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Furor fulgor

Tapa de 'Furor fulgor'

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CAPÍTULO PRIMERO

En que se cuenta quién es ella y de dónde

Sacada tomada por la locura loca loba en la lona: Tootoo Baobab #harta y san Seacabó. Mandar todo a la mierda. Primero y antes que nada: maridito. En un después ipso facto: hijo adolescente. Caterva de parientas enseguida tras eso. Libre, volver a empezar. Neuronas rostizadas por deseo de ser sola la trastornan. Manos ocupadas en chequear contenidos del morral, monta en Dragón, deja atrás casa y problemas a velocidad pedal. A poco descubre el timbre está roto, dificultado. ¡Qué cagada! Ni huir como la gente se puede en este país de mierda che.

Nomás salida engancha protesta popular contra nefando decreto, pero no solo: hace ya muchos meses que FMI domina al GATO por la cornamenta, fuerte la muñeca hasta abajarlo nariz contra el piso, sit! ¡Quieto dije carajo! Pueblo hambreado expoliado vituperado sale a las calles, las toma. Alguna piedrita –también– lanza, entre cantos pletóricos de brío, gusto por la rima. Como el rap, trap y todos los géneros que siguieron y herencian folclor europeo trovador. El GATO reprime –como siempre que sale a cazar ratoncitas corrientes en busca de refugio–, con lo más selecto de su arsenal en uso: balas made in USA, de goma, de plomo, de gas. Gran confusión el territorio, convulsiona imparable. Muecas de terror en rostros de manifestantes caídas bajo pesada bota de las fuerzas vivas del Cambio, muñecas inmovilizadas en la espalda. Gritan sus nombres las detenidas para volverse visibles, para que las busquen, vocalizan a pesar de los forcejeos, los golpes, las armas que el Orden les planta bajo la ropa o en inmediaciones cercanas: materialización a posteriori de excusa habilitante para tanta descomedida represión. 

Pugna Tootoo Baobab por no ralentar a pesar de lo que se encuentra y se cruza, se siente confusa, no entiende pero al parecer ha elegido hacer abandono de hogar en jornada de lucha popular. ¿Alguien se lo comentó esto? ¿Estaba al tanto de este particular? Consecuencia, piensa ella, de vivir abducida por par de hienas pedigüeñas, siempre necesidades, pedires y diretes. #Harta recuerda que está y así va, circula sigue hasta estrolarse sin querer ni ver contra fuerza viva del Orden. La choca apenas con la rueda delantera, la vulnerada no se deja ni se queja. Arranca en vez con feroz represalia, cachiporra baila por el aire en “defensa personal”. Al ver lo que sucede en seguida se apersonan otras más y entre todas la golpean a la pobre Tootoo Baobab hasta dejarla sentada desmayada en el piso junto a manteras senegalesas y otras extranjeras. Naturaleza muerta parecen, a la espera de traslado. Ojos de pescado en la pescadería, boquean. Noquea la policía a las que intentan charlar. Quieren cabezas gachas. Y silenciero todo el mundo.

Ya en el cochecito celular, inmovilizadas machucadas pasan horas poniéndose rancias. Nadie explica ni tiene ansias de comunicar lo que les espera. Por debajo del bochinche que llega del exterior (mosaico descoordinado de disparos, corridas y resbalos, gritos de odio o pedidos de auxilio desgarrados), adentro del camión se desenrolla mínimo murmullo, tráfico de información. A las senegalesas no se les entiende un soto y además son de articular poco. El resto, nativas y migrantes, de general hispanohablantes, intenta comunicación con gestos y ojos, impedidos los movimientos por precintos que amoñan las manos por detrás. En ese circo, los rasgos inuit de Tootoo Baobab no desentonan, apenas una posibilidad combinatoria otra entre muchas allí presentes. De la inaudible conversa resulta: que entre las detenidas hay dirigente social, papista pro aborto clandestino. Es por él que movileras noticiosas de canales nacionales, alternativos o autogestivos se agolpan en torno del carro blindado. Entre las dudas a los gritos se entremezclan puteadas de odio a los equipos por su de pronto mala performance, ¿qué onda? ¿qué mierda le pasa a este celu del orto? Preguntan las periodistas, desesperan, consultas que a destino no llegan por culpa de ventanas con protección anti bala. Tootoo Baobab no juna a la celebridad militante de base, #tepidomildis: ¿qué querés? Ni tiempo de informarme donde vivo tengo, de un yogur vengo. La Última Ama de Casa soy, qué odio. Sin pausa ni podio, comenta para las que pueden oírla que lleva semana de atraso. No causan sensación alguna sus confesiones, menos sus ganas de hablar. El ambiente en el interior del camioncito es depre opresivo. No se afecta Tootoo Baobab, bastante chispita, para ella este entuerto es una vacación, síncopa inesperada en la rutina que acaba de dejar atrás. En el morralito confiscado, Evatest recién comprado para hacer con el pis de la mañana siguiente, con lo cual: tiempo de sobra. Si entretenido, mejor. 

Con los días muy atados a problemáticas de terceros, arrastra Tootoo Baobab horas con objetivo único de cosechar puñado de minutos para sí misma: mirarse el ombligo, rascarse el higo, poco importa: algo propio (¡ojalá un cuarto!). Y ahora encima la perspectiva (a confirmar) de otro más en camino, qué atrocidad. No le quedan fuerzas para caerse a pedazos o será que tiene muy entrenada la resignación, cuestión: que prefiere poner fuerzas a pensar dónde estuvo la falla, o cómo pudo ser. Le parece claro que la culpa la tiene Ipiranga Trifulca, que no performó el interruptus como es debido. ¡Una cosa tenías que hacer! ¡Una! En el albor de su relación: pasión por la postura novedosa, por la exploratoria, Fitzcarraldo entre las sábanas. Ahora, en cambio, Ipiranga se especializa en interpretación nivel dios de palito a la deriva: santiamén para ponerse en bolas y distribuirse con cómodo cuan largo es sobre el colchón para que ella opere la maquinaria. Se autodesampara en brazos del placer que sabe por venir, manso, sin ningún tipo de problema. A Tootoo Baobab el sexo con Ipiranga le gusta. Les sale bien, el placer las sobreviene cada vez, incansable mascota obediente, predecible. Al dedillo se conocen y el gozo aumenta, en lugar de disminuir, en contra de la sospecha instalada por la hijayutez del lugar común.

Por la oreja me inseminé, la concha del pato, como en los retablos medievales: Tootoo Baobab intenta sin éxito conversación con las demás detenidas. Llevan horas adentro del vehículo policial, sin que nadie se moleste en informar destino final. 

Hace falta que afuera el barullo se apague para que arranque la marcha. Traquetean largo lo tendido. Empedrado le cuesta al camioncito lleno hasta las tetas de sospechosas delincuentas, disminuye el andar a velocidad dominical de paseo por la ciudad. Nada de esto preocupa a Tootoo Baobab, al fin y al cabo por algo había iniciado abandono de hogar. Con lo cual: no cree necesario dar señales de vida ni avisar. Es más: no lo va a hacer, para que aprendan: valorenmé, mierdas.  

En Flores, representantes de Prensa guardan la entrada de comisaría sustantiva, amuchadas como para orgía de televidentas ávidas de novedades efímeras. Griterían y se pelean por encajar micrófono, brazo corto juega en contra, corren para seguir minuto a minuto el desfile de protestantes levantadas al boleo. Algunas se han percatado de que los equipos a malfuncionar han arrancado, de libretita y birome echan mano. En general nadie conoce a ignoto grupo de ciberfeministas ni se ha cruzado con comunicado de reivindicación por el atentado contra el patriarcado.

Sin dilatar ni contestar, las sirvientitas del Orden encierran a las pescadas en celda única al fondo, junto a otras abducidas en el fragor de la batalla, acarreadas en cochecitos más tempraneros. Cautiverio y hambre de la mano despiertan consulta popular acerca de si les van a dar de morfar o qué se creen, ¿que nos alimentamos de rocío? No hay respuesta, el número solicitado no corresponde a una abonada en servicio. 

Paredes descarapeladas, piso pis por todos lados, olor acre potentísimo, festival de mugre encastran el entorno, bastante caiducho, para las privadas de libertad. La detención se descubre mixta, las fuerzas del Orden ya no parecen interesadas en evitar intercambio de oralidad, con lo cual se arma especie de peña o grupo de autoayuda y confesionismo cruzado. 

El registro e ingreso de las ofensoras detenidas se opera con papel y lápiz, desde ayer la comisaría está sin sistema. Lejos de aprehender las implicancias del rompimiento algorítmico, logarítmico y alternativamente rítmico universal, las sirvientitas leguleyas prefieren no darle demasiadas vueltas al asunto y arreglarse con equipito para cazar huellas, tinta negra y enchastre general. Se habilita momento un poco obvio de ¿te acordás cuando?, cotilleo amable entre ellas, como si no se encontraran en comisaría de Flores ni fueran responsables de delincuentas conceptuadas amenaza para la delicada fibra del entramado social. Por el costado les pasa, como sin tocarlas (al menos por ahora, en estos momentos alborales), lo que será en breve derrumbe del capitalismo occidental, explotado desde adentro en apenas horas por secta de hacktivistas kamikaze.

Pito catalán a los problemas, hombrito fruncido y a mí qué, las policías se despreocupan de tanta pesada cuestión problemática. Prefieren ocuparse en clasificar a las detenidas, pero a paso cansino, eso sí, para que se note la desidia, el moplo de todo los días lo mismo, vieja, qué aburrimiento. Paja, señora, paja. Las van sacando de a una de la celda del fondo. Pasillo largo, pintura a dos colores con terminado brillante, poco habitual en interiores. Para no complicarse con la lingüística impedida dejan a las senegalesas para el final. Del interrogatorio a Tootoo Baobab resulta que: 1) está bastante golpeada, extraño pero no se queja, 2) anda con una semana de atraso, Evatest en el morral (de momento confiscado), 3) se declara sin vínculos ni contacto con grupos activistas y/o militantes, simple mujer de a pie o Última Ama de Casa, 4) expresa indignación por el violento proceder, innecesario según su parecer, de las sirvientitas del Orden, 5) quiere saber adónde dejaron o qué hicieron con su bicicleta, cuándo podrá recuperarla. El resumen ordenado de la escena puede no alcanzar para transmitir una imagen veraz de la misma. 

 AO

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