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Byung-Chul Han y lo político

Byung-Chul Han y lo político

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Por qué sí leer a Byung-Chul Han

Que el pensamiento crítico deba incluir como prueba fehaciente de su validez una solución de los asuntos sobre los cuales ha fijado su atención implica ignorar, por un lado, qué es la crítica, y por otro lado, qué es el pensamiento. En el caso de la filosofía y el capitalismo neoliberal, este equívoco, además de abandonarse a la trampa que borra las diferencias entre explicar e interpretar, pasa por alto el detalle de que el propio pensamiento crítico representa un modo de “coraje en la desesperanza”. Al confundir el sueño de una alternativa (que es, como señala Slavoj Žižek, una típica “señal de cobardía teórica” en los ambientes académicos fariseos) con un fetiche autocomplaciente que bloquea la tarea real de analizar el punto muerto en el que puede encontrarse un problema, el efecto sobre cualquier intento de reflexión crítica es devastador. ¿Acaso no es este fraude ideológico una arista más de esa lógica tecnocrática que el astrofísico Stephen Hawking sintetizó en todo su esplendor cuando afirmó que “la filosofía había muerto” porque ya no había enigmas que la ciencia no pudiera descifrar?

En tal caso, no tiene ningún valor constatar en la obra de Byung-Chul Han la ausencia de un plan de operaciones emancipatorias capaz de revolucionar de una vez por todas las contradicciones flagrantes entre el capitalismo financiero, la tecnología digital y la imaginación política del siglo XXI. Pero tal vez sí lo tiene entender que Han es esa clase de pensador que, de manera excepcional, decide llevar hasta las últimas consecuencias el hecho de que a veces el auténtico coraje intelectual consiste en admitir que la luz que hay al final del túnel es el faro de otro tren que se acerca de frente. ¿No es este simple acto de lucidez, acaso, el estímulo necesario para una respuesta inteligente ante la amenaza? En este sentido, que Han “emana un nihilismo” que logra el “crimen perfecto” al empujar a la “adoración negativa” de la tecnología puede sonar bien en una novela cyberpunk de William Gibson, pero no es consecuente con la lectura de la obra del filósofo. Con ese criterio, la literatura de Charles Dickens no sería más que la “adoración negativa” de lo más siniestro de la época victoriana. Este es el principal inconveniente intelectual del libro ¿Por qué (no) leer a Byung-Chul Han? (Ubu Ediciones, 2018).

Leído como un autor romántico —y esta no es una inferencia insignificante desde que Han se asume de forma trasparente como un discípulo intelectual de Martin Heidegger—, la virulencia inmediata de su estilo contra la “proliferación comatosa” del consumo digital que “constituye las alteraciones patológicas de las que está aquejado el cuerpo social” resulta más bien típica de quien no parece dispuesto a resignar el destino del mundo al equilibrio de sentido indiscutible que le asigna el poder dominante del mercado y la técnica. De hecho, si así lo hiciera —si la prosa y las ideas de Han estuvieran resignadas a aceptar un estado de las cosas tal como estas ya son, sin ningún horizonte de alteración imaginable—, entonces se trataría del primer pensador romántico con una sensibilidad reactiva que, en realidad, no problematiza la realidad porque carece de expectativas románticas. Pero aún en ese caso, si el universo psicopolítico digital que describe Han fuera infalible y si su sola descripción llamara a aceptar sin cuestionamientos, como afirman sus refutadores, el fin de la historia, ¿acaso no sería su interpretación de este escenario, al parecer rendido a un apocalipsis terminal de la voluntad humana, la prueba de que tal universo es permeable al sentido crítico y, por lo tanto, falible?

La excusa teñida siempre de nobleza y activismo urgente que invita a prestar atención a lo que debería hacerse para cambiar el mundo en lugar de a lo que se debería pensar para entenderlo no resuelve la paradoja epistemológica del pensamiento crítico. Si el capitalismo es, en efecto, el primer orden socioeconómico que “destotaliza el significado”, entonces cualquier recorrido por el índice temático de Byung-Chul Han serviría para demostrar que el suyo es un pensamiento que, al crear sentido crítico, opera tanto contra las mareas cómodas de la resignación como contra las mareas más cómodas del eterno sueño utópico.

Desde ya, Byung-Chul Han no es Georg W. F. Hegel ni Martin Heidegger, pero sí es un lector inteligente de estos dos grandes maestros alemanes, virtud a la que le añade, además, una singular capacidad para unir alrededor de su propia agenda lo que las ideas de uno y otro todavía pueden pronunciar sobre la marcha de nuestro tiempo. Quienes lean a Han no van a poder afirmar que, una vez terminadas las ochenta o noventa páginas que promedian cada uno de sus libros, conocen en profundidad el pensamiento de Hegel o Heidegger. Pero tampoco podrán afirmar que, leídos los libros de Han, continúan siendo ajenos e indiferentes a conceptos como la negatividad o la técnica. Confundir una retórica que por momentos se entrega al pastiche filosófico con una serie de juegos vacíos en el gran archivo del pensamiento occidental implicaría el error de asumir que Han trata con ideas liberadas de la carga de la vinculación con la vida. Y es en este punto, otra vez, donde la opción de condensar autores, contenidos y conceptos puede leerse, a razón de los efectos que muchas de sus páginas tienen sobre la curiosidad de los más diversos lectores alrededor del mundo, como el opuesto exacto a la acusación banal de diluir conceptos complejos en fastbooks —“libros chatarra” rápidos, ideales para acompañar una dieta de fastfood—, como formulan contra su obra sus críticos.

Tal vez la verdadera astucia consista en haber logrado comunicar a gran escala un pensamiento particularmente disruptivo y desafiante, justo cuando el escenario de las grandes ideas y debates —y no solo por los efectos de la época o el oportunismo de los medios, como les gusta creer a muchos candidatos discretos a la desobediencia intelectual— apuesta a profundizar el vacío, conformarse con la sumisión o agitar fantasías improductivas de “cambio”. Han no se equivoca cuando mediante Jean Baudrillard recuerda que todo lo que expurga su parte maldita firma su propia muerte. Y si el éxito de sus libros sobre la depresión por exceso de positividad demuestra algo, es que el anhelo de esa negatividad reprimida, de esa “parte maldita” de nuestra cultura digitalizada, todavía existe, y no son solo los iniciados en filosofía quienes intuyen su rumor subterráneo de ira al otro lado de las pantallas. De hecho, son a veces los lectores más desinteresados en la historia profunda de la filosofía quienes encuentran en Han los ecos de un malestar metafísico que reclama, todavía, un acto de entendimiento que le permita formularse por encima de todas esas pantomimas que nos venden amor, optimismo o emojis sonrientes como único remedio contra la realidad.

Sin embargo, entre los errores de la manifestación intelectual y política de este malestar, uno de los más sugestivos es el que confunde la negación con la negatividad. Si la negatividad, tal como la recupera Byung-Chul Han, representa el esfuerzo activo del pensamiento dialéctico lanzado a la tarea de criticar y entender, la negación, en cambio, es solo una forma desconsolada y ensombrecida de esa misma indignación que no puede cantar su ira. Es por esto por lo que, aunque la negación pueda partir desde un impulso común de sospecha ante lo dado y proyectar un gesto similar al que enciende la negatividad, sin la acción del verdadero pensar, pronto se somete al solipsismo y a veces al absurdo.

En el caso de Han, al discernir cuáles son y cómo funcionan los bordes mejor encubiertos de un poder de enorme influencia cultural, social, económica e incluso sexual como es el poder de la tecnología digital, es frecuente que la reacción inmunológica de este poder consista en llamar (y descartar como) negación a lo que es (y funciona como) negatividad. Nada de esto, por otro lado, impide la posibilidad de que existan quienes ante el vértigo tecnológico que describe Han en la sociedad neoliberal, y en especial entre quienes nacieron demasiado temprano para considerarse nativos digitales pero demasiado tarde para considerarse exentos a las ventajas tecnológicas del presente, opten por la solución radical de la negación. Serán estos quienes, al intentar recluirse del sistema de vida neoliberal, se envuelvan en el equívoco de recluirse de la tecnología. Pero la paradoja en la cual se encierra esta negación de los usos y las costumbres de la sociedad contemporánea no tiene que ver con las contradicciones internas del capital y las conciencias de quienes intentan evitar sus trampas, sino con algo mucho más significativo: el intento trágico de dar un paso al costado de la civilización para volver a lo que se supone que es genuino y presente. ¿La única alternativa ante un mundo que impone sus relaciones a través de Facebook es un mundo de relaciones impuestas a través del face to face?

Si a pesar de que podemos rodearnos de lo que nos gusta el malestar prevalece, entonces tal vez ya no se trate de identificar voluntades enemigas sino de asumir algunas dificultades propias. A estas dificultades podríamos llamarlas “explotación”, “alienación”, “manipulación”, “adulteración”, “servilismo”, “indiferencia” o “paralización”. Han, con mayor poder de síntesis, las llama “falta de negatividad”. Como fuera, ninguna de estas palabras es optimista ni novedosa, pero de eso trata el ánimo intelectual de su obra: antes de pensar en “desconectarnos” o en cancelar, bloquear, silenciar o dejar de seguir a los saboteadores y a los hackers de nuestro confort digital, deberíamos ser capaces de reconsiderar, por un instante, que hoy tampoco vivimos en el mejor mundo posible. La salvedad es que esta sospecha nada tiene que ver con el llamado “amor a la sabiduría”. No, esta es una sospecha que invoca a la ira.

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