Opinión

Fiebre del sábado por la noche

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A veces los desesperados hacen que la realidad funcione a su favor. Siempre me pareció que tenían un don los escritores que lograban eso: Martín Rejman, César Aira. O Armando Bo cuando hace llegar a Isabel Sarli a París pero en vez de filmar un avión subiendo y bajando y tener que viajar a la ciudad luz, la hace bajar de un  tren y en la pizarra negra de estación –que debería decir Remedios de Escalada- dice París. Genial. 

Cuando empecé la primaria y festejé mi primer cumpleaños, el invitado que llegó antes que todos era Fabián Politis. Todavía lo veo corriendo por el largo pasillo de esa casa donde nací. El venía adelante y detrás su madre. Llevaba en las manos mi regalo, la colonia Pibes. Ese día mi padre quiso darme una sorpresa –o se quiso ahorrar el animador- y cuando ya estaban todos mis compañeros apareció un payaso que iba a animar la fiesta. Era un payaso malísimo que intentaba inflar globos y hacer chistes. Fabián Politis –el Gordo, como le decíamos- , me preguntó:  ¿quién es este imbécil? Le dije –con vergüenza- que era mi papá. El Gordo me miró y me acarició la cabeza. Nunca voy a olvidar ese gesto. 

Pasaron los años y las cosas cambiaron –aunque no tan rápido como suceden ahora- . Cuando terminábamos la primaria nuestro colegio, que era sólo de hombres, se volvió mixto. Un día llegamos para iniciar el último año y estaba lleno de chicas. Eso nos volvió locos. En el país reinaba la música disco y el prototipo de belleza lo instalaba John Travolta. El Gordo Politis y yo éramos horribles. Estábamos desolados. Juanjo Swasnawer o Huguito De Felice, en cambio, estaban en el momento justo y en la época justa. Eran hermosos, sabían bailar música disco –a mí y al Gordo nos gustaba el rock argentino y la psicodelia- y casi todas las chicas los amaban. 

El Gordo vivía en la calle Venezuela, con sus padres. Tenía una casa muy linda. Había un cuarto donde estaba el equipo de música y donde nosotros poníamos los temas de los Bee Gees y tratábamos de emularlos. Pero no nos salía. Yo me di por vencido rápidamente. Pero el Gordo, que era un desesperado, no. Me dijo que tenía un plan: íbamos a organizar una fiesta aprovechando que sus padres se iban el fin de semana a una casa que tenían en el Tigre. La idea era invitar sólo a las chicas y a ningún chico. Le pregunté si estaba loco. ¿Cómo hacer una fiesta sin que estuviera garantizada la presencia de Juanjo Swasnawer? Me dijo que le íbamos a decir a las chicas que ellos iban a venir. ¿Pero cuando se den cuenta de que no vienen?, le dije. Ahí ya van a estar todas acá y sólo para nosotros. Algo va a tener que pasar, me dijo. 

Los padres se fueron al Tigre a pasar el fin de semana  y el Gordo invitó a las chicas. En el patio pusimos mesas con bebidas y posters de los Bee Gees y de John Travolta. Sacamos el tocadiscos de la pieza donde ensayábamos los malditos pasos de la música disco y esperamos. En ese entonces las chicas se movían en bloque. Llegaron todas juntas. Empezamos a poner música y a repartir bebidas y nos pusimos a bailar. Hasta que una de ellas –Nancy Crosta, la hija de Lechuguita Crosta, el entrenador de Huracán- nos preguntó cuándo iban a venir los demás chicos. Yo me puse nervioso, pero el Gordo ni se inmutó, les dijo que estarían retrasados, que ya iban a llegar. Mientras, bailaba con Inés La Fuente –más conocida como Cholele-  quien, ante la falta de otros chicos, se había empezado a divertir y a relajarse. Hubo un momento en que se produjo un acontecimiento, como dicen los filósofos. Las chicas se dieron cuenta de que no iba a venir nadie más. Era ese momento en que tenían que decidir irse o quedarse. Nosotros derrapábamos histrionismo para esa altura, bailábamos, tomábamos bebidas y nos reíamos. Creo que ellas no lo podían creer. Entonces llegaron los padres del Gordo. Había estado lloviendo en el Tigre y se volvieron. Me acuerdo cuando entraron y vieron esa fiesta improvisada, sin aviso, en su casa. El padre le dijo al Gordo que entrara a un cuarto que era el dormitorio de ellos y cuya puerta daba al patio donde hasta hace segundos, bailábamos. Los que estábamos en el patio apagamos la música. El padre prendió la luz del cuarto –un tono cálido, del velador de la mesita de luz- y como si fueran sombras chinescas, vimos enfrentadas a la figura del Gordo y a  la figura del padre. Nancy Crosta se acercó y me preguntó: ¿qué va a pasar? No sé, le dije.

El padre sacó un golpe perfecto, un cachetazo violento, el Gordo se inclinó por el golpe como un punching ball. Cuando volvió a estar en posición vertical, el padre sacó otro cachetazo igual. Nunca había visto un padre que pegara así. El Gordo se inclinó de nuevo propulsado por el golpe y volvió a la posición vertical. En el patio todos nos replegamos hacia atrás, contra la pared donde estaba el poster de Travolta. Vimos que las dos figuras se quedaron hablando unos segundos. Después se abrió la puerta y el Gordo, con la cara roja, salió y dijo: “Dice mi Papá que nos podemos quedar un ratito más”. Pero no hubo quorum y todos salimos volando.

Eso fue el sábado a la noche. Pasé todo el domingo pensando en suicidarme y no ir al colegio. Porque además del oprobio de la fiesta fallida, íbamos a tener que enfrentar a los chicos que no habían sido invitados. Así que me sorprendió  la forma en que nos miraban todos los compañeros, cuando nos vieron llegar a mí y al Gordo Politis. De golpe, algo había cambiado. Si podés organizar una fiesta así sin que te importe nada, es porque estás mal de la cabeza y sos alguien de cuidado. De alguna manera, el Gordo y yo, sin quererlo, nos habíamos convertido en todo lo “pesado” que se podía ser, en medio de la dictadura de la música disco.

FC

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