Festival de Cannes 2026
El cine político irrumpe con los conflictos en Irán, Rusia y Medio Oriente
El Festival de Cannes es una caja de resonancia como pocas en el mundo. Aquí se acreditan cada año unos 4.000 periodistas de más de 90 países y cada imagen, cada frase, cada polémica se amplifica en tiempo real. Si bien casi todas las películas seleccionadas tienden a abordar problemáticas importantes, trascendentes (cada vez hay menos espacio para films más intimistas, austeros o contemplativos), los medios suelen poner el foco en las historias ambientadas en las regiones más convulsionadas del planeta y en las declaraciones de figuras comprometidas con la realidad sociopolítica: que Javier Bardem cuestionó con dureza a Benjamin Netanyahu, que Hannah Einbinder manifestó su solidaridad con Palestina, que Sebastian Stan atacó a Donald Trump, que el director iraní Asghar Farhadi denunció al régimen de su país, pero al mismo tiempo condenó los bombardeos contra la sociedad civil... Cannes es una máquina de lanzar titulares capaces de ser viralizados en segundos.
Cuando ya se han proyectado 16 de las 22 películas que disputan la Palma de Oro y el resto de los premios oficiales, y las otras secciones también han ingresado en la recta final (el festival terminará el próximo sábado 23), queda cada vez más clara la apuesta del equipo de programación liderado por Thierry Frémaux por films imponentes, de alto impacto emocional y que buscan la polémica.
Hay en la sección principal varias películas históricas como “Moulin”, en la que el director húngaro de “El hijo de Saúl” (ganadora del Oscar) reconstruye los últimos tiempos de Jean Moulin (Gilles Lellouche), héroe de la Resistencia Francesa; o “Fatherland”, sobre la llegada del célebre escritor Thomas Mann (Hanns Zischler) y su hija (Sandra Hüller) en 1949 a la Alemania de posguerra ya dividida, pero hay también miradas provocadoras sobre la Inteligencia Artificial (“Sheep in the Box”, del japonés Kore-Eda Hirokazu), el abuso infantil (“Gentle Monster”, de la austríaca Marie Kreutzer, con Léa Seydoux, Laurence Rupp y Catherine Deneuve), el alcoholismo (“Garance”, de la francesa Jeanne Herry, con Adèle Exarchopoulos) y la intolerancia de la burocracia estatal en países progresistas como Noruega (“Fjord”, del rumano Cristian Mungiu con Sebastian Stan y Renate Reinsve), por citar solo algunos casos.
A Rusia, con rencor
También en la pelea por la Palma se estrenó “Minotaur”, de Andrey Zvyagintsev, en la que el multipremiado director de “The Banishment”, “Leviathan” y “Sin amor” (“Loveless”) concretó una remake de “La mujer infiel” (1969), de Claude Chabrol, rodada en Letonia, pero que describe la decadencia moral en su Rusia natal, país del que tuvo que emigrar en 2023 para radicarse en Francia.
Zvyagintsev simboliza y sintetiza en el accionar de los personajes de su sexto largometraje toda la degradación, la podredumbre de la sociedad rusa contemporánea. Gleb (Dmitriy Mazurov) es el CEO de una gigantesca empresa dedicada al transporte, está casado con la atractiva Galina (Iris Lebedeva), con quien mantiene una relación por demás fría, y tienen un hijo adolescente llamado Seryozha (Boris Kudrin). En la Rusia de Putin los oligarcas no solo son millonarios (la familia vive en una mansión modernista ubicada en una paradisíaca zona boscosa) sino que además tienen llegada directa (y capacidad de lobby) a las autoridades políticas y las fuerzas de seguridad.
El poder de Gleb se aprecia, por ejemplo, cuando puede incidir en quiénes serán reclutados (y quiénes no) para sumarse al ejército que está en plena guerra (la acción transcurre en 2022). Pero veremos una faceta aún peor, la verdadera cara del monstruo, cuando le confirman que su esposa tiene un amante permanente, el joven y apuesto fotógrafo Anton (Yuriy Zavalnyouk), y decide ir a enfrentarlo para ajustar cuentas.
Pero Minotaur es mucho más que un sobre la infidelidad, los celos y la venganza. En Gleb y sus amigos queda expuesta la enorme carga de arrogancia, soberbia, hipocresía, cinismo, manipulación, machismo y desprecio con que se maneja esa asociación entre burócratas y oligarcas incluso cuando el país se desangra. Puede que por momentos Zvyagintsev sea un poco obvio en la demostración de su tesis (allí está la acumulación de carteles patrioteros, de imágenes de tropas movilizadas y de trenes cargados con tanques), pero el film jamás decae en su interés y está narrado con su habitual estilización, que incluye un extraordinario diseño y muy virtuosos planos secuencia tan propios de la escuela rusa.
Radicado en París y filmando en Letonia (lo más cercano que tenía a mano a la geografía, la arquitectura y la fisonomía de Rusia), Zvyagintsev concibe una desgarradora, impiadosa carta cinematográfica sobre el derrumbe del país en el que se formó, trabajó y vivió hasta hace no tanto tiempo.
Irán, en primera persona
“Rehearsals for a Revolution”, es un documental de la iraní Pegah Ahangarani construido con una estructura de diario íntimo (ella misma lo va narrando en off), con la urgencia, visceralidad y desgarro propios de la situación, ya que llega incluso hasta las primeras semanas de la guerra con Israel y Estados Unidos.
A través de cinco retratos de sus seres queridos, cada uno de ellos una figura de resistencia al régimen de su país y con un excelente material de archivo que va desde imágenes de protestas callejeras y represiones hasta home movies familiares en Súper 8, registros urgentes tomados con teléfonos celulares, fotografías, audios y animaciones, Ahangarani reconstruye casi medio siglo de vida de su familia (su padre, cineasta y soldado voluntario en la guerra Irán-Irak; su madre, también directora; su profesora de Literatura que fue obligada de forma injusta a irse del país; un tío estudiante muerto durante la represión del gobierno de Mohammad Jatami; y sus propias experiencias que terminaron en el exilio en Reino Unido desde 2022), que también es la historia de Irán, desde la revolución de 1979 hasta la catástrofe bélica que ya lleva unos cuantos meses.
Un film potente, desgarrador y lírico a la vez, con la obra del lituano Jonas Mekas como principal referente y esa fuerza política con que el cine iraní viene contando la historia del país sin caer en la propaganda ni en el panfleto.
Presencia palestina
Más allá de las declaraciones de Bardem o Einbinder en apoyo a Palestina, hay una película de ese origen en la competencia oficial Un Certain Regard: se trata de “Yesterday the Eye Didn't Sleep ”, coproducción entre Bélgica, Líbano, Palestina, Qatar y Arabia Saudita dirigida por el debutante Rakan Mayasi, realizador palestino nacido en Alemania y radicado entre Bruselas y Beirut. La historia transcurre en una aldea beduina del Valle de la Bekaa en el Líbano, donde todos buscan a Gamra, una enigmática joven acusada de quemar el vehículo del hombre que amaba cuando decidió casarse con otra.
En la imprecisa frontera entre la ficción y el documental, rodada con actores no profesionales, la película evoca el universo de las culturas nómadas bajo una mirada que no rehuye lo político. Mayasi, apoyado por la Red Sea Film Foundation y el Palestine Film Institute, trajo a Cannes una voz del cine árabe que raramente accede a un festival de estas dimensiones y alcances.
MC