LOS CRIMENES EN EL POZO DE VARGAS
Después de 46 años, Angela pudo abrazar los restos de Dardo, su compañero desaparecido durante la dictadura

"Mi Dardo, eras muy querido en el barrio porque ayudabas a los más pobres, por fin estás con nosotros", le susurró Ángela Rosario Pérez a los restos de su marido.

“Esa mañana salió de casa para el taller bien temprano, había sol, estaba con una camisa mangas cortas, un jean azul y zapatillas. Jamás me olvidaré de su último saludo desde la esquina”. Así recuerda la santiagueña Ángela Rosario Pérez a Dardo Exequiel Arias, su compañero de vida, secuestrado, torturado y asesinado durante la última dictadura cívico militar. Recién 46 años más tarde pudo volver a abrazarlo, cuando la Justicia Federal de Tucumán le entregó sus restos en el Laboratorio del Colectivo de Arqueología Memoria e Identidad de Tucumán (CAMIT), que trabaja en el Pozo de Vargas, la fosa ubicada en Tafí Viejo en donde se han identificado los restos de 116 detenidos desaparecidos, hasta ahora.

Pozo de Vargas, 20 años, 116 víctimas y 40 metros de una puerta hacia lo más profundo de nuestra historia

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Este momento es la etapa final de las búsquedas que emprendieron miles de familiares de desaparecidos en todo el país, como Ángela, para encontrarse con sus seres queridos que fueron víctimas de la noche más oscura de la historia argentina reciente. Muchos aún aguardan una respuesta, continúan golpeando puertas y exigiendo el avance de las causas de crímenes de lesa humanidad para poder cerrar ese círculo de dolor.  Por lo duro y conmovedor de este momento, algunos prefieren que este instante de reencuentro sea reservado. Esta vez, elDiarioAR por una invitación, pudo presenciarlo.

El pasado 31 de octubre los Arias y Pérez salieron temprano de Santiago del Estero y llegaron al Laboratorio alrededor de las 9, en una mañana fresca de cielo nublado, tras una lluvia de madrugada. Allí los esperaban el perito Ruy Zurita, personal del Juzgado Federal N° 2 de Tucumán, que está a cargo de la investigación Pozo de Vargas -que se inició en abril de 2002-,  y familiares de detenidos desaparecidos, como Josefina Molina, Virginia Sosa y Teresa Arias.

Los santiagueños arribaron en dos vehículos y la primera en ingresar fue Ángela. El Laboratorio del CAMIT funciona en una antigua casa que se adaptó para tal fin. En su único patio, debajo de un lapacho, se puso una mesa y sobre ella la caja de madera con los restos de Dardo. Ángela se paró frente a ella unos minutos, fue puro silencio, la abrazó y luego la acarició, quizás con el deseo de que ese cariño pudiera acercarla al compañero que despidió por última vez esa mañana soleada santiagueña, hace 46 años. “Mi Dardo, eras muy querido en el barrio porque ayudabas a los más pobres, por fin estás con nosotros”, dijo, en voz baja.

"Mi Dardo, eras muy querido en el barrio porque ayudabas a los más pobres, por fin estás con nosotros".

Angela Esposa de Dardo Arias

Arias tenía 23 años cuando fue secuestrado el 20 de octubre de 1976, a metros de su casa, en el barrio Villa Constantina, cuando se dirigía a su taller de carpintería, en donde fabricaba muebles. Casi adolescentes, la joven pareja emigró a Buenos Aires pero regresaron a Santiago en 1970 porque él tuvo la posibilidad de instalar el taller. Además, abrieron una pequeña carnicería -que atendía Ángela- y entre ambas actividades juntaban lo suficiente como para vivir con dignidad. En 1973 se sumó a la militancia política en la Juventud Peronista y es recordado en su barrio porque era uno de los organizadores de chocolates para los niños del lugar y de acciones solidarias.

Musa Azar, 6 condenas por lesa humanidad y 60 causas pendientes

Alrededor del abrazo estuvieron los hijos de la pareja que por tradición familiar llevan el mismo nombre que su padre, Dardo Exequiel Arias, de 49 y 47 años. Tenían 3 años y 7 meses cuando les arrebataron a su padre de sus vidas. “Yo no recuerdo nada de él, lamentablemente; mi hermano, algo, pero los mayores del barrio me contaron que era muy bueno y ayudaba mucho. Todavía conservamos algunos recuerdos de su militancia política, cosas que encontramos en cajones y que preferimos guardar”, contó a elDiarioAR el menor de los Arias. A su lado estaban también su esposa y todos los hijos e hijas de los hermanos.

En 2012, Ángela declaró en uno de los juicios por crímenes de lesa humanidad, en el que hizo responsable al ex comisario y represor Antonio Musa Azar Curi del secuestro y la desaparición de Dardo. El genocida murió el año pasado a los 85 años en Santiago del Estero, en donde cumplía la prisión domiciliaria por seis condenas por crímenes de lesa humanidad (desapariciones, torturas, abusos sexuales y por formar parte de una asociación Ilícita de exterminio de militantes políticos) y sobre el que pesaban unas 60 causas pendiente. “Él es responsable, nos arruinó la vida, mi suegra murió de pena, sin saber nada de su hijo, y mi cuñada terminó mal psicológicamente”.

Ángela también contó ante el Tribunal Oral Federal de Santiago del Estero, durante el juicio, que el día de su desaparición Dardo salió a trabajar cerca de las siete de la mañana y al mediodía le avisaron que en la esquina de Sebastián Ábalos y San Martín lo encerraron dos autos y se lo llevaron. “Eran del Servicio de Inteligencia, un auto blanco y otro amarillo, el que vio todo y nos avisó fue un chico de apellido Navarrete que trabajaba con mi marido como ayudante”, relató a este medio.

Los restos del militante santiagueño fueron hallados y recuperados del Pozo de Vargas por los peritos del CAMIT y en 2017 el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) informó sobre su identificación, junto a los restos de otros 17 detenidos desaparecidos. La caja de madera con los huesos fue enviada hace unos meses desde el EAFF. “Por suerte se recuperaron gran parte de sus huesos y en el cráneo se ve con claridad el orificio de la bala que terminó con su vida”. Una vez detenido, Dardo fue trasladado a Tucumán al ex Arsenal Miguel de Azcuénaga, ubicado sobre la ruta nacional 9, en donde fue torturado, asesinado y su cuerpo llevado hasta el Pozo de Vargas para intentar ocultar el crimen. En septiembre, la Regional NOA de Organismos de Derechos Humanos manifestó su preocupación por el “gravísimo estado de abandono del señalizado Sitio de Memoria donde funcionó el Centro Clandestino de Secuestro, Tortura y Exterminio conocido como El Arsenal, ubicado en el sector destinado a polvorines, en lo que fuera el Arsenal Miguel de Azcuénaga del Ejército”.

En el cráneo se ve con claridad el orificio de la bala que terminó con su vida.

El acto administrativo de la entrega de los restos fue breve. Se leyó un acta y se invitó a que sea firmado por los que lo desearan. Cuatro nietos de Dardo lo hicieron. Antes que todo finalice, un familiar de desaparecido tucumano que acompañó ese momento, entregó un volante con una frase que leyó ante todos: “Y desde aquí, me río, me río cuando pienso en aquellos que creyeron que al matarme me mataban. Que me enviaban al pozo del olvido. Qué ilusos, me enviaron al Pozo de la Memoria”. 

Al levantar la caja junto con uno de sus hijos, Ángela prometió: “voy a hacer todo lo que pueda para que se conozca la historia de Dardo, de su solidaridad con los más pobres, voy a proponer que la plaza de mi barrio lleve su nombre”. Esa misma tarde, los restos fueron depositados en el panteón familiar del cementerio La Piedad, en Santiago del Estero, ante familiares, amigos y representantes de HIJOS y de la Asociación de Ex Presos Políticos de esa provincia. Algunos de los que lo conocían compartieron anécdotas y recuerdos de su militancia.

Ese mismo día, elDiarioAR supo que en breve iban a ser entregados a sus familiares los restos de otro detenido desaparecido identificado. Esta vez, sus seres queridos optaron por mantener en reserva ese momento esperado durante décadas, el que cierra la larga etapa de la ausencia de ese o esa militante que fue víctima de la represión más atroz cometida desde el Operativo Independencia, en 1975, hasta el retorno de la democracia al país, en 1983. Aún hoy, no son pocos los argentinos y argentinas que se preguntan lo mismo que el cantautor Víctor Heredia cuando dice en una de sus canciones: “Todavía cantamos, todavía pedimos /  todavía soñamos, todavía esperamos / Que nos digan adónde han escondido las flores / Que aromaron las calles persiguiendo un destino / ¿Dónde, dónde se han ido?”.

DC/MG

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