Opinión

La caída de Roma: el centro de la política está muerto

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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El centro porteño murió. La voz de Angelito Vargas, “señores yo soy del centro”, se fue en fade out. Chau, no va más. El 50 por ciento de los negocios cerrados. Las persianas bajas, sucias, rotas. Los “linyeras”, los de siempre, pero más zombies. Mi vieja me decía de chico: “el más linyera de todos, en los 70, podía ser servicio”. Ya ni eso. Todos. tenemos nuestro recuerdo del centro: salida al cine, adolescencia en alguna librería o recital. Algo. Caminabas por Florida y te encontrabas a un excombatiente parado, con un cartel escrito en marcador y mensaje al hueso, su campera verde. Nadie le sostenía la mirada. Cerrás los ojos y tenés tu centro. Nuestros hijos no tendrán eso. Nos faltará un centro para millenials. Eso ya no organiza la geografía de la ciudad, es un margen. Hagamos el travelling, humo a los costados: bancos, oficinas públicas, cajeros automáticos rotos, bares viejos y modernos abandonados o con una mesa cortando el acceso para vivir de un delivery que le permita pagar la luz, el gas, oficinas sin trabajo. Un desierto vertical y horizontal. 2001 en cámara lenta. Una película de Pino Solanas, la realidad de la crisis le acomodó la locación. Pino ya no está. El centro es el cementerio porteño. ¿Una tumba? Por Tucumán, la galería que está entre Maipú y Esmeralda (entrada por Tucumán, entrada por Esmeralda) donde adentro cerró “El candado” para siempre, un bar que no tendrá memoria. Esa muerte no será instagrameada, la otra sangre derramada. Incluso para los nostálgicos: extrañarán un lugar al que ya tampoco iban. El centro, el lugar de la Argentina con más delito por metro cuadrado, murió y no están velándolo. Cuevas de cambio en las que “no se escucha el portugués habitual de los turistas ni el ruido de ir y venir de decenas de personas, pero sí retumba el ‘cambio, cambio’ de los arbolitos en las paredes vacías, su acento predominantemente caribeño”, como describió Delfina Torres Cabreros acá

Los bares prostibularios, el “Bajo” de Antonio Dal Masetto, oficinas fantasmas, depósitos, el club del cheque volador… papel picado. Se extiende la mancha aceitosa de esa muerte al barrio de Congreso. Carlos Mackevicius tuitea: “Golpe duro para los congresistas: cerró Café La Victoria, esquina de Hipólito Yrigoyen y Entre Ríos. Sede informal de todo tipo de intercambio de las fuerzas políticas con representación parlamentaria. Lugar de lo tuyo ya sale o nos cagaron, entré yo solo, entre otras frases.” Los bares se van y nunca volverán. Ahí adonde hubo cita de amor, cita militante, cita envenenada, cita con amigos, cita con nadie, cita fantasma. El centro tomado por los esenciales precarizados de Rappi o Glovo, que hacen su rancho en esquinas de los kioscos o las pizzerías que quedan abiertas. Los que huyeron de Venezuela. Los bares sostenidos por ese café al paso, el café del “asunto”, del expediente, del papelito que pasó el fin de semana en el bolsillo del jean atrás y se despertó el lunes. Los expedientes que se movían a base de ese aceite.

Eugenio Zaffaroni balbucea que se puede venir una “pueblada” por la condena a Lázaro Báez. Parrilli balbucea que la condena es racial. Cerruti balbucea un proyecto antiedad. Algunos están en su burbuja, su zoom, su desconexión vip. El centro está vacío. La analogía obvia: la gestión de Cambiemos en la ciudad construyó un vecinalismo sin centro, una política que hace del vecino alguien que nunca está donde pasan las cosas. Se cayó el centro. El gobierno porteño huyó hacia el sur, al gran Parque Patricios a armar su central. Horacio Rodríguez Larreta, como si nada, vacaciona en Brasil. A pura intuición: Larreta nunca tuvo gusto por el centro, gusto personal, digo, algo que te corre por la sangre, algo que sucede más allá de vos. Si llega a presidente, ya toma carrera para tomar deuda.

Alguna vez escuché esto: Albert Einstein explicaba una y otra vez su “teoría de la relatividad” ante una audiencia que no podía terminar de entenderla. Cada nueva explicación rebajaba más el nivel de sofisticación de su propia teoría hasta que llegó a un nivel en el que su audiencia dijo “sí, ahora la entendemos”. Y Einstein les respondió: “bueno, pero esa ya no es la teoría de la relatividad”. Escuchamos a Javier Milei decir en La Nación: “Supongamos que nosotros vivimos en una comunidad y hay un lago y enfrente hay otra comunidad. Y descubrimos que para hacer intercambios comerciales y vivir mejor todos podemos hacer un puente. Entonces nos ponemos de acuerdo, y todos juntos hacemos una administración y hacemos el puente. Y aparece el puente y resolvimos el problema. ¿Qué es lo que pasa cuando eso lo hace el sector público? ¿Sabés lo que hace? Después crea el Ministerio del Puente. Y como entonces después no hay dónde hacer tantos puentes, inventa lagos para hacer puentes. Entonces crea el Ministerio de Hacer Lagos. Es así: esa es la lógica del Estado. Lo que hay que entender es que el Estado no es la solución: el Estado es la base de todos los problemas que tenemos. La única política buena que podría hacer un gobierno es ir contra el Estado, achicar el Estado.” Una anti política que explica el Estado en algo que se “entiende”, pero ya no es el Estado. Es el Estado que la anti política cree que es.

La marcha del sábado… ¿qué es? ¿Otra nada? Usemos la marcha del sábado para estos intereses: es también el velorio del centro. Carteles: “basta de kasta”, “basta de mantener vagos”, “basta de fabricar pobres” o “devuélvanme mi vacuna”. Ya no hay centro.

Murió el Centro, el microcentro, el closet de todas las clases, el me hablaste con el corazón y te respondí con el bolsillo que dice toda la gente que fue mil veces de Liniers al Banco Piano por sus dólares, sus euros, sus reales, sus canastas de monedas, el ecosistema de casas de cambio, “¡cambio, cambio!”. Buenos Aires está muerta, ahora que está de moda odiarla. Hablemos de muertes: hace pocos días murió Jesús, el viejo mozo asturiano que atendió por décadas el bar “Roma” de San Luis y Anchorena. El bar se fundó en 1927. Su fundador era asturiano, pero el barrio estaba lleno de italianos. Fue por décadas un bar común, después le pusieron el adjetivo de “notable” y luego, hoy, reconvertida en una pizzería de lujo en el Abasto sin romper nada y a la que dan ganas de ir, con el viejo mobiliario, cuando los dos socios asturianos tiraron la toalla. Uno era Jesús, que se quedó viviendo arriba, y dijo chau, no va más. Un sentimiento lógico y conservacionista abrigan los ciudadanos: no cierren los bares. Algún bar se salva, pero la caída es inevitable. A veces lo viejo tiene que morir. La ciudad del arte de hacer huevo, como decía Jorge Asís en su “Cuaderno del acostado” está perdida en los tiempos de Covid. La última vez que fui a “Roma” antes de su reapertura había un policía sentado en una mesa mirando su celular contra la pared que tiene justo arriba un cuadro de San Martín. Y nadie más. No volaba una mosca. Una gata negra se subió a la mesa. Una de las dos puertas, la de la calle San Luis, tenía la persiana baja. En esa mesa, me contó Jesús, paraba un grupo del PC. De esa otra mesa, me contó Jesús, levantaron a uno en el Proceso. Y así. Un 360 de historias de la Historia en el círculo del salón. Cada mesa un mundo.

Corrientes y Maipú. En esa cuadra estaba el Hotel Liberty, desmontaron el famoso cartel, y ahora se llama “Ibis Styles”. “Todo nuevo por adentro”, dice la chica que atiende el teléfono de un hotel casi vacío. Sin un alma. En la saga tortuosa que describe en “Los Doblados”, Ricardo Ragendorfer desempolva la historia negra de ese hotel. Lo llama “lugar maldito”. Luego de secuestrar a un militante chileno, en septiembre de 1977 la policía de Camps secuestró al dueño del hotel, Benjamín Taub, su esposa, su hijo y un par de empleados. “Se lo acusaba de administrar las finanzas del ERP”. Para el 83, cuando salió el hombre de la cárcel, el hotel lo tenía el ex jefe de policía de Mendoza, el brigadier Julio César Santuccione. Así la historia del centro: ciudad cableada, tierra arrasada. El lugar donde la política tuvo sus citas grandes.

Algunos hasta hicieron un velorio sin saberlo: marcharon este sábado y pusieron bolsas negras con nombres de dirigentes. Una risa seca y siniestra metida para adentro. La historia cuando es farsa. Tomás Rebord redondea en un tuit esta locura. Cayó Roma, señores y señoras. Caminaremos como caminan los que no saben que pisan un cementerio diaguita. Los restos del imperio bajo los pies.

MR

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