Sobre este blog

Un trabajo extraordinario: historias e ideas sobre maternidad y paternidad en Argentina es una exploración de lo que nos une y de lo que nos separa a los padres y madres que hoy, en un territorio tan vasto y desigual como el nuestro, contribuimos a la tarea titánica de criar a una persona. Un mapa de temas y problemas, un retrato de un estado de situación, un testimonio de las muchas formas en las que las personas atraviesan y se organizan para atender al desarrollo humano de los niños y las niñas.

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Por Natalí Schejtman

De columnista de Fernando Peña a judío ortodoxo en Israel y padre de cinco hijos: “hay que tener mucha ayuda divina para la crianza”

Yaacov vive en Jerusalén con su esposa y sus cinco hijos.

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–¡Felicitaciones por el newsletter! Como padre de cinco, me pongo a disposición para consultas.

Conozco hace muchos años a la persona que me escribió ese mensaje por Twitter, pero no con ese nombre. Yaacov Lipszyc tenía, para mí, otros dos nombres. Uno es Martín, por el que todos lo conocían hasta entrados los veinte años. El otro se lo puso Fernando Peña cuando redactaba el informativo en Metro, circa 2006. Como él era oyente fiel de El Parquímetro, incluía en sus textos un poco de humor negro para que el conductor se luciera. Peña hablaba del “bichito” que le traía las noticias y ese bichito finalmente se convirtió en su columnista de actualidad. 

El Bicho venía de una familia “orgullosamente judía laica”, como me cuenta ahora por teléfono, hasta que sus padres, cuando él ya trabajaba en la Metro, decidieron subir unos puntos en la intensidad de su involucramiento en la religión a través de un primer acercamiento al judaísmo jasídico de Jabad Lubavitch que después continuó en una kehilá –comunidad– de Belgrano. Empezaron a comer kosher –una dieta ajustada a los preceptos bíblicos– y el Bicho, que ya tenía más de 20 años, se interiorizó desde el lado intelectual y aclarando que él no pensaba “cumplir con nada”. En ese momento escribía en La Nación, trabajaba en la Metro con Peña y estudiaba en Puán, Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Después de su jornada, se iba a la kehilá.

Peña ya había muerto y el Bicho formaba parte del equipo inicial de Gente Sexy, comandado por Clemente Cancela. Pero su costado espiritual crecía y a medida que iba estudiando se empezó a plantear cuestiones existenciales en relación a la fama y la exposición. Si iba a involucrarse en la religión, no quería que se le hiciera tarde, que se le pasara la hora para poder “ser parte de la discusión”. Primero, viajó por un mes a Israel a estudiar a una Yeshivá –un lugar en donde se estudia la Torá y su interpretación, el Talmud–. Hasta que a los 25 años, viajó de manera definitiva. En todo sentido. 

Pasó de vivir solo, ser un periodista joven bastante exitoso y demandado, a convivir con cuatro otras personas en un lugar nuevo, donde entraba de grande. Primero estuvo en una Yeshivá en la que estudian chicos que suelen tener un background universitario como él. Hasta que pudo entrar en otra Yeshivá que ya era para aquellos que sí habían sido criados en hogares ortodoxos. Esa legitimación del conocimiento adquirido lo hizo relajarse: ahora sí estaba listo para conocer a una mujer con la que casarse. Pero no quería que fuera israelí, por las barreras idiomáticas. A su esposa la conoció por medio de un amigo de sus padres que conocía a su familia. La mujer era ortodoxa de toda la vida, criada en el Once, y trabajaba enseñando en un colegio de mujeres. Cuando Martín, que ya respondía cómodo como Yaacov –nombre hebreo que le pusieron también cuando nació– vino de visita para las Pascuas judías, la conoció. “Primero, el nexo que teníamos chequeó si yo estaba para casarme. Alguien tiene que hacer de nexo porque no la vas a conocer en un recital de Babasónicos... Estaba en Buenos Aires, salimos una vez, fuimos al lobby de un hotel. El encuentro tiene que ser en un lugar público. Otra vez fuimos a caminar por Puerto Madero. Se tocan temas que no hablás en otro tipo de citas”. En esas charlas largas se incluye la visión del mundo y las perspectivas familiares. “Salimos seis veces y decidimos que nos íbamos a casar”. Una vez que se oficializa el noviazgo no pasa mucho tiempo hasta el casamiento. Tampoco hay contacto íntimo, ni un beso, hasta ese momento. Una vez que se casan, la mujer lleva peluca.

Al año de haberse casado, llegó la primera hija, al año y un mes de ella llegó el segundo, hasta la quinta, que tiene 11 meses. A los dos, me cuenta él, les gustaría tener más hijos. 

Supe de esta decisión del Bicho en su momento –habíamos compartido unas vacaciones: éramos amigos– pero no volví a hablar con él hasta ahora. En realidad, por diez años estuvo bastante desconectado. 

Su presente, en donde religión y paternidad van de la mano, y la curiosidad acerca de cómo una persona toma un determinado camino espiritual que implica cambiar la vida cotidiana y cómo involucra a sus hijos en esa decisión que tomó, me hizo pensar en que este envío de Un Trabajo Extraordinario esté protagonizado por su historia.

La cantidad de hijos, por cierto, hace bastante honor al título de este espacio.

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Historias e ideas sobre maternidad y paternidad en Argentina, por Natali Schejtman.

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¿Cuánta libertad tienen –tenemos– los hijos para romper con las tradiciones familiares? Esa es una pregunta que me apareció más como madre que como hija. A las niñas y los niños recientemente los llamamos sujetos de derecho pero básicamente hay temporadas altas de la crianza en que todo se reduce a decir que no: no digas malas palabras, no trates así a tu hermano, no podés ver más tele, no te presto el celular. A veces, pareciera que tienen más libertad para decidir faltar a la escuela que para tomar gaseosas. ¿A partir de qué edad podemos abrazar integralmente el eslógan de sus cuerpos sus decisiones sin que eso implique que se lastimen?¿Hasta qué punto criar es persuadir?¿Por qué tengo que obligarlo a aprender a nadar pero no a comer verduras, si ninguna cosa le gusta y las dos le hacen bien? Hay un mundo de imposiciones bien vistas y otras mal vistas, algunas que les salvan la vida –bajate de esa escalera ya– otras que los avasallan, y surfeando entre unas y otras al menos yo puedo decir que crío a mis hijos (al grande al menos) con una libertad moderada. Mucha es mi sorpresa cuando lo escucho decirme cosas como “Vos no me podés decir lo que tengo que hacer”. Me parece un despropósito que quiera rebelarse a los cuatro años y medio.      

Me inclino por pensar que en una familia judía ortodoxa hay cuestiones menos debatibles: cómo vestirse, cómo llevar el pelo –los chicos no pueden cortárselo hasta los 3 años– o qué comer está indicado en los preceptos bíblicos que los ortodoxos siguen al pie de la letra. Su adscripción y sus renunciamientos son explícitos. Pero además, muchas de estas comunidades suelen vivir mínimamente expuestas a otras alternativas de vida, en barrios específicos, rechazan innovaciones modernas –esto no es uniforme entre todas las comunidades–, a tal punto que la última producción audiovisual masiva estrenada por Netflix que versaba sobre el mundo judío ortodoxo, Poco Ortodoxa, contaba la historia de una difícil huida de un mundo cerrado y asfixiante por parte de una mujer joven. Hay, de hecho, algunas voces de mujeres ortodoxas que empiezan a alzarse buscando igualdad.

Yaacov, obviamente, no ve así su vida ni a su comunidad. Incluso aunque sus antecedentes en la vida secular y mediática probablemente lo acomoden en un lugar de bicho raro una vez más.

Son vacaciones de verano en Israel. Eso implica que los cuatro hijos escolarizados sólo tengan escuela por la mañana. A la tarde, la mamá de los chicos adapta su trabajo full time en una revista sobre judaísmo para estar en su casa, excepto los lunes que está él a cargo. La bebé va a una guardería. 

Yaacov se explaya sobre el tema de cuánta libertad hay en la crianza de sus hijos según la ortodoxia judía.

–Esa es una pregunta bastante instalada pero es parte de un preconcepto. La escuela a la que yo fui también tenía cierto perfil. No es casual que terminara estudiando filosofía y periodismo. Mis hijos no ven la tele, el consumo de medios está muy limitado, aunque con los chicos más grandes se hace difícil. Uno como padre hay cosas que no le puede imponer incluso a un nene de cuatro años. Por supuesto que a mi me gustaría que mis hijos tengan una vida con Dios, me esfuerzo porque tengan una vida religiosa. Pero la religión no se puede imponer. Hay casos que lamentablemente deciden dejar de tener una vida religiosa, y hay una máxima en cualquier padre que los chicos van a crecer bien cuando hay amor, entendimiento, armonía, apoyo, respaldo. Si me plantean algún día, por ejemplo, que no quieren comer más kosher habrá una conversación. A un chico sobre todo hoy en día de cualquier ámbito del planeta a partir de cierta edad vos no le podés decir qué tiene que hacer. Ahí hay una conversación entre padres e hijos en la que podés transmitir los valores que uno tiene y considera que son fundamentales y en esa conversación lograr que el chico se identifique con esos valores. Mi objetivo como padre no es aclarar las prohibiciones y los permisos, mi tarea es que entiendan que todo lo que hacemos en el mundo material tiene una consecuencia en el mundo espiritual. Si logro que entiendan eso no tengo que estar diciéndole lo que se puede y lo que no se puede, porque además con un pre adolescente no tiene sentido. No existe ningún padre que pueda controlar lo que su hijo compra en el kiosco. En el momento en que tu hijo cerró la puerta de la casa y se fue se abren un montón de posibilidades que están fuera de tu alcance y ahí entra a jugar todo lo que les enseñamos y educamos. Pero también hay que tener mucha ayuda divina para la crianza.

Ahora es padre en el marco de una comunidad que, dice, es una “minoría dentro de una minoría”, y hay situaciones en las que sus hijos lo notan, como la vez que viajaron en avión y vieron que a ellos les daban una bandejita de comida distinta que la del resto, y menos tentadora: “Uno tiene que trabajar su autoestima. El chico lo puede sentir como algo muy negativo o el chico puede lograr tener cierto orgullo, sentir que es un honor estar en este grupo, no me avergüenzo, yo voy a defender este espacio por más de que el resto del mundo me quiera convencer de que es un error”. 

Cuando las audiencias lo conocían como Bicho, Yaacov tenía una vida en los medios de comunicación, esos mismos medios que hoy difícilmente entren a su casa: sus hijos no acceden a la computadora –él tiene smartphone hace poco, de hecho, y sólo para trabajar– y difícilmente agarren el celular de sus padres. Así como hoy él no ve casi ninguna serie –no vio Poco Ortodoxa, por ejemplo, pero está al tanto de su existencia–, excepto algún que otro documental que sabe que no tiene imágenes sexuales, orbitó durante años alrededor del genio y la figura de Fernando Peña, un actor y comediante que hizo de la transgresión y de las múltiples personalidades su marca registrada. Sabe que en algún momento tendrá que presentarles el personaje a sus hijos.

–Todavía no se dio esa conversación, seguramente se dé en algún momento. Ellos saben que yo escribo y seguramente les tendré que explicar el concepto de radio, qué es la radio, qué es el periodismo. Para mi es importante que sepan quién fue Fernando Peña. Ojalá cuando llegue el momento pueda contarles la figura de Peña más allá de las superficialidades. No me gustaría que la conversación pasara por ahí sino por haber tenido la suerte y el privilegio de trabajar con el mejor conductor de la historia de la radio.

A Yaacov no le gusta el término “ultraortodoxo” con el que se suele describir a los judíos jaredíes de los que él forma parte y cuya traducción es “temerosos de Dios”. Le parece que lo “ultra” guarda un sesgo despectivo y que son ortodoxos. En Israel, adonde se mudó hace diez años, los jaredíes representan el 12,6% de la población y son una fuerza política activa. Son llamados ultraortodoxos en documentos oficiales.

Suelen tener muchos hijos: la Torá llama a “ser fructíferos y multiplicarnos”. Y si bien los rabinos permiten algunos métodos anticonceptivos como el DIU en determinadas situaciones, el preservativo no está permitido. En Israel, la tasa de fertilidad de las mujeres jaredíes es del 6,6 hijos.

La rutina familiar con cinco hijos y nula familia viviendo cerca –casi todos viven en Argentina, cosa que lamenta– es agitada: él se despierta a las 6.30, va a rezar mientras su esposa e hijos duermen. Cuando vuelve a las 7,45, ya están despiertos y casi preparados para ir a la escuela, cosa en la que él colabora. Una vez distribuidos los cinco, él parte a la Yeshivá en la que enseña, en la ciudad vieja de Jerusalén. Después de dar clase, a la una y cuarto, viene el segundo rezo del día. De ahí se va a otra Yeshivá a estudiar y vuelve a su casa a las seis y media de la tarde, cuando los chicos, en general, ya cenaron. Junto con su esposa, se ocupan de dormir a todos y a las 21, se va a hacer su rezo nocturno a la sinagoga. En general, se queda trabajando en traducciones cuando vuelve, mientras la casa está en silencio.    

Su esposa trabaja en una revista de cultura judía para Estados Unidos. Es parte de una tendencia: el 73% de las mujeres jaredíes participan del mercado laboral (frente a la media de 83% de las mujeres israelíes) y buena parte de ellas trabaja mucho más que sus maridos. Yaacov y su esposa viven de los sueldos de ambos, una asignación por cada hijo y un subsidio marginal para estudiantes. La paternidad es también una demanda económica importante.

–Ser papá es un desafío y una alegría enorme, una entrega y disposición constante. Si uno no puede estar para los chicos creo que es una mala idea ser padre. Con mi esposa somos un equipo. Obvio que ella hace mucho más que yo, pero porque hace mejor las cosas que yo, no porque yo esté reflexionando acerca de la vida y ella está con los pibes. Hago mil millones de cosas, es el único modo de que la casa pueda funcionar. Si la casa funciona es porque ella es lo máximo, porque ella es una genia. Y yo hago bastante como para que la genia quiera estar al lado mío. No tenemos ni siquiera la ayuda de alguna persona que venga por hora. Con cinco chicos, terminás de limpiar la casa y al nene se le vuelca el vaso de coca todo pegajoso. Israel es un país caro. La exigencia económica con la paternidad es muy alta. Mi esposa se esfuerza mucho, yo enseño, hago traducciones, y eso para vivir casi en cero. Muchas veces me pregunto cómo sería volver a Argentina, con el acompañamiento de los padres. Les cuesta venir de visita porque es muy caro

La religión y su arista mediática tuvieron convergencias: una es el podcast Final Abierto, en el que conversa sobre el mundo ortodoxo y temas actuales –desde la cancelación hasta el horóscopo– con el rabino Jonathan Berim. En uno de los episodios, “Un viaje ortodoxo”, se dedicaron a comentar lo que puede ser un viaje en avión con todo el grupo familiar y sus valijas. Además del podcast, el otrora Bicho firma como Yaacov Lipszyc sus columnas sobre comportamientos y espiritualidad en Infobae. Entre su pasado con Peña y este presente ortodoxo, empieza a haber algunos puntos de unión que en definitiva no dejaron de ser parte de sus intereses. 

–No creo en los giros de 180 grados. El periodismo tiene mucho de buscar la verdad, y muchas veces la verdad la pintan de muchas maneras por temor. Es mas facil dar una versión edulcorada de las cosas, para que nadie se ofenda. Pero hay otro tipo de periodismo que es el que busca la verdad, pero la verdad puede ofender. Cuando yo dejé la Argentina y abracé esta vida religiosa, yo no estaba buscando algo que me haga sentir bien. Cuando uno es lo suficientemente honesto termina viendo que la espiritualidad es un trabajo. Para tener una vida espiritual, uno tiene que estar dispuesto a esforzarse y dejar de lado ciertas cosas. Pero a la vez, a mi me gusta el periodismo. Pensé que no podía hacerlo como ortodoxo y eso es falso. Es la voluntad divina que yo sea yo y que yo no sea el Rabino Principal de Israel. Yo soy esto, uno no le puede dar la espalda a eso porque termina siendo la diferencia comparativa que tiene con otros. Si uno cree en la voluntad divina de para qué me pusieron acá uno tiene que ser inteligente para ver cómo puede poner esto en servicio de la vida que eligió. Eso es algo que también me gustaría transmitirle a mis hijos. 

Yaacov tiene que cortar: le toca buscar a sus hijos y cumplir con el puzzle de la paternidad. Yo trato de imaginarme su casa, su barrio, su vestimenta, y la atmósfera sonora de una vida con cinco hijos, aunque su voz en el teléfono me remita a un programa en la radio más hipster de los primeros 2000, antes de que se usara esa palabra. Me pregunto, también, qué pensaría Peña al conocer la historia reciente de quien él apodó Bicho: “Se mataría de risa al principio”, concluye Yaacov, “pero al ver que es algo en serio lo hubiera respetado: a él no le gustaba el caretaje, pero cuando veía que el otro se lo tomaba en serio y no era hipócrita lo súper respetaba”.

 NS

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