Panorama político Del Gobierno de los CEOs al Gobierno del soez.
Verso y reverso en el vínculo entre Milei y “los dueños del poder”
El “patrimonialismo” es materia de estudio de Fernando Haddad. En 2016, mientras se desarrollaba el proceso de destitución de Dilma Rousseff, el actual ministro de Economía de Brasil y excandidato presidencial del Partido de los Trabajadores enmarcó sus efectos:
“Un gran equívoco del PT sería éste: subestimar el carácter patrimonialista del Estado brasileño. Hay un error en hablar de corrupción sistémica o de lobby en Brasil. La corrupción en el país es más grande que sistémica, y es el corolario de nuestro patrimonialismo. Afirmar que la corrupción, aquí, es sistémica puede dar la impresión de que sería posible un patrimonialismo no corrupto”
Continuó Haddad, referente de la izquierda universitaria de su país, citado en el número de enero de la revista Piauí.
“No hay lobby en el patrimonialismo. El lobby supone por lo menos dos lados, si no en una mesa cuadrada, por lo menos en un mostrador. En el patrimonialismo, el poder político es el poder económico —‘los dueños del poder’, en la definición de Raymundo Faoro—que se sientan a una mesa redonda. No se distinguen los lados. En un contexto como ése, no hay víctimas, excepto los que no están a la mesa; hay negocios”.
La figura de los “dueños del poder”, en cuanto a un poder político indistinguible del económico, es esencial para comprender parte de la historia latinoamericana. En algunos países, la alternancia en el manejo del Estado se entiende por diferencias internas de la elite, e incluso familiares. No es sólo una cuestión de las naciones más pobres de América.
En Chile, cuarta economía de Sudamérica, la Unión Democrática Independiente (UDI), uno de los dos grandes partidos legados por el pinochetismo —ahora son varios más—, es referida como la formación “gremialista”. Su mentor, el ultraderechista Jaime Guzmán, creó en la década de 1960 el concepto para sintetizar a los “cuerpos intermedios de la sociedad”, “despolitizados”, “técnicos”, entre ellos, las representación empresarial. Eso, en los papeles de la cátedra de la Universidad Católica de Chile. Con la deriva del pinochetismo y la UDI, el lenguaje político afinó la idea. El “partido gremialista” pasó a ser inequívocamente el de la elite económica vinculada al Opus Dei y los Legionarios de Cristo.
Con el correr de la democracia, el otro partido de naturaleza pinochetista, Renovación Nacional (RN), compartió la representación de los intereses del empresariado. A la hora de la propuesta, la educación le tocaba al dueño de la universidad privada más lucrativa; la salud, al de la clínica más importante de Santiago. De hecho, el único presidente de derecha electo por voto popular desde el retorno de la democracia hasta 2025, Sebastián Piñera (RN), era uno de los empresarios más acaudalados del país.
La hora de los CEOs
La historia “patrimonialista” fue distinta en Argentina. La identidad común entre las elites económica y política funcionó hasta que dejaron de cometer fraude electoral. El voto libre consagró primero a la UCR y luego al peronismo. La línea de tiempo de ambos movimientos albergó vertientes a izquierda y derecha, liberal-conservadoras, de centro, socialdemócratas, más allá y más acá. No fueron partidos de “dueños”. Sus dirigentes del siglo XX, nacidos mayormente de la clase media, las universidades públicas, la inmigración y los sindicatos, negociaron, confrontaron, pactaron, se dejaron infiltrar, se corrompieron y fueron víctimas del “poder real”. En la definición del brasileño Haddad, el lobby actuó sobre los dos partidos mayoritarios, pero la democracia argentina no fue “patrimonialista”. Grosso modo, hubo una mesa cuadrada, con partes en relativa tensión. Claro que el acceso de los dueños a las sillas gubernamentales encontró atajos con las dictaduras. La última —la genocida— elevó a Martínez de Hoz como una cara indisociable del poder agrario y financiero.
El ascenso de Mauricio Macri marcó un punto de inflexión en democracia. Se trató de un apellido icónico de la “patria contratista”, aunque de relación conflictiva con sus pares. No accedió tanto una “clase” como el proyecto cuentapropista de un gran empresario, metódico, que empezó por Boca Juniors y terminó en Casa Rosada. Antes que con “dueños”, el fundador del PRO llegó al Ejecutivo junto a directivos de empresas, ONG y vertientes más o menos innovadoras de la derecha.
A los CEOs del Gobierno de Macri les habría venido bien comprar un jean en la peatonal de Berazategui
La etiqueta “Gobierno de los CEOs” agradó al macrismo como símbolo de profesionales exitosos en el mundo privado, de esos que nunca compraron un jean en Argentina y “se la jugaron por el país”. Una teoría vulgar, propia de la radio que suena en el taxi, dijo que como Macri y su equipo eran millonarios, no tenían ningún otro interés que el buen gobierno. De hacer negocios personales, ni hablar.
La hora del soez
Faltó calle —les habría venido bien a los CEOs comprar un jean en la peatonal de Berazategui—; sobraron dogmas, pulsión por la deuda y lucro negociado del mismo lado del mostrador, o en la mesa redonda, describiría el brasileño Haddad. La frustración fue tan estrepitosa, que pudo presumirse que sería la última experiencia de un Gobierno de CEOs, pero Milei llegó para darle una vuelta de tuerca, recargada, con nuevo sentido.
El soez proclama a los cuatro vientos la victoria sanadora del salvajismo del capital sobre la “política inmunda”. La aventura tiene contornos patrimonialistas, pero tampoco es equiparable a la historia de las elites latinoamericanas, ni a la combinación de conservadurismo y “saber técnico” (gremialista, según el chileno Guzmán) de Macri.
Milei es el hijo maleducado de un empresario prebendario, que pasó por las aulas de la Universidad de Belgrano, protagonizó una pobre hoja laboral y tiene un tuit fijado que acusa al Grupo Clarín de extorsionar para hacer negocios. Acaba de declarar una supuesta guerra a “Chatarrín”, Techint, con argumentos similares.
Ambos grupos, Clarín y Techint, juegan en liga propia. El primero, por su prevalencia inusitada en el mundo de los medios, combinada en las últimas tres décadas con un poderío en el área de las telecomunicaciones que lo sentó a la mesa del gran capital como uno más. El segundo, por volumen de facturación, proyección internacional y cantidad de empleados. El conglomerado de Paolo Rocca tiene fierros que sobresalen en el firmamento argentino.
Julio Ramos tenía identificados en Ámbito Financiero a unos cuantos servidores públicos a los que aludía como diputado Clarín, ministro Clarín, sindicalista Clarín o juez Clarín
Hay periodistas y políticos que podrían ponerse a algunas de las dos empresas —Techint o Clarín—como un segundo apellido. Acaso el agronegocio como conjunto pueda competir en ese terreno. Por nombrar un ejemplo de poca monta, si alguien dijera Silvana Giudici de Clarín, nadie se alteraría.
Julio Ramos tenía identificados en Ámbito Financiero a unos cuantos servidores públicos a los que aludía como diputado Clarín, ministro Clarín, sindicalista Clarín o juez Clarín. Daba en el blanco. Algunos de los apuntados siguen en funciones.
La influencia de Techint transcurre por vías más discretas. Nunca se corroboró, por ejemplo, que el imperio de Rocca hubiera asistido a un grupo mediático conservador en una crisis financiera de principios de este siglo en un volumen tal que lo tornó socio de facto. Sin embargo, hay indicios inequívocos de su influencia. Existen medios y editorialistas que ponen la lucha del libre mercado contra el Estado elefantiásico en un altar. También lo hace Paolo Rocca, de allí la prodigalidad de sus alabanzas y su apoyo efectivo al ascenso de Milei. Bastó que Techint perdiera la primera licitación de construcción de caños de acero para la industria hidrocarburífera en muchas décadas, para que surgieran voces impensadas sobre la necesidad de ir de a poco, de no llevar al país a un suicidio en el camino al deseable fin del proteccionismo.
Caben las preguntas si el experimento de Milei podría definirse como un modo de patrimonialismo y cuánto tiene de real la puja del Gobierno ultraderechista con los poderosos Clarín y Techint.
La conformación del gabinete y el mecanismo de decisión gubernamental apuntan trazos de un poder económico sin intermediarios, algo así como un “patrimonialismo” clásico, pese al carácter plebeyo del propio Milei y de parte de su entorno (Karina, Spagnuolo, Lemoine, Pettovello, Gordo Dan). Las posiciones en Trabajo, Salud, Energía y Agro fueron delegadas a las respectivas industrias, lo que no las exime de intereses contrapuestos propios de cada sector.
La foto más nítida y acompasada es la del ministerio de Economía y el Banco Central, que bien podrían sintetizarse como una megacartera de Finanzas. El equipo surgió de diferentes camadas del JP Morgan que luego se volcaron a sus propios fondos de inversión y forjaron nuevas sociedades, dato crucial en un ciclo de financiarización de la economía internacional, en el que la renta se acumula sobre ingenierías financieras creadas para solventar otras ingenierías financieras —todo es comercializable, desde los despidos, el banco de horas de las enfermeras, el riesgo ambiental, los préstamos a insolventes—, y así hasta el infinito.
Delegación por ausencia
Milei es relatado por testigos como ausente de la gestión cotidiana. Esos testimonios y la mera observación de su utilización del tiempo denotan ensimismamiento en batallas de Twitter, sus perros, los premios vergonzantes que se hace entregar en Miami y Madrid, los whatsapps que les manda en tiempo real a los conductores de TN, LN+ y A24, y, si los tribunales lo demuestran, el 3% y oportunidades estilo $LIBRA que administraría su hermana.
Este diario informó tempranamente, antes de la asunción del economista de la Libertad Avanza en Casa Rosada, cómo los estudios jurídicos corporativos redactaban la que luego se conoció como ley Bases y el mega-DNU que encauzaron todo el mandato. Un puñado de bufetes, de esos que cobran cientos de dólares por hora, trabajaron desinteresadamente en beneficio del Estado. Otro ciclo de “jugarse por el país”.
Milei y el ministro Federico Sturzenegger dirían que ellos promueven el libre mercado mediante desregulaciones draconianas, hasta el punto de generar resistencia en nichos anquilosados, lo que sería lo contrario al gobierno de las corporaciones, al menos de la elite local.
El alcance de la sumisión pavloviana de la política exterior y comercial a los dictados del trumpismo —no sólo indisimulada, sino que festejada por el mileísmo— está por verse. Podría tratarse de un “patrimonialismo” con sede en otro país que, por las nuevas dinámicas tecnocapitalistas, prescinde algo de la elite local, nunca del todo. Es explícita la sintonía entre Milei y el tecnoempresario argentino más famoso, Marcos Galperín, que se traduce en la extensión de beneficios impositivos anuales por cientos de millones de dolares, cuya lógica económica es cuestionada incluso por miradas ortodoxas. Algunos avanzan —José Luis Manzano— y otros aparecen —Leonardo Scaturicce—. Por ahora, la apertura bajo normas estadounidenses es sellada en acuerdos anegados por el secretismo, que tienden a asfixiar la mera posibilidad de una producción industrial, científica y tecnológica local, aunque para ello está siendo más efectiva la motosierra que corta presupuestos clave y desfinancia la investigación.
Todo indica que la prioridad de la Casa Blanca es bloquear el comercio y los proyectos estratégicos con China. Sin embargo, los caños que amenazan a Techint son chinos o tienen componentes de ese origen. El tiempo dilucidará cuánto de la voluntad del trumpismo se corona, y cuál será la respuesta de Pekín, principal destino de exportaciones argentinas y una de las primeras fuentes de inversión extranjera.
El liderazgo del grupo que comanda Héctor Magnetto, impuesto por sofocación de la competencia, alcanza todos los formatos de medios. El negocio del infoentretenimiento está en plena reconfiguración y Clarín parece haber parado la pelota. En años recientes, se desprendió de emisoras del interior del país y cerró productos digitales y gráficos.
Con la dictadura, Papel Prensa; con Alfonsín, Radio Mitre; con Menem, la televisión y la TV paga; con Néstor Kirchner, el virtual monopolio del cable y un avance decisivo en provisión de internet; con Macri, el salto a Telecom, nueva escala económica.
Forcejeos en grado de tentativa
Llegó Milei. Hay presuntos forcejeos. Existen el prime time de TN y la radio para la barricada oficialista pura y dura, y las tapas del diario y la web que se dedican a tapar antes que a informar; pero también las columnas críticas de Marcelo Bonelli, investigaciones como la reciente sobre $LIBRA y otros contenidos que aparentemente enojan al irascible.
El interés primordial de Clarín en los años de Milei es la compra de Telefónica por parte de Telecom, lo que le otorga dominio en el mercado de telefonía móvil y consolida la preeminencia en internet y TV paga: inaprobable con cualquier criterio de libre competencia.
Milei fijó el tuit “la gran estafa argentina”, enojado con la pretensión de Clarín, pero su Gobierno, en los hechos, habilitó la fusión, que marcha viento en popa. Telecom y Telefónica unificaron balances, management y criterios comerciales. Aunque hay un expediente abierto en la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia, cada día que transcurre, la operación se torna más irreversible. En la hipótesis en que en algún momento se termine el pacto evidente que habilita contenidos de odio oficialista en segmentos centrales del grupo, los tribunales podrán dar curso automático a las previsibles cautelares, y los años pasarán.
Existen el prime time de TN y la radio para la barricada oficialista pura y dura, y tapas del diario y la web que se dedican a tapar antes que a informar; pero también las columnas y contenidos que aparentemente enojan al irascible mandatario
La pérdida de mercado en el segmento de caños sin costura y la provisión de acero en general para el mercado interno puede significar un duro golpe para Techint, que ningún Gobierno se atrevió a habilitar. Sin embargo, el conglomerado de Rocca tiene otro pilar en el negocio de los hidrocarburos con Tecpetrol. Es uno de los tres principales productores de gas en Argentina y está camino a serlo también en petróleo.
A Techint le corren las generales de la ley, con una Secretaría de Energía volcada a aprobar adhesiones al régimen de grandes inversiones (RIGI) que benefician principalmente a empresas locales: YPF, Pan American Energy (Bulgheroni), Tecpetrol, Pluspetrol y Pampa Energía (Mindlin). Algunos de esos proyectos ya habían sido anunciados antes de la asunción de Milei en Casa Rosada. Con una rebaja excepcional de impuestos y libre acceso y disponibilidad para girar utilidades al exterior, los grandes jugadores locales están encantados con el RIGI y van por más.
En evaluaciones de firmas internacionales, hay segmentos de la producción de gas y petróleo en Argentina en los que la carga impositiva ya está entre las más bajas de América Latina, aunque siguen siendo un problema el costo de financiamiento y la logística. La Secretaría de Energía anunció que planea extender los beneficios del RIGI a toda la producción de gas y petróleo. Maná del cielo que hace un tiempo no barajaba el accionista petrolero más optimista.
Tecpetrol le suma un apéndice de negociación que pasa por debajo del radar. En 2019 entabló un juicio al Estado por un supuesto cambio en las reglas de juego para el pago de un subsidio para la producción de gas en Vaca Muerta, dispuesto por el Gobierno de Macri en 2018, cuando se le quemaron los papeles. Entre 2016 y 2020, la empresa de Rocca invirtió US$1.900 millones en su proyecto de gas Fortín de Piedra y recibió US$1.500 millones de subsidio. Pretende otros US$640 millones por vía del reclamo judicial.
¿La defensa legal del Estado estará actuando como corresponde ante un reclamo de esa magnitud?
SL
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