Tribuna abierta

En las elecciones, como en el fútbol, la sorpresa sería que no haya sorpresas

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A mediados de 1996, el destino me sentó en uno de esos asados que los futboleros añoramos: cuando se habla de todo mientras solo se habla de futbol.

Jugadores, directores técnicos, hombres de la cultura, periodistas. Me acuerdo del Coco Basile, el Bambino Veira, Hugo Sánchez, el flaco Tena, Saporitti, Pinza Vidal y Enzo Gennoni, que fue la figura de la noche.

Enzo habia sido un wing derecho del Rosario Central de la década del 60. Vago, vivo, rápido, pero con poco gol. Emigró a México con algunos amigos en busca de un mercado menos exigente a principio de los 70. La idea era entrenar menos y estar más cerca de Las Vegas. A los años se convirtió en representante, rockstar en el fútbol azteca y habitué de la ciudad de los casinos.

Desde 2009, a horas del sufragio entre ocho y nueve personas de cada diez tenían recordación de las campañas. Hoy ese número oscila entre cinco y seis. La campaña no solo no es criticada, tampoco es escuchada.

Esa noche contó su fracaso más divertido. Dos equipos se jugaban la posibilidad de acceder a la liguilla. Tenía jugadores en ambos bandos y el empate le servía a todos para pasar de ronda.

Para disminuir el riesgo armó un esquema de recompensas en el que participaban el árbitro, los linemans y veintiún de los veintidós jugadores titulares. El único que no era parte de la fiesta era un mediocre lateral derecho. Devoto de la Guadalupe, insobornable y además virgen en la red. 

En el minuto 78 el defensor paso mitad de cancha, sin opciones de pase adelanto una y otra vez la pelota y pateo al arco. Para tristeza de todos, la colgó del ángulo y se terminó la rosca. Entró uno solo a la liguilla. La única variable no contemplada hizo saltar la banca.

Al terminar el cuento Enzo me miró a los ojos y con un tequila en la mano me dijo: “Pibe, el fútbol es impredecible”. Calladito asentí.

A días de votar, entre nosotros nos preguntamos como la vemos y todos más o menos vemos lo mismo. Me acuerdo de Enzo y su tequila y empiezo a dudar. Dejo por acá algunas de las razones:

- A esta altura en las últimas cinco elecciones el 90% de los electores sabía que el domingo deberían votar. Hoy, ese número apenas supera el 60%. Además, un tercio de los que lo saben aun no definió su voto.

Los registros de los candidatos prácticamente no contemplan la particularísima situación que la ciudadanía vivió en tiempos pandémicos. Sus campañas tranquilamente son trasladables a cualquiera de las que vimos en la última década.

- Desde el 2009 a la fecha, a horas del sufragio entre ocho y nueve personas de cada diez recordaban las campañas (televisión, radio, grafica, vía pública, redes, etc). Hoy ese número oscila entre cinco y seis. La campaña no solo no es criticada, tampoco es escuchada.

- Más del 50% de los electores creen que la dirigencia no resolverá sus preocupaciones y el 64% que nada cambiara sustancialmente a partir del domingo. La grieta parece ser entre la política y la sociedad. “Los políticos viven en Narnia”, fue un textual que recogimos esta semana en la última ronda de grupos focales previos a la elección.

- Los registros de los candidatos prácticamente no contemplan la particularísima situación que la ciudadanía vivió en tiempos pandémicos. Sus campañas tranquilamente son trasladables a cualquiera de las que vimos en la última década. La política parece estar inmunizada al COVID, también a las consecuencias psicológicas, sociales, económicas y educativas que produjo.

- El termómetro de las encuestas está roto. Predicen algunas cosas, pero ya no todas. Sirven para evaluar gestiones, conocimiento, imágenes pero no intención de voto. Es probable que este lunes, como tantos otros lunes post electorales hablemos de sus errores.

Gennoni contempló veinticuatro de veinticinco variables y no logro predecir el resultado. La política, menos rigurosa, busca transformar sus ansiolíticos en oráculos.

La sociedad ya pasó la mitad de cancha y adelantó dos veces la pelota. Está a punto de patear. La sorpresa sería que no hubiera sorpresa después de tantas sorpresas que en dos años alteraron la vida de los votantes. Desde la salud hasta la economía, desde la organización familiar hasta la intimidad.

La pelota vuela en el aire. ¿Y si se vuelve a clavar en el ángulo?

PH/PI

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