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Opinión

¿Un planeta para destruir en nombre del libertarianismo?

Más de 85.000 personas se inscribieron en la audiencia pública por la Ley de Glaciares

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Hace unos días Milei pasó por Córdoba y en medio de los varios disparates que dijo, volvió a atacar de modo virulento al ambientalismo. Entre las falacias y mentiras que desplegó, hay elementos muy consistentes con su visión más general de la vida y el individuo, así como lugares comunes que hoy difunden voceros de la minería. La idea central de Milei es que existiría supuestamente un “ambientalismo idiota y extremo” que “no nos quiere dejar gozar de nuestras riquezas naturales”, que están ahí no “para contemplar”, sino para explotar, incluso para “destruir el planeta”, en tanto “elegidos de Dios”.

En este artículo, desmontamos por parte los argumentos del presidente libertario y mostramos las falacias. Primero, nos referimos a la visión creacionista-destructiva de Milei; segundo, abordamos el ataque al principio de equidad intergeneracional; y por último, vamos a desmontar el mito acerca de que Chile y Argentina tienen -o deberían tener- las mismas riquezas minerales.

Visión creacionista y neoliberalismo

Primero. Milei afirmó que si seguimos “abrazados al ambientalismo idiota o extremo” no podremos tocar nada, solo nos queda contemplar, morirnos de hambre o lanzar una consulta a las generaciones que vienen y las otras, así ad infinitum. Acto seguido redobló la apuesta para afirmar: “Dicen que vamos a romper el planeta” , “¿Y para qué nos lo dio el creador?”

Podríamos esgrimir que no hay mucho que agregar ante tal barbaridad, una más entre las que Milei pronuncia a diario, sobre todo en sus viajes. Pero su referencia a que el ser humano está en todo su derecho a destruir el planeta no es una novedad, es parte consustancial de su pensamiento más profundo y se nutre de antiguas corrientes creacionistas, potenciadas por su ideario ultraliberal.

Milei en la Bolsa de Comercio de Córdoba

Empecemos diciendo que el cristianismo occidental fomentó una visión antropocéntrica, en la cual la naturaleza existe exclusivamente para servir al ser humano, legitimando así la explotación y el uso indiscriminado de los bienes naturales. Esta perspectiva de “dominio” bíblico, que posiciona al hombre por fuera y encima de la naturaleza (visión antropocéntrica), puede entonces justificar su manipulación y destrucción, cuyas consecuencias estamos viendo ahora. Milei retoma aquí una de las corrientes más reaccionarias y arcaicas de la religión cristiana, a lo que le suma el anarco-capitalismo o una visión exacerbada del moderno liberalismo económico. Desde esta posición filosófica y política, el individuo puede destruir el planeta sin límites, porque en eso consiste la libertad individual y para eso supuestamente lo ha colocado Dios en este mundo. Esto no es nuevo, ya había saltado cuando Milei defendió el derecho a la contaminación de los ríos en nombre del derecho de propiedad de las empresas. Y más aún, ese ultraneoliberalismo paleolibertario también salió a la hora de hablar de la compra y venta de órganos, incluso de la venta de niños, cuando era diputado nacional y lo planteó como una posición filosófica. O sea, Milei propone una radicalización neoliberal de una visión creacionista antropocéntrica, que no puede culminar sino en la celebración/legitimación de la destrucción (de bienes, personas y territorios) y todo eso en nombre del Supremo.

Dos cuestiones más: una, este tipo de visión creacionista antropocéntrica se coloca en las antípodas del pensamiento crítico contemporáneo, así como de todos los debates relacionados con la crisis ambiental, que toman en serio la cuestión de los límites físicos y ecológicos del planeta y la necesidad de poner freno a la voracidad del capital. No es casual que en tiempos de Antropoceno se esté instalando un nuevo paradigma ecosocial que cuestiona el paradigma binario y las diferentes versiones del antropocentrismo (no solo la visión creacionista, que es tan retrógrada o anacrónica que hasta hace poco no figuraba en la agenda), para plantear como punto de partida filosófico y ético la relación inescindible entre ser humano y naturaleza. Ante la policrisis civilizatoria, donde lo ambiental multiplica las amenazas, y de la mano de pueblos originarios, movimientos socioterritoriales, ecofeminismos, economía social y ecológica, entre otros, este pensamiento crítico propone una visión relacional que incorpora otros lenguajes, saberes y prácticas que colocan en el centro los cuidados de la vida y la eco-interdependencia.

Dos, esta visión creacionista-antropocéntrica-destructiva está lejos de ser la única mirada dentro del cristianismo, incluso si nos remitimos a tiempos lejanos. El ejemplo de Francisco de Asís es el que inmediatamente salta a la vista, pues proponía la humildad y la empatía para con los más pobres y vulnerables, y la humildad del ser humano en relación con las otras especies. No por casualidad el Papa Francisco haya retomado el nombre de esta personalidad carismática del cristianismo y propuesto una visión del “cuidado colectivo de la casa común” en su significativa Encíclica Laudato Si, de 2015, muy a contramano de estas visiones ultraneoliberales y pancapitalistas del fin, como la de Milei. En todo caso, sería bueno que otras corrientes religiosas de la Argentina se pronunciaran ante el retroceso y peligro que significa una visión creacionista-destructiva, como la que Milei encarna.

El principio intergeneracional

Segundo. Milei busca también malversar groseramente el principio de equidad intergeneracional, que es uno de los pilares del derecho ambiental internacional. Este principio establece que la generación actual tiene la responsabilidad ética y legal de gestionar los bienes naturales y económicos de manera sostenible o durable para que las generaciones futuras no hereden un entorno degradado o una menor calidad de vida. Se centra en la justicia distributiva y la conservación a largo plazo. Es un principio sostenido por la ONU e integrado incluso en el artículo 41 de nuestra Constitución Nacional que establece que “las autoridades deben proveer a la protección del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo”. Más aún, es la base sobre la cual se asientan las leyes de presupuestos mínimos -que garantizan una base común e igualitaria para toda la nación-, como es la Ley Nacional de Glaciares, que el gobierno pretende reformar ahora de manera regresiva. Es un principio que además se aplica no solamente a los bienes naturales sino también a otras cuestiones espinosas, como la deuda externa, pues el endeudamiento a gran escala compromete la inversión en derechos básicos como la salud, la educación, en fin, el sostenimiento de la vida colectiva en el presente y futuro.

El Parque Nacional Los Glaciares, uno de los principales atractivos turísticos de la provincia de Santa Cruz.

El incumplimiento del principio intergeneracional es el que está en la base también del reclamo y la denuncia de jóvenes como Greta Thunberg, acerca de qué mundo les vamos a dejar, en un planeta ya herido por la crisis climática y ante el deterioro de los ecosistemas. Es un grito generacional que nos reprocha que hemos roto el compromiso intergeneracional dejándoles un planeta en llamas.

No es que tengamos “la misma cordillera”

Tercero y último. En su discurso Milei equipara las riquezas minerales existentes de ambos lados de la cordillera de los Andes, afirmando que, si existe tanto cobre en Chile, entonces debería haber también otro tanto del lado argentino. Hay que derribar este lugar común, que los voceros oficiales y extraoficiales de la minería han buscado instalar desde Argentina en su intento por reformar de manera regresiva la ley de glaciares hoy vigente. No es que tengamos “la misma cordillera” que Chile. Las reservas de minerales, de un lado y otro de la cordillera, no son las mismas y no tendrían por qué serlo. Según la Secretaría de Minería de Argentina, “a nivel regional, las reservas de cobre de Argentina representan el 9,2% de las reservas de cobre de Chile y el 17,5% de las de Perú, dos países líderes en la extracción global del cobre.”[1]  Las reservas de cobre de Argentina se calculan en 17,1 millones  de toneladas. En comparación, Chile cuenta con reservas por 190 millones de toneladas, cerca del 20% del total mundial, que se calcula en 870 millones, según el USGS[2]. Aun si existieran áreas por explorar, las reservas de cobre en Argentina están lejos de compararse con las de Chile.

Así que no es que “Chile, con la misma cordillera genera 30 veces más que nosotros, que tenemos la misma cordillera”, como dijo Milei en Córdoba y repitió antes, en otros lugares. No solo no genera “30 veces más” sino que, fundamentalmente, no se puede ser reduccionista y pensar que, de un lado y otro de la cordillera ha habido los mismos procesos geológicos a lo largo de millones y millones de años. Si bien las cuencas sedimentarias poseen continuidad a uno y otro lado, las condiciones de deposición no fueron necesariamente las mismas, y la evolución de esas cuencas fue distinta a ambos lados de la cordillera, antes y después de su formación, dando como resultado diferencias geológicas y geomorfológicas. Más aún, los geólogos que consultamos por este tema se mostraron sorprendidos por la sola idea de considerar que la cordillera es igual de un lado y otro. La mayor parte de los grandes yacimientos de cobre del lado chileno están ubicados en franjas asociadas a la ocurrencia de las raíces de cadenas volcánicas durante varios períodos del Cenozoico (desde 65 millones hasta 10 millones de años atrás).

Más claro, es evidente que en esto no tiene nada que ver el ambientalismo o las supuestas trabas ambientales a las inversiones económicas mineras. Tampoco es que el escaso 0,21% del territorio nacional que protege la Ley de Glaciares (26.639) sea responsable de esta diferencia entre Argentina y Chile. Chile tiene los mayores yacimientos de cobre del mundo, y ello se debe a un conjunto de procesos geológicos que, del lado argentino de la Cordillera, no ocurren.

Como contra-argumento podría añadirse que si consideramos que debería haber lo mismo de un lado y otro de la cordillera, la pregunta es por qué no sucede esto con las cuencas hidrocarburíferas. Así en nuestro documento, “10 mitos y falacias sobre la Ley de glaciares”[3], decimos: “Mientras vemos que del lado argentino la cuenca Neuquina posee abundantes hidrocarburos (como los de Vaca Muerta), no sucede lo mismo del lado chileno (por ejemplo, en la región de Lonquimay), así como tampoco hay hidrocarburos en la cuenca del Chañarcillo, que representa la continuidad de la cuenca Neuquina del lado chileno hacia el norte. De hecho, Chile es un país que casi no tiene hidrocarburos”. Sin embargo, ¡no vemos que ningún político chileno salga a vociferar que, si en Argentina hay hidrocarburos del otro lado de la cordillera, entonces en Chile también debería haber!

Colofón

En realidad, toda esta caterva de mentiras e insultos, por parte de un presidente desbocado e ignorante, cada vez más preocupado por los varios casos de corrupción a cielo abierto que involucran directamente su figura, no es casual. Si Milei exacerba el alarido y el insulto serial contra el ambientalismo es porque en las últimas semanas, el ambientalismo logró derribar parte del cerco mediático, al movilizar a la sociedad en la defensa de los glaciares.

A las pruebas nos remitimos. Ya hay más de 85 mil inscritos en las Audiencias Públicas por la modificación de la Ley de Glaciares, convocadas (muy a su pesar) por la Cámara de Diputados de la Nación. Esto constituye un récord a nivel nacional y mundial. Pero el interés de los 85 mil ciudadanos y ciudadanas anotadas no es lograr el Guinness (que lo podrían hacer), sino defender la ley 26.639 que hoy se encuentra bajo un nuevo ataque. La discusión no es meramente técnica o interpretativa, sino que está plagada de elementos de deslegitimación narrativa, tanto por parte de voceros oficiales como extraoficiales, que lejos de buscar “aclarar” o “mejorar” la norma o su aplicación, apuntan a una derogación encubierta de la ley vigente y entregar los glaciares y periglaciares a la gran minería transnacional. 

Más de ochenta y cinco mil voces hasta ahora. Esta brecha abierta en un escenario tan asimétrico o desigual apunta a poner en la agenda pública la necesidad de defender nuestras reservas de agua, nuestros glaciares y el ambiente periglacial, que están en el origen de 39 cuencas hídricas, que recorren más de 1800 localidades y abastecen nada menos que 7 millones de habitantes. Todos sabemos que no es fácil, ya que en una típica avanzada antidemocrática, los diputados de La Libertad Avanza apuntan a restringir/anular la participación en la audiencia pública.

Pero nuestra historia colectiva indica que, aun en los momentos más oscuros, siempre hay destellos de luz. Esas más de ochenta y cinco mil voces (que seguramente aumentarán de aquí a este viernes, que vence la inscripción) están enviando un mensaje claro y preciso, un “no” a la cultura de la resignación y de la derrota. Un mensaje de que es posible dar vuelta la media sanción en la Cámara de Diputados, y evitar así el daño irreversible que producirá, de aprobarse, la reforma que pretende Milei y un puñado de gobernadores y corporaciones mineras. Esas voces están enviando un mensaje de que el presidente Milei no encarna la mirada de las grandes mayorías argentinas y mucho menos nuestra posición filosófica frente a la vida. Esa multitud inscripta está asumiendo cada vez más el carácter urgente e ineludible de la batalla cultural y política.

[1] https://www.argentina.gob.ar/economia/mineria/siacam

[2]https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/rgeólogoecursos_y_reservas_minerales_en_argentina_sep_2025_0.pdf?referrer=grok.com

[3] https://aadeaa.org/10-mitos-ley-glaciares/

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