La mujer del apocalipsis, algunos libros del año

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Este comienzo, como siempre que me pongo a escribir, iba a ser otra cosa. No hay escritura sin desvío, sin que se escuche el crujido de algún croquis mental, sin desfasaje. Incluso para las personas más ordenadas o metódicas (no es mi caso); no hay escritura posible sin esa brecha entre aquello que se creía poder capturar de manera muy nítida y lo que finalmente aparece convertido en palabras que leerán otros. Porque escribir implica siempre un movimiento en el que todo pasa por una superficie resbaladiza. Porque escribir es como atravesar esa zona que me gusta llamar el piso flotante del lenguaje: un conjunto de maderas que a primera vista relucen todas juntas, que parecen obedecer a ciertos parámetros y afirmarse en apoyos transitorios pero sólidos, que no requieren pegamento sino el simple hecho de permanecer una al lado de la otra, cumpliendo ese pacto de flotación colectiva y siempre provisoria. Ahí radica su condición principal y lo que sostiene al conjunto: ese por ahora, esa flexibilidad pasajera. Ahí radica también su mayor fragilidad: ese vamos viendo, ese hueco que habilita la contingencia.

No es una novedad (¿qué cosa sí lo sería a esta altura del partido?), hay pisos flotantes por todos lados: en las instituciones, en los trabajos, en las conversaciones, en el amor, en los vínculos. No es una novedad tampoco: hay formas muy distintas de intentar recorrer esas superficies que no serían lo que son sin sus poros.

Los materiales que elegí para esta nueva edición de Mil lianas tienen en el centro a personajes que hacen intentos sorprendentes y conmovedores justo ahí, un segundo después de encontrarle algún desperfecto a distintos pisos vitales por los que se ven obligados a caminar. Fueron días, al menos para mí, de quedar frenada pensando en ese momento universal que viene pegado a cualquier revelación, el peaje que hay que pagar por recibir la gracia de la epifanía, la contraparte que insiste en forma de pregunta lacerante: ¿y ahora cómo seguir?

Hechas las advertencias, empecemos.

1. Carol y el fin del mundo. Se sabe de entrada: en siete meses y unos días llegará el fin del mundo por un inevitable choque de planetas. La Tierra, tal como la conocemos, ya no existirá y en esos días antes del desenlace buena parte de la población vive de fiesta, cambia completamente su rutina, hace todo eso que postergó en la vida (entre otras cosas, viajes exóticos, prácticas deportivas extremas, renuncias a trabajos inviables, incursiones en las drogas o en los vínculos poliamorosos, como ocurre, por ejemplo, con los padres ancianos de la protagonista). Por el contrario, Carol, el personaje central de esta notable serie animada para adultos que acaba de lanzar Netflix, no encuentra esa satisfacción que ve en los demás, que sonríen, se emborrachan, se disfrazan o bailan todo el día porque, total, ya no existirá esa convención llamada futuro. Retraída y un poco fuera de eje por no encajar en ese humor festivo, da vueltas en la cama, intenta seguir como antes, cocina y se alimenta como siempre, paga sus cuentas hasta que el CEO del banco le dice que la única deuda que tiene es con ella misma y le devuelve el dinero. Sin embargo, más que ese apocalipsis del que poco se sabe (no se trata aquí de una serie interesada en plantearse en los términos clásicos de la ciencia ficción) lo que le preocupa a esta mujer es esa obligación de tener que buscarse algo arriesgado y novedoso para concretar en los pocos días que le quedan al mundo. De a poco, con su mirada entre la timidez y la incertidumbre, Carol irá también encontrándole hilos cada vez más sueltos a ese discurso de la realización personal que se vende como una instancia emancipadora y en el fondo oculta una gran presión sobre quienes compran esa impostura.

Una vuelta de tuerca de la serie y de la vida de la protagonista llegará cuando, de manera accidental, entre a las oficinas de una misteriosa empresa llamada curiosamente The Distraction (La Distracción). Lejos del desenfreno exterior, allí se encontrará con personas que prefieren, en esta cuenta regresiva y deforme, seguir sus vidas entre horarios, escritorios anodinos, computadoras y números. A lo largo de los 10 episodios de la serie, un gran estreno que llega justo al final del año, veremos a Carol y a otros personajes moverse en esos ámbitos, cuestionarse a veces, pensarse raros y, al mismo tiempo, intentar conectar con los otros aunque sea en el poquito resto de tiempo que le quede al mundo.

Sutil, cómica por momentos, angustiante también; humanísima y profunda, Carol y el fin del mundo es una creación de Dan Guterman, quien trabajó como guionista en Community y Rick & Morty, entre otros.

Los diez episodios de la serie de animación Carol y el fin del mundo están disponibles en Netflix.

2. Diario de aterrizaje, de Laura Ortiz Gómez. “Comencé este proyecto para conocerme en el salto de volver a casa y se está transformando en un diario sobre volver a enamorarme. Al final son lo mismo: migrar de vuelta y enamorarse. Estos saltos requieren el mismo nivel de fe, o de torpeza, o de irresponsabilidad”, apunta Laura Ortiz Gómez en uno de los fragmentos de su reciente libro Diario de aterrizaje (Bosque energético, 2023). “Supuestamente era un diario sobre desmigrar” es el título de ese apartado y también una línea que seguirá a lo largo de toda la publicación: lo que una supone, los regresos y los modos impensados de desandar caminos. Es que la autora, en este breve y luminoso texto, traza el recorrido que la llevó de regreso a su Colombia natal, luego de haber migrado a Buenos Aires, donde vivió durante siete años y donde estuvo en pareja con F. hasta que se separaron. Entre el duelo, la memoria de ese amor y la promesa de otro, el libro dará cuenta de un aterrizaje, pero, sobre todo, de la escritura como modo de hacer pie, en medio de todos esos vaivenes.

Laura Ortiz Gómez nació en Bogotá, en 1986. Estudió literatura en la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia y es magíster en Escritura Creativa por la Untref, de la Argentina. Sofoco, su primer libro de cuentos (hablamos de él por acá) ganó en 2020 el Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica de Colombia.

El libro Diario de aterrizaje, de Laura Ortiz Gómez, salió por la editorial Bosque Energético.

3. Literatura argentina 2023. Los balances siempre implican sesgos, omisiones, arbitrariedades, decisiones que no le hacen justicia a todo lo que ocurrió en un determinado período y un recorte obligado por el tiempo o, mejor, por su falta. Sin embargo, también pueden llegar a ser un espacio de cierto refugio: el año se va y tuvimos la posibilidad de leer libros interesantes, arriesgados, graciosos, conmocionantes que vale la pena rescatar. 

Sí, empezó el momento de los balances, esas contabilidades recurrentes que amamos odiar y, al mismo tiempo, odiamos amar. Por estos días armé un balance en el que seleccioné catorce publicaciones entre el cuento, la novela, la poesía y lo híbrido. Todas salieron este año y fueron escritas por autoras y autores de Argentina. Pueden leer el listado completo y conocer más de ellos en este enlace.

La primera entrega del balance 2023, con catorce libros destacados de autores de Argentina, entre el cuento, la novela, la poesía y lo híbrido, se puede leer por acá.

Banda sonora. Hablábamos arriba de esos personajes que le encuentran alguna arruga a la vida que llevan y que, a partir de una forma particular de ese darse cuenta, le buscan alguna vuelta curiosa para ver cómo seguir. Pude ver en estos días la excelente película argentina Los delincuentes, de Rodrigo Moreno, que justamente muestra a dos protagonistas a partir de una revelación áspera (de paso: todavía está en cartel y creo que, por su ambición y su notable despliegue de recursos vale la pena verla en cine, pero si no pueden o lo que sea, les recuerdo que es uno de los estrenos que llegaron a lo largo de diciembre al streaming, en este caso ya está disponible en la plataforma Mubi). Un disco central para la historia –y no digo más así ven la película– es Pappo’s Blues, volumen 1. No paro de escucharlo desde que vi Los delincuentes, así que algunas de sus canciones se suman a nuestra banda sonora esta semana.

En otro orden de cosas: el guitarrista y cantante de bandas y proyectos musicales hermosos como Valle de Muñecas, Flopa Manza Minimal y Menos que Cero, Mariano Esain –más conocido, claro, como Manza–, acaba de lanzar su primer disco solista. Se llama Inventario y sumé algunos de sus temas a nuestra lista compartida. Se escucha, como siempre, por acá.

Bonus track. Por estos días salió un libro que hice con dos amigos que adoro: Tomás Balmaceda y Alexis Moyano. Se llama Poncho y la tormenta del fin del mundo, es ilustrado, está dedicado al público infantil y cuenta la historia de un perro aventurero que nació y creció en la Antártida. Por acá la colega Claudia Regina Martínez nos entrevistó y le contamos un poco más de este proyecto que me tiene muy contenta.

Posdata. Parece un loop, o un disco rayado. Como dijimos la semana pasada en este mismo espacio, atravesamos días arrasadores, al menos para quienes vivimos en Argentina. En medio de la incertidumbre generalizada, cuesta encontrar un hueco de respiro o un rincón que nos ofrezca algo de perspectiva. Así que quiero agradecerles por sus mensajes y por esa correspondencia con algo de contención que se genera a partir de este newsletter.

¡Hasta la próxima!

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