Opinión

El camino estrecho

El lugar donde vivía M., en las inmediaciones de la autopista Dellepiane

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La desaparición de M. generó reacciones de las más diversas en la sociedad. Algunas signadas por la crueldad, otras por la sensibilidad. Cada tanto se producen hechos que, aunque no sean del todo atípicos, tocan fibras que situaciones similares no conmueven. Digo esto porque todos los días hay niñas y niños que desaparecen de su hogar para ranchear en la calle o escapar de entornos violentos, exponiéndose a todo tipo de atrocidades. Los centros barriales reciben decenas de ellos, rotos por todo tipo de abusos. Cualquiera que recorra las calles de la ciudad con los ojos abiertos va a poder ver situaciones que no distan mucho de la de M.  

Ni que hablar sobre las personas sin techo que se acomodan en cualquier rincón de la ciudad; más de 7.000 según nuestro censo, de los cuales sólo algunas decenas pueden acceder a los miserables paradores que ofrece el gobierno de la ciudad o a los un poco más dignos centros de integración que sostenemos los movimientos sociales. Gente invisible, desaparecidos de la conciencia, hasta que acontecimientos como este los traen de nuevo para recordarnos que también es nuestra culpa. Porque todos, hasta los que externalizan sus propias culpas en otros, hasta los que dicen que son los políticos, saben en el fondo que todos somos cómplices de esta sociedad salvaje.

El Papa Francisco dice seguido que si alimenta a los pobres le dicen santo, pero si cuestiona las causas de los pobres la dicen comunista [pauperista, pobrista, populista], porque parece que pensar seriamente en la crisis civilizatoria que atraviesa la humanidad, con semejantes grados de precarización y exclusión, es pecado, salvo que se repitan como loro las formulas clásicas de incentivar la producción, hacer crecer la economía y cosas por el estilo. Últimamente la cosa se pone peor porque quienes defienden a los pobres, en el mejor de los casos son considerados estúpidos colocadores de parches, y muy a menudo acusados de beneficiarse de la pobreza. Iniciativas como la emergencia alimentaria, la economía popular o la reciente ley para la protección de familias sin techo han recibido críticas de este tipo.

Hace algunas semanas, en una actividad de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular, el ministro de trabajo y el jefe de Gabinete dieron una definición tremenda: el mercado laboral no absorberá a la totalidad de las personas que quieren trabajar. Esto quiere decir, básicamente, que en este sistema no va a haber empleo para todos, aún si se registra un fuerte repunte de la economía, se toman medidas que incentiven la producción y se adopta un régimen tributario que permita una distribución razonable de la riqueza. Desde luego, si se dan estas tres condiciones van a permitir reabsorber a millones de trabajadores en el mercado laboral; pero otros muchos quedarán en a la vera del camino, rebuscándoselas en las periferias, subsistiendo.  

La importancia de las declaraciones de Cafiero y Moroni pasó desapercibida porque, en general, pensar cuesta mucho y es más fácil adjetivar. No sé si estos dos funcionarios eran plenamente conscientes de las derivaciones de su afirmación, pero el reconocimiento de esta realidad implica un replanteo absoluto de la política económico-social del gobierno, que a veces parece más preocupado por calmar a los mercados que a los desesperados, conformar a los progres antes que a los pobres. Cuando nosotros decimos esto, se nos cataloga de tirapiedras, pobristas o cosas peores. Pareciera que reconocer una realidad horrorosa del sistema, ponerla sobre la mesa y luchar por mejorar la situación de quienes son víctimas de ella es equivalente a festejarla, idealizarla, romantizarla.

Tal vez por eso, frente al gran público, cualquiera que ambicione una imagen de buen político, buen dirigente social, buen sindicalista, tiene que negarse a la evidencia y afirmar que el problema de la pobreza se termina “transformando los planes sociales en trabajo” y creando “empleo genuino”, como si tales enunciados surtieran un efecto mágico en la realidad. Algunos ponen el acento en la inversión privada, otros en la obra pública; algunos en la demanda agregada, otros en la reducción impositiva; pero todos depositan una fe irracional en los mecanismos tradicionales de un mercado más o menos regulado para resolver los problemas esenciales de nuestra sociedad: el acceso a la tierra, el techo y el trabajo. Esa soluciones son ilusorias, tan ilusorias, que ni quienes las esgrimen se las creen. 

Si fuera candidato a algo, si pensara que bien vale una dulce mentira para granjearse algunas simpatías, seguramente diría lo mismo. Que la gente se tiene que capacitar para conseguir un buen empleo, sacar un crédito hipotecario y pagarse su casita en cuotas, lograr la movilidad social ascendente, pasar de pobres a clase media. Por suerte no soy candidato y no pretendo caerle en gracia a nadie edulcorando las escasas potencialidades del capitalismo de descarte y exterminio. Quiero decir con todas las letras: al menos un tercio de la población en edad laboral no va a acceder a ningún empleo estable en relación de dependencia, ni en el sector público, ni en el privado; ¿nos gusta esto y nos beneficia? ¿nos horroriza y nos indigna? Crea usted lo que quiera, pero se trata de una realidad ineludible, independiente de nuestra voluntad e intenciones.

Estos excluidos del mercado laboral son también excluidos del mercado inmobiliario. Nunca van a poder acceder legalmente a una vivienda en la ciudad formal por los mecanismos tradicionales. Teniendo en cuenta los precios no ya de los departamentos y las casas, sino de los terrenos  pelados, no hay que estudiar en Columbia para darse cuenta de que no hay lugar para ellos y, me atrevería a decir, tampoco para los jóvenes de clase media trabajadora que de mantenerse el status quo deberán vivir esclavizados por el yugo del alquiler. Algo similar ocurre en la ruralidad pobre donde cientos de miles de invisibles cultivan la lechuga que comemos todos pagando arriendos leoninos, sin posibilidad siquiera de construir su propia vivienda o resisten en las comunidades campesinas e indígenas el avance del agronegocio transgénico que nos bendice con su lluvia de dólares.

Cualquier observador razonable e intelectualmente honesto que vea con objetividad los datos, las curvas, las proyecciones, llegará a conclusiones similares. Pero la realidad es dura y siempre es mejor repetir eslóganes estupidizantes, cargar las tintas sobre ciertas personas, confundir los problemas concomitantes con los esenciales, plantear recetas abstractas que en general replican variaciones criollas de la teoría del derrame.

Pero si, efectivamente, ni el sector público ni el privado van a resolver la cuestión laboral o la inmobiliaria ¿Qué hacer? ¿Resignarnos a la miseria de millones de hermanos? ¿Condenarlos a subsistir con una magra asistencia alimentaria y después endilgarles que viven del Estado? ¿Condenar a sus hijos al analfabetismo funcional disfrazado de escolaridad y después endilgarle que no están capacitados? ¿Condenar a familias enteras a vivir ultrahacinadas y después endilgarles que son usurpadores?

Hay otro camino, pero es un camino peligroso porque implica un cambio revolucionario en nuestros paradigmas económicos y culturales. Se trata de la política, pero la política entendida como la transformación de la realidad injusta y no como la buena administración de la miseria existente. No es el camino de los que le tiembla el pulso para tomar medidas contundentes contra los formadores de precios para garantizar que la gente pueda comer. No es el camino de los que se hacen los tontos con la responsabilidad del FMI en la estafa del endeudamiento externo para confraternizar con la burocracia elegante de los organismos internacionales de crédito. No es el camino de los que aceptan mansamente impuestas sintonías finas pergeñadas en planillas de cálculos sin rostros ni nombres. Quien le quepa el poncho se lo ponga.  

No voy a entrar en mayores detalles en este artículo, pero ese otro camino empieza en los espacios de resistencia que construye el pueblo pobre que se inventa su propio trabajo en forma organizada y comunitaria, y enfrenta a los que quieren pisotear su dignidad. Ese camino se refuerza cuando la juventud que ha despertado a los ideales de justicia social, conmovida por casos como el de M., avergonzada de ser parte de una sociedad criminal, agarra un termo con mate cocido, compra unas facturas y va con sus amigos al encuentro de los descartados en una noche de otoño; y tal vez, más adelante, junto a ellos, corten un pedazo de tela vieja y la lleven como estandarte en la lucha por una Argentina humana.

JG

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