Perdón que interrumpa Opinión

Cuarenta años sin venganzas: lo mucho y poco de la democracia

0

Van casi cuatro décadas de democracia. Y podemos decir como “saldo” de saldo que no tuvimos un problema de descreimiento en las instituciones, más bien al revés: creímos demasiado en ellas. Justicia, justicia perseguirás. Porque más allá del famoso “rezo laico” también parecería posible que la democracia naciera con un desafío evangélico bajo el brazo: “¿Qué vas a hacer con lo que te hicieron?”. Las reglas de la democracia no estuvieron tanto en lo que fueron capaces de evitar (que una persona fuera asesinada, tuviera hambre o no se curara), sino en la educación de las víctimas: buscar justicia. ¿Qué vas a hacer con lo que te hicieron? La pregunta de la democracia. 

No hubo venganza desde el arranque: ni los familiares de los desaparecidos, ni los familiares de la AMIA, ni los de Cromañón, ni los del tren de Once o el ARA San Juan. Nadie se vengó. Tampoco Juan Carlos Blumberg, quien pidió más penas, rodeó el Congreso, con aquel movimiento de velas y reclamo tan popular. Si lo midiéramos por geografía porteña: su causa cruzó de Lugano a Belgrano. Recuerdo a dos pobres mujeres que cobraban el PEC porteño (150 pesos mensuales por el que contra-prestaban horas de atención al público en el CGP de Lugano): las dos se movían por el edificio juntando firmas. Y gratis. Axel Blumberg ya no tenía clase social: era el hijo de un país desgraciado. Todos, a su modo, creyeron en la justicia: pedirla, cambiarla por dentro, cumplirla, exigir más leyes o leyes más duras. Por eso aprendieron a caminar, plazas y palacios. Donde hay un familiar de las víctimas, hay un referente: un lobista legítimo de la causa, alguien al que nadie le aguanta la mirada.

Una monjita y dos padres humildes inventaron las marchas del silencio y dieron vuelta una provincia. El crimen de María Soledad Morales en Catamarca. Las rondas, las velas, el silencio. El pedido por Marita Verón. Los encubrimientos judiciales terminan en causas por encubrimiento. Hay gimnasia. Un aprendizaje a los tumbos. La instrucción cívica se aprende en la calle. Los papás de Fernando, el joven al que un grupo de rugbiers mató a golpes, ahí están, en el santuario de su intransigencia: esperan el juicio. Esa mamá tiene un grito encima que no se calla más. Reescribe la leyenda guaraní del sueño de una tierra sin mal.

La violencia política cruzó dos siglos en Argentina. Fusil contra fusil, voto a voto, unos podían “tirarle un muerto” a otros, se robaban cadáveres sagrados, bautizaban Traviata a un sindicalista asesinado vilmente a balazos. Los de uniforme, casi todos, discípulos de una Escuelas de las Américas. Todo eso se ahogó en el río de sangre. La izquierda también fue armada y discutió cien veces las armas. “No matarás”, escribió Oscar Del Barco. Desde el 83 la política fue haciendo su armisticio, un camino difícil, aunque ahora miremos como si hubiera habido una ceremonia solemne, un instante y, chuz, se hizo la paz. El riesgo de estos días hizo reeditar y estirar del pasado la palabra “consenso”, muchos invocan el consenso del nunca más. ¿Éramos todos Sábatos? No. Pero las víctimas nos educaron.

Entre las primeras películas de la “primavera democrática” había un policial negro del gran Juan Carlos De Sanzo, En retirada. Julio de Grazia encarnaba al padre que quería vengarse de un represor que cruzó de casualidad en la calle, uno que se había llevado a su hijo de los pelos. Rodolfo Ranni hacía de nuestro “perfecto asesino”: cuidaba plantitas, desocupado pero visitando viejos jefes que le huían en los “nuevos tiempos”, dormía en una pensión mientras miraba por tele el show del horror. La película es buenísima pero agujereada: no existió ese padre vengador. Las víctimas en Argentina, casi todas, por derecha o por izquierda, vinieron con un chip que desconocían: el de la paciencia democrática.

“Nosotros no matamos presidentes”. Así dijo Alberto Kohan en su comparación entre los Estados Unidos y la Argentina que conté acá. Pero la banda de los copitos estuvo a un segundo de que su bala criminal desatara un proceso que no sabríamos qué consecuencias podría tener para la democracia. A la vez, no podemos dejar de pensar de dónde vienen (no todo es sociología, pero sin sociología no se puede). En una columna de la edición del diario de hoy Fernando Rosso también tira del hilo microemprendedor de los restos de una Side cuyo hormiguero fue pateado hace años. Los hijos del siglo XX miramos de reojo esta precariedad.

Hace unas semanas la democracia estuvo a punto de romperse, al minuto del abismo. Pero si tampoco tuvimos una democracia tan “sagrada” ¿cómo fue por dentro la relación de los fierros y la democracia? ¿Cómo se hizo el “desarme” civil? El 83 trajo su armisticio. Con altibajos, con cuitas y sangre en el ojo, lo vimos en la “paritaria” carapintada que retrató el documental imperdible de Sergio Wolf Esto no es un golpe (“¿quién me iba a parar?” decía Rico) o en la última acción guerrillera en el verano de 1989 con el copamiento de La Tablada. Años después hubo otro hecho armado, puntual: el ORP de los años noventa, la “Organización Revolucionaria del Pueblo”. Carlos Mackevicius publicó un libro valiente: Krmpotic (Ediciones Paco, 2019), en el que entrevista a este último mohicano de la acción armada, Adrián Krmpotic, el militante fundador de la ORP que quiso secuestrar al médico policial Carlos Bergés, para que confiese lo que sabía del robo de bebés. Y perdió.

Las armas producen sus leyendas. Algunas las exponen en vidrieras. La simulación de una violencia que saben tercerizada en otros. Como la “pistola” que Guillermo Moreno habría puesto en la mesa de sus paritarias. Otras son la justicia por mano propia de los que se dedican a hacer cumplirla: la “Glock” del juez Claudio Bonadío con la que mató a dos ladrones. ¿Otra? La ametralladora de José López cuando entró al convento con bolsos llenos de dólares del negoción truculento de la obra pública. La escena da pie a un Moldavksy que dice: “¿Quién de nosotros no tiene un bajón a las 3 de la mañana? Cada uno lo encara como puede. Yo como dulce de batata, él salió con 9 millones y la ametralladora. ”Así, zigzagueante, podemos reconstruir el repaso de guerras privadas y en cuotas. Armas que abrieron el breve telón de este siglo: aún en democracia hay armas también bajo esa forma bandolera, paraestatal, que muestra el filo del Estado.

Papeles viejos. Carl Schmitt, en Teoría del partisano diferencia la guerra tradicional entre dos Estados a la figura del partisano. Escribe: “El partisano moderno no espera ni gracia ni justicia del enemigo. Dio la espalda a la enemistad convencional con sus guerras domesticadas y acotadas, y se fue al ámbito de otra enemistad verdadera, que se enreda en un círculo de terror y contraterror hasta la aniquilación total”.

 

Ataque ochentoso

 

La democracia se parió con un armisticio: se guardaron los fierros. ¿Pero de verdad se podían guardar las armas? Las víctimas hicieron decir que sí. Que no hacía falta, que ya no era necesario lo que en los años setenta se naturalizó: casi toda agrupación u “orga” tenía sus armas de autodefensa. Después, entonces, los resabios de lucha armada quedaron o fueron para dirimir internas: ahí entraron a veces casi todos (algún chumbo para resolver cuitas; las armas, por un segundo, volvían). 

Flashback. Año 88. Pancho cuenta una reunión que invitan a la JUP los del Movimiento Todos por la Patria (MTP). Pancho era un militante auténtico de esos años: peronista de izquierda, llegado de un pueblo del interior, se sentía hermano menor de los que perdieron la década anterior. De ahí quedaban fierros (el mito de una casa en Hurlingham donde se habían enterrado fierros y los compañeros pidieron permiso a la familia que vivía y los desenterraron, cuenta). “Fuimos toda la banda de la JUP de Capital al subsuelo de la Facultad de Medicina. Nos llamó una gente del MTP. Dicen: ‘Muchachos, ustedes tienen fierros de los Montos y queremos que nos ayuden a demostrar que a ellos les entran las balas’”. La historia que sigue es conocida, trágica, y termina en La Tablada. “Nosotros le dijimos que teníamos cuatro escopetas, dos veintidós, tres Fiat, y dos Citroën”, cierra Pancho.

En política los fierros existían: el sindicalismo y agrupaciones universitarias hacían uso y leyenda. El desarme fue gradual, de a poco, con reservas, como dijimos, para algún apriete interno. Radicales y peronistas tenían algo, se peleaban en esas internas por los paredones de las pintadas. Hay anécdotas por miles, incluso de viejos militantes del PI. Los radicales y las internas de sus parroquias, algún Beto Larrosa que recordaba su vieja boina blanca. Un tiro al aire para separar una gresca, como el que se oyó en una convención radical en el Comité Capital de 1985. El que busca encuentra parva de anécdotas así, marginales. Tiros viejos en odres nuevos. “Esa logística fierrera tuvo alguna importancia hasta principios de los noventa –dice Pancho–. Con el menemismo cambió porque era abrumadora su supremacía en logística.” 

El Partido Comunista también llegó a la democracia. Sus lecturas cuestionables sobre la dictadura no le restaron peso. En su visión permanecía abierta la posibilidad de lucha armada en el continente (Nicaragua, El Salvador, Colombia) con su “internacionalismo latinoamericano”; o sea: vivían la post dictadura cohabitando con luchas insurgentes en el continente. El “consenso de los derechos humanos” estaba escribiéndose. Cultura psicobolche mestiza: la Canción urgente para Nicaragua y el Nunca más. Esa dualidad imponía una formación y adiestramiento físico y político, pero no se ubicaba en el terreno de lo nacional, porque acá aparece la “otra mirada”: en Argentina trabajaban el enfoque de las denominadas “autodefensa de masas”. Una militante dice: “Eso tiene que ver con logísticas para cuidar procesos de lucha, porque las fuerzas del orden iban a defender los intereses de clase”. El PC se proponía “vigilar” a las Fuerzas: “Para poder analizar una situación de conflicto exacto y tener un diagnóstico rápido de las escenas concretas hacíamos relevamientos de cantidad de miembros de las distintas fuerzas represivas. Recorríamos zonas donde diagnosticar presencias llamativas o externas al escenario habitual. Y para denominarlo se utilizaba una regla nemotécnica llamada calute. Cada letra del calute es lo que tenés que registrar rápidamente para un informe de la situación. Y en función de eso, disponer tu participación y tu dispositivo de participación en el lugar.”

A eso agregaban normas de seguridad de acuerdo a la situación de conflicto: tener el nombre de los compañeros que asisten a una actividad, una lista de compañeros externos que no estén en la actividad para dar aviso si alguno no llegaba, o prácticas de seguimiento y contra seguimiento. “Poder detectar si hay alguien raro que te sigue. Tener puntos de encuentro con compañeras y en un trayecto largo a una actividad y garantizar la integridad física de ellos.”

En 1989 hubo un incidente en el Concejo Deliberante. El “legendario” Roberto Suardi, concejal peronista, intentó apropiarse de la presidencia del Concejo. El peronismo había decidido poner a Jorge Argüello, actual embajador en Estados Unidos, como presidente, pero Suardi metió matones y boxeadores ahí. Me lo cuenta entre risas un militante de esos años poco apichonado (venía de los setenta con el cuero duro): “Hubo una gresca y Suardi sacó un arma que, según él, pertenecía a un funcionario de la municipalidad”. Suardi armó el incidente y ganó por asalto la presidencia. Duró poco. Al otro día vino la contraofensiva encabezada por Argüello. “Hubo piñas, palos, pero no fierros, porque el fierro lo sacó Suardi el día anterior frente a las cámaras. Mostró un revolver, que según él pertenecía a un tal Pancho Gaitán, funcionario de la Muni. Era mentira.” El arma era de Suardi, y quiso pasar como un “héroe” que se la había quitado a Gaitán. “Cuando entramos al Concejo Deliberante fue una recuperación, lo habían tomado y dormido ahí, se veían en el pasillo las cajas de pizza”, me dice. “Peleamos con un par de boxeadores. Cobramos y pegamos.” Raúl Padró, se decía, había llevado a los boxeadores para Suardi. Padró venía de la CNU (Concentración Nacional Universitaria), un posgrado en piñas, tiros y muertos. Pero perdieron.

 

“Nunca pensé en matar a nadie”

 

Cuando asume Menem en julio de 1989 una de las primeras medidas políticas que lleva adelante es dividir la CGT con el apoyo de Gastronómicos, UPCN, Obras Sanitarias y UOCRA, que serán su columna vertebral y contra la oposición, sobre todo, de Camioneros y UTA (MTA). Pero a mediados de los noventa se hace un congreso buscando la unidad: un gran asado en el camping de Comercio en Ezeiza. Comercio era el otro gremio (conducido por Cavalieri) que integraba el grupo de “Los Gordos” junto a Sanidad y Alimentación. El día previo corrió un rumor: UTA y Camioneros iban a copar el congreso. En el asado estaban los jefes de la barra de Chacarita y gente vinculada a varios sindicatos (UOCRA, UPCN). Se establece un esquema defensivo, se preveía que iban a querer entrar por la fuerza estos sindicatos. Y el esquema surte efecto por una “infantería” hecha de algunas armas cortas y lanza cohetes (petardos), que se usaron como morteros, de manera horizontal. Hubo heridos. Camioneros y UTA no pudieron entrar al “congreso de unidad”. “Era muy común –me comenta un dirigente que estuvo ese día–. Sabíamos que la estructura de Gastronómicos de Barrionuevo con la barra de Chacarita y la UOCRA era gente muy pesada. En las movilizaciones los gremios teníamos algunos compañeros que iban con armas cortas ‘por las dudas’, eso era común, viejos resabios de otras épocas.”

En 2006 se patentó la imagen de “Madonna” Quiroz a los tiros en la quinta de San Vicente durante la recepción sindical al féretro que trasladaba los restos de Perón. El 17 de octubre de ese año una parte importante del peronismo y los gremios que tributaban al famoso “peronismo de Perón” organizaron actos para homenajear la recuperación de los restos del líder. El primero fue en el centro porteño, con la presencia de Gerónimo Venegas, Hugo Moyano, Eduardo Duhalde y Antonio Cafiero. Luego del acto, el féretro fue conducido en una caravana de autos, motos, camiones y policías que rodeaban y seguían la cureña. Una vez que la comitiva llegó a la quinta de San Vicente, encontró un recibimiento de cientos de hombres trenzados a palazos, trompadas y piedrazos en una gresca entre la UOCRA y Camioneros. En un momento el tiempo se detuvo y los pugilistas quedaron en blanco y negro ante un “Madonna” Quiroz empuñando con su diestra y gatillando una pistola Bersa calibre 9 mm, el cuerpo agachado pero firme para pulsar el gatillo. Esa tarde no hubo muertos de milagro. Cuando le preguntaron por qué había disparado, Madonna contestó: “para evitar un mal mayor, pero nunca pensé en matar a nadie”.

La bala que mató a Mariano Ferreyra en octubre de 2010 tuvo como escenario un conflicto por los tercerizados despedidos de la empresa mixta del ferrocarril Roca, que cortaban vías y protestaban con el apoyo del Partido Obrero, en que militaba Mariano. Un grupo de pesados de la Unión Ferroviaria corrieron a los tercerizados y militantes del lugar a piñas y balazos. Una bala alcanzó al militante de 23 años Mariano Ferreyra. El crimen ocurrió al mediodía. A la tarde, una multitud llenaba las calles del centro reclamando justicia.

 

No creemos en la justicia y aún la pedimos

 

La sociedad se sostiene en la desconfianza, en el derecho de muchos a creer en teorías conspirativas porque además casi siempre les mienten, dice acá Ernesto Semán. Así se vive entre los que no creen que Maldonado se ahogó y los que no creen que Nisman se suicidó. No creer también sostiene en parte la vieja fe democrática. ¿No creer es otro derecho a no ser comido por las bestias a riesgo de obstinación? Tal vez. 

Claudio Uriarte decía con cinismo y verdad: izquierdistas que trocaron recitar El Capital de Marx por el Preámbulo de la Constitución de Alberdi. Y en ese pasaje al “civismo” que para muchos resumía la continuidad del “Proceso”, también se empollaba el huevo de una democracia chiva: no hay mejor límite al “ajuste” que un calendario electoral. Votar cada dos años a la larga es como un programa de izquierda (votan los vencedores y los vencidos). Sin embargo, en estos cuarenta años no todos comieron, ni se educaron, ni se curaron. Y la conclusión se escribe sola. Pero una promesa al menos persistía en las reglas. Un argumento para la democracia: no hubo venganzas. Ése fue el camino. Ser peregrinos. AMIA, María Soledad, Cabezas, Puente Pueyrredón, Cromagnon, Marita Verón, Once, Blumberg, Maldonado, Las Madres del Dolor y tantos más. Esa democracia que cumple cuarenta años sobre todas esas “misas” de justicia y dolor, ¿se está rompiendo? 

MR

Van casi cuatro décadas de democracia. Y podemos decir como “saldo” de saldo que no tuvimos un problema de descreimiento en las instituciones, más bien al revés: creímos demasiado en ellas. Justicia, justicia perseguirás. Porque más allá del famoso “rezo laico” también parecería posible que la democracia naciera con un desafío evangélico bajo el brazo: “¿Qué vas a hacer con lo que te hicieron?”. Las reglas de la democracia no estuvieron tanto en lo que fueron capaces de evitar (que una persona fuera asesinada, tuviera hambre o no se curara), sino en la educación de las víctimas: buscar justicia. ¿Qué vas a hacer con lo que te hicieron? La pregunta de la democracia. 

No hubo venganza desde el arranque: ni los familiares de los desaparecidos, ni los familiares de la AMIA, ni los de Cromañón, ni los del tren de Once o el ARA San Juan. Nadie se vengó. Tampoco Juan Carlos Blumberg, quien pidió más penas, rodeó el Congreso, con aquel movimiento de velas y reclamo tan popular. Si lo midiéramos por geografía porteña: su causa cruzó de Lugano a Belgrano. Recuerdo a dos pobres mujeres que cobraban el PEC porteño (150 pesos mensuales por el que contra-prestaban horas de atención al público en el CGP de Lugano): las dos se movían por el edificio juntando firmas. Y gratis. Axel Blumberg ya no tenía clase social: era el hijo de un país desgraciado. Todos, a su modo, creyeron en la justicia: pedirla, cambiarla por dentro, cumplirla, exigir más leyes o leyes más duras. Por eso aprendieron a caminar, plazas y palacios. Donde hay un familiar de las víctimas, hay un referente: un lobista legítimo de la causa, alguien al que nadie le aguanta la mirada.

Una monjita y dos padres humildes inventaron las marchas del silencio y dieron vuelta una provincia. El crimen de María Soledad Morales en Catamarca. Las rondas, las velas, el silencio. El pedido por Marita Verón. Los encubrimientos judiciales terminan en causas por encubrimiento. Hay gimnasia. Un aprendizaje a los tumbos. La instrucción cívica se aprende en la calle. Los papás de Fernando, el joven al que un grupo de rugbiers mató a golpes, ahí están, en el santuario de su intransigencia: esperan el juicio. Esa mamá tiene un grito encima que no se calla más. Reescribe la leyenda guaraní del sueño de una tierra sin mal.

La violencia política cruzó dos siglos en Argentina. Fusil contra fusil, voto a voto, unos podían “tirarle un muerto” a otros, se robaban cadáveres sagrados, bautizaban Traviata a un sindicalista asesinado vilmente a balazos. Los de uniforme, casi todos, discípulos de una Escuelas de las Américas. Todo eso se ahogó en el río de sangre. La izquierda también fue armada y discutió cien veces las armas. “No matarás”, escribió Oscar Del Barco. Desde el 83 la política fue haciendo su armisticio, un camino difícil, aunque ahora miremos como si hubiera habido una ceremonia solemne, un instante y, chuz, se hizo la paz. El riesgo de estos días hizo reeditar y estirar del pasado la palabra “consenso”, muchos invocan el consenso del nunca más. ¿Éramos todos Sábatos? No. Pero las víctimas nos educaron.

Entre las primeras películas de la “primavera democrática” había un policial negro del gran Juan Carlos De Sanzo, En retirada. Julio de Grazia encarnaba al padre que quería vengarse de un represor que cruzó de casualidad en la calle, uno que se había llevado a su hijo de los pelos. Rodolfo Ranni hacía de nuestro “perfecto asesino”: cuidaba plantitas, desocupado pero visitando viejos jefes que le huían en los “nuevos tiempos”, dormía en una pensión mientras miraba por tele el show del horror. La película es buenísima pero agujereada: no existió ese padre vengador. Las víctimas en Argentina, casi todas, por derecha o por izquierda, vinieron con un chip que desconocían: el de la paciencia democrática.

“Nosotros no matamos presidentes”. Así dijo Alberto Kohan en su comparación entre los Estados Unidos y la Argentina que conté acá. Pero la banda de los copitos estuvo a un segundo de que su bala criminal desatara un proceso que no sabríamos qué consecuencias podría tener para la democracia. A la vez, no podemos dejar de pensar de dónde vienen (no todo es sociología, pero sin sociología no se puede). En una columna de la edición del diario de hoy Fernando Rosso también tira del hilo microemprendedor de los restos de una Side cuyo hormiguero fue pateado hace años. Los hijos del siglo XX miramos de reojo esta precariedad.

Hace unas semanas la democracia estuvo a punto de romperse, al minuto del abismo. Pero si tampoco tuvimos una democracia tan “sagrada” ¿cómo fue por dentro la relación de los fierros y la democracia? ¿Cómo se hizo el “desarme” civil? El 83 trajo su armisticio. Con altibajos, con cuitas y sangre en el ojo, lo vimos en la “paritaria” carapintada que retrató el documental imperdible de Sergio Wolf Esto no es un golpe (“¿quién me iba a parar?” decía Rico) o en la última acción guerrillera en el verano de 1989 con el copamiento de La Tablada. Años después hubo otro hecho armado, puntual: el ORP de los años noventa, la “Organización Revolucionaria del Pueblo”. Carlos Mackevicius publicó un libro valiente: Krmpotic (Ediciones Paco, 2019), en el que entrevista a este último mohicano de la acción armada, Adrián Krmpotic, el militante fundador de la ORP que quiso secuestrar al médico policial Carlos Bergés, para que confiese lo que sabía del robo de bebés. Y perdió.

Las armas producen sus leyendas. Algunas las exponen en vidrieras. La simulación de una violencia que saben tercerizada en otros. Como la “pistola” que Guillermo Moreno habría puesto en la mesa de sus paritarias. Otras son la justicia por mano propia de los que se dedican a hacer cumplirla: la “Glock” del juez Claudio Bonadío con la que mató a dos ladrones. ¿Otra? La ametralladora de José López cuando entró al convento con bolsos llenos de dólares del negoción truculento de la obra pública. La escena da pie a un Moldavksy que dice: “¿Quién de nosotros no tiene un bajón a las 3 de la mañana? Cada uno lo encara como puede. Yo como dulce de batata, él salió con 9 millones y la ametralladora. ”Así, zigzagueante, podemos reconstruir el repaso de guerras privadas y en cuotas. Armas que abrieron el breve telón de este siglo: aún en democracia hay armas también bajo esa forma bandolera, paraestatal, que muestra el filo del Estado.

Papeles viejos. Carl Schmitt, en Teoría del partisano diferencia la guerra tradicional entre dos Estados a la figura del partisano. Escribe: “El partisano moderno no espera ni gracia ni justicia del enemigo. Dio la espalda a la enemistad convencional con sus guerras domesticadas y acotadas, y se fue al ámbito de otra enemistad verdadera, que se enreda en un círculo de terror y contraterror hasta la aniquilación total”.

 

Ataque ochentoso

 

La democracia se parió con un armisticio: se guardaron los fierros. ¿Pero de verdad se podían guardar las armas? Las víctimas hicieron decir que sí. Que no hacía falta, que ya no era necesario lo que en los años setenta se naturalizó: casi toda agrupación u “orga” tenía sus armas de autodefensa. Después, entonces, los resabios de lucha armada quedaron o fueron para dirimir internas: ahí entraron a veces casi todos (algún chumbo para resolver cuitas; las armas, por un segundo, volvían). 

Flashback. Año 88. Pancho cuenta una reunión que invitan a la JUP los del Movimiento Todos por la Patria (MTP). Pancho era un militante auténtico de esos años: peronista de izquierda, llegado de un pueblo del interior, se sentía hermano menor de los que perdieron la década anterior. De ahí quedaban fierros (el mito de una casa en Hurlingham donde se habían enterrado fierros y los compañeros pidieron permiso a la familia que vivía y los desenterraron, cuenta). “Fuimos toda la banda de la JUP de Capital al subsuelo de la Facultad de Medicina. Nos llamó una gente del MTP. Dicen: ‘Muchachos, ustedes tienen fierros de los Montos y queremos que nos ayuden a demostrar que a ellos les entran las balas’”. La historia que sigue es conocida, trágica, y termina en La Tablada. “Nosotros le dijimos que teníamos cuatro escopetas, dos veintidós, tres Fiat, y dos Citroën”, cierra Pancho.

En política los fierros existían: el sindicalismo y agrupaciones universitarias hacían uso y leyenda. El desarme fue gradual, de a poco, con reservas, como dijimos, para algún apriete interno. Radicales y peronistas tenían algo, se peleaban en esas internas por los paredones de las pintadas. Hay anécdotas por miles, incluso de viejos militantes del PI. Los radicales y las internas de sus parroquias, algún Beto Larrosa que recordaba su vieja boina blanca. Un tiro al aire para separar una gresca, como el que se oyó en una convención radical en el Comité Capital de 1985. El que busca encuentra parva de anécdotas así, marginales. Tiros viejos en odres nuevos. “Esa logística fierrera tuvo alguna importancia hasta principios de los noventa –dice Pancho–. Con el menemismo cambió porque era abrumadora su supremacía en logística.” 

El Partido Comunista también llegó a la democracia. Sus lecturas cuestionables sobre la dictadura no le restaron peso. En su visión permanecía abierta la posibilidad de lucha armada en el continente (Nicaragua, El Salvador, Colombia) con su “internacionalismo latinoamericano”; o sea: vivían la post dictadura cohabitando con luchas insurgentes en el continente. El “consenso de los derechos humanos” estaba escribiéndose. Cultura psicobolche mestiza: la Canción urgente para Nicaragua y el Nunca más. Esa dualidad imponía una formación y adiestramiento físico y político, pero no se ubicaba en el terreno de lo nacional, porque acá aparece la “otra mirada”: en Argentina trabajaban el enfoque de las denominadas “autodefensa de masas”. Una militante dice: “Eso tiene que ver con logísticas para cuidar procesos de lucha, porque las fuerzas del orden iban a defender los intereses de clase”. El PC se proponía “vigilar” a las Fuerzas: “Para poder analizar una situación de conflicto exacto y tener un diagnóstico rápido de las escenas concretas hacíamos relevamientos de cantidad de miembros de las distintas fuerzas represivas. Recorríamos zonas donde diagnosticar presencias llamativas o externas al escenario habitual. Y para denominarlo se utilizaba una regla nemotécnica llamada calute. Cada letra del calute es lo que tenés que registrar rápidamente para un informe de la situación. Y en función de eso, disponer tu participación y tu dispositivo de participación en el lugar.”

A eso agregaban normas de seguridad de acuerdo a la situación de conflicto: tener el nombre de los compañeros que asisten a una actividad, una lista de compañeros externos que no estén en la actividad para dar aviso si alguno no llegaba, o prácticas de seguimiento y contra seguimiento. “Poder detectar si hay alguien raro que te sigue. Tener puntos de encuentro con compañeras y en un trayecto largo a una actividad y garantizar la integridad física de ellos.”

En 1989 hubo un incidente en el Concejo Deliberante. El “legendario” Roberto Suardi, concejal peronista, intentó apropiarse de la presidencia del Concejo. El peronismo había decidido poner a Jorge Argüello, actual embajador en Estados Unidos, como presidente, pero Suardi metió matones y boxeadores ahí. Me lo cuenta entre risas un militante de esos años poco apichonado (venía de los setenta con el cuero duro): “Hubo una gresca y Suardi sacó un arma que, según él, pertenecía a un funcionario de la municipalidad”. Suardi armó el incidente y ganó por asalto la presidencia. Duró poco. Al otro día vino la contraofensiva encabezada por Argüello. “Hubo piñas, palos, pero no fierros, porque el fierro lo sacó Suardi el día anterior frente a las cámaras. Mostró un revolver, que según él pertenecía a un tal Pancho Gaitán, funcionario de la Muni. Era mentira.” El arma era de Suardi, y quiso pasar como un “héroe” que se la había quitado a Gaitán. “Cuando entramos al Concejo Deliberante fue una recuperación, lo habían tomado y dormido ahí, se veían en el pasillo las cajas de pizza”, me dice. “Peleamos con un par de boxeadores. Cobramos y pegamos.” Raúl Padró, se decía, había llevado a los boxeadores para Suardi. Padró venía de la CNU (Concentración Nacional Universitaria), un posgrado en piñas, tiros y muertos. Pero perdieron.

 

“Nunca pensé en matar a nadie”

 

Cuando asume Menem en julio de 1989 una de las primeras medidas políticas que lleva adelante es dividir la CGT con el apoyo de Gastronómicos, UPCN, Obras Sanitarias y UOCRA, que serán su columna vertebral y contra la oposición, sobre todo, de Camioneros y UTA (MTA). Pero a mediados de los noventa se hace un congreso buscando la unidad: un gran asado en el camping de Comercio en Ezeiza. Comercio era el otro gremio (conducido por Cavalieri) que integraba el grupo de “Los Gordos” junto a Sanidad y Alimentación. El día previo corrió un rumor: UTA y Camioneros iban a copar el congreso. En el asado estaban los jefes de la barra de Chacarita y gente vinculada a varios sindicatos (UOCRA, UPCN). Se establece un esquema defensivo, se preveía que iban a querer entrar por la fuerza estos sindicatos. Y el esquema surte efecto por una “infantería” hecha de algunas armas cortas y lanza cohetes (petardos), que se usaron como morteros, de manera horizontal. Hubo heridos. Camioneros y UTA no pudieron entrar al “congreso de unidad”. “Era muy común –me comenta un dirigente que estuvo ese día–. Sabíamos que la estructura de Gastronómicos de Barrionuevo con la barra de Chacarita y la UOCRA era gente muy pesada. En las movilizaciones los gremios teníamos algunos compañeros que iban con armas cortas ‘por las dudas’, eso era común, viejos resabios de otras épocas.”

En 2006 se patentó la imagen de “Madonna” Quiroz a los tiros en la quinta de San Vicente durante la recepción sindical al féretro que trasladaba los restos de Perón. El 17 de octubre de ese año una parte importante del peronismo y los gremios que tributaban al famoso “peronismo de Perón” organizaron actos para homenajear la recuperación de los restos del líder. El primero fue en el centro porteño, con la presencia de Gerónimo Venegas, Hugo Moyano, Eduardo Duhalde y Antonio Cafiero. Luego del acto, el féretro fue conducido en una caravana de autos, motos, camiones y policías que rodeaban y seguían la cureña. Una vez que la comitiva llegó a la quinta de San Vicente, encontró un recibimiento de cientos de hombres trenzados a palazos, trompadas y piedrazos en una gresca entre la UOCRA y Camioneros. En un momento el tiempo se detuvo y los pugilistas quedaron en blanco y negro ante un “Madonna” Quiroz empuñando con su diestra y gatillando una pistola Bersa calibre 9 mm, el cuerpo agachado pero firme para pulsar el gatillo. Esa tarde no hubo muertos de milagro. Cuando le preguntaron por qué había disparado, Madonna contestó: “para evitar un mal mayor, pero nunca pensé en matar a nadie”.

La bala que mató a Mariano Ferreyra en octubre de 2010 tuvo como escenario un conflicto por los tercerizados despedidos de la empresa mixta del ferrocarril Roca, que cortaban vías y protestaban con el apoyo del Partido Obrero, en que militaba Mariano. Un grupo de pesados de la Unión Ferroviaria corrieron a los tercerizados y militantes del lugar a piñas y balazos. Una bala alcanzó al militante de 23 años Mariano Ferreyra. El crimen ocurrió al mediodía. A la tarde, una multitud llenaba las calles del centro reclamando justicia.

 

No creemos en la justicia y aún la pedimos

 

La sociedad se sostiene en la desconfianza, en el derecho de muchos a creer en teorías conspirativas porque además casi siempre les mienten, dice acá Ernesto Semán. Así se vive entre los que no creen que Maldonado se ahogó y los que no creen que Nisman se suicidó. No creer también sostiene en parte la vieja fe democrática. ¿No creer es otro derecho a no ser comido por las bestias a riesgo de obstinación? Tal vez. 

Claudio Uriarte decía con cinismo y verdad: izquierdistas que trocaron recitar El Capital de Marx por el Preámbulo de la Constitución de Alberdi. Y en ese pasaje al “civismo” que para muchos resumía la continuidad del “Proceso”, también se empollaba el huevo de una democracia chiva: no hay mejor límite al “ajuste” que un calendario electoral. Votar cada dos años a la larga es como un programa de izquierda (votan los vencedores y los vencidos). Sin embargo, en estos cuarenta años no todos comieron, ni se educaron, ni se curaron. Y la conclusión se escribe sola. Pero una promesa al menos persistía en las reglas. Un argumento para la democracia: no hubo venganzas. Ése fue el camino. Ser peregrinos. AMIA, María Soledad, Cabezas, Puente Pueyrredón, Cromagnon, Marita Verón, Once, Blumberg, Maldonado, Las Madres del Dolor y tantos más. Esa democracia que cumple cuarenta años sobre todas esas “misas” de justicia y dolor, ¿se está rompiendo? 

MR

Van casi cuatro décadas de democracia. Y podemos decir como “saldo” de saldo que no tuvimos un problema de descreimiento en las instituciones, más bien al revés: creímos demasiado en ellas. Justicia, justicia perseguirás. Porque más allá del famoso “rezo laico” también parecería posible que la democracia naciera con un desafío evangélico bajo el brazo: “¿Qué vas a hacer con lo que te hicieron?”. Las reglas de la democracia no estuvieron tanto en lo que fueron capaces de evitar (que una persona fuera asesinada, tuviera hambre o no se curara), sino en la educación de las víctimas: buscar justicia. ¿Qué vas a hacer con lo que te hicieron? La pregunta de la democracia. 

No hubo venganza desde el arranque: ni los familiares de los desaparecidos, ni los familiares de la AMIA, ni los de Cromañón, ni los del tren de Once o el ARA San Juan. Nadie se vengó. Tampoco Juan Carlos Blumberg, quien pidió más penas, rodeó el Congreso, con aquel movimiento de velas y reclamo tan popular. Si lo midiéramos por geografía porteña: su causa cruzó de Lugano a Belgrano. Recuerdo a dos pobres mujeres que cobraban el PEC porteño (150 pesos mensuales por el que contra-prestaban horas de atención al público en el CGP de Lugano): las dos se movían por el edificio juntando firmas. Y gratis. Axel Blumberg ya no tenía clase social: era el hijo de un país desgraciado. Todos, a su modo, creyeron en la justicia: pedirla, cambiarla por dentro, cumplirla, exigir más leyes o leyes más duras. Por eso aprendieron a caminar, plazas y palacios. Donde hay un familiar de las víctimas, hay un referente: un lobista legítimo de la causa, alguien al que nadie le aguanta la mirada.