El poder detrás de Milei
Menos guerra con Karina y más paciencia: la reconversión de Santiago Caputo dentro del Gobierno
Durante buena parte de los primeros años del gobierno de Javier Milei, cada movimiento alrededor de Santiago Caputo parecía anticipar una batalla. El asesor presidencial había construido poder con una lógica expansiva: acumulaba áreas, promovía funcionarios, intervenía en la comunicación y extendía influencia sobre organismos sensibles. Dos años y medio después, algo cambió. Caputo sigue siendo una de las personas que más escucha el Presidente, pero aprendió que para conservar ese lugar hay peleas que conviene no dar. Sobre todo cuando enfrente está Karina Milei.
La última semana volvió a poner a prueba esa nueva disciplina. Primero apareció el supuesto reordenamiento de la comunicación digital del Gobierno, un territorio que durante buena parte de la gestión había estado asociado a su universo. Después llegó la sorpresiva licencia de José Andrés Velis al frente de la Dirección General de Aduanas, otro funcionario al que dentro del oficialismo se vinculó desde su llegada con el entramado de poder del asesor. Los dos episodios alimentaron rápidamente una interpretación conocida en la Casa Rosada: Caputo estaba siendo corrido.
Hay quienes describen, sin embargo, una reacción bastante menos dramática. No hubo una ofensiva para recuperar posiciones ni una demostración pública de fuerza. Tampoco señales de que estuviera dispuesto a convertir esos movimientos en un nuevo capítulo de la interna con la secretaria general de la Presidencia. “Está esperando”, desliza a elDiarioAR alguien que conoce a Caputo de otra vida. “Sabe que ya lo van a volver a ir a buscar”.
La frase permite entender mejor su comportamiento actual. Caputo no parece leer cada espacio perdido como una derrota definitiva, sino como parte de un movimiento pendular dentro de un Gobierno que ya atravesó varias reorganizaciones y que, cada vez que necesitó ordenar una crisis política, volvió a recurrir a él.
Tampoco espera desde una situación de debilidad absoluta. Aunque cedió centralidad en algunos casilleros y otros quedaron bajo control de terminales diferentes, mantiene dominio sobre estructuras sensibles del Estado y conserva atadas varias cajas importantes, entre ellas las vinculadas al área de Salud o a la propia Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), a través de su alfil Cristian Auguadra. Sin ir más lejos, el asesor se mueve con custodia de la mismísima central de espías.
La relación con Karina
Caputo conserva algo que ninguno de sus adversarios internos consiguió quitarle: el acceso directo a Milei. Su principal fuente de poder siempre fue la confianza presidencial, una característica que le permitió atravesar sucesivos intentos de acotamiento y explica por qué los diagnósticos sobre su caída suelen tener una vida útil bastante corta. Pero la convivencia con Karina Milei también le enseñó los límites de esa cercanía: el asesor puede discutir casi todo alrededor del Presidente, impulsar nombres, construir dispositivos propios y preservar áreas de influencia, pero existe una frontera que aprendió a reconocer.
Ese aprendizaje no fue inmediato. Durante buena parte de la gestión, la relación entre ambos estuvo atravesada por períodos de tensión, competencias por áreas y funcionarios que intentaban interpretar hacia qué lado se inclinaba el Presidente. La Casa Rosada llegó a acostumbrarse a medir cada designación y cada desplazamiento como parte de una disputa entre dos polos de poder. Con el tiempo, Caputo parece haber entendido que esa pelea tenía un techo particularmente bajo: Milei puede concederle una enorme capacidad de incidencia, pero difícilmente vaya a elegirlo en una confrontación abierta con su hermana.
La conclusión modificó su comportamiento. Antes que desafiar la autoridad de Karina, Caputo comenzó a administrar los retrocesos. La discusión alrededor de la comunicación digital ofrece una muestra casi perfecta de esa nueva dinámica. El episodio tuvo como protagonista involuntario a Adrián Ravier. Durante la conferencia de prensa del martes, el vocero presidencial dio a entender que Santiago Oría, el cineasta que responde a Karina Milei, había quedado a cargo de “la parte de comunicación digital”.
Ravier pareció advertir la sensibilidad del asunto mientras todavía estaba respondiendo. Acto seguido aclaró que la nueva función de Oría “no le quita importancia” a “la figura de Santiago Caputo para este Gobierno”. La apostilla no alcanzó para contener las interpretaciones y unas horas después el vocero tuvo que volver sobre sus palabras. “No hubo ni hay ningún cambio en el organigrama de comunicación del Poder Ejecutivo, ni designación alguna, ni traspaso de responsabilidades entre áreas”, escribió.
La aclaración contenía una paradoja que ayuda a explicar buena parte del problema. Caputo nunca ocupó formalmente un casillero en ese organigrama. Trabaja como asesor presidencial mediante un contrato de locación y buena parte de su poder se construyó precisamente por afuera de las fronteras administrativas del Estado. Puede ganar influencia sobre un área sin ser designado para conducirla y también puede perderla sin que exista ninguna resolución que documente su desplazamiento, como ocurrió en marzo de este año con el corrimiento de su amigo Sebastián Amerio —hoy procurador del Tesoro— del Ministerio de Justicia.
Dolores de cabeza
La sucesión de aclaraciones expuso, en definitiva, una dificultad que acompaña a Caputo desde que comenzó la gestión: su poder resulta mucho más sencillo de percibir que de delimitar. Algo parecido ocurre con los movimientos en la Aduana, donde resulta difícil establecer hasta qué punto la licencia de Velis implica un retroceso de su influencia. El movimiento ocurre después de meses en los que Andrés Vázquez fue concentrando poder dentro de ARCA y reduciendo el margen de autonomía del director de Aduanas. En dependencias sensibles, desde Ezeiza hasta el puerto de Buenos Aires y Campana, los cambios fueron consolidando una cadena de mando cada vez más centralizada.
También allí aparece una pregunta que circula desde hace algún tiempo entre funcionarios que conocen el organismo: hasta dónde los movimientos de Vázquez siguen respondiendo al mismo esquema de poder con el que llegó a conducir ARCA y hasta dónde comenzó a construir una dinámica propia. La incógnita adquiere otra dimensión porque Vázquez también llegó asociado al universo de relaciones de Caputo. Si dejó de responderle, el movimiento sería más significativo que la licencia de Velis por sí sola.
Hay otro episodio de la coyuntura que en el oficialismo siguen con especial atención, aunque prefieren no detenerse demasiado en él. En primera instancia, el escándalo alrededor de Fernando Cerimedo fue leído con cierto alivio en el Salón Martín Fierro, el espacio de la Casa Rosada donde Caputo instaló su centro de operaciones y desde donde se mueve buena parte del caputismo.
Cuando en agosto de 2025 se conocieron los audios atribuidos a Diego Spagnuolo, el extitular de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), en los que hablaba de un presunto esquema de corrupción y pago de retornos dentro del organismo que tenía como beneficiaria a Karina Milei, en el entorno de los primos Menem sobrevoló la sospecha de que detrás de su difusión podía existir alguna terminal de la propia interna libertaria. Las miradas alcanzaron automáticamente al universo de Caputo.
Cerca del asesor, consideran que las últimas derivaciones del caso Cerimedo ayudaron a disipar esa sospecha y, sobre todo, a correrlos del centro de las especulaciones. En particular, la declaración de Nadia Beller, pareja del consultor y recientemente baleada por sicarios, quien aseguró que fueron el propio Cerimedo y su esposa, Natalia Basil, quienes grabaron a Spagnuolo. La revelación fue recibida con alivio en el caputismo, aunque ese alivio tiene límites.
¿Qué relación tenía realmente Caputo con el consultor hoy preso en Bolivia? ¿Es verdad que llegó a haber algún nexo subterráneo entre él y la Fundación Faro, el think tank comandado en los papeles por Agustín Laje? Las preguntas no surgen solamente de las especulaciones que rodearon a los dos personajes. Como reveló Mauricio Caminos en elDiarioAR, Cerimedo ingresó en numerosas oportunidades a la Casa Rosada durante el primer semestre de 2024 y fue precisamente Caputo quien autorizó una de aquellas entradas.
Lazarillo en jaque
La proximidad de la campaña electoral puede ofrecerle a Caputo la oportunidad que espera. A medida que 2027 empiece a ordenar las decisiones del Gobierno, es probable que su faceta de estratega vuelva a adquirir una centralidad que durante los últimos tiempos quedó parcialmente eclipsada. Ese fue siempre el terreno en el que Milei más confió en él, al punto de convertirlo durante buena parte de su ascenso político en una suerte de lazarillo: alguien capaz de leer el terreno por delante, advertir los obstáculos y traducir las intuiciones del entonces candidato en una hoja de ruta para avanzar sobre un sistema político que conocía mucho menos que la economía.
Caputo llegará, sin embargo, al año que viene desde un lugar diferente al que ocupaba cuando Milei desembarcó en la Casa Rosada. Entonces podía presentarse esencialmente como el consejero del Presidente, alguien cuya influencia derivaba de su capacidad para interpretar la política y no de una estructura propia. Después de más de dos años de pujas intestinas, él mismo terminó convertido en una de las partes de la interna que pretende ordenar. Haber acumulado poder amplió su capacidad de intervención, pero también modificó la manera en que los demás interpretan cada uno de sus movimientos.
Ahí aparece probablemente su principal desafío de cara a lo que viene. La campaña puede volver a llevar a Milei hasta él, pero para recuperar plenamente su papel de estratega ya no alcanzará con conservar la confianza del Presidente. Caputo deberá conseguir que, cuando vuelva a desplegar un mapa sobre la mesa y explique hacia dónde cree que debe avanzar el oficialismo, quienes estén sentados alrededor no interpreten cada consejo como una jugada destinada a fortalecer el espacio que construyó alrededor suyo. Es uno de los costos menos visibles de haberse convertido en jugador: hacer creíble que aquello que propone responde a la victoria de La Libertad Avanza y no solamente a la de Santiago Caputo.
PL/MG