Una despedida

Angeles en el mar

Ángeles Salvador.

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Lo que más me divertía de Ángeles era su manifiesta ineptitud para todos los deportes. “Odio el voley”, me decía. “Odio el hockey”... y todo así. Sin embargo, era una certera de Racing, y yo de Independiente, pero no había querellas por eso. 

Y lo que más me gustaba, además de su belleza irrefutable, era ese sarcasmo desfachatado para escribir como una posesa, piezas siempre, pero siempre, tan melancólicas como alegres, tan oscuras como luminosas, tan dramáticas como absurdas, tan luctuosas como vitales  

Cuando la llevé por última vez en auto a la Favaloro respiraba como amordazada. Pensé que se moría ahogada en el auto. Íbamos a una velocidad inconcebible, el oxígeno se le iba, justo a ella, la autora de El papel preponderante del oxígeno.

“Uno nota el papel preponderante del oxígeno cuando nada o cuando se le está por terminar el tanque, o cuando le tapan la cara con una almohada. O cuando hace una tintura de cabello”

En la novela hay buzos bajo el agua, tanques de oxígeno y una peluquera, un perro agónico que se llama Último y una tragedia ridícula y no, pero eso, menos penosa.

Y hay mucho amor y desamor también.

Y el oxígeno exhibe su papel preponderante, pero a ella se le fue el oxígeno del alma, y del cuerpo, al fin y al cabo. 

Ella me leía en voz alta a sus preferidos, Jonathan Lethem, John Cheever, Lorrie Moore, Philiph Roth también, Gabriela Cabezón Cámara, Tamara Tenembaum y Agustina Bazterrica.

 Era una ceremonia sacra. Enfocaba sus ojos sin anteojos y se tomaba en serio, muy en serio, el talento de los demás.

Y yo la oía, sintonizando, tratando de sintonizar con sus afinidades y su amor por las palabras.

Le había pasado el manuscrito de un libro mío para que lo editara. Su talento editorial era inversamente proporcional a sus refutaciones deportivas. Y allí entre sus cosas quedó el manuscrito. Un día, paso en auto por un bar, y desde mi auto, la veo a Ángeles, sola en el bar, tarde, de noche, leyendo ese manuscrito con una atención absoluta, con una entrega al texto, que, siento seguro, el texto no merecía. 

Yo le pasaba a ella cada columna que escribía y ella hacía lo mismo con las suyas, las que escribía para elDiarioAr. 

Y ahí sí discutíamos. En realidad, yo a ella casi no la corregía, ella a mí sí. Y con razón.

También escuchábamos música en mi auto. Bueno, cuando lográbamos conectar el Bluetooth, que era casi nunca 

La política la hartaba: “Le digo bueno, vamos a mi cuarto que me cambio el vestido, pero no digas nada de la mierda política”, escribió en La última fiesta, en uno de los tantos diálogos de sus libros y relatos, en los que el vestuario cambia, pero la tensión, o la lujuria, o la muerte aguardando en cualquier parte, no cambian nunca. Todo está siempre en cada página, 

La última fiesta es una fiesta frente al mar en Punta del Este. Todo termina mal, pero literariamente todo concluye con maestría. 

Frente al mar, Ángeles y yo hace poco. La última vez, en La Caleta, vimos un partido de tres horas frente al mar. En un equipo jugaban Messi y Mbappé. En realidad, jugaban un chico con la camiseta de Messi y otro con la de Mbappé. Para nosotros eran ellos. 

Sí, desde luego eran Messi y Mbappé, sin dudas. 

Pero en el otro equipo jugaba Neymar y ganaron los otros. 

Y después del partido ella compró churros, y yo nadé mucho, y fuimos felices. 

Leía un libro en una tarde, y hasta tres en un día. 

Un día me empezó a hablar de Pez Banana, pero no era de Un día perfecto para el pez banana, de lo que también me hablaba, sino de un experimento de luz y de propagación de libros. Y eso era esencial para ella. Recibir libros y leer y leer. 

Quería escribir más, mucho más, siempre escribir. 

Y quería todo para sus hijos, y de verdad, no quería nada para ella, como si su misión fuera solamente la de dar, porque así era María de los Ángeles. 

Provenía de una genealogía entreverada en la que hubo un músico paraguayo entre los ancestros, que partió raudo tras dejar a su abuela encinta de su madre.

Había efectivamente algo guaraní en su espíritu, hispano, itálico, argento y racinguista.

Yo le decía Roa Bastos; Augusta.  

Prefería no aparecer en ningún lado. Si le hacían una nota no la leía. Ni siquiera comentaba que había salido un artículo sobre su obra en tal o cual lugar. 

Al final estaba sin estar, en coma, días y eternidades. Pero estaba. 

Porque Ángeles no se va jamás. 

Pero igual nos quedamos solos.

MW

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