Sos bella mientras sos joven mientras sos fértil

Vejez

Un fantasma recorre tu cuerpo. Siempre estuvo ahí, desde el minuto cero. No podés escapar. Ahora se manifiesta de las maneras que más te aterran: una piel quebradiza, fácil de plegar; un pelo frágil, un tanto desteñido: arrugas y canas. Esta no sos vos. Y, sin embargo, sí, lo sos. Hay una discordancia entre tu cuerpo y vos misma. Algo no va bien, algo se te escapa. 

Te mirás al espejo: piel modulada sobre huesos y músculos. Eso sos. Piel y pelo. Piel y pelo que ya no son los que eran. Ojos y dientes. Pero sobre todo piel. No hay mucho ahí que pueda explicarte algo más. 

Lo que llaman “juventud” se descompone, se va, se transforma. Sentís vértigo, eso está pasando. Es hora de tomar el toro por las astas. Por suerte, hay un despliegue enorme de estrategias, un complejo industrial bélico que puede acompañarte: cremas para el día, para la noche, para el contorno de ojos, mascarillas, exfoliantes, sérums; tratamientos de nombres crípticos como luz pulsada, radiofrecuencia, plasma, peeling, bótox; rutinas de masajes; aceites, recetas antioxidantes varias, colágeno en polvo para cada mañana. Y claro, el recurso extremo, la madre de todas las bombas: cirugía.  

Lo que llaman “juventud” se descompone, se va, se transforma. Sentís vértigo, eso está pasando.

“Antiage” es la contraseña del arsenal armamentístico. La guerra contra la edad, contra el tiempo, contra vos misma. Bueno, reformulemos: la guerra contra los signos del tiempo, de la edad, el devenir vos misma. En el fondo de tu cabeza opera un talismán: “si no se nota, no envejezco”.  

Pero sí, envejecés. Echás mano de rutinas, cremas y cólageno. No te animás a mucho más. Lo tuyo es conservar. O fugar. Nada de quirófanos. Claro, no todos son como vos. En Argentina, en 2019, hubo 193.237 procedimientos quirúrgicos de cirugía estética. 193.237 “defectos” corregidos. Un desfile de creyentes en bata. 

Pensás en Orlan, es tu primera imagen mental. La artista francesa, perfomer, que inventó el “arte carnal”, y sometió su propio cuerpo al canon y a las mutaciones. ¿Qué buscaba? “La belleza es una ideología dominante”, dice ella. “Mi cuerpo es mi software”. En una serie de nueve operaciones, teatralizadas y transmitidas, se transformó y moldeó su cara de acuerdo con obras icónicas del arte occidental. Su piel, sus músculos, sus huesos, limados, tensados reconfigurados para ser la Mona Lisa, de Da Vinci; La Venus, de Boticelli; la Europa, de Boucher.

En Argentina, en 2019, hubo 193.237 procedimientos quirúrgicos de cirugía estética. 193.237 “defectos” corregidos. Un desfile de creyentes en bata.

“Mi cuerpo es mi software”. Te agarrás a eso. Te gusta esa idea. Es elástica. Aunque nunca llegarías tan lejos. Volvés al llano. Tratás de entender, te lo ponés como misión. Entonces, hay que preguntar. La primera consulta que hacés es médica. No sabés si es la más importante, pero, ya que hablamos de software, indagar sobre materia, procesos, funciones, se te ocurre que es una buena manera de empezar. 

“Envejecer es un proceso fisiológico, determinado por múltiples factores, externos e internos. El envejecimiento es la consecuencia de la acumulación de una gran variedad de daños celulares y moleculares, a lo largo del tiempo, lo que lleva a una disminución gradual de las capacidades físicas y mentales, un aumento del riesgo de enfermedad y, finalmente, a la muerte”, te explica Florencia Pascualini, dermatóloga.

Daño, multifactorialidad, disminución. La respuesta te da algo de pavor. Pero insistís. Y limitás el terreno al asunto de los signos, lo más visible: qué quiere decir envejecer, desde un punto de vista dermatológico, teniendo en cuenta que somos más piel que otra cosa. 

“Si bien la edad es un factor decisivo en el estado de la piel madura o envejecida, no es el único. Los factores ambientales se sitúan claramente en el primer plano del envejecimiento cutáneo, y dentro de estos la exposición solar es fundamental, es por eso que hablamos en dermatología de fotoenvejecimento”. Puede ser benigno: “defectos” en la firmeza, elasticidad y capacidad de regeneración de la piel, presencia de manchas más oscuras y más claras. Pero también puede ser maligno, aclara la doctora: ahí llega el cáncer de piel. 

Edad, sol, defectos, manchas, cáncer. Esa palabra te ahuyenta más que otras. Ahí el software se desconfigura. Estás cerca del núcleo sensible: lo incontrolable, lo que se va de las manos, lo que no podemos evitar. Y vuelve entonces el mantra, adentro de tu cabeza: “Si no se nota, no envejezco”. Hace un tiempo que es tu canción preferida, la que escuchás cada mañana, cada tarde, cada noche. Cada vez que te mirás al espejo. 

Insistís: por qué tan difícil el adiós a la tersura. No es suficiente la biología para entender. Sabés que hay una parte tuya, y una que no. En parte canon, en parte carne. Al mismo tiempo, te entregás, te gana la tentación de parecer joven, si ya no se puede ser. Te deslizás por el dulce tobogán de lo negado, el duelo nunca hecho, “si no se nota, no envejezco”.  Luz pulsada, radiofrecuencia, tóxina botulínica. Escalás en el arsenal.

“No hay ninguna buena idea asociada a envejecer, lo que hay, como sobre cualquier momento vital, son un montón de prescripciones, mandatos e ideales. Quizá todos confluyan en que se trata de algo a evitar, a demorar, a detectar, a corregir. Algo que ya está presente en algún lado (las células, el ADN). Somos responsables entonces cada uno, individualmente, de devenir policías de algo así como nuestra interioridad y su ‘reflejo’ en el ‘afuera”, te dice por WhatsApp Claudia Huergo, psicoanalista y escritora. 

“Somos platónicos”, dice también Claudia. Cuerpo y alma, asuntos separados. Reflejo, afuera, policía, prescripción, mandato, ideal. “Tenemos la culpa de envejecer”.

“El impacto de esta manera de ver el envejecimiento lo vivimos todos los días. Para las mujeres (cis), con un plus: el famoso ‘reloj biológico’. Algo hace tic tac y en general es pensado como una bomba, nunca como un descanso. El desafío es pensar situadamente, salir de la idea de que todo es un duelo, de la patologización y medicalización de la vida cotidiana, de la idea de que no tenemos que perder nada (ni siquiera una ilusión), que los límites son algo a rechazar. Desarmar el circuito de la deuda eterna, y pensar en todo caso qué nos deben: qué nos ha sido extractivizado de nuestra experiencia, para alojar y hacer con los cambios”, sigue Claudia. 

Ahora quedás enfrentada al tic tac  que late en tu cuerpo, el hito reproductivo, es una grieta en tu cerebro. Está ahí, hay algo que se agota, que se pierde, y todavía no aprendiste a dejarlo ir. Como sugería Elizabeth Bishop en su famoso poema El arte de perder: perdé las cosas, las llaves, los óvulos, las ciudades; prácticá, entrenate. 

Tenés una parte importante de la respuesta: sos joven mientras sos fértil. Sos fértil mientras sos joven. La ecuación es reversible. La conclusión, obvia: sos bella mientras sos joven mientras sos fértil. No querés abandonar esa esfera. Aunque la maternidad no te importe, aunque te haya importado demasiado tarde. Intuís que el complejo industrial bélico se alimenta del corazón de este asunto. Las canas y las arrugas no te convierten en un espécimen apto para la reproducción. 

Entonces, ¿aceptar o vencer los límites? No es que lo vayas a solucionar con tu ínfima experiencia vital.  Le escribís a Virginia Maccari , médica especialista y empezás por el principio de todos los principios: qué es la reproducción humana. 

“Es un proceso biológico muy complejo donde intervienen múltiples factores y se lleva a cabo mediante la unión del óvulo y el espermatozoide, dando origen a un embrión que, dependiendo sus competencias y el medio endometrial, dará origen o no a un embarazo viable”, te contesta, precisa, infalible. 

Ese proceso puede ocurrir sin o con asistencia de la medicina, a través de técnicas de baja o alta complejidad. No hay alusiones a ningún cuerpo ideal, cortejos de animales humanos, ni complejos industriales bélicos. Este lenguaje te convence más. 

Sin embargo, hay un hecho que no podés eludir, es el corazón de la cosa “La calidad de los óvulos declina mucho antes que la de los espermatozoides. En líneas generales, a partir de los 30 ya comienza a disminuir tanto la calidad como la cantidad, y esa pendiente se acelera a partir de los 35 años. La calidad ovocitaria es clave a la hora de lograr un embarazo. Se nace con un determinado número de ovocitos (formando la reserva ovárica), que luego de la pubertad, al iniciar los ciclos menstruales, se van a ir perdiendo todos los meses hasta en algún momento agotarse”, detalla. 

En Argentina, hay 43 centros de fertilización asistida. Según las últimas estadísticas del Registro Argentino de Fertilización Asistida (RAFA, 2018), en ese año se realizaron 12.300 tratamientos de alta complejidad FIV/ICSI (Fertilización In Vitro // Microinyección Intracitoplasmática de Espermatozoides). El principal motivo para solicitarlos, según te informa Virginia, es la postergación de la maternidad. El éxito de los tratamientos es relativo: después de los 40 años, con células propias, según la misma estadística del RAFA, es del 14 %. Pasados los 43, cae al 5 %. Con ovodonación, independientemente de la edad de quien recibe esos óvulos, la tasa de éxito oscila entre el 41 y el 45 %. 

Acudís al filósofo Paul B. Preciado para terminar de sacudirte la responsabilidad. En su artículo “Procreación políticamente asistida o heterosexualismo de Estado”, anota: “La reproducción es simple y maravillosamente una recombinación cromosómica”. “Lo único que podemos afirmar desde un punto de vista biológico es que ningún cuerpo humano puede reproducirse fuera de agenciamientos sociales y políticos colectivos. La reproducción es un acto de comunismo somático”.  

Te dan ganas de decir: Inventemos otro mecanismo, robots reproductivos, robots sin corazón y con útero. ¿Envejecen los robots? ¿Importaría? Vámonos al bosque, olvidémonos de todo. Programemos nuestro software para alguna otra cosa. 

Te queda una última entrevista. Casandra es periodista, sudaca, india y travesti. Te interesa saber qué piensa. Dice: “Es la mirada de la otra, del otro lo que te devuelve incomodidad, a veces hasta dolor, por esos signos visibles del paso del tiempo, como cicatrices, gordura, arrugas, marcas en tus dientes, ojeras”. 

Casandra te cuenta que no intenta por ahora atenuar esas marcas. Está por cumplir 45 años. Dice que, en su pueblo, Tanti, en las sierras de Córdoba, para todas y todos es una señora. “Ni siquiera una señora trans”, se ríe, “si no una señora que probablemente vino del interior a limpiar las casas de los terratenientes acaudalados de estos pueblos del interior cordobés, porque las marcas también tienen que ver con tu racialización, con una categoría en la que otros te encajan y presuponen”. 

La mirada ajena, la vara sobre una misma. Un punto importante. Y volvés a las respuestas de Claudia: “el único momento en que la imagen no es un problema es cuando no se nos presentifica todo el tiempo. Cuando estamos ‘en otra cosa”. 

“Además de ser india, del norte salteño, soy gorda, soy sudaca. De ninguna manera soy una travesti hegemónica. Sin embargo, fui transformando eso que para muchas puede ser un dolor, una incomodidad. No sé qué pasará dentro de cuatro o cinco años más. Capaz ahí pienso en una depilación definitiva en borrarme las cicatrices, en ‘pegarme una estirada’, un implante capilar, qué se yo”, se ríe otra vez Casandra. “Pero no puedo desconocer que para el mundo travesti trans es un tema muy importante. Está muy internalizada la idea de que, si sos joven o te ves como joven, hay muchas chances de que sobrevivas a este mundo heterocisnormado capitalista consumista”. 

“Si no se nota, no envejecés. Si no envejecés, sobrevivís”. Versiones pop de un mismo talismán.  En el fondo del océano de nuestros anhelos de pieles tersas, volúmenes pujantes detrás; ojos que brillan, pelo que llueve vaporoso. Una instantánea sin tiempo. Un dulce tobogán, un cuerpo sin marcas. 

Le preguntás a Casandra qué es para ella envejecer. Ese fantasma que te persigue. Y ella te recuerda una bandera de lucha, una canción que cantan las travestis y que te parece de una belleza reparadora: “nuestra venganza va a ser llegar a viejas”.

Volvés a Claudia y su pregunta: “¿A quién le conviene la categoría ”envejecimiento“? A quienes tienen cifrado en eso una industria: de la belleza, de la moda de la salud, de la juventud”. Recordás una frase de Soren Kierkegaard que viste en el inicio de una película en Netflix: “Qué es la juventud, un sueño”.   

No te querés despertar. Mientras, imaginás un nuevo canon en el que se habiliten arrugas y “estiradas”; canas y tinturas; tersura, fuerza y fragilidad. Boticellis y robots reproductores, tacos y cyborgs. Una matrix reconfigurada, travestis viejas, y cuerpos con marcas, sin terror al tiempo.

EO/SB

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