Resuelven un asesinato tras cinco años

Lo detuvieron por un crimen de 2016, después de que lo blanquearan en ANSES

Allanamiento en marzo pasado en Inriville, el pueblo del sudeste cordobés.

Julio César Rotta no se resistió. Los policías de civil del Departamento Homicidios de la Policía de Córdoba lo estaban esperando desde hace días en las inmediaciones de casa en la ciudad santafesina de Venado Tuerto. El martes 11 de la semana pasada, cuando Rotta estaba a pocos metros de su casa, tres policías cordobeses lo interceptaron y segundos después ya estaba esposado: acusado de haber secuestrado y asesinado a Andrés Baleani (49), un vecino de Inriville, una pequeña localidad del sudeste cordobés. 

El dato de que Rotta, un ex marino mercante estaba en Venado Tuerto –a sólo 126 kilómetros de Inriville- se lo dio a los detectives de Homicidios, Luis Micheli, un experto en criminalística a cargo de la Dirección de Investigación Operativa (DIO), un cuerpo de investigadores del Ministerio Público Fiscal de Córdoba. Micheli detectó cuando Rotta fue dado de alta en la Administración Nacional de Seguridad Social (ANSeS) por su patrón. Así, el fiscal de Marcos Juárez, Fernando Epelde, ordenó un seguimiento del sospechoso y tras confirmar que era el hombre que buscaban hace años por el crimen de Baleani, lo detuvieron.  

Así terminaron casi cinco años de fuga y uno de los misterios criminales de Inriville, un pueblo cordobés ubicado a 293 kilómetros de esta Capital, donde la gente desaparece y luego termina asesinada o no la encuentran nuca más, como el caso del albañil Andrés Baleani, a quién le perdieron el rastro el lunes 29 de agosto de 2016.

Esa fría tarde, Baleani se bajó de una pick up VW Saveiro color negro; bajó su bicicleta que estaba en la caja del vehículo y la dejó en su casa. Su madre Angélica lo vio por la ventana. El hombre volvió a subir a la camioneta y la mujer pensó que se iba al bar de Molina, a tomar algo, como lo hacía la mayoría de las tardes desde que recuperó su libertad en abril de ese mismo año, tras haber estado preso por haber matado a su hermano menor. 

Andrés Baleani era albañil y vivía de changas. Pasó casi ocho años preso en las cárceles de Villa María y Villa Dolores y el complejo de semilibertad de Monte Cristo; luego de haber asesinado a su hermano Nicolás (29), por una pelea por perros galgos de carrera. Al quedar libre, se fue a vivir a un pequeño departamento en el fondo de la casa materna.

Un fraticidio

El 9 de julio de 2008, Andrés le reprochó a su hermano Nicolás, porque había vendido uno de sus perros galgos preferidos. Los dos hermanos se dedicaban a las carreras de perros, muy comunes en los pueblos de la Pampa Húmeda. Las discusiones por las carreras de galgos –con las que se gana mucha plata- eran comunes entre los dos hermanos. Primero, Nicolás le dijo a Andrés que les habían robado uno de sus mejores perros. Pero después, el mayor de los Baleani se enteró que era mentira, que no hubo robo y que su hermano más chico, había vendido el animal. Esa vez, Andrés estaba tan enojado con Nicolás que cuando éste se fue en su caballo, tomó una carabina con mira telescópica y le disparó. El balazo le dio en la cabeza, el menor de los Baleani cayó agonizando, Andrés pidió ayuda y en un camión de los bomberos llevaron a Nicolás a un hospital, donde murió.

Desde el hospital, Andrés se fue a entregar a la casa del juez de Paz del pueblo, Henry Storti; pero el hombre no estaba. Entonces, siguió hasta la comisaría, donde confesó que había asesinado a su hermano y quedó preso. Lo condenaron ese mismo año a 0cho años de prisión. Los amigos de la víctima juraron vengarse.

Cuando Andrés quedó libre, volvió a Inriville. Y se fue a vivir atrás de la casa de su mamá. Iba de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Y a la tarde, al bar de Molina, para hablar de la vida, o de pesca o de caza o de galgos. Esa noche, Andrés quería irse a pescar. Y su mamá Angélica pensó que se iba a lo de Molina a ultimar los detalles de la salida. Pero nunca más volvió.

Su hermana Mariana, que vive en Córdoba, al otro día estaba en Inriville buscando a su hermano Andrés. Sabía que algo le había pasado, porque sabía de las promesas de venganza de los amigos de su otro hermano, Nicolás, asesinado por Andrés.

Hace cinco años, la hermana mayor de los Baleani, les dijo a los medios cordobeses: “Andrés estaba arrepentido, no nació para matar. Cuando volvió a Inriville, lo primero que hizo fue buscar a los amigos de Nicolás y pedirles disculpas. Iba mucho al cementerio y se quedaba llorando al lado de la tumba. Andrés tenía buen corazón, pero no se llevaban bien, a lo mejor le agarró un brote psicótico”.

Inriville, con apenas 4.000 habitantes es un típico pueblo de la pampa húmeda: una plaza, la Municipalidad, la parroquia y la comisaría en pleno centro. En cada extremo del pueblo, sobre la Ruta 6 hay una estación de servicio, ambas ofician de bares; porque los bares del centro, como el de Molina, recién abren a la tarde. La gente anda en bicicleta para ir a trabajar, hacer trámites o las compras. Los autos se dejan sin llave y las puertas de la casa rara vez se traban.

La desaparición de Andrés Baleani conmocionó nuevamente a los vecinos de Inriville y trajo a la memoria dos casos resonantes: la desaparición y asesinato del jubilado Santiago Mattheus en noviembre de 2012; y la desaparición y asesinato de Mariela Bortor en enero de 2014.

Durante los cuatro meses que vivió en el fondo de su casa materna, Andrés Baleani hizo changas de albañilería, pintura, limpiaba campos y vendía las liebres que cazaba. No volvió a las carreras de galgos, que lo habían hecho perder a su hermano menor y ocho años de su vida.

 Una investigación casera

 

Su hermana Mariana, que había perdido a su hermano menor, no quería perder al otro hermano que acababa de salir de prisión. Comenzó desde el día 0, una pesquisa casera, pero por demás prolija: como si fuera una investigadora policial, una historiadora o una periodista; entrevistó a decenas de personas y cada testimonio lo plasmó en un cuaderno. 

Mariana Baleani supo que Andrés nunca llegó a lo de Molina, que antes fue a un galpón en las afueras del pueblo, que sirve de stud y criadero de perros. Allí iba a comprar lombrices para pescar. Y las pagaría con parte de la pesca.

A medida que avanzaba con su pesquisa, Mariana se convencía que Andrés había sido asesinado por los amigos de Nicolás. Una historia típica de Caín y Abel. “A medida que pasa el tiempo me convenzo que a Andrés lo asesinaron los amigos de Nicolás. No creo en las casualidades, Andrés salió de la cárcel y a los cuatro meses desapareció sin dejar rastros”, dijo la mujer hace poco más de dos años. Su cuaderno de notas es lo más parecido a un expediente judicial, donde los nombres se repiten y los testimonios callan de repente: “Pedimos por favor que quien sepa algo, hable. Aunque más no sea de manera anónima. Saben dónde vivimos, que nos dejen un papel por debajo de la puerta. Hay una familia que está destruida. ¿Vos sabés lo que es tener a alguien desaparecido?”, clamaba Mariana Baleani. 

Pese al silencio, hay algunas constantes que se repiten, como el nombre de Rotta, el detenido en Venado Tuerto. Tanto en la investigación de Mariana, como en la del fiscal Epelde, las sospechas sobre Rotta eran fuertes: la pick up Saveiro negra lo dejó a Andrés Baleani en una propiedad del detenido. También se encontraron rastros genéticos de la víctima en esa propiedad y hay numerosas comunicaciones que situaron a Rotta como principal sospechoso. 

Luis Micheli, el jefe de la Dirección de Investigación Operativa, con amplia experiencia en resolver crímenes con víctimas que habían desaparecido –el caso más relevante fue el de Facundo Rivera Alegre, conocido como “el Rubio del Pasaje”, desaparecido en febrero de 2012- armó el rompecabezas para que el fiscal de Marcos Juárez avanzara sobre terreno firme. 

En marzo pasado, medio centenar de policías bajo las órdenes del fiscal Epede allanaron un predio conocido como “El Palermo de los Galgos”, entre Inriville y Marcos Juárez, sobre la Ruta Provincial 12, en busca del cuerpo de Baleani. No hallaron nada. La intendenta de Inriville, Julieta Aquino, también participó del operativo de policías y bomberos. En agosto de 2016, unos días antes de desaparecer, Baleani había visitado el lugar.  

En su plan de fuga, Julio César Rotta había echado a correr la versión que se había embarcado en un buque de bandera extranjera y que muy pocas veces volvía a la costa argentina. En el pueblo la creyeron, sin saber que estaba a menos de 150 kilómetros de Inriville. “No hay crimen perfecto”, repetía Mariana Baleani, y agregaba: “Hay silencios por miedo y por complicidad”.  

La semana pasada, tras conocerse la noticia de la detención del sospechoso, la mujer le dijo a elDiarioAR: “Esperemos que nos diga dónde está Andrés, mi mamá está grande, tiene 80 años, merecemos despedirlo y hacer el duelo”.  

El crimen de Santiago Mattheus

 

Santiago Mattheus a sus 69 años estaba más que cómodo con su jubilación de empleado bancario. Soltero, sin hijos; metódico; la jubilación le alcanzaba y sobraba para su vida de asceta. El sábado 24 de noviembre de 2012, el hombre había cenado en su chalet de Avenida del Agricultor con una familia amiga. Esa misma madrugada, un remisero de la vecina ciudad de Monte Buey llegó a la comisaría a denunciar que había llevado a un pasajero hasta una vivienda de la Avenida del Agricultor, se bajó sin pagar y entró al domicilio. Cuando los policías y el trabajador del volante llegaron al lugar, nadie contestó. 

El martes siguiente, Carlos Mattheus, sobrino del jubilado bancario informó en la comisaría de Inriville que su tío estaba desaparecido. Horas después, denunció formalmente la desaparición de Santiago Mattheus. 

Desde la Municipalidad de Inriville aportaron las imágenes tomadas por las cámaras de seguridad apostadas en la Avenida del Agricultor y se ve que cerca de las 3 de la madrugada del domingo 25, un remisero dejaba en la casa del jubilado a un joven. Y unas tres horas después se ve cuando del garaje de la vivienda de Mattheus sale el Chevrolet Corsa Classic gris de la víctima manejado por un muchacho. Cuando los agentes llegaron a la vivienda del jubilado, encontraron todo revuelto.

A Santiago lo buscaron por todas partes, buscaron el auto y siguieron las tarjetas de débito y crédito para determinar dónde podría estar el hombre desaparecido. El 4 de enero de 2013, una llamada al 101 de la Policía cordobesa alertaba sobre un olor nauseabundo en un campo de soja de Justiniano Posse, a 45 kilómetros de Inriville. Los equipos de búsqueda hallaron el cadáver de Mattheus. A los pocos días, fue detenido Maximiliano Martínez, un joven de 26 años, cuando intentaba vender muy barato el Chevrolet Corsa Classic de la víctima. El comprador, temiendo una estafa por lo ridículo del precio, hizo averiguaciones y descubrió que el auto era de un hombre desaparecido. Llamó a la Policía y detuvieron a Martínez, quien en marzo de 2014 fue condenado por homicidio simple. Cinco años después, en abril de 2019, el asesino quedó libre e instalado en la localidad sureña de Sampacho –cerca de Río Cuarto- fue nuevamente detenido: sorprendió a una mujer en su casa, la asaltó, la abusó sexualmente, le robó plata y otras pertenencias, la sometió a una violenta golpiza y la prendió fuego. La mujer salvó milagrosamente su vida.

Una caminata mortal

“Queremos que quien tenga a nuestra mamá nos la devuelva. Ya pasó mucho tiempo, es hora de que esa persona o esas personas recapaciten y la dejen libre. Ella es incapaz de irse sin avisar, nunca se fue a ningún lado sin decirnos, menos despegarse de nosotras dos”, reclamaron Jéssica y Brenda Fontana, al frente de una nutrida marcha de 400 personas que reclamó por la aparición de Mariela Bortot, una atractiva mujer de 40 años, desaparecida tres semanas antes, el 25 de enero de 2014. La mujer había salido a caminar y nunca más se supo de ella.

Por su desaparición fue detenido un ex policía, quien estuvo preso algunos meses y que fue torturado para que confesara, según denunció su abogado Francisco Lavisse.

A fines de 2016, Claudio Bortot, hermano de la mujer desaparecida recibió el llamado de un preso: “Yo sé quién mató a tu hermana y dónde está el cuerpo. Vení a verme y traé a tus sobrinas”. El hermano de Mariela fue hasta Villa María a entrevistarse con Juan Ramón Rodríguez, un interno de la cárcel de esta ciudad, preso por violación. Claudio Bortot no fue con sus sobrinas, y en la charla con Rodríguez, este le contó que trabajaba de fumigador, cuando desde la máquina vio cuando un hombre sorprendía por la fuerza a Mariela y la metía a un maizal. Y que al poco tiempo, mientras estaba orinando en un campo, vio una pierna de mujer que salía de la tierra. Entonces, ató cabos y llegó a la conclusión que la mujer que vio cuando fumigaba era la misma semienterrada: Mariela Bortot.

Rodríguez quería mejorar su situación por la causa de violación por la que estaba en prisión. A cambio de su libertad aportaba los datos para encontrar a la mujer desaparecida desde enero de 2014. En noviembre de 2016, con la ubicación exacta dada por Rodríguez, peritos forenses desenterraron en las afueras de Inriville, los restos óseos de Mariela Bortot.  

En agosto de 2019, Rodríguez fue condenado por unanimidad en un juicio con jurados populares a la pena de reclusión perpetua: lo encontraron culpable de los delitos de abuso sexual con acceso carnal y homicidio calificado.

“Estamos conformes con la condena, que es lo que merece este tipo de criminales”, aseguró el abogado querellante Horacio Baleani, representante de las hijas de Mariela, Jéssica y Brenda Fontana.

GM

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