CRÓNICA

El único destino de la masculinidad tóxica: resentimiento y furia

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Una de las consecuencias más interesantes del feminismo es que cada vez se habla más de la masculinidad. Es cierto que en ocasiones se la presenta como el gran enemigo al que hay que derrotar, lo que es un error. Todo resulta más atractivo cuando se inicia un debate en el que todos asumen que algo más tiene que cambiar, porque no es suficiente con que cambien las leyes. Esto último es hasta sencillo. El Gobierno envía al Parlamento un proyecto de ley, el legislativo lo aprueba, se publica en el BOE y todo solucionado. Y luego nos alarmamos al saber que la sociedad –por ejemplo, los más jóvenes– no ha cambiado del todo su mentalidad, que es lo que pensábamos que iba a ocurrir casi de forma automática.

Es imposible desligar la masculinidad de la cultura patriarcal que ha existido desde que los seres humanos construyeron una comunidad. ¿Desde hace siglos? ¿Desde el Neolítico, según algunos autores? Es posible. La división del trabajo reservó a los hombres una función esencial para la supervivencia del grupo mientras las mujeres recibían otras responsabilidades que les conferían menos poder. Luego aparecieron las religiones que favorecieron al lado que nos podemos imaginar. Ese es el modelo social que ha llegado hasta nuestros días. Hasta que empezó a ser cuestionado.

El feminismo se dirige en primer lugar a las mujeres para reclamarles que luchen por sus derechos. ¿Puede hacer lo mismo con los hombres para convencerles de que sus privilegios son inaceptables? ¿Que ellos también salen perdiendo?

El Encuentro Internacional Feminista que ha organizado este fin de semana el Ministerio de Igualdad dedicó un debate a las masculinidades. Sin apellidos para que no pareciera agresivo. Sin menciones a la masculinidad frágil o a la masculinidad tóxica, conceptos muy reales que conviene diferenciar. Con cinco participantes de los que tres eran hombres. Todos eran feministas con lo que no hubo discrepancias, pero sí ideas diferentes.

“Hay muchas formas de ser hombre”, dijo el escritor Roy Galán, una idea que convendría tener siempre presente. “Sería un error decir que hay una nueva forma de serlo, que hay un nuevo hombre por venir”. No hay una nueva identidad que los hombres puedan ponerse como si fuera un traje distinto y que solucione todos los conflictos. “Ser hombre es tomarse muy en serio a sí mismo todo el rato”, comentó en un detalle irónico que se ajusta bastante a la realidad.

Lo más importante que dijo: “Es en la adolescencia donde se construye la masculinidad”.

Andrew Tate se hizo famoso en diciembre, por decirlo de alguna manera, por burlarse de Greta Thunberg, recibir una respuesta demoledora de la joven sueca –resumida en las palabras “small dick energy”, energía propia de un pene pequeño– y finalmente ser detenido y acusado de violación y tráfico de menores al enterarse la policía rumana de que estaba en el país gracias a una foto que él mismo difundió. Twitter se estuvo riendo de él durante días.

La diversión se acaba al saberse que los profesores británicos están alarmados por la popularidad de Tate entre los jóvenes adolescentes que han absorbido sus mensajes machistas y vulgares por creer que es la encarnación del éxito al que aspiran. Éxito que definen como tener mucho dinero, coches muy caros y mujeres muy guapas a su entera disposición. Millones de ellos han visto sus vídeos en los que afirma que las mujeres deben someterse a los deseos de los hombres y cosas incluso peores.

Con buen criterio, los profesores están dedicando algunas de sus clases a cuestionar su popularidad como influencer millonario. Lo que están consiguiendo las respuestas de sus alumnos es aumentar su preocupación.

“Está lavando el cerebro a una generación de chicos y eso da miedo. Parecen pensar que tiene razón. Y tiene razón porque es rico”, explicó una profesora de Londres a The New York Times.

La gente cambia y no mantiene las mismas opiniones que tenía con quince años. También es discutible confiar en que haya sido ya eliminada la mentalidad por la que los hombres deben conservar por derecho propio los puestos superiores de la sociedad.

“La vieja masculinidad se va haciendo obsoleta”, dijo Beatriz Ranea, profesora de la Universidad Complutense y autora del libro 'Desarmar la masculinidad', que recordó “figuras hipermasculinas” como Rambo que han salido de la industria cultural. Rambo es ya muy viejo, pero ha tenido sucesores. El cine de acción está lleno de ellos en cada década. Es una materia prima que nunca desaparecerá de las pantallas.

“Nos falta un relato sobre qué hacer con la masculinidad”, dijo Ranea. La tarea está pendiente. Los jóvenes necesitan iconos que vayan más allá de la ostentación del poder físico y de un concepto de virilidad que se impone por sí solo como meta deseable, como si fuera una obviedad. ¿Quién no quiere derrotar a los malos y llevarse a la chica? Lo malo es que muchos de ellos piensan que así funciona el mundo real.

La extrema derecha ha dibujado en Europa y EEUU un mundo en que los hombres deben pedir perdón por serlo y se les impide seducir a las mujeres para básicamente apoderarse de ellas y formar una familia. Esa masculinidad histérica, que quiere hacer creer que está a punto de ser borrada de la sociedad, ha elegido al feminismo como su enemigo mortal. Todas las denuncias contra la cultura 'woke' en el mundo anglosajón, que ya llevan algún tiempo apareciendo en España, están dirigidas en su mayor parte contra las reivindicaciones feministas –también contra las denuncias del racismo– al considerarlas una amenaza al viejo orden tradicional.

Esos privilegios añorados por algunos han existido y continúan existiendo. Resulta peligroso plantearlo todo como un juego de suma cero: lo que ganen unas, lo perderán otros. “El relato del privilegio tiene que ser graduado”, comentó Galán. Quizá porque no se pueda extender a la sociedad en su conjunto como si afectara a todos por igual. No se sentirán representados aquellos que sean pobres o de minorías étnicas. Se preguntarán dónde están esos privilegios, aunque también es verdad que muchos no son capaces de reconocer los que sí continúan disfrutando no en el plano económico, sino en su esfera familiar y personal.

Y lo mismo en el caso de los más jóvenes, a los que hay que convencer, no hundir en la miseria. “Si decimos que un chico se va a convertir en un agresor, realmente es un futuro terrorífico”, dijo Galán. No sería extraño que el aludido respondiera con la negación.

Hay ideas que están cargadas de violencia, aunque sea sólo potencial. La de que los hombres deben proteger a las mujeres –un elemento esencial del patriarcado– es una de ellas. Al final, quien protege termina dando las órdenes.

“Los seres humanos no son rehenes de su biología ni de su género”, ha escrito el historiador francés Ivan Jablonka en su libro 'A History of Masculinity: From Patriarchy to Gender Justice'. Si eres rehén de algo o alguien, dejas de ser libre. La cultura patriarcal está en declive, dice, pero los hombres siguen atrapados por las “patologías de la masculinidad”. Creen que deben estar a la altura de un papel simbólico que no encaja con el mundo en que viven, ni con las leyes ni con las ideas que han echado raíces en la sociedad.

Quizá haya llegado el momento de que se convenzan, y el feminismo puede ayudar en ello, de que esa antigua responsabilidad es una carga llena de desventajas. En su vertiente más extrema, es lo que conduce a la masculinidad tóxica. Sólo ofrece resentimiento y furia.