DESDE ADENTRO DEL PIQUETE

“Muchas veces tengo que elegir si a mis hijas les doy de comer de día o de noche”

La movilización de la "Unidad Piquetera" hacia el Ministerio de Desarrollo Social.

A un costado del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, sobre la Avenida 9 de Julio y Moreno, un grupo de mujeres hierve agua en ollas de acero inoxidable de cincuenta y cien litros. Preparan un guiso de arroz para las 4000 personas de su organización que hoy se movilizaron por “trabajo genuino y asistencia alimentaria a los barrios pobres”. También hay tuppers gigantes con cebollas picadas y zanahorias cortadas en cubo. 

María es una de esas mujeres, vive en Almirante Brown y milita en un merendero del MST en La Boca. Cobra 19.000 pesos por el Potenciar Trabajo y hace changas de limpieza o costura, como su madre. Tiene dos hijas, de 9 y 5 años, y hay días en los que diagrama las comidas según lo que le queda: “Muchas veces tengo que elegir si les doy de comer de día o de noche, pienso si hago el almuerzo o la cena y después le doy un pan con leche. Hoy mis hijas pueden entender que si no hay, no hay. Es una mezcla de bronca, dolor y tristeza”, cuenta. A veces, cuando le alcanza, compra alitas de pollo y las usa para acompañar el guiso de arroz o fideos. Otras veces, hace tuco y, otras, simplemente usa aceite y sal.

Las columnas sobre la Avenida 9 de Julio ocupan casi 20 cuadras de ambos lados del Metrobús. Desde el Ministerio hacia el Norte las banderas del Polo Obrero, MST y M.A.R que llegan hasta la calle Arroyo. Hacia el Sur, el bloque de Barrios de Pie que llega hasta la intersección con Chile. Las banderas que ocupan casi el ancho de la calle y se ubican cada 15 ó 20 metros muestran un despliegue masivo. 

“¿Dónde están los alimentos que faltan en los comedores?”, se lee en un cartel de cartón que una joven usa para cubrirse la cara del sol. Las agrupaciones políticas que integran Unidad Piquetera sostienen que el reparto no es el mismo que para las organizaciones oficialistas. Alertan que a los comederos ya no llega azúcar, aceite ni harina. “No podés hacer ni una torta frita”, repiten. En cambio, llegan garbanzos, arvejas partidas, puré de tomate, y yerba. “Antes venía polenta, ahora ni eso”, dice María del Carmen Díaz, trabajadora de casas particulares de 42 años. Vive en la Villa 31, tiene cuatro hijos y participa de los comedores del Polo Obrero para completar la comida de su familia. Está registrada, gana 33.000 pesos mensuales y hace changas en otras casas: “Tenemos que hacer malabares para dar de comer y comprar cosas para las escuelas, tenemos que hacer elecciones que no están buenas para nuestros hijos”. 

 En la semana, se conoció que un 2% del dinero del programa Potenciar Trabajo (que otorga 19.000 pesos mensuales) que reciben alrededor de 60.000 beneficiarios y beneficiarias del Polo Obrero son destinados a la organización, algo que la dirigencia confirmó y llamó “un aporte voluntario votado en las asambleas”. En la calle, también se lee así. 

“Las trabajadoras también hacemos un aporte del 2% que es para pagar el flete, el espacio donde guardar la mercadería y para poder tener una reunión. El Gobierno no nos pone flete para la mercadería. Lo que pasó en la semana no es desprestigiar la organización, sino un desprestigio a todos nosotros”, dice María del Carmen.

Cerca de ella está María Muñoz, es del Bajo Flores, tiene 42 años y 4 hijos. Cobra el plan, en la semana limpia casas particulares y los domingos tiene un puesto en la Feria Bonorino, donde vende ropa que compra en la calle Avellaneda.“Me pagan 400 pesos la hora y 100 de viáticos, son dos leches líquidas”, saca cuentas. Dice que antes estuvo en organizaciones que piden un 20%. “Si era un plan en el que ganabas 16.000, le tenías que dar 4.000. Los que juntamos el 2% lo damos a conciencia para dar a los compañeros que no llegaron a entrar al merendero. En mi barrio somos 280 familias y solo entraron 100”, cuenta.

María Teresita, de 49, llegó desde Luján y se trajo una mochila por si esta noche hay que acampar. Vino con la SUBE, pagó 126 pesos el pasaje. “Vengo porque realmente lo necesito, lo poco que gano me sirve y quiero ser muy responsable. Cuido lo que tengo porque es lo que día a día me da de comer. Con mi edad, si no marcho, no como y no tengo un sueldo y no tengo trabajo digno. Si voy a una fábrica, más allá de que tenga estudio y me sepa manejar, no me toman por la edad”, dice.

Por vieja o por joven. Nayely Conde, de 18, está con su compañero Erwin, de 22. Los dos viven en Villa Soldati y cuentan que también les cuesta conseguir trabajo. “Tenés buen promedio, pero no, buscamos otra clase de cosas”, le dijeron en una empresa del microcentro. Nayely sabe que no la tomaron porque vive en una villa

En las calles hay rondas de hombres tocando bombos, mujeres reunidas tomando mates, hombres comiendo sandwiches de milanesa y niños jugando. Hay madres que improvisan una manta y dejan que sus bebés gateen ahí, otras los sostienen en brazos y, otras, los hamacan en los cochecitos. La espera se vuelve aburrida, estarán, como mínimo, hasta las 8 de la noche a la espera de una reunión con el ministro Juan Zabaleta. 

Una mujer rubia irrumpe en esa espera y genera rechazo. Se trata de Viviana Canosa que, alrededor de las dos de la tarde, llega con un equipo del canal América para hacer notas. “Tómatela Canosa”, le grita una mujer. “Hay que hablarle, no echarla”, le responde un hombre. La conductora no es bienvenida aquí. “Que se vaya, habla mal de nosotros”, replican desde lejos. Se arma un círculo en torno a ella, todos quieren hablarle. 

Laura Rojas, coordinadora del merendero de Barrios de Pie de San  Martín, se acerca y pide la palabra, hablará más de cinco minutos.“Nos da bronca que hoy esté acá porque en la tele habla muy mal de nosotros, nos tienen mal puesto como si vinieramos a cortar la calle porque queremos”, contará después. La nota termina y Canosa se presta para sacarse fotos. 

El sol se irá ocultando detrás de los árboles y el frío se empezará a sentir. Es la hora de volver a encender las ollas para un mate cocido caliente.

CC

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