Opinión

Troncos pelados y mutilados: el afán urbanizador en Buenos Aires está provocando un genocidio arbóreo

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Se dice que nada es imprescindible en esta vida. Ni siquiera una partita de Bach, un poema de Miguel Hernández o una canción de Nick Cave. Podríamos vivir la vida entera sin haber gozado de ellos y nada se habría modificado en nuestra existencia. De lo que no se puede prescindir es del oxígeno, del agua, de la tierra… y de los árboles.

Más allá de su sombra en verano, el susurro de su follaje recortado contra el cielo o la sagrada epifanía de su renacimiento en la primavera, los árboles tienen múltiples funciones invisibles directamente ligadas a nuestro bienestar. Son funciones que el árbol cumple en silencio, de pie, sin despertar atención. Porque son los seres vivos de más bajo perfil sobre el planeta. 

¿Para qué sirven los árboles?

Disminuyen la contaminación ambiental, visual y auditiva. Absorben el agua de lluvia, aumentan la biodiversidad de la flora y la fauna. El follaje frondoso reduce en el verano de 10 a 20 grados la temperatura de una calle. Los parques y plazas regulan las temperaturas extremas, ahorran energías renovables que evitan refrigerar o calefaccionar en exceso, contribuyen a aprovechar los recursos hídricos de napas subterráneas y, acaso lo más importante: previenen el cambio climático porque, al estar sobre suelo absorbente, mitigan el peligro de inundaciones. A saber: el Instituto Internacional para el cambio climático (IPCC por sus siglas en inglés) prevé que, si seguimos a este ritmo de calentamiento global, dentro de 30 años todas las ciudades costeras del planeta estarán inundadas.

Y Buenos Aires no está exenta de ese flagelo por más que hace lo indecible por provocarlo: el Gobierno de la Ciudad acaba de presentar un proyecto en la Legislatura que modifica la ley de catastro, introduciendo las figuras de “conjuntos inmobiliarios” y “propiedad horizontal especial” para permitir la creación de barrios cerrados de lujo a lo largo de toda la costa del río. El primer objetivo de esta distopía es la privatización de Costa Salguero.

En estos precisos momento se están extrayendo plátanos robustos y saludables para abrir calles en el antiguo Tiro Federal. El afán de urbanización está produciendo un verdadero genocidio arbóreo. En todos los barrios porteños se ven troncos pelados, mutilados, tipas y plátanos otrora frondosos convertidos en gigantescas palmeras de insuficiente follaje, víctimas de una poda descarnada que suele suceder tres veces por año en contra de toda recomendación experta. Se poda hasta la extinción. Es la triste metáfora de la naturaleza del planeta entero.

Nos quedan “árboles mutilados” sostiene María Angélica Di Giacomo, titular de la organización social Basta de mutilar nuestros árboles, acaso la más comprometida en la preservación de los espacios verdes. Y agrega: “Les han quitado hasta el 80% de su follaje por podas reiteradas, dejándolos reducidos a troncos de 9 a 15 metros de largo. Nos dejan planteras vacías, planteras tapadas, troncos de muchos años cortados en rodajas en las calles, cicatrices de mutilaciones anteriores que son la entrada de gérmenes que terminan matándolos.”

¿Cuántos árboles necesitamos?

Diferentes instituciones internacionales, entre ellas la Organización Mundial de la Salud, han asegurado que se requiere al menos un árbol por cada tres habitantes para respirar un mejor aire en las ciudades. Y un mínimo de entre 10 y 15 metros cuadrados de espacios verdes por habitante. “Verde” significa en este contexto suelo absorbente. Una plaza a la que se le construye una cochera subterránea donde las raíces dan contra el cemento no es un espacio verde. Un cantero no es un espacio verde. Un lugar de juegos con suelo impermeabilizado no es un espacio verde. Plantitas al borde de una arteria atestada de tránsito no configuran un espacio verde. Arbustos, trepadoras y herbáceas de plástico no son un espacio verde. 

¿Cuál es la situación concreta al día de hoy en la mutilada Ciudad de Buenos Aires? ¿Cuándo comenzó esta conflagración arbórea?

La historia no es de larga data y comienza con el desembarco del gobierno amarillo en la Ciudad que, de inmediato,  comenzó a sustituir al hecho de ocuparse seriamente de la realidad por el lanzamiento de una caterva de significantes vacíos. Uno de ellos fue Ciudad verde para darle una onda ecológica a lo que se proponía hacer. Hasta ese momento nuestra ciudad podía ufanarse de poseer entre 8 y 9 metros cuadrados de verde por habitante. La desmesurada construcción de shoppings de los años 90, los sueños menemistas de construir un hotel cinco estrellas en los bosques de Palermo o el atisbo de aquella escuela shopping pergeñada por el intendente Grosso de alguna manera permitieron que Buenos Aires preservara su antiguo orgullo de ciudad arbolada. A ello también contribuía una comprometida opinión pública que desde los suplementos de los medios se ocupaba concienzudamente del espacio urbano. 

Todavía quedaban vestigios (o anhelos) de la estructura paisajística diseñada por Carlos Thays, trazos de esa otra visión de la ciudad como aquella iniciativa -hoy inconcebible- del intendente Benito Carrasco que hacia comienzos del siglo XX decidió construir la Costanera Sur para brindarle playas a los barrios más carenciados de la ciudad; a gente que, contrariamente a los habitantes de Palermo o Barrio Norte, no tenían ni la costumbre ni los medios para viajar a Mar del Plata en verano. Estampas de un pasado borrado para siempre.

Antes del año 2007 el cuidado de los árboles de la Ciudad se realizaba a través de un personal experto que pertenecía a la planta del municipio. Con la llegada del Pro se prescindió paulatinamente de toda el área. La idea luminosa fue tercerizar el “cuidado” de los árboles. Una de las últimas víctimas de ese desguace de personal de planta experto fue el ingeniero agrónomo Carlos Anaya, el primer argentino certificado por la International Society of Arboriculture. Su despido fue tardío: en 2016 fue convocado por Macri para realizar un diagnóstico de la histórica palmera de la Casa de Gobierno. Anaya concluyó que podía salvarse con un tratamiento adecuado. Luego de presentar el informe fue obligado a jubilarse tras diferentes presiones e intentos de cesantía. Obviamente, la palmera no se salvó. 

Hoy por hoy cuatro empresas privadas que operan prácticamente sin control se encargan del arbolado: Casa Macchi S.A;  Ecología Urbana S.R.L.;  UTE Zona Verde y Mantelectric I.C.I.C.S.A. Dos son empresas del rubro “luminarias”, las otras dos de limpieza. En estas manos se reparte actualmente un presupuesto asignado de casi 2.600 millones de pesos, es decir, poco más de 3 millones y medio de pesos por día, teniendo en cuenta que la cifra total abarca 24 meses.

Este presupuesto está dirigido fundamentalmente a poda reiterada y extracción. Una mínima parte prevé la plantación de árboles nuevos y hace dos años se anularon los acápites de cuidado del arbolado existente y de preservación de árboles históricos. Es el afán de aniquilar todo lo viejo en la Ciudad, hecho que resulta en pura muerte: la mayoría de los retoños que sustituyen a los árboles viejos terminan muriéndose por falta de cuidado.

Como todo en el gobierno amarillo, el tratamiento de los árboles se convirtió en un portentoso negocio. Para incrementar ganancia se empezó a podar tres veces por año; en lugar de mitigar plagas o enfermedades, con potencia angurrienta se aumentaron las extracciones (extraer un árbol cuesta diez veces más que podarlo); las dos empresas de luminarias se esmeran en proteger el alumbrado de las sombras que los árboles proyectan las flamantes lámparas LED que reemplazaron a las viejas luminarias suspendidas por lingas en medio de la calzada. El diputado ameboidal Roy Cortina se ocupó de lanzar una campaña de plantación de miles de árboles nuevos por año que culminó con la muerte del 80% de retoños plantados a lo largo del paseo que no es paseo sino una autopista: el del Bajo. 

La furia inmobiliaria y los consabidos negocios de la Ciudad se llevaron puesto al arbolado urbano. Las cifras oficiales confirman que la Ciudad cuenta con alrededor de 5 metros cuadrados de espacio verde por habitante. La cifra es absolutamente falaz porque en ese conteo se incluyen las plazas sin suelo absorbente; las veredas con el mutilado alineamiento arbóreo; las pequeñas plazas secas barriales hoy, por ejemplo, ocupadas por la Parrilla don Julio, los centros de salud para hisopados, ferias itinerantes o receptores de basura reciclable; y se cuentan como espacio verde a los canteros mortuorios de la remodelada calle Corrientes o a esos esmirriados arbustos que se alinean a lo largo de las paradas del Metrobús. Y quién sabe, también se incluye la macabra herrería de ciertas esquinas porteñas adornadas por coquetas enamoradas del muro… de plástico. Si hacemos un cálculo certero y como la ciencia manda, no llegaríamos a tener ni siquiera dos metros cuadrados de verde por habitante.

En esta enumeración caótica no se toma en cuenta la portentosa eliminación de aquello que hace que un árbol sea árbol: las copas. Estamos plagados de plátanos, jacarandás, fresnos y tipas que parecen palmeras: troncos pelados que llegan hasta un piso octavo y en lugar de hojas ostentan un par de ramitas que de alguna manera intentarán brotar al comienzo de la primavera. Un árbol sin copa no es un árbol. 

Los árboles, para ser considerados como tales, necesitan un índice de área foliar (copa) para cumplir su cometido en la vida, que es interactuar con la atmósfera. A saber:

  • Absorber y asimilar dióxido de carbono,
  • Interceptar la luz necesaria para la fotosíntesis,
  • Liberar oxígeno que se forma como subproducto de la fotosíntesis,
  • Generar presión para absorber el agua del suelo mediante la evapotransipiración, 
  • Interceptar la lluvia canalizando el agua a ramas, tallos y raíces

Cualquier reforma, cualquier modificación de la trama urbana de la ciudad se realiza a costa del arbolado. Es como si quisiéramos volver al desierto, esta vez ya no poblado por espinillos, aves autóctonas o baqueanos, sino por plástico, cemento, carteles publicitarios y demás arquitectura barata de ocasión. Se trata nuevamente de una conquista del desierto, cuyo afán civilizatorio, como decía Walter Benjamin, de todo proyecto civilizatorio, culmina en una barbarie. La guerra contra los árboles es ese estandarte de un progreso momificado y zombi que nos deja sepultados bajo gigantescos cascotes de cemento. 

En su último libro, Fantasmas en el parque, María Elena Walsh rememora a sus muertos desde los árboles del Parque Las Heras en cuya cercanía habitaba. Con ello recurre a una vieja creencia de los pueblos originarios por la cual el alma de los difuntos no se va al cielo, sino que se instala en la copa de los árboles para cuidarnos y protegernos. Un acto de fe que los convierte en sagrados. Y a sacrílegos de baja estofa a quienes los matan. 

Un poema de Miguel Hernández no es un árbol, pero viene a cuento: el Ayuntamiento de Madrid acaba de eliminar del Cementerio de La Almudena las palabras de tres placas situadas en el memorial de las víctimas del franquismo. Entre ellas, una de Miguel Hernández que rezaba: “Para la libertad me desprendo a balazos / de los que han revolcado su estatua por el lodo”. Borrar árboles es como censurar a poetas asesinados por dictaduras.

GM