LOS CUADERNOS DE PRIMAVERA

Primavera negra

Fabián Casas Cuadernos de primavera

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El cazador te caza porque sabe a qué hora bajás a tomar agua del pozo. Los grandes cazadores son La Angustia, El Ego, la Depresión y La Venganza. Por eso una persona no debe tener rutinas.

Cuando estuve en Iowa como escritor residente, hubo un suceso que me llamó la atención. Al poeta Michael Dumanis, su ex pareja -que también escribía poesía- le puso una perimetral para que no escribiera sobre sus hijos. Consideró que era violencia familiar eso. A mi no me llamó la atención ya que si la mujer escribía o leí poesía sabía la potencia que pueden tener ciertas palabras. Lo raro es que alguien se decida a prohibirle cosas a otro. Esa medida de agrimensor, de delimitar.

No son muchas las letras que separan la palabra poesía de policía.

Igual hay gente que quiere prohibir cualquier cosa. Ayer escuché a una persona que decía, en el subte, que “habría que prohibir la primavera” porque le producía alergia por ese polvillo maldito que cae de los árboles. Septiembre es el mes más cruel, amigo, engendra polvillo de los plátanos, me hubiera gustado decirle.

Dumanis me dijo, sonriendo, mientras tomábamos algo en el porche de su casa de Iowa City, y detrás nuestro caía la nieve sucia, la nieve de Ogaño, como dice Oscar Hahn en ese maravilloso poema, que lo tentaba bastante escribir las palabras prohibidas para ver si de esa manera llegaba la policía a buscarlo y veía que la poesía podía producir algo. Hace mucho que no veo ni sé nada de Dumanis, pero me hizo pensar en este poema de Boy Fracassa, un poeta yanqui que vivió en el Amazonas y que escribió tanto en inglés como en portugués -de hecho publicó en Brasil- y a quien yo leí por primera vez mientras estaba exiliado en la casa de Gastón Gaudio. Gigi, el campeón de Roland Garros y yo, el Campeón de Roland Garrón, solíamos leer los poemas de Fracassa en portugués. El libro se llama The Sertón (yo creo que está inspirado en la literatura genial de Güimaraes Rosa) y tiene este poema que habla de la restricción que me gustó mucho: “Quiero decirte esto/ sos el peor karateca que tuve/ sí Sensei, lo sé/ te pido que seques el dojo/ de la transpiración de tus compañeros/ y ni siquiera eso podés hacer bien/ sí, Sensei lo sé/ no te dan las cuentas, no?/ hay una restricción que debería ser / la madre de la invención/ Sí, Sensei lo sé/ Bueno, basta de cháchara/ moveré!”.

No son muchas las letras que separan la palabra poesía de policía.

Me gustaba la idea de tomar la restricción como la madre de la invención (Fracassa escribe en los sesenta, cuando el grupo de Frank Zappa la estaba rompiendo en Los Ángeles) y me gustaba también ese final “moveré!”. Uno esperaba que dijera el Sensei: Movete! Pero dice “moveré!” Quién lo dice. Me gusta preguntarle cosas al poema. ¿Acaso el Sensei estaba hablando sobre sí mismo en una conversación imaginaria? O se superpone la voz del cojai y es él quien dice, convencido: “moveré!” Quién sabe. Los buenos poemas están hechos de preguntas, aunque aparenten afirmar algo. De esa manera, los que leemos podemos meter nuestra propia experiencia. En un bloque sólido, duro, uno no puede meter nada: eso es la publicidad.

Mi amigo Rucho me manda en esta mañana de sol primaveral este poema: “Dice que quiere matarnos/ lo dice a menudo/ cuéntale que lo amas/ y su actitud se suavizará/ esperemos un poco/ esperemos un poco más/ el enemigo gana fuerza/ esperemos hasta que se haga más fuerte”. Me dice que lo que le gusta del poema es esta idea de esperar que el enemigo se potencie. Me manda otro poema del mismo poeta: “El enorme jacarandá malva/ de la calle South Tremaine/ todo en flor/ dos pisos de alto/Me hizo tan feliz/ Y después/ Las primeras cerezas de la estación/ en el Mercado de los Granjeros en Palisades/ el domingo por la mañana/ ”Qué bendición“/ Exclamé a Anjani/ Y luego los trocitos sobre el papel encerado/ de pastel de crema de banana/ y pastel de crema de coco/ No soy un amante de los pasteles/ pero reconocí el don de la repostera/ y la saludé tocándome el sombrero/Un leve frescor en el aire/ parecía pulir la luz del sol/y conferir el estatus de belleza/ a cada objeto que contemplaba/ Rostros senos frutos encurtidos huevos verdes/ bebés recién nacidos/ en ingeniosos arneses de lujo/ Cuánto agradezco/ mi nuevo antidepresivo”. Le pregunto quién es el poeta y me dice que son poemas del último libro de Leonard Cohen, La llama, un libro escrito sobre la vejez, haciendo equilibrio en el acantilado de la muerte. Me acuerdo que Adam, el hijo de Leonard, solía decir que cuando le pedía plata a su padre para comprar caramelos, este le decía que buscara en los bolsillos de su saco y que siempre encontraba pequeñas libretas donde Cohen anotaba versiones de poemas en proceso. Y que una vez encontró, congelada, una libreta de apuntes en la heladera.

Pasó esta cosa extraña: le pedí a Rucho que me regalara el libro de poemas de Leonard Cohen. Me dijo que sí. Al rato fui a la biblioteca a buscar El libro del anhelo, de Cohen, para releerlo. Me gusta tanto ese libro. Y en otro lugar de la biblioteca, de manera inesperada, estaba La llama, de Cohen, el libro que Rucho me prometió regalarme. ¿De dónde había salido? ¿Cómo entró a mi casa sin que lo viera? La amistad tiene esas cosas geniales.

 

FC

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