Opinión

Intimidad: divino tesoro

@elchara

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Señalar que la posibilidad de hablar de sexo también puede ser útil para los dispositivos del control fue una de las tantas intervenciones lúcidas de Michel Foucault. Señalar que la lengua es fascista, no porque nos prohíbe decir, sino porque nos obliga a decir, fue una de las tantas intervenciones lúcidas de Roland Barthes. Señalar que el inconsciente es lo que decimos fue una de las tantas intervenciones lúcidas de Jacques Lacan. Se trata, en los tres casos, de oponerse a la idea de que decirlo todo es lo contrario de ocultarlo todo. Es sostener la idea de que en el decir hay también, y sobre todo, lo que no se dice, lo que se calla, lo que no se puede decir. Y no porque esté prohibido, sino porque es imposible decirlo todo. Como si decir no fuera siempre un decir más o menos de lo que creemos que decimos, como si en el decir no se cifraran también la represión y el retorno de lo reprimido. Como si fuera posible controlar siempre lo que decimos, saber anticipadamente lo que decimos y, más aún, suponer que hablando nos entendemos y no que, como suele suceder, hablar es, sobre todo, hacer proliferar el malentendido.

En el decir hay también, y sobre todo, lo que no se dice, lo que se calla, lo que no se puede decir. Y no porque esté prohibido, sino porque es imposible decirlo todo.

Esas tres intervenciones fueron hechas en relación a un estado de cosas. En el caso de Foucault, se trataba de precisar su concepción novedosa del poder, que el poder no es sólo negativo, sino que conlleva positividad: que no solamente prohíbe, que también insta. Que no es algo que alguien tiene y el otro no, sino que circula; que no hay poder sin resistencia. En el caso de Barthes, que no hay afuera de la lengua y que sólo queda hacerle trampas -como la literatura, como el psicoanálisis-, y en el caso de Lacan, que al inconsciente no hay que ir a buscarlo a ninguna profundidad, que no se esconde. O, en rigor, que se esconde a la vista, en la superficie, como la carta robada.

También fue Barthes el que arrojó, en plena época de la revolución sexual, que lo que se convirtió en tabú después de que el sexo dejara de serlo, fue la sentimentalidad. De lo que se trata, una y otra vez, es de romper con la fantasía pueril de que la liberación es equivalente a mostrarlo todo, a decirlo todo, a saberlo todo y que no existe la manera de que algo no sea tabú.

De lo que se trata, una y otra vez, es de romper con la fantasía pueril de que la liberación es equivalente a mostrarlo todo, a decirlo todo, a saberlo todo y que no existe la manera de que algo no sea tabú

Por eso resulta muy interesante leer hoy ciertos efectos de la revolución sexual de los años sesenta. Dominique Simonnet realiza una serie de entrevistas en La más bella historia de amor y ahí queda claro cómo el empuje al placer, en la pretensión válida de disociar el sexo del amor y del matrimonio, termina por ser una exigencia en materia sexual. “Así, lentamente, se pasó del amor idílico a la sexualidad obligatoria”, dice Anne-Marie Sohn. Por su parte, Pascal Bruckner, en esa misma línea, refiere: “de pronto, el sexo se volvió terrorista. Se pasa de un dogma a otro, sin percatarse porque lo nuevo tiene la apariencia de la maravilla. El placer estaba prohibido. Ahora se vuelve obligatorio. El ambiente corresponde a la intimidación, no ya por la ley, sino por la norma. La prohibición se invierte, y un nuevo tribunal se instala: no sólo hay que hacer el amor de todas las maneras, con todas las personas posibles, sin reticencias, sin tabúes, sino que además es preciso que el placer que uno experimente sea el correcto (...). Así, pues, poco a poco se estableció lo que, con Alain Finkielkraut, habíamos llamado la dictadura del orgasmo obligatorio, la idea de que los hombres y las mujeres deben gozar de la misma manera (...) el erotismo entra en el campo de la proeza (...) el sexo se convierte en coerción y hazaña”. Hay más ejemplos en el libro en donde se puede leer que pretender lo imposible ya no nos lleva a la libertad, sino a un estado de soledad cada vez mayor en el que nos sentimos muy idiotas y muy frustrados por no alcanzar esa plenitud gozosa. Hoy en día parece que todo el mundo está gozando, porque así se muestra. Todo el mundo está obligado a gozar, que no es lo mismo. Y es que en ese “parecer” se pone en evidencia lo que ya muchos autores vienen leyendo en las coordenadas de una época signada por el dar a ver constante. Las apariencias engañan, pero sobre todo, engañan al que aparenta.

Hoy en día parece que todo el mundo está gozando, porque así se muestra. Todo el mundo está obligado a gozar, que no es lo mismo.

Pero el asunto no se reduce solamente al goce sexual -si es que eso existe- sino más bien a un modo de estar en lo cotidiano que va siendo amedrentado por la persecución de la imagen y del dar a ver permanente. Ya no sólo se trata de la disolución entre lo privado y lo público, sino del avance sobre la intimidad -porque íntimo no es lo mismo que privado-. ¿Qué lugar queda para el refugio de la intimidad? ¿Dónde están a salvo nuestros secretos hoy que todo se puede mirar?

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Algunas preguntas donde sólo había respuestas, por Alexandra Kohan.

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No hay verdad sin velo, “la verdad desnuda” no es más que un oxímoron. La verdad singular de cada quien sólo puede escribirse entre las líneas del decir, en el susurro del lenguaje, lejos de la estridencia de los ruidos. La verdad singular de cada quien no puede decirse sino a medias, en un entre. La verdad singular de cada quien tiende a ser pulsátil e intermitente, se va escribiendo en la alternancia, en el intersticio del lenguaje, en los pliegues, en los pequeños espacios que quedan cuando la cosa no encaja del todo, como en esos marcos de la ventana o de las puertas por donde se cuela el chiflido y que se llama “luz”. Una luz matizada, esa que no enceguece, esa que encuentra cómo filtrarse. En las antípodas de esa luz algo ​​subrepticia, se erige incólume y férrea la pretensión de la transparencia tan de estos tiempos. La vida se llena así de pasiones tristes, cláusulas e ilusiones de reaseguros. Porque, como sugiere Jean Allouch, “la ideología de la transparencia es una paranoización de la vida”. Difícil no sentirse perseguido (o incluso pasar por perseguidor) después de poner todo a disposición de las miradas omniscientes y omnipresentes del Otro de las redes sociales.

En tiempos en los que se nos insta a contarlo todo y a revelarlo todo, Anne Dufourmantelle hace su defensa del secreto. Y lo que sugiere es que el secreto, ahí donde el poder lo va tomando todo, es una resistencia. “Quizás sea importante defender esta dimensión política y espiritual, en esta época en la que se recomienda revelarlo todo (...). ¿Qué espacio existe hoy para arriesgarse al secreto? No me refiero al «miserable montoncito de secretos» de los vicios ocultos o de las posesividades celosas, tampoco al secreto político, sino al secreto que hace falta para admitir entre uno y uno: un espesor de noche inquebrantable”. Lo dice en un libro de 2011. Luego, en 2015, escribe un libro que se llama Defensa del secreto. Ahí recorre los distintos modos en los que el secreto constituye el lugar para que se preserve la intimidad amenazada, esa intimidad que nos permite relacionarnos con el mundo, con la alteridad y con lo que hay de propio en la alteridad. En la primera entrada del libro dice (la traducción es mía, es torpe): “El inconsciente fue especialmente «inventado» para tratar de remediar el problema de cierto secreto del cuerpo -ese que se ocupa de nuestro deseo y de sus avatares”. Y también: “ciencia del inconsciente, el psicoanálisis postula que existe en nosotros una potencia secreta que se revela en nuestros sueños, nuestros actos fallidos, nuestros lapsus, una verdad que no queremos saber”. Por eso Allouch refiere en relación a estos tiempos que dado que “el secreto médico ya no existe más. El psicoanálisis me parece casi el único lugar donde alguien puede decir algo a alguien con la seguridad de que él no se lo va a repetir a nadie”.

En un análisis se escribe una verdad que no estaba antes, pero que ahora empieza a hacerse lugar. Porque, sigue Dufourmantelle, “todo secreto está en devenir, es un devenir. A menudo lo esencializamos, olvidando que es un acto (de reserva, de separación, de silencio o de divulgación) y una potencia”. La potencia del secreto como un acto de resistencia al poder, ese que pretende arrasar con nuestra intimidad. El secreto como un acto que puede suscitar una verdad nueva, esa que nunca antes nos habíamos querido contar, una verdad que nunca antes habíamos querido saber.

AK

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