que el video era simplemente “satírico”: “El discurso de odio es una palabra inventada. No puedes causar violencia con palabras.”

Hay un veneno en el aire y se está esparciendo. Este mundo de violencia autorizada, de violencia elevada al nivel del placer autorizado, no es de ninguna manera exclusivo de Trump y de Johnson, incluso si, por reconocimiento general, ambos combinan de manera similar las cualidades egoístas de autócrata y payaso. El brillo de atracción entre ellos rivalizó con el del presidente estadounidense Ronald Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher, cuyo neoliberalismo beligerante en la década de 1980 preparó el terreno para gran parte de la consiguiente destrucción del orden global. Sin embargo, el surgimiento de dictadores en todo el mundo que se jactan de sus proezas y alimentan y favorecen los desagrados de las masas (en Hungría, Turquía, Polonia, Brasil, India) sugiere que estamos viviendo, o podemos estar a punto de vivir una vez más, lo que Arendt describió como “la banalidad del mal”.

 En Brasil, el presidente Jair Bolsonaro ha proclamado que terminará la tarea del régimen militar que gobernó el país de 1964 a 1985. En 2003, Bolsonaro  le dijo a María do Rosário, diputada federal por Río Grande do Sul del Partido de los Trabajadores (PT) y reconocida defensora d ellos derechos humanos, que nunca la violaría porque “usted no se lo merece”. Quizás lo más revelador de todo es que una vez bromeó diciendo que solo un “momento de debilidad” puede explicar por qué uno de sus cinco hijos “le salió mujer”. La formulación “le salió mujer” revela el criterio ideológico que determina el destino sexual de la bebé desde el nacimiento: como si estuviera fijado desde el principio y ella no tuviera derecho a otras ideas. Sus palabras resuenan con potencial violencia sexual, no solo porque claramente dirige hacia todas las mujeres un desprecio tan descarado. Sino también porque asegurar que las mujeres sean mujeres y nada más, identificarlas solo como mujeres, puede verse como uno de los motivos centrales de la violación, razón por la cual todas las violaciones, no solo aquellas dirigidas a mujeres lesbianas, deben definirse como “correctivas”. En Brasil, una mujer es víctima de violencia física cada 7,2 segundos.

La experiencia trans, también blanco de la violencia, pertenece a este espacio porque vincula claramente el tema de la sexualidad con el de la lucha política: la libertad lograda y retenida. A pesar de una aceptación mayor que nunca antes, las personas transgénero siguen siendo asesinadas por atreverse a mostrar su verdad al mundo, para muchos no muy agradable, de que la identidad sexual no es un hecho dado por la naturaleza. No todo el mundo pertenece cómodamente al lado de la división sexual donde originalmente comenzaron, o al que fueron asignados por primera vez.

Algunos cruzan de un lado a otro, algunos se ven a sí mismos sin pertenecer a ninguno de ambos lados, otros a ambos (estas opciones no son de ninguna manera exhaustivas). La sexualidad crea estragos. Ubicarla nuevamente en un lugar fijo es un proyecto condenado al fracaso, una forma con la que una cultura opresiva ensaya y fracasa cuando busca sancionar una ley. Bolsonaro ha declarado explícitamente que eliminar la “teoría de género” del plan de estudios universitario es un objetivo principal de sus reformas educativas.

Tiempo de reflexión

Repetidamente, vemos cuán íntimo compañerismo puede haber entre la coerción política y la sexual. En España, el partido de ultraderecha Vox logró grandes avances en las elecciones generales de 2019, ingresando al Congreso por primera vez. Cuando visité Madrid en abril de ese año, me entregaron uno de sus volantes que apuntaba y disparaba específicamente contra el “feminismo supremacista”, los “activistas radicales por los derechos de los animales” y el lobby LGBTQ. “Feminismo supremacista” es el término hermano de “feminazis”, acuñado por el difunto presentador de radio estadounidense de derecha Rush Limbaugh para describir a las feministas radicales, quienes, según él, “quieren ver tantos abortos como sea posible: cuantos más, mejor.”

De hecho, el auge de Vox en España fue impulsado por la mayor visibilidad de la protesta feminista contra la violencia sexual, en particular en las manifestaciones que en todo el Reino siguieron a la infame violación de una joven en Pamplona en 2016, en manada, y al juicio que tuvo lugar dos años después. Cuando dos de los jueces dictaminaron que los hombres no eran culpables de violación porque no había habido coacción violenta, y un tercero absolvió a los acusados ​​por completo del cargo que se les imputaba, miles de manifestantes llenaron las calles. Un año después, en septiembre de 2019, manifestantes en más de 250 pueblos y ciudades de España declararon una “emergencia feminista” después de haber ocurrido una serie de casos de violación de alto perfil y de un verano donde 19 mujeres fueron asesinadas por sus parejas actuales o anteriores (la peor cifra registrada en más de una década).

Este es el contexto en el que Vox agita por la derogación de las leyes que abordan la violencia de género, por la eliminación de todos los procedimientos de reasignación de género y del aborto en los servicios de salud pública, y por la disolución de todas las organizaciones feministas financiadas con fondos públicos. También han pedido la abolición de la Ley de Memoria Histórica, que fue diseñada para que no se olvide el legado de Francisco Franco, la creación de un Ministerio de protección de los derechos de la “familia natural” como institución anterior a la del Estado, y la construcción de un muro fronterizo para detener la inmigración ilegal “alentada por las oligarquías globalistas” - los niños y niñas migrantes fueron presentados como una amenaza especial mente grave.

No todos los partidos de extrema derecha tienen las palancas del poder, pero acechan sus pasillos, y sus deletéreas consignan empiezan a circular en la atmósfera mental y social. “Solo decimos lo que todos piensan” es la justificación y el estribillo comunes. Se envuelven en el manto de la redención, como si estuvieran salvando al mundo de una injusticia ardiente (la demanda de  justicia elevada a un nivel frenético es la habilidad particular de la extrema derecha). “El odio puede existir sin ningún individuo en particular”, comenta el narrador de la novela francesa más vendida de 2016, Historia de la violencia, de Edouard Louis, que relata la historia de su violación después de un encuentro casual en las calles de la ciudad de París. “Todo lo que necesita el odio es un lugar donde pueda volver a la vida.”

Una paradoja de la subjetividad humana radica en que saber que eres capaz de violencia, reconocerlo como tu problema, en lugar de asignárselo alegremente a otra persona (perteneciente a otra raza, clase, nación o sexo), reduce las posibilidades de que suceda. La idea de aplastar la violencia, erradicarla de sí o erradicarla de la Tierra, simplemente aumenta el cociente de violencia que tendremos que enfrentar. Hemos visto esto antes, en el centro de la Europa del siglo XX, en la creencia de que la Primera Guerra Mundial sería la guerra que pondría fin a todas las guerras, un engaño que permitió que esa misma Guerra y sus secuelas continuaran sentando silenciosamente las bases para el siguiente conflicto bélico.

Todos somos sujetos de violencia, principalmente porque vivimos inmersos en un mundo social violento. Siempre hay un punto donde cualquier posición o giro ético - la lucha contra la injusticia, la lucha por un orden mejor y menos violento - comienza y tartamudea, tropieza y se quiebra, antes de retomar su camino una vez más. Al comienzo de La condición humana, Hannah Arendt escribe: “Lo que propongo, por tanto, es muy simple: no es más que pensar en lo que estamos haciendo”.

Si hay algo que me ha convencido escribir sobre la violencia es que si no dedicamos tiempo a la reflexión, y esta debe incluir los equívocos de nuestra vida interior, nunca haremos nada para terminar con la violencia en el mundo y nos haremos violencia,  seguramente, a nosotros mismos.  

* Jacqueline Rose, crítica literaria y miembro de la British Academy, es co-directora de Birkbeck Institute for the Humanities y co-fundadora de Independent Jewish Voices in the UK. Ha escrito Madres, un ensayo sobre la crueldad y el amor.

Traducción de Alfredo Grieco y Bavio

 

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