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BORCEGOS Y TACOS AGUJA
Narraciones
Pandemia y salud mental: pequeña crónica personal de la locura

Insomio

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Me despierto en mitad de la noche sobresaltada por el ruido de llaves. Escucho cerrarse la puerta del cuarto de mi hijo. No iba a venir esta noche. ¿Habrá pasado algo? Me tomo unos minutos en la cama para elucubrar. Me levanto, inquieta, voy hasta el cuarto, toco la puerta. Escucho: ¡No, no! Efectivamente, vino, pienso. Pero algo me inquieta. Tal vez el ruido de llaves no haya sido en mi casa. Yo cerré la puerta del cuarto de mi hijo, recuerdo. Vuelvo a levantarme y, decidida, abro. Mi sospecha se confirma: mi hijo no está y la cama está tan deshecha como la había dejado cuando saqué las sábanas para lavar.

Más tarde, ya en clara vigilia, recuerdo que hubo otro episodio similar, pero esa vez, me quedé con la duda hasta la mañana, cuando le escribí a mi hijo para preguntarle si había estado. Y no.

¿No distingo sueño de vigilia, realidad de ficción? ¿Estoy loca? ¿Es un efecto de la pandemia? ¿El virus me afectó el cerebro? ¿Recrudeció hasta tal punto mi insomnio que no sé cuándo duermo, cuándo estoy despierta? ¿Soy sonámbula y no lo sabía? Los pensamientos no paran. Hiperbolizo y me autodiagnostico (psicóloga de lágrima, como dice mi hijo en cuestión). Lo nombro: mi episodio psicótico pospandémico.

Voy con ese diagnóstico presuntivo a terapia; mi analista contrarresta con la palabra mágica: duermevela. Ese espacio-tiempo intermedio entre el sueño y la vigilia, un ensueño alucinado. Intersticial, como el verde que empezó a brotar entre los adoquines en 2020, cuando los autos habían dejado de circular, en los árboles reinaba el canto de los pájaros y los patos copaban el Rosedal de Palermo.

Juan Dobón es médico psiquiatra y psicoanalista, Jefe de Salud Mental del Hospital de Agudos P. Piñero. En 2006 había trabajado el concepto de duelo congelado o detenido para pensar en las implicancias subjetivas de la ausencia de cuerpo en los familiares de desaparecidos en la última dictadura cívico militar. En 2020 lo retomó a propósito de la pandemia, en un artículo publicado en el libro Pandemia: Derechos Humanos, sistema penal y control social (en tiempos de coronavirus), compilado por Iñaki Rivera Beiras. (Tirant to blanch. Barcelona, 2020). Escribe Dobón: “Ese duelo inconcluso puede conducir en algunos casos al orden de lo traumático dado que el trauma es lo que no podemos dejar de repetir sin recordar una y otra vez en tanto ‘no cesa de no escribirse’” (Lacan). 

Allí se preguntaba: “Qué efectos tendrá en cada uno la pérdida de un ser querido sin despedida, ni rito, ni adiós. En muchos casos sus familiares no pueden despedir los restos acompañando los ritos del entierro o cremación.” 

Toda muerte durante la pandemia es una muerte en pandemia. Me pregunto si también hacemos un duelo de la pandemia, y si no es precoz. 

Toda muerte durante la pandemia es una muerte en pandemia. Me pregunto si también hacemos un duelo de la pandemia, y si no es precoz.

Pero me interpela el participio: congelado. ¿Cuántas cosas se congelaron? Los vínculos, las presencias, la confianza, el espacio-tiempo: fuimos fantasmas virtuales. En eso nos convertimos. Se congelaron nuestros cuerpos. El zoom generó falsas ideas de movimiento. Aunque cosas se movieron en esos interiores obligados: nuevos vínculos, sobrecargas laborales o, al revés, la falta de trabajo.

Le pregunto a Natalia Zito, escritora y psicoanalista, autora de Rara (Emecé) y 27 noches (Galerna), sobre los efectos de la pandemia en la salud mental, y me dice: “Todavía estamos en ese tiempo mudo en el que no hablamos mucho de la pandemia, un poco porque estamos felices de haber salido y otro poco porque la distancia al mirar atrás es muy corta. Es muy pronto para saber cómo nos impactó socialmente”.

Se habla de depresión, ansiedad, inquietud, estrés, trastornos del sueño, irritabilidad: disforia. Y también, de vulnerabilidades propicias o de agudización de preexistencias. Aunque hubo personas, sobre todo mayores, para quienes el encierro obligado en cuarentena resultó tranquilizador: no había obligación de salir. Lo hablamos con colegas: a nosotras, escritoras, personas de estar adentro, no nos afectó al punto de enloquecernos. Pero alteró las vidas de niñes, adolescentes, familias enteras en convivencias inéditas y forzadas, parejas que nunca antes habían estado tanto tiempo juntas. Hubo aumentos de casos de violencia familiar y de género. 

En su reciente libro Dysphoria Mundi (Anagrama), ensayo poético, filosófico y autobiográfico escrito en (y sobre) la pandemia, Paul Preciado, filósofo y activista trans español, habla de “cononadivorcios”, de “depresión planetaria'' y de ”control químico de la subjetividad“. Invierte la definición de disforia de género, que durante mucho tiempo tuvo una connotación negativa y estigmatizante hacia las personas que no se identifican con su género biológico, para considerarlo costo de oportunidad: ”En la disforia, como resistencia a la normalización y como dolor sensorial o estético, reside también la posibilidad de una mutación sistémica“.

En 2020, los femicidios y “transcidios” (como los denomina Preciado, sin el “fem”) estaban a la orden del día. No parábamos de contar muertes. No podíamos velarles (no era duermevela, eran velatorios prohibidos).

La pandemia evidenció esa gran ausencia de los Estados en torno a la salud mental, nunca considerada prioritaria. O bien, al contrario, de la extrema vigilancia y control farmacológico. Como si solo fuéramos unos cuerpos. ¿Quién contuvo a las personas en sus duelos; quién, a les trabajadores de la salud? ¿Cómo afectó en cuarentena nuestras subjetividades el sabernos (trabajadores) no esenciales? Organizaciones mundiales, países, empezaron a acusar recibo. ¿El estrés postraumático podría afectar la productividad y entonces reaccionaron? 

Según un informe de la OMS de marzo de 2022, una de cada ocho personas en el mundo (y el 14 por ciento de los adolescentes) sufre de algún tipo de trastorno mental o afectivo. Antes de la pandemia, más de mil millones de personas ya sufrían algún trastorno mental diagnosticable, el 82 % de las cuales vivían en países de renta baja y media. Se calcula que la pandemia incrementó entre un 25 % y un 27 % la depresión y ansiedad a escala mundial. El COVID afectó mayormente a mujeres y a jóvenes y crecieron los consumos problemáticos. Una encuesta de UNICEF revela el impacto del COVID-19 en la salud mental de adolescentes y jóvenes. Un 27 por ciento de encuestades manifestó ansiedad; un 15 por ciento, depresión. La principal preocupación era económica. 

El 12 de octubre, Día de la Salud Mundial, en Argentina, el Gobierno nacional habilitó una línea de contención y ayuda que opera las 24 horas: 0800-999-0091. Después de aquel 2022 mudo y congelado, cuando nos pusimos en movimiento, también hubo dolor. (En CABA, en 2022, hubo un día en que se acabó el suministro de rivotril).

Hay una sigla que inquieta: BA.2.75.2. Es el nombre de la nueva cepa de COVID, la amenaza del eterno retorno del virus, aunque con un inmenso porcentaje de población vacunado. No les tememos a las gripes ¿o sí?

La salud mental dice mucho sobre los giros del Planeta Tierra, sus detenciones y sus revoluciones. En palabras poéticas de Preciado: “2020 fue el año en que los días, como perlas rotas, se salieron del collar del tiempo”.

Como el verde entre los adoquines de un planeta dañado, fue un año entre paréntesis. El año en que la Tierra se detuvo y empezamos a girar como trompos. ¿O ya estábamos girando desde antes?

GS

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