Perdón que interrumpa Opinión

Alicia

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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“Cuando se descubrió el hierro, los árboles temblaron”. Con esta oración Erri de Luca empieza su “Indagación sobre un carpintero”, el segundo capítulo de sus “Penúltimas noticias acerca de Jesús”. El asunto es primario: la madera. Lo dice así: “Para comprender a los carpinteros hay que ir a los bosques. Quien se ha adentrado en una asamblea de árboles, ha disfrutado de su sombra y se ha tumbado sobre sus raíces ha podido escuchar su cántico coral”. El segundo asunto de esta indagación es la figura de Yosef (José). Jesús crece en el taller de ese artesano, el primer padre adoptivo, un desobediente de la ley que eligió creer (a María) y se tragó el orgullo. El carpintero ama la madera. Y antes de cortarla, como en ese haiku que citaba Octavio Paz, antes de cortar el brote de la naturaleza, el hacha vacila un instante. Leemos traducido por Paz que “ante los crisantemos blancos las tijeras vacilan un instante”. Esa vacilación, ese sudor, esa madera que también chiva y el hacha que vacila y la educación entre generaciones como una savia lenta bajo el implacable sol. “Los árboles no pueden huir cuando llegan los leñadores, se quedan para acogerlos y dejarse abatir. Como ellos, tampoco él huyó”, completa Erri. Los evangelios están llenos de sol y agua, tan llenos que Jesús terminó pisándola. Pero en el hilo coral de Erri, esa asamblea o bosque, nos aviene sobre un leñador humilde que trabaja la madera, madera que también servirá para el uso de las cruces romanas. Madera en el destino de Jesús: “Cuando tuvo en su carne los clavos, cuando los sintió entrar, se encontró por primera vez en el lugar de la madera”. Los elementos primarios. Ese silencio que se estira dos mil años. “¿Y dónde vemos las cruces hoy?”, pregunta en un emotivo podcast el pastor luterano Iván Vivas. Se formula como una pregunta sencilla que se atraganta al decirla. “¿Viste crucificados hoy?”, podría seguir preguntando, y como en aquella “primera cruz”, que era tan común, porque las cruces eran el paisaje natural de un espectáculo común de dolor, una fiesta de dolor, esa pregunta hoy es una pregunta de hierro. Porque lo que es seguro: las cruces las hacemos. Alguien corta madera, pisa la asamblea del bosque. Los árboles siguen sin huir. ¿Dónde vemos las cruces hoy?

La puerta se cierra y te olvidás la llave adentro. Quedás solo en el pasillo: en la casa no hay nadie. El teléfono también quedó adentro. Ese segundo de oscuridad. Tocás el timbre de una vecina. La vecina es mayor. Los timbres de noche suenan siniestros. Así es un poco la muerte de alguien amado. Quedar afuera de algo tan tuyo. Perder la llave. La muerte se sobrelleva con un deseo: ¡que toda la tierra quede en oscuridad! No sólo esperamos el pésame, anhelamos también un efecto sobrenatural: el lunes murió mi madre y llovía. Había relámpagos en el cielo. El clima acompañó entonces. Mirás el cuerpo que empieza a estar frío como un texto definitivo, cerrado. Nosotros, los neuróticos, los que autoeditamos, dejamos cosas sin decir para pulirlas después, emails eternos en borradores, lo que sea, de golpe, ante la muerte vemos el libro que se cerró con todo lo que había adentro y que dejó afuera todo lo que había afuera. La economía de fondo del duelo es tuya: lo que amarreteaste, las palabras que no estuviste dispuesto a poner en sus oídos. La muerte en el tránsito de una enfermedad, en ese prólogo, nos da una oportunidad simple: no ahorrar. Porque en cambio existen otras muertes, las de la maceta que cae sobre un distraído, las de la bala perdida, el ACV misterioso, el del delivery al que el bondi no tuvo piedad (ni freno), y baja el telón, truculento, y te vas a llorar a casa sin repechaje. Morir es una ciencia maldita. Es el debate de la ejecución del presupuesto. Morir nos iguala. Miguel Ángel Broda se puede pasar la vida pidiendo el gran ajuste fiscal pero para él también habrá ese segundo de horror y súbita paz, de réquiem porque morir es una grandeza, y una cuenta que no es la cuenta de la gran economía pero que es una cuenta y es una economía. Somos frágiles. A Hitler y Stalin les cambiaron los pañales, les cerraron los ojos. Estos años casi nadie salió ileso. Y me gusta recordar esa coreografía breve de sacarse el sombrero frente al difunto. A veces pienso que ese gesto era el objeto final por el que existían los sombreros.

El “derecho” a una sepultura implica mover la palanca de muchas obligaciones en las que los seres queridos acompañan el cuerpo, los trabajadores municipales cavan la fosa y hacen la mecánica del dolor. Son trabajadores que llegan a las 5 de la mañana desde el culo del mundo, pero te conquistan la mirada, expertos en solemnidad, y la casa de sepelios trae el cajón en un auto negro de esos autos negros que cuando vemos pasar es como si viéramos pasar a todas las madres de los difuntos de la tierra, y el cura dice sus palabras y se hace lo que no se puede mentir: llorar. Tuve una madre que dio de comer. A mí y a otros. Que hizo la guerra y la perdió, que parió, adoptó, aupó, y quiso, con mi viejo, la igualdad en su reino del aquí y ahora. Que dio pelea. Fue un cuerpo poderoso. Todas las guerras se libraron en ella. Todas las bellezas y las fuerzas también. Tuvo un cuchillo entre los dientes. “De hierro, no de oro, fue la aurora. / La forjaron un puerto y un desierto, / unos cuantos señores y el abierto / ámbito elemental de ayer y ahora”, escribió Borges. Una madre que es una guerra, una aurora, un hierro, la fundición de todas las cosas. Cuando mi mamá murió sentí como si se hubiera apagado el sistema solar. Como dice Ernesto Cardenal, “todo el cosmos está hecho de nuestra propia carne”. Y entonces… quedé abrazado a una piedra fría. Una pascua de hierro para una Alicia en el país de las Alicias. Hija de una enfermera y de un trabajador municipal. Conozco ese cuerpo que ahora está bajo tierra, lo conozco por dentro: yo también vine del misterio hasta ella y su muerte me pertenece porque ahora ella se fue al misterio. Cadena de leche blanca y leche negra. En el fondo, en el fondo, estamos hechos de ese solo sabor.

MR

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