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Desaparecidos y desaparecidas en la Argentina contemporánea

Desaparecidos y desaparecidas en la Argentina contemporánea

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Hermanas

Pedro tiene una muletilla: “¿Cómo decirlo?”. La repite para ayudarse a atravesar lo que vendrá. “¿Cómo decirlo? La cuestión de la desaparición tiene todo este drama de que no sabés. Tenés como una especie de zanahoria de que no… no está la tragedia consumada, por así decirlo, de que tenés la chance, de que podés encontrarla. Por eso muchos seguimos. Entonces no te puedo hablar de un drama, de cuando uno pierde a un ser querido y lo perdió y lo perdió. Incluso al día de hoy, hay una mínima mínima chance”.

Pedro tenía 26 años el 16 de marzo de 2005 cuando su her­mana, Florencia Pennacchi, desapareció. La noche anterior, en el departamento que compartían en el barrio de Palermo, Florencia, de 24 años, había organizado una cena de despedi­da para una chica que se iba de viaje. La foto de ese encuen­tro está publicada en una página web administrada por sus familiares y amigos. Diez jóvenes ríen mirando a cámara, en el lugar donde debería estar la imagen de Florencia hay una silueta gris, su contorno dibuja un agujero monocromo que cita a otras siluetas, que las arrastra desde el fondo de la histo­ria hasta la superficie luminosa de la pantalla.

El viernes 18 de marzo de 2005, amigos y familiares empeza­ron a entender que Florencia había desaparecido. La búsqueda ganó espacio en los medios de comunicación y tres semanas después organizaron la primera concentración. “¿Dónde está Florencia?” decía una tela que sus compañeros de carrera levantaron en las escalinatas de la Facultad de Economía de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Ese viernes, Missing Children Argentina (fundada en 1999) y la Red Solidaria (liderada por Juan Carr desde 1995) con­vocaron a una misa en la catedral de San Isidro y realizaron un acto en la vereda. Pidieron por la aparición de César Báez, de Fernanda Aguirre, de Christian Schaerer y de Florencia. “Queremos que vuelvan a sus casas”, pedía la pancarta princi­pal con gigantografías de sus caras.

Ninguno de los cuatro volvió.

César Baez había desaparecido en enero en San Isidro; tenía 32 años y síntomas de esquizofrenia. Su mamá es Isabel Palacios, protagonista de un hit publicitario de los setenta: era “la extraña de las botas rosas” que tomaba Coca­Cola con sorbete mientras deambulaba por la República de los Niños al ritmo de la canción homónima de La Joven Guardia. Fue modelo, tapa de revistas y caminante de los túneles nocturnos que conectaban política y negocios.

Fernanda Aguirre había desaparecido el 25 de julio de 2004, secuestrada cerca de su casa en San Benito, Entre Ríos, cuando tenía 13 años. Miguel Ángel Lencina fue detenido por el hecho y a los pocos días apareció muerto en la celda de la comisaría. Su esposa, Mirta Cháves, fue condenada a diecisiete años de prisión por haber llamado a la familia de Fernanda para pedir un rescate que se pagó. María Inés Cabrol, mamá de Fernanda, murió en 2010 sin saber qué le había ocurrido a su hija. En 2013, cuando se cumplieron nueve años de la desaparición de la niña, su hermana María Emilia declaró: “No podemos decir sí, está viva o sí, está muerta”.

Cristian Schaerer fue secuestrado en septiembre de 2003 en la ciudad de Corrientes. Tenía 21 años. Pese a que se pagó un rescate  de  277 000 dólares,  no fue  liberado. En marzo de 2004, mientras aún se buscaba a Cristian con vida, Axel Blumberg, de 23 años, fue secuestrado y asesinado. Los se­cuestros extorsivos dieron lugar a una movilización social masiva que, sin redes sociales ni smartphones, recolectó cinco millones de firmas en un petitorio que reclamaba casti­gos más severos para quienes delinquen. El Estado respondió con reformas que endurecieron las penas. Por el secuestro de Cristian hubo dos juicios, en los cuales se condenó a más de diez personas. Durante el primero, una testigo dijo que lo habían asesinado. El Estado tardó trece años en dar con José Rodolfo Lohrmann, acusado de ser el líder de la banda de se­cuestradores. Era uno de los “argentinos más buscados”, pero entró y salió del país a su antojo, hasta que por fin emigró a Europa. En noviembre de 2016 fue atrapado por la policía de Portugal, que lo perseguía por robar bancos.

Entonces, ese atardecer de 2005, en la puerta de la catedral de San Isidro, Juan Carr dijo sobre Florencia: “Es inexplicable que todavía no se sepa nada”.

En los primeros días de la desaparición, se pasa de la nor­malidad al caos. De ir a la facultad o al trabajo o al supermercado a sacar todos los cajones de los muebles. Todo se desparrama, todo se hurga. El derecho a la privacidad de la ausente se esfuma. El tiempo se usa para armar respuestas. Se cree que lo que ocurre es provisorio. Hasta que lo que ocurre deja de ser brumoso y se transforma en una nueva normali­dad. Todo eso le pasó a Pedro en los primeros dos días que siguieron a la desaparición de su hermana:

Para empezar, uno no capta qué está pasando. Agotás otras posibilidades, empezás a preguntar a los amigos, empezás a no sé qué, ves qué onda, decís “Flor no está”. Nosotros, los familiares, los amigos, los compañeros de trabajo, los compañeros de facultad no veíamos a Flor metida en algo como para entender que estaba pasando algo grave. Del martes al viernes, ya era todo… Había un grupo de amigos que salió a volantear; uno conocía a alguien, no sé a quién, en la tele. Había una especie de ilusión de que con la tele… que mucho ruido mediático iba a dar fruto.

El ruido mediático dio frutos, sí, pero no los que esperaban los familiares y amigos de Florencia. Cuando se cumplieron tres meses de la desaparición, Jorge Cipolla, el comisario de la Policía Federal Argentina a cargo de la investigación, dijo en una nota publicada en el diario Clarín: “Por suerte, tene­mos fuertes indicios de que está con vida. La pista más sóli­da indica que es probable que esté en el interior, viviendo con alguien –un hombre– y viajando cada tanto a la Capital”. Cipolla también dijo que había que buscar los motivos de la huida en problemas familiares y que no había “ninguna posi­bilidad” de que se tratara de un secuestro.

El supuesto de que Florencia se hubiera ido por voluntad propia no tenía indicios que lo avalaran. Lo único que había desaparecido junto con ella era su celular: su documento, las tarjetas de crédito y la billetera habían quedado en el departa­mento. Habían pasado tres meses desde la última conversación de Pedro con Florencia, que, por teléfono, le había pregunta­do si había habido algún llamado para ella. La cuenta banca­ria estaba intacta. Florencia era joven, salía de noche y tomaba alcohol. La madrugada del día en que desapareció pidió un delivery de cerveza, “dato” que alimentó demasiadas historias. Poco después, las otras llamadas que hizo con su celular la mañana del 16 de marzo y la declaración de un muchacho con quien había salido algunas veces permitieron reconstruir que Florencia consumía cocaína y que al menos una vez había ido a comprarla a una discoteca llamada Confusión, en la esquina de Scalabrini Ortiz y Costa Rica. Este nuevo dato infló la imagen de una chica que “andaba en algo raro”, pero no sirvió para agilizar la investigación judicial. La fiscalía demoró un año en tomar declaración al dueño de un celular con el que Florencia se había comunicado cincuenta veces en una semana. El hombre no negó el contacto, pero no lo siguieron investigando. En los diez años siguientes la fiscalía no pudo averiguar si en Confusión ocurría algo que explicara qué ha­bía pasado con Florencia.

Como muchas otras personas que atravesaron circunstancias semejantes, Pedro Pennacchi piensa que la historia de su familia se convirtió en una pila de papeles que dependen de los mo­vimientos de las capas tectónicas de la burocracia. La búsqueda de Florencia generó un activismo intenso: recitales, charlas, volanteadas, manifestaciones, mucha presencia en los medios de Buenos Aires y Neuquén, la provincia donde nacieron los hermanos. “Toda esta cosa, lamentablemente, ¿para qué sirve? Para que la justicia te dé bola. Si no se motoriza una presión so­cial, incluso hoy los jueces no hacen nada. Es lo que decide que una carpeta esté apilada arriba de la otra”, dice Pedro ahora, cuando la historia de Florencia apenas se hace visible en el ani­versario del día en que sus conocidos la vieron por última vez. Con el tiempo, Pedro comenzó a contactarse con otras fami­lias que buscan. En 2015 se acercó a una organización que se presentó en sociedad ese año, en coincidencia con el décimo aniversario de la desaparición de Florencia: Madres Víctimas de Trata, en el barrio porteño de Constitución. Dice que “la parte activa de las búsquedas siempre son los familiares, de la mejor o de la peor manera que les sale. Ir a preguntar todos los días a la comisaría, ir a preguntar todos los días a la fiscalía, ir uno, aportar ideas”. Dice que fue a buscar a su hermana a lugares lejanos e insólitos siguiendo datos que resultaron falsos. Dice que “lo peor de todo es que uno, en cierto momento, tiene una especie de fe institucional. Uno iba y pedía escritos, incluso llegamos a pedir un habeas corpus. Uno decía ‘bueno, los que saben buscar personas son ellos, no nosotros’”.

Dice que esa falta de certeza sobre qué pasó con Florencia Penacchi es también una falta de certeza sobre qué hay que hacer cuando se busca a alguien: “Yo, con el fracaso que ha sido esto de no poder encontrarla, me he quedado con la pos­tura de que hagan lo que sientan con el corazón que hay que hacer, porque no hay garantías. Una persona más emocional te diría: ‘Andá, subite arriba de un auto a preguntar por todos lados, poné plata, comprá testigos, lo que quieras’. Otra perso­na con otra cabeza te diría: ‘Trabajá con las instituciones, hacé todo bien’. Pero ninguna de las dos estrategias ha funcionado: está el padre de esta otra chica que se murió buscándola”.

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