Opinión

El artificio de lo natural

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En Mitologías, uno de los textos paradigmáticos e iniciales de su labor contra la doxa, Roland Barthes refiere: “el punto de partida de esa reflexión era, con frecuencia, un sentimiento de impaciencia ante «lo natural» con que la prensa, el arte, el sentido común, encubren permanentemente una realidad que no por ser la que vivimos deja de ser histórica”. No hay nada natural en las cosas. Enunciados como “las cosas como son” configuran una doxa que vela por la naturalidad del ser y de lo dado, una doxa que supone que hay una realidad pre discursiva, una doxa que cree que el ser es independiente y autónomo del decir, y así vamos de esencialismos en esencialismos. Y si a esta frase hecha se le adosa esta otra, que va en la misma dirección, “las cosas por su nombre”, advertimos que los mecanismos y los modos de la naturalización se extienden, aún, a la relación de las cosas con las palabras, es decir, también se expanden a lo discursivo. En suma: una doxa que pretende que lo singular, dependiente de condiciones históricas, sociales, subjetivas y políticas, se muestre, vía el sentido común, como una naturaleza universal, eterna y apolítica, configurando lo que Barthes llama “abuso ideológico”. Lo dice así: “Lo natural es la coartada con que se adorna una mayoría social: lo natural es una legalidad (...) y, según la fórmula de Brecht, «detrás de la regla, el abuso»”. Es que sí, como decía el biólogo Matías Pandolfi, el paradigma de “lo natural” se desvanece apenas nos acercamos a la naturaleza. Efectivamente, ahí tampoco las cosas son dadas y eternas sino que responden a ciertas condiciones. Al mismo tiempo, se desprende algo no poco paradójico: el propio paradigma de “lo natural” no tiene nada de natural, de eterno, de ahistórico ni de apolítico, sino que, por el contrario, cifra una ideología. Por eso Jacques Derrida decía “no hay ninguna naturaleza, sólo existen los efectos de la naturaleza: la desnaturalización o la naturalización”.

Me causa gracia el modo en que está instalado que lo natural es sinónimo automático de virtud. Por eso proliferan los sitios de venta de “productos naturales”, como si eso garantizara el bienestar. Por otra parte, luego de la aplicación de botox, de ácido hialurónico, de tintura para el pelo y otros tratamientos para evitar el venirse abajo del cuerpo, los profesionales de la naturalidad on demand dicen: “te quedó muy natural”, es decir: no se nota. ¿No se nota? Y es ahí donde pienso que lo no natural del cuerpo retorna en la pretendida naturalidad de los artificios, se hace mucho más evidente. Margarita Martínez dice en esta entrevista que “lo artificial y lo humano se relacionan permanentemente porque tal división no existe: lo humano crea todo el tiempo el artificio y vive en él: él mismo es artificio y recreación. Lo que nos sigue impresionando es el aspecto artificial (asociado a la industria, a los materiales sintéticos); si lo artificial parece natural, no lo rechazamos”.

Me causa gracia el modo en que está instalado que lo natural es sinónimo automático de virtud. Por eso proliferan los sitios de venta de “productos naturales”, como si eso garantizara el bienestar.

El descubrimiento freudiano tira por la borda la noción de armonía preestablecida en la relación entre los sexos, no sólo entre un hombre y una mujer sino entre un sujeto y cualquier partenaire. No hay naturalidad ni complementariedad -“el problema es creer que existe el hilo y existe la aguja”, dice Lacan-. La complementariedad tampoco se da, por ejemplo, en la relación entre el sádico y el masoquista. Suponer que uno está hecho para el otro es seguir insistiendo en una presunta complementariedad entre dos posiciones. Ya Lacan se había referido a esa historia chistosa que mostraba el absurdo de la complementación entre el sádico y el masoquista: “Hazme daño”, le pide el masoquista al sádico; “No”, responde el sádico. El psicoanálisis viene a echar por tierra la idea de que existiría un objeto armónico que por naturaleza consuma la relación sujeto-objeto; que habría una armonía preestablecida y que si no la hay se deberá corregir el error para encontrarla. En la naturaleza, en cambio, no existe el equívoco.

El psicoanálisis viene a echar por tierra la idea de que existiría un objeto armónico que por naturaleza consuma la relación sujeto-objeto; que habría una armonía preestablecida y que si no la hay se deberá corregir el error para encontrarla

El instinto sabe qué objeto le corresponde. La naturaleza es sabia y el instinto nunca llevaría a un elefante a un bazar ni a balancearse en una tela de araña. Al instinto natural, entonces, se opone, no la razón –que desde Freud ha sido corrida hacia el inconsciente– sino la pulsión. La pulsión no es sino el instinto alterado, subvertido, interceptado por el lenguaje. Es la que nos lleva a comer como animales y que eso sea una metáfora. La pulsión se satisface lo queramos o no y, en esa satisfacción, produce un hiato entre el hambre y las ganas de comer: se come de más o de menos, nunca lo justo y necesario. La pulsión es eso que agujerea el cuerpo y que no nos deja hacer lo que queremos con él. La pulsión no atiende sino a su propia voluntad. Por eso la voluntad yoica queda estocada. Y, siendo un poco hiperbólica, diría que la única voluntad es la de la pulsión. Bastaría con atender a cómo no hacemos lo que queremos en cuanto a comer, beber, dormir, cojer, para advertir que lo que nos gobierna es la voluntad pulsional. El cuerpo: esa guerra de pulsiones; el cuerpo: la continuación de la guerra por otros medios.

La pulsión es eso que agujerea el cuerpo y que no nos deja hacer lo que queremos con él. La pulsión no atiende sino a su propia voluntad. Por eso la voluntad yoica queda estocada.

Un análisis posibilita precisar las coordenadas de ese cuerpo, posibilita interrogar las condiciones singulares en que cada uno se topa con la pulsión, lo que la pulsión hace con y de nosotros, y lo que nosotros hacemos con eso, y lo que hacemos con eso nunca lo hacemos voluntariamente. En la naturaleza no hay distinción entre hambre y ganas de comer, ni tampoco entre el deseo y el amor. Me gusta leer esos artículos que dictan “Consejos para mantener una pareja (estable, feliz, madura, etc.)” o “Consejos para mantener el deseo en la pareja”. Es imposible no leer en esos artículos lo siguiente: “Consejos para mantener la pareja cuando el amor y el deseo ya no están”. El ideal de una pareja estable en el tiempo a cualquier precio sigue funcionando aún hoy. Por eso se habla de “fracaso” cuando alguien se separa, pero no se piensa en fracaso cuando se mantienen parejas agobiadas, cuyos miembros ya no se soportan. La estabilidad como ideal, como virtud per se, funciona todavía hoy como mandato social. Decirle “inestable” a alguien nunca no es peyorativo o tender a pensar que alguien está solo porque es insoportable, sobre todo si es mujer, es muy habitual. Para mí el “amor libre” -valga el oxímoron- es, justamente, ese que no está atado a los mandatos de estabilidad, porque separarse sigue siendo, hoy en día, mal visto. Estar solos sigue siendo, hoy en día, mal visto. El paradigma de lo natural les viene bien a aquellos que no quieren enterarse de lo que no anda, es un modo de no enterarse del pathos del amor; un modo de no querer saber nada del deseo como infierno.

El paradigma de lo natural les viene bien a aquellos que no quieren enterarse de lo que no anda, es un modo de no enterarse del pathos del amor; un modo de no querer saber nada del deseo como infierno.

Águeda Pereyra lo dice así: “Lacan retomará el lazo fundamental que une, en la experiencia del ser hablante, al sexo con la muerte; al tiempo que nos recuerda que el deseo no es «pura y simple emanación vital»: el deseo se aleja cada vez más de lo que sería una relación armónica, presentándose en la experiencia «como un elemento problemático, disperso, polimorfo, contradictorio, y, en última instancia, muy alejado de toda coaptación orientada». El deseo puede incluso presentarse en su cara más mortífera, la experiencia clínica lo demuestra”.

El paradigma de lo natural acaso sea una de las formas de la represión. Decir que algo no es natural es no querer saber el modo en que la sexualidad es perversa y polimorfa -eso no significa que todos seamos perversos-. Como dice Juan Ritvo: “El amor se quisiera ascensional, como el Eros platónico, pero encuentra su oblicua realización en la caída en lo sucio, pecaminoso, o para decirlo en nuestra jerga, en la perversión polimorfa”. No hay nada natural en la sexualidad y cuando Freud lo dijo fue un escándalo. Quizás siga siéndolo hoy, pero ese escándalo a veces se disfraza de “tolerancia a la diversidad”. Hoy hay todo un catálogo de lo que se debe “tolerar”, pero esa diversidad no escapa a las taxonomías y aquello que se salga de ese catálogo tenderá a ser subrayado como no natural o como anormal. La rareza también es estigma y el raro siempre es el otro. Por eso me sigue conmoviendo el psicoanálisis: porque pone a jugar una desestabilización que muestra el modo en que la moral sexual de cada época aliena a los sujetos. Incluso, o sobre todo, cuando esa moral es la de la supuesta diversidad, la tolerancia y la libertad.

El psicoanálisis resiste a la doxa, incluida la doxa psicoanalítica, y transforma, cada vez, eso pretendida e ilusoriamente dado y natural de “las cosas como son” en una torsión interrogativa: “las cosas, ¿cómo son?”, entendiendo que la respuesta sólo va a arrojar una discordancia, un hiato, una escisión entre el ser y el saber y que ahí, en esa hendidura, vamos a hallar al sujeto del que ocuparnos. El ejercicio del psicoanálisis acaso sea una resistencia, pequeña, sin estridencias ni épica, a esos moralismos disfrazados de ética y cuidado por el otro.

AK