OPINIÓN

La metaficción define la época y nosotros hacemos lo que podemos

0

Podría ser un galán de telenovela porque su cara de aflicción es precisa, incluso irrefutable. Tiene rasgos hegemónicos, un cabello saludable y la piel imperturbable de alguien que es evidentemente muy joven. En su biografía de Instagram se presenta a sí mismo como farmacéutico, creador, y su expertise está en enseñarle a la audiencia (¿se les dice así a los seguidores de redes sociales?) a entender mejor los medicamentos, tanto los que son de venta libre como los que son bajo receta. Un servicio gratuito que a priori pareciera ser bastante útil. En uno de sus videos, por ejemplo, el farmacéutico venezolano habla sobre la diferencia entre marcas de laboratorios al utilizar la misma droga o sobre que el complejo de vitaminas B ó C podría causar acné. Este tipo de curiosidades le valieron una gran cantidad de seguidores y una especie de confianza. Pero yo llegué a él por otro motivo.

El miércoles pasado, un doble terremoto de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudió el norte de Venezuela y dejó algo así como —al día de hoy y sigue en ascenso—más de dos mil quinientos muertos y más de doce mil heridos. En la zona costera de La Guaira fue, más precisamente, donde se declaró área de desastre. Días después del primer temblor se registraron, incluso, más de quinientas réplicas. Según geólogos, lo que pasó no responde al esquema habitual de terremoto principal y réplica sino que se trató de dos eventos de magnitud comparable, capaces de causar daños por sí mismos. Un fenómeno conocido como doblete sísmico. Algo así como una catástrofe duplicada. Existe una ventana crítica de 72 horas para rescatar con vida a personas atrapadas entre escombros y ese tiempo ya está concluyendo, pese a que rescatistas de veinticuatro países trabajan sin parar desde el miércoles. Fue a raíz de estos acontecimientos que dí con José Urdaneta, en un scrolleo tan masivo como obsoleto. Lo encontré llevando los videos de su canal de farmacia a un relato íntimo y personal. Miraba a cámara y contaba que no sabía nada de su novia Vanesa, quien tiene veintidós años y se encontraba en la Residencia Palma Real, en el Estado de la Guaira, con su padre y su madre en el momento de los terremotos. José decía que cree que su novia está atrapada en los escombros y que no tiene forma de llegar a la zona porque los vuelos están cancelados. El primer encuentro con él me impactó más que cualquier otra cosa que vi sobre el tema. Fue algo así como el derrotero ganador.

Un día después, José seguía sentado en el sillón de lo que parece ser el living de su casa, con actualizaciones sobre su novia Vanesa, pidiendo por favor que alguien que esté en las inmediaciones de Palma Real acceda a la zona con maquinaria pesada para remover el concreto. El video es breve.

Unas horas después, José otra vez. En ese instante contando cómo se estaba sintiendo. Cómo impactaba en él la información que recibía, las imágenes que veía, las posibilidades reales que tenía de acceder al lugar de los hechos. Y en el recuadro de al lado suyo se iban sumando los comentarios de gente de distintas partes del mundo que se conmovía con su historia del desgarro, como si se tratara de una telenovela romántica o una tragedia con principio, nudo y desenlace. No pierdas la fé, esperamos el milagro. /Lo siento mucho, cuídate por favor. /¿Qué novedades de Vanesa? ¿Qué se sabe? / Búscala, brother.

Hay algo surreal —y epocal—en el acceso al tiempo presente de las catástrofes. Más allá de que la red pueda ser una gran ayuda en estos contextos, también hay algo cínico en la híper conectividad. En ese pretender saberlo todo, todo el tiempo. Que tanto la vida propia como la del resto de la humanidad sean puro presente. Que un argentino navegue en redes sociales en horario de almuerzo y para despejarse scrollee sobre el drama de un chico que acaba de perder a su pareja en los escombros de los terremotos que sacudieron una ciudad de un país al que nunca fue, del que sabe poco y nada. Que pueda, después, acceder a diario al Instagram de ese joven para saber en qué culminó su ficción tan real como impactante. Tengo entendido que mi tío las escuchó. ¡Ánimo! / Si quedaron en esos vacíos de vida¨que se forman, seguramente han aguantado. Lo importante es que se empiece a desescombrar lo antes posible. ¡Animo, bro!

Unas horas más tarde, me encuentro con José contándole a sus seguidores que finalmente logró poder ingresar a Venezuela. No da detalles. Sus ojos siguen en un estado de oscura sorpresa, hacen la caricatura de alguien que ya no duerme. Dice que voló hacia Cúcuta, en Colombia, y que después tomará un bus hasta Caracas, que esa es la única forma de acceder a la zona en el momento. Que ya sabe que es posible que Vanesa ya no esté viva, pero que sin embargo siente que tiene que estar ahí. Se despide con un gesto que ya hizo suyo, como una marca personal. José es una persona atravesando una catástrofe personal y también es el personaje de una historia que se cifra en capítulos. Su vida es real, pero también ya es parte de una ficción compartida. ¿Quiénes somos cuando exponemos lo que nos pasa? Esa especie de minuto a minuto que nos transforma en la ficción salvadora de un extraño. De alguien que vive a miles de kilómetros. ¿Qué puede hacer ese otro por nosotros? Puede darnos aliento, puede difundir lo que pasa, incluso hasta puede transferir algo de dinero. ¿Funciona? ¿Alcanza? Que el relato llegue a mayores audiencias ¿hará que rescaten a Vanesa antes de tiempo?

Ya no sé nada de José ni de su novia. Por lo que veo en su red, somos muchos los que nos preguntamos lo mismo. Por mi parte lo hago en silencio pero hay gente que le escribe preguntándole, tanto en sus publicaciones como en sus mensajes privados. Quieren saber si Vanesa, esa chica tan hermosa que nos presentó en fotos, sigue viva. Si la historia de amor se concretará o culminará en tragedia. Pero lo que realmente pase no es lo importante en realidad, sino más bien la consumación del relato que se fue creando alrededor de las partes. El misterio que cada uno construyó con los retazos. El problema quizás es que, sea como sea, lo real no es transferible. Los instantes en los que José Urdaneta — el chico de ojos redondos que lleva adelante una página personal de información sobre mitos y usos de medicamentos con prescripción— lleva el teléfono apagado son la verdadera historia a la que jamás tendremos acceso. No acompañaremos su lamento cotidiano ni estaremos ahí para aminorar las imágenes catastróficas que esté condensando para sí. Es la época en la que nos tocó vivir la que nos da la ilusión de que estamos listos para todo. La que nos hace creer que ya vimos todo en videos caseros hechos desde cualquier parte del mundo, habiendo asistido así a guerras, conflictos y desastres. Pero lo cierto es que cada vez tenemos menos margen para reaccionar. Somos alguien sentado en una silla y las historias verdaderas son ficciones que empiezan y terminan al abrir y cerrar la pantalla del celular. A esta altura, las tragedias personales son una especie de costumbre de Instagram. Una gimnasia visual. ¿Alguien nos enseñará qué sentir, cuándo, y por qué?

CF/MG

N. de la R. Hace tres días José informó en su cuenta de Instagram que Vanessa es una de las miles de víctimas que dejó el terremoto.