OPINIÓN

Gran Hermano S.A.

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Hace más de cien años que la ciencia ficción nos ofrece vívidas descripciones de sociedades totalitarias ficcionales en las que el espionaje sobre la vida privada es fundamental para sostener un orden opresivo. En su extraordinaria novela Nosotros (1920), Yevgueni Zamiatin imaginaba que las personas eran obligadas a vivir en casas transparentes, enteramente construidas de vidrio, para que cualquiera pudiese ver lo que sucedía dentro a toda hora. El Estado contaba, además, con una extensa red de espionaje y de delaciones para saberlo todo sobre cada individuo. No había escapatoria posible: la privacidad había desaparecido. En la más conocida 1984, publicada por George Orwell en 1949, el Gran Hermano –el líder supremo que nadie sabía si existía realmente o si era también él una creación de la propaganda oficial– lo veía todo. Los dispositivos tecnológicos le daban el régimen una vigilancia total sobre las personas: cámaras y micrófonos por todas partes, una “policía del pensamiento” que analizaba las microexpresiones de los rostros para saber lo que pensaba cada uno, agentes infiltrados por todas partes, espías infantiles. La idea quedaba clara: sin espacio privado, sin privacidad, solo queda lugar para la obediencia. La libertad se extingue.  

Desde que la humanidad comprendió esta verdad muy simple, las sociedades instauraron derechos y garantías para evitar ese riesgo. Algunos principios para proteger la privacidad son muy antiguos, como la inviolabilidad del domicilio o de la correspondencia. Otros son más recientes, como el habeas data. Pero siempre estuvo claro que la información personal en manos de los Estados podía ser un problema. 

En esta carrera alocada a la barbarie en la que ingresó el mundo en los últimos tiempos, no hay semana que no veamos un retroceso en los derechos y garantías de todo tipo. El derecho a la privacidad no es la excepción. Su erosión acelerada comenzó hace no tanto tiempo, pero en verdad no fue el Estado el que primero empujó en ese sentido, sino el sector privado. En pocos años, se erigieron un puñado de megacorporaciones que lo saben casi todo sobre nuestras vidas: nuestro domicilio y número de tarjeta, nuestras preferencias sexuales, nuestro gusto de helado favorito, las bandas que escuchamos y también a qué cosas le ponemos like o retuiteamos. Conocen nuestro rostro por las fotos que publicamos o porque nos los exigen para validar usuarios. También nuestra voz. Hasta nuestra huella digital les damos y ya están escaneando nuestros iris. Con todo eso construyen perfiles de consumidores para llenarnos de spam –eso todo el mundo ya lo sabe–, pero también perfiles políticos, que venden a empresas que se dedican a brindar servicios a candidatos en busca de votos. A nadie pareció importarle demasiado nada de esto porque toda esta información la manejan empresarios, no políticos. Ni Zamiatin ni Orwell nos advirtieron sobre ellos. Tampoco la filosofía política, que tendió a ver al Estado como fuente única del riesgo totalitario. El problema es el escenario actual, en el que poder político y poder corporativo están confluyendo de una manera inédita.

En nuestro país, Milei viene de anunciar un plan por el que pondrán toda la información de nuestra población que manejan las diversas reparticiones del Estado en manos de una corporación estadounidense que, dicen, ayudará a mejorar las políticas públicas con herramientas de IA. El principio es sencillo: recopilan todo lo que el Estado sabe de una persona –donde vive, de qué trabaja, cuánto gana, nivel educativo, si tiene o no propiedades o vehículos, antecedentes de salud, vínculos familiares, salidas del país, etc.– y crean un “gemelo digital”, un avatar único con sus mismas características y hábitos. Luego, la IA ayuda a predecir los comportamientos de esos avatares, lo que permite anticipar cómo se comportará colectivamente la sociedad y, así, en teoría, mejorar las políticas públicas. Todo esto, publicitado con las hermosas palabras habituales: “futuro”, “eficiencia”, “modernización”, “cambio”.

A los tontos les dicen, para tranquilizarlos, que son “metadatos”, que van sin la identidad real de cada ciudadano. Tranqui, juegan con tu gemelo virtual, no con vos. Pero incluso si uno fuera a creer que no entregan nombre y apellido, cualquiera comprende hoy la facilidad con la que la IA puede reponer esa información si cuenta con datos como domicilio y edad, simplemente cruzándola con los datos del padrón electoral. Agreguemos que toda esa masa de información personal va a una corporación privada que maneja o puede manejar toda la otra masa de datos personales, incluso más minuciosa, que está en manos corporativas. Empresas como Meta –dueña de Facebook, Instagram, WhatsApp y otras plataformas– colaboran con la policía y los servicios de inteligencia de Estados Unidos, al menos desde 2007, compartiendo mensajes privados y otra información de los usuarios. Eso ya es suficientemente malo. Pero imaginemos por un momento que no sea un presidente maléfico el que quiera erigir un régimen autoritario aprovechando todo lo que sabe sobre cada uno de nosotros. Imaginemos lo que ni Zamiatin ni Orwell imaginaron: que el riesgo totalitario pueda venir del sector privado o, lo más probable, de una alianza de políticos y corporaciones.

Esto ya es suficientemente preocupante y todavía no comenzamos a hablar del magnate en cuestión, el que recibirá todos nuestros datos: Peter Thiel. Thiel reúne todas las características de un villano de dibujos animados. Antes de reunirse con Milei y comprar una residencia en Buenos Aires, ya había aclarado que está en contra del sistema democrático. No es que uno lo deduce: el hombre lo dijo con todas las letras. Con orgullo. La democracia, para él, es un obstáculo para el capitalismo. Habría que dejar de vivir en sociedades democráticas. Terminar con la democracia. Literal. A esta persona entregaremos todos los datos de los argentinos. Sabrá todo sobre cada uno de nosotros y podrá anticipar qué haremos. No es demasiado alocado pensar que podrá usar esa información para favorecer al político de su preferencia (que además le asegura un contrato suculento con el Estado). 

Nos seguimos haciendo los desentendidos, pero desde el punto de vista material, técnico, hoy ya estamos en el escenario de las casas transparentes de Zamiatin. Ya está disponible la posibilidad de llevar el ojo del Gran Hermano, literalmente, hasta el último rincón de nuestra existencia. Los rayos X totales ya están en funcionamiento. Las paredes de nuestra existencia ya son traslúcidas para el que quiera mirar y tenga el poder suficiente. La tecnología disponible vuelve incluso superfluas las extensas plantillas de espías que imaginaba la ciencia ficción. Hoy es mucho más fácil y barato. 

Está claro, sin embargo, que, al menos por ahora, eso no se ha traducido en la aparición de regímenes totalitarios pesadillescos, al menos no como los imaginábamos. El autoritarismo sin dudas viene en avance, pero no llevamos vidas parecidas a las de los habitantes del mundo de Zamiatin, que ni nombre tenían, apenas un código alfanumérico. Pero aquí viene a perturbarnos esa última tranquilidad otro de los clásicos distópicos, Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley, en el que el orden totalitario no está asegurado por la vigilancia policial y el miedo; por el contrario, el control se logra a través del placer, la distracción, el consumo y la gestión de las actitudes de cada uno mediante métodos de inducción psicológica. Gran Hermano S.A. avanza mientras también nosotros jugamos a espiar y controlar las vidas ajenas en el Gran Hermano (el productor holandés que bautizó así al popular programa de televisión tenía un sentido de la ironía exquisito o un cinismo siniestro, una de dos). 

Hablando de Orwell, se le atribuye una frase que no hay prueba de que sea suya, pero que bien podría haber dicho: “el fascismo regresará bajo el nombre de la libertad”. Dice mucho de la realidad en la que vivimos que la infraestructura más impresionante que se haya diseñado para la infiltración en la vida privada de las personas la esté por erigir un gobierno fervorosamente liberal en alianza con un magnate que también es libertario. Muchos se reconfortan con la idea de que no son “verdaderamente liberales”, pero eso ya es insostenible. Porque es un hecho que los que sí son liberales “verdaderos” tampoco están reaccionando contra eso: más bien lo contrario, permiten que avance desde hace años haciéndose los distraídos. Incluso lo fomentan.

Su estruendoso silencio contrasta con la intervención más enérgica que tenemos hasta hoy contra la “vigilancia invasiva” mediante herramientas de IA, que es la que acaba de hacer el Papa, en una encíclica que tiene toda la claridad que le falta a la política tradicional: advierte sobre los “pequeños grupos muy influyentes” que, mediante el control de la IA, pueden “condicionar procesos democráticos” e imponernos “su propia visión moral” convertida en una “infraestructura invisible de los sistemas” y llama a “desarmar la IA” (lo que no quiere decir desmantelarla, sino quitarle su carácter de arma de los poderosos, que hoy tiene).  

Saquen sus conclusiones.

EA/MG