LECTURAS

Eric Sadin: “El desierto de nosotros mismos”

Eric Sadin

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Sin dudas, fue un fenómeno. Un joven filósofo de Hong Kong, de una agudeza sin parangón, había captado una tendencia decisiva de la época: en adelante, nuestra relación con el mundo estaría regida principalmente por la ilusión. Nos gustara o no, nuestras representaciones llegarían a no tener ya correlación con lo real. Dicho estado psíquico tenía causas múltiples y, para quienes supieran explotarlo, contaría con todas las claves necesarias para poner a las multitudes bajo su control. Dos !guras surgían como los principales titiriteros. Por un lado, Donald Trump, pronunciando discursos desprovistos de toda veracidad, que respondían únicamente a sus propios puntos de vista o a los de aquellas poblaciones que solo requieren con!rmación por parte de individuos dominantes. Por otro lado, Elon Musk, inundando su plataforma X –y, de forma más amplia, el paisaje mediático– con expeditivas argumentaciones que desdeñaban la herencia de las Luces y la democracia, que, según él, nos habría conducido al borde del abismo. Y esto lo hizo presentándose como el nuevo elegido, alguien capaz de salvarnos de todos nuestros males, movido por una compulsión a la repetición que roza la demencia. Este es un ethos que va de abajo hacia arriba, por así decirlo, y que en gran medida habría transformado la faz del planeta. Es la era de la hipnocracia. Sonaba bien, como un eslogan pegadizo que inmediatamente despertó el interés de periodistas de todo el planeta. Así que, evidentemente, el revuelo despertó las ganas de ir a conocer el asunto de primera mano. Algunos medios de comunicación publicaron rápidamente no pocas páginas del libro homónimo, y entonces ¿cuál no fue la estupefacción –o la consternación– que sintieron las personas incrédulas o aquellas dotadas de un mínimo de sentido común cuando leyeron las primeras líneas? Era como hojear el diario íntimo de un adolescente de los años 2020 bajo los efectos del LSD, repleto de fórmulas diseñadas únicamente para impactar, de tono perentorio y con la pretensión de ser de!nitivas, como si quisieran ocultar un terrible vacío. Aparecían expresiones abstrusas, como “no es un objeto que se explique, es una condición que se atraviesa”, o bien “realidad algorítmica”, que no quiere decir absolutamente nada, y otros sinsentidos llamativos de esa misma índole. Es como si una cáscara que parecía brillante por fuera revelara una nada abisal si se la mirara desde dentro. La montaña que nos llegaba desde los confines de Oriente, vista de cerca, solo había dado a luz a un triste y patético ratón. 

Pero prescindamos de las posiciones críticas o suspicaces (para retomar los términos de Nietzsche), hoy consideradas obsoletas. Hordas de periodistas –probablemente también bajo el in“ujo de esta jerga teórico-publicitaria– buscaron de repente entrevistar al autor luego de la publicación inicial de su obra en Italia, que al parecer tuvo un éxito inmediato. En la misma línea, hubo editores, igualmente hipnotizados, que adquirieron los derechos de la obra sin demora alguna. Y entonces, ante la avalancha de demandas de todas partes, y especialmente por las invitaciones a pronunciar conferencias que se le hacían a este hombre, la situación se volvió insostenible y se tuvo que develar la verdad: este ”filósofo“, llamado Jianwei Xun y considerado ”uno de los más brillantes de su generación“, como se a!rmaba en la contraportada del libro, ¡no existía ni había existido jamás! ¡Era el producto de la idea de dos filósofos italianos que, en un principio, se habían dejado llevar por sus ganas –a decir verdad, sumamente cínicas– de ”dialogar“ con ChatGPT para ”hacerle escupir conceptos“! Sí: una cierta esfera intelectual había llegado a semejante nivel de credulidad y a pensar que era pertinente explorar los caminos del pensamiento apoyándose en tecnologías producidas por la vanguardia del tecnoliberalismo. Es decir, por empresarios e ingenieros, la mayor parte de ellos de alrededor de 30 años, en general incultos, llevados por una búsqueda incesante de la ganancia y dedicados a producir un pseudolenguaje que era resultado de análisis estadísticos, de ecuaciones matemáticas y de esquemas lógicos basados únicamente en el principio de la conformidad (y, por ende, del mayor conformismo). Acabamos de verificarlo, dado que esto responde con exactitud a la demanda de una época que ahora solo sabe jurar por la impostura y la insignificancia!cancia. Y he aquí que una revista francesa, en este caso Philosophie Magazine, que inmediatamente publicó el título con una contraportada que decía incluso que el libro ”nos invita a permanecer lúcidos en el núcleo mismo de la simulación“, –¡algo formidable como puesta en abismo!–, formuló unas preguntas a Andrea Colamedici, uno de los dos protagonistas de esta superchería mundial. En la entrevista que se publicó en la edición de mayo de 2025 (en cuyo índice este aparecía como un ”libro-acontecimiento“), este posmoderno tardío a!rmaba que ”la IA es una herramienta de un poder extraordinario para construir conceptos“ –no parecía ni ver el tenor necrosado de sus producciones simbólicas, ni sus resortes económicos, como tampoco la visión de mundo que esta supone– e iba a permitirnos ”llegar más lejos con el pensamiento“. El director de la publicación cerraba la conversación con esta pregunta: ”¿Usted piensa que habrá un Platón o un Deleuze del futuro que vaya a trabajar con las IA para llevar más lejos sus conceptos o desarrollar sus hipótesis y modelos teóricos?“ ¿Estamos entonces en semejante nivel (menos que cero) de conciencia y de alerta crítica respecto de una parte del ”pensamiento“ contemporáneo, respecto del valor de las obras y respecto de ciertas palabras dichas? En verdad, todos estos episodios, que podrían componer la trama de un sketch paródico de la época, tienen que ser tomados en serio en la medida en que dan testimonio de un fenómeno decisivo al que nos enfrentamos desde hace unos quince años y, más todavía, desde que aparecieron las IA generativas: la concomitancia de la supremacía cognitiva de la tecnología –y del aura que se le atribuye– y de una sumisión, hasta de una subordinación, más o menos visible, más o menos consciente, que millones y millones de individuos mani!estan respecto del aumento inde!nido de sus producciones y capacidades.  

Las dos primeras décadas del siglo XXI fueron las de la aparición de un poder gigantesco, uno que nos enfrenta y a su vez parece ponerse a nuestra entera disposición. Esta coyuntura tiene origen en un credo de 70 años de antigüedad, que con el transcurso del tiempo y, aun más desde el inicio del nuevo milenio, no dejó de ganar consistencia: erigir artefactos que mani!estan una absoluta superioridad respecto de nosotros mismos. Este es un credo, para quien sepa verlo, que arrastra una cierta visión –lacunar y de escaso valor– de lo humano, así como también cierto tipo de afecto: un odio hacia nosotros mismos. Conviene prestar la máxima atención a las palabras de Geoffrey Hinton, considerado uno de los “padrinos” de las “redes neuronales”. El hombre ofreció sus talentos durante muchos años a Google, empresa en la cual pudo beneficiarse de medios casi ilimitados para perfeccionar los procedimientos de machine learning que, en gran medida, contribuyeron al surgimiento de las IA generativas. En 2023, a los 75 años –o en el crepúsculo de su vida–, de un día para el otro, Hinton parece haberse visto invadido por remordimientos, o haberse despertado bruscamente de su largo y profundo sueño dogmático: declaró al New York Times que, dadas las capacidades pasmosas de ChatGPT, todo ese movimiento “iba demasiado rápido, llegaba demasiado lejos y que era tiempo de preocuparse”; llegó al punto de confesar que “una parte de él mismo lamentaba la obra de su vida”. Así –con gran valentía, dado que estaba terminando su carrera, ya había hecho fortuna y tenía una gruesa jubilación garantizada– anunció que, a !n de “hablar libremente de los peligros de la IA”, iba a renunciar a Google. Parecía una broma o un súbito ataque de locura. Sin embargo, un poco más tarde, en una conferencia en la que participaba, quedó expuesto su doblez natural: se le preguntó “si era partidario de que una IA superinteligente destruyera la humanidad y la reemplazará por algo objetivamente mejor en términos de conciencia”. Él respondió al instante: “De hecho, estoy a favor, pero pienso que sería más sensato para mí decir que estoy en contra”. Y terminó con una frase que, a fin de cuentas, solo traicionó el trasfondo de su pensamiento: “No es seguro que seamos la mejor forma de inteligencia que pueda haber”. He aquí el espíritu que, desde los primeros pasos de la cibernética a mediados de la década del cincuenta, animó a estos ingenieros y los sigue animando hoy, con medios tecnológicos y !financieros incomparablemente mayores. Ellos, por su cuenta, e impulsados por la industria a la que están sometidos, no están “cambiando el mundo” –según la gastada frase–, sino que están reduciendo la humanidad humana –en este contexto es necesario ser redundante– a la nada. ¿Con qué lidiamos desde la generalización de la inteligencia arti!cial y, más todavía, desde las llamadas “generativas”? Con una suerte de trascendencia inmanente que está destinada a acompañarnos constantemente y que parece superarnos en toda circunstancia. Es difícil encon trar las palabras, o más bien nos faltan, para describir esta entidad en permanente perfeccionamiento, sobre la que se da por sentado –y esto se profundizará– que tiene razón en dejarnos al margen, hasta el punto de solo querer aferrarnos a ella para beneficiarnos con sus in!nitos poderes (igual que esos dos filósofos italianos). Este es el becerro de oro del segundo cuarto del siglo XXI ante el cual nos arrodillamos menos (aunque quizá no) y que rati!ca el diferencial de saber para intentar sacar provecho de él sin medida e instaurar así –sin que lo parezca y muchas veces sin siquiera darnos cuenta– nuestro carácter secundario y, pronto, la inanidad de!nitiva de nosotros mismos. Hoy en día, lo que está en juego no es solo la “obsolescencia del hombre”, retomando las palabras de Günther Anders, sino también, en el mismo movimiento, la subordinación a un orden que él mismo erigió para que determinara, en última instancia –y desde una posición de superioridad–, el curso de nuestras vidas individuales y colectivas. Se trata de una condición que no se corresponde en modo alguno con una “toma del poder por parte de las máquinas” u otras “sublevaciones” que a veces se citan de manera bastante inapropiada –a decir verdad, de manera muy grotesca– y que dan testimonio de nuestra escandalosa falta de análisis. Estamos frente a algo muy distinto, de un alcance idéntico a lo que suponen esos escenarios apocalípticos: el franqueamiento del umbral hacia un mundo que pondrá la mayor parte de los “ujos orgánicos y físicos en situación de dependencia respecto de la omnisciencia de las entidades arti!ciales. En este aspecto, erigimos la mayor instancia cognitiva y ordenadora de la historia, y en consecuencia erigimos un poder político que, como ningún otro en el pasado y ejerciéndose casi todo el tiempo de modo imperceptible, está destinado por eso mismo a ser interiorizado –a escala global– por nuestras mentes. Hace nada más que veinte años esta mutación era completamente inconcebible, nadie la vio venir y, pese a ello, constituye nuestra realidad presente y será cada vez más generalizada y más intensa en el futuro.

Por esta razón, como continuación a la gubernamentalidad –es decir, la capacidad de torcer comportamientos– que se les atribuyó a las tecnologías digitales y, posteriormente, a la inteligencia arti!cial, estamos llegando ahora –debido a su creciente expansión y sofisticación y a la introducción de máquinas parlantes– a una etapa de imposición distinta y muy superior que conduce a una rede!nición total de lo político. Es esto lo que nos corresponde pensar, de un modo igualmente nuevo, a mediados de la década de 2020. La aparición de una fuerza omnisciente, que permitimos que se inmiscuyera en todo y que va a inspirar el tenor de nuestros actos, pensamientos, palabras, imágenes y relacio nes, para adquirir así un alcance político de tal magnitud que conviene denominarlo según su envergadura: el PODER TOTAL. Es mejor poner en mayúsculas esta noción, para resaltar tanto su dominio sin precedentes como su naturaleza absolutamente inédita, que solo pueden superar nuestras categorías y modos actuales de inteligibilidad, ya que no pertenecen a ningún orden conocido hasta ahora.

Michel Foucault había identificado los mecanismos modernos de poder –aquellos que operan desde la era de la secularización y la industrialización– en sus características plurales, que no funcionan únicamente de manera piramidal, sino en diferentes niveles de la sociedad: dentro de hospitales, prisiones y diversas instituciones, y también en un nivel individual bajo un número in!nito de formas. Hay análisis que dan testimonio de la obsolescencia de un orden único y omnisciente como el que sostenía el emperador de China o, en otro género de cosas, el que representaba el panóptico de Jeremy Bentham (cuyo principio arquitectónico consistía en permitir a los guardias tener desde su torre de control una visión de 360º sobre las celdas, sin que ellos mismos fueran vistos).4 Hoy estaríamos enfrentándonos menos con una forma de retorno a un estado de absolutismo que con un complejo que actúa y se impone como referencia en todo lugar, es decir, como el punto a partir del cual uno debe definirse y que, en consecuencia, orienta las trayectorias de miles de millones de individuos. Los ardientes defensores de las libertades individuales, que adoran presentarse como víctimas de una vigilancia generalizada, no encontrarán en esta configuración ningún motivo de satisfacción que, pese a sus aparentes similitudes, tiene objetivos bien distintos y características sin equivalentes ni antecedentes históricos. 

La política, tal como fue pensada y abordada desde la Grecia Antigua, así como a lo largo de la modernidad, desde el inicio del siglo XIX hasta hoy, se ve, antes que redefinida, o incluso agonizante, inexorablemente condenada a la obsolescencia. Todas las prerrogativas que le correspon den caerán una a una en jirones: la implementación de programas (hasta ahora elaborados por humanos); la evaluación; la deliberación; la decisión; y, por supuesto, los principios de pluralidad y discrepancia constitutivos de la democracia. Pero también la incertidumbre y la temporalidad propias de la vida, que permiten experimentar sin descanso una in!nidad de horizontes posibles, al punto de que ambas representan en su base la condición misma de posibilidad de lo político. Es como si el hecho de recurrir a empresas de consultoría, de las cuales abusaron tantos gobiernos en los últimos quince años, hubiera inaugurado el reino de una tecnocracia pronto llamada a asumir una envergadura total y automatizada. Solo se impondrá la ley de la conformidad, como ocurre con el tanatólogos y los regímenes de la imagen y el sonido. Cada vez más, tendrá lugar únicamente aquello que tiene que tener lugar. Estas operaciones son realizadas en función de intereses más o menos visibles y estrictos imperativos utilitaristas, pero llevados al extremo, dado que ya no hay que rendir cuentas a nadie y que sus sistemas son concebidos por empresarios e ingenieros que, a su vez, solo juran por dichos imperativos. Es decir, son modos de organización fríos del curso de las cosas, impersonales e infinitamente reactivos a los “lujos de lo real, por lo tanto son dinámicos pero rígidos y repetitivos en los axiomas que los determinan. Se agota la asunción de la cosa pública por parte de los humanos –y de todas las imperfecciones, pero a veces también de los perfeccionamientos concertados que la cosa pública supone–, algo que Jacques Ellul había presentido, de algún modo, aunque las realidades presentes están muy alejadas de las de ese entonces. Porque él fue uno de los pocos que, a !nes de la década del setenta, tuvo la lucidez de observar la importancia en aumento de los sistemas técnicos, pero también de los órganos de decisión, que eran cada vez más complejos y estaban encabalgados unos con otros inervando la sociedad con el doble efecto –eminentemente político– de convertir la acción humana en algo marginal y de impedir la comprensión de las motivaciones que inspiraban esos mecanismos implementados: ”Ya no hay ninguna organización social o política signi!cativa posible para este conjunto dentro del cual cada parte está sometida a técnicas y unas con otras están vinculadas por técnicas“.

Si el PODER TOTAL llega a dictar su única ley, una ley evolutiva y adaptable (en teoría, para su propio bien) a las situaciones de los individuos y los colectivos, entonces la constitución del conocimiento –en lo que este reviste de utilidad pública, en cuanto herramienta de comprensión de los fenómenos naturales de la sociedad, pero también de re“exividad respecto de ellos– también se verá impactada por la obsolescencia. Y, con ello, también se verá afectado todo el conocimiento que emana de las instituciones, de los centros de investigación, de las publicaciones, es decir, de los análisis documentados que se someten a la crítica de los pares y luego son puestos a disposición de todos. Esto representa otra dimensión de lo político, entendida como el derecho legítimo –o el deber cívico y moral– de trabajar en el desarrollo de contenidos capaces de exponer otros puntos de vista, pero también de abrir perspectivas distintas de las que presentan y ensalzan los órganos de poder habituales. Dicho de otra manera, instancias –percibidas a medias como tales– de contrapoderes instituidos en Europa desde el siglo XVII en adelante, que, con el paso del tiempo, se multiplicaron a lo largo y ancho del mundo y mostraron una diversi!ca ción de sus ámbitos de estudio, están destinadas ahora a perder su pertinencia. Esto ocurre porque las manifestaciones de lo real –si es que todavía sentimos la necesidad de comprender su esencia–, las condiciones de erupción de un volcán, la aparición de patologías, los efectos de ciertas prácticas serán ”explicados“ por este poder.

Desde esta perspectiva, las ciencias sociales y, en menor medida, las llamadas ciencias “duras”, parecerán próximamente inútiles y obsoletas, y nos mostrarán la aparición de muchos Jianwei Xun para iluminarnos en cualquier circunstancia. Es el fin de las sociedades científicas; además, ¿para qué financiar a investigadores en este contexto? Así será tanto mejor, dirán algunos, ya que los fondos públicos solo sirven para alimentar especies de parásitos sistemáticamente quejosos y para establecer conclusiones que no importan a nadie, en una era en la que las masas no confían en nada y opinan sobre todo. Es mejor, entonces, dejar hablar al PODER TOTAL, que, por su parte, nunca se equivoca y no deja de avanzar para tender constantemente hacia una ciencia absoluta. “Estamos trabajando en el desarrollo de la superinteligencia, de!nida como una IA que supera la inteligencia  

humana en todos los sentidos y que creemos que ya está a nuestro alcance“, dijo con un entusiasmo desbordante Mark Zuckerberg en julio de 2025. Y esto signi!cará, en consecuencia, la probable desaparición de la crítica, condenada a volverse primero inaudible y finalmente casi inútil, en la medida en que, muy pronto, nadie tendrá los medios ni las herramientas adecuadas para siquiera poner en duda las ecuaciones de esta maquinaria destinada a ser cada vez más omnisciente y de una e!cacia que se podrá veri!car de forma inde!nida.  

“La verdadera naturaleza del neoliberalismo no es un proyecto económico, sino un proyecto político destinado a socavar la imaginación”, señaló el antropólogo David Graeber.7 En estas épocas en vías de una automatización total y la artefactualización del saber, nos vemos obligados a recuperar esta observación, pero para radicalizarla y argumentar que el PODER TOTAL socavará la curiosidad, el gusto por el descubrimiento y, en primer término, la lectura de libros (es decir, el aporte único de imaginación y conocimiento que la lectura ofrece). Por lo tanto, podemos suponer que los adolescentes que alcancen la edad adulta en el comienzo de la próxima década y también los adultos de hoy, absortos día y noche en TikTok –o engullendo sin parar videos, el nuevo régimen de percepción del mundo mediatizado y, por lo tanto, distorsionado–, no encontrarán ningún problema (o incluso todo lo contrario) en que las máquinas nos digan el sentido de las cosas sin exigirnos el menor esfuerzo. En verdad, todos estos movimientos se ajustan entre sí perfectamente hasta lle gar, con el paso del tiempo, a reforzarse entre sí. Porque habría que ser ingenuo o ciego para no ver que el proceso de anhumanidad en curso, de vaciamiento de nosotros mismos y de realización, a largo plazo, de todas la tareas materiales, físicas, cognitivas, intelectuales, creativas por parte de tecnologías superiores a nosotros está preparando el terreno para la estupidización creciente de la humanidad. Mientras conservemos algún rastro de inteligencia –y de dignidad– nos conviene considerar este proceso: su naturaleza, su alcance y, especialmente, la extrema gravedad de sus consecuencias.