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Genio y tinta: Virginia Woolf sobre Charlotte Brontë

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El centenario del nacimiento de Charlotte Brontë hará mella, en nuestra opinión, con una fuerza peculiar en la mente de un gran número de personas. De esos cien años apenas vivió treinta y nueve, y es extraño reflexionar acerca de lo diferente que habría sido la imagen que podríamos tener de ella si su vida hubiese sido más larga. Habría podido convertirse, igual que otros escritores coetáneos suyos, en una figura familiar, con la que podríamos encontrarnos por casualidad en Londres o en otro sitio, protagonista de innumerables anécdotas y retratos, que nos habría sido arrebatada en un momento que las personas de mediana edad recordasen a la perfección, en todo el esplendor de una fama consolidada. Pero no es el caso. Cuando pensamos en ella tenemos que imaginar a alguien que no tuvo cabida en nuestro mundo moderno; debemos remontarnos a los años cincuenta del siglo pasado, a una parroquia remota en  los  agrestes  parajes  de  Yorkshire.  Muy  pocos  quedan  de  quienes la vieron y hablaron con ella, y su reputación póstuma no ha podido prolongarse mediante un círculo de amigos cuyos recuerdos tantas veces mantienen vivas para una nueva generación las características más vívidas y más perecederas de un difunto.

Pese a todo, cuando se menciona su nombre, ante nuestros ojos aparece una imagen de Charlotte Brontë tan nítida como la  de  cualquier  persona  viva,  y  nos  atreveríamos  a  decir  que  colocar su nombre en la cabecera de la página suscitará un interés más genuino que casi cualquier otro título que pudiera ponerse. Sería lógico preguntarse: ¿qué novedad se podrá contar de un ser humano tan extraño y tan famoso? ¿Cómo vamos a añadir algo acerca de su vida o su obra que no forme parte ya del conocimiento del hombre y la mujer cultos de hoy? Hemos visto Haworth, ya sea en persona o en fotografía; hace mucho que  la  señora  Gaskell  nos  grabó  en  la  mente  una  impresión  imborrable, y la devoción de los estudiantes más recientes ya ha recopilado todos los detalles y las minucias que pueden devolvernos los ecos de esa vida corta y circunscrita. No  obstante,  las  verdaderas  obras  de  arte  comparten  una  peculiaridad. Con cada nueva lectura uno se percata de algún cambio,  como  si  la  savia  de  la  vida  corriera  por  sus  hojas  e,  igual que los cielos y las plantas, tuviera el poder de modificar la forma y el color de estación en estación. Escribir las impresiones que nos produce leer Hamlet año tras año sería prácticamente como dejar constancia de nuestra propia autobiografía, pues cuanto más sabemos de la vida, más nos habla Shakespeare  de  lo  que  sabemos. Salvando  las  distancias,  las  novelas  de  Charlotte Brontë deberían colocarse dentro de la misma clase de creaciones vivas y cambiantes, que, por lo que podemos intuir, servirán a una generación que aún está por nacer de espejo en el que medir su variable estatura. A su vez, esos nuevos lectores dirán cómo ha cambiado Brontë para ellos y qué les ha proporcionado. Si hoy recopilamos unas cuantas impresiones no es con la esperanza de asignarle una casilla definitiva ni de dibujar su retrato desde cero; nos limitamos a ofrecer nuestras modestas observaciones, que quizá los lectores deseen contras-tar, por un momento, con las suyas.Hay tantas novelas que en otro tiempo se consideraron bue-nas y que han pasado de moda, o que ahora resultan ilegibles, que es natural que sintamos cierta ansiedad cuando llega el momento de juzgar Jane Eyre y las demás obras. Hemos insinuado que para que un libro viva debe tener la capacidad de mutar conforme cambiamos nosotros, y debemos preguntarnos si es posible que Charlotte Brontë nos haya seguido el paso. ¿Y si al regresar a su mundo de la década de 1850 descubrimos que es un lugar que solo pueden visitar los eruditos, que solo merece preservarse para los curiosos? Opinamos que un novelista tiende a construir su estructura con material en gran medida perecedero, que empieza confiriéndole realidad y termina sobrecargando  su  forma.  El  mundo  de  mediados  de  la  era  victoriana,  además, es lo último que las personas desearíamos ver resucitado hoy. Así pues, uno abre Jane Eyre con todas estas premoniciones y excusas medio conscientes y al cabo de diez minutos ve cómo todas ellas se dispersan y la luz brilla y el viento sopla sobre una promesa atrevida y vigorizante.

Los pliegues de tela escarlata me impedían ver nada por la derecha; a la izquierda tenía los cristales de la ventana, que no conseguían aislarme por completo del terrible día de noviembre. De vez en cuando, mientras pasaba las páginas del libro, contemplaba el paisaje en esa tarde invernal: a lo lejos distinguía la pálida mezcla de nubes y niebla; más cerca aparecía una escena formada por hierba húmeda, arbustos azotados por el viento y una lluvia incesante que lo asolaba todo.

Igual que una habitación atestada de gente despierta de pronto en quien entra en ella la conciencia de una existencia intensificada, los primeros pasajes de este libro nos hacen refulgir y estremecernos como si estuviéramos en medio de la tormenta y viéramos el avance de las nubes sobre el páramo. No hay nada aquí que parezca más perecedero que el páramo mismo, o más sujeto a los vaivenes de la moda que esos «arbustos azotados por el viento» y esa «lluvia incesante que lo asolaba todo». Y esta exaltación no es pasajera; al contrario, nos embarga a lo largo de todo el volumen y apenas nos deja tiempo para preguntarnos  qué  nos  sucede,  y  al  final  ni  siquiera  somos  capaces  de  componer un relato muy claro de nuestras aventuras. Podríamos considerar que es justo lo contrario de lo que nos sucede con ciertos libros que en justicia entran en la categoría de grandes obras. Cuando terminamos de leer El idiota o Jude el oscuro, e incluso en el transcurso de la lectura, el pletórico estado mental  que  nos  provocan  puede  advertirse  en  una  cabeza  que  se  apoya en las manos y en los ojos perdidos y fijos en el fuego encendido. Le damos vueltas y reflexionamos y nos apartamos del texto, transportados por hilos de pensamiento que construyen alrededor de los personajes un ambiente de interrogantes y sugerencias en el que se desenvuelven los protagonistas pero del que no son conscientes. Sin embargo, mientras uno lee a Charlotte Brontë, es imposible alzar los ojos de la página. Nos toma con fuerza de la mano y nos obliga a seguir su camino, a ver las cosas que ella ve y tal como las ve. No está ausente ni un instante, ni trata de esconderse ni de impostar la voz. Al concluir Jane Eyre no sentimos tanto que hayamos leído un libro, cuan-to que nos hemos despedido de una mujer de lo más singular y elocuente,  a  quien  habíamos  conocido  por  casualidad  en  la  campiña de Yorkshire, que nos ha acompañado durante un tiempo y nos ha contado toda la historia de su vida. Tan intensa es la  impresión  que  si  nos  molestan  mientras  estamos  leyendo,  nos parece que la interrupción ocurre dentro de la novela y no en el cuarto en el que estamos. Dos razones explican esta asombrosa cercanía y la sensación de contemplar su personalidad: creemos que ella misma es la protagonista de su novela y que (si pudiéramos dividir a la gente entre quienes piensan y quienes sienten) Brontë sería en esencia una plasmadora de emociones y no de pensamientos. Sus personajes están tan vinculados por sus pasiones como si los uniera un reguero de pólvora. Basta con que una de esas mujeres menudas, pálidas y volcánicas entre en escena, ya sea Jane Eyre o Lucy Snowe, y mire donde mire empieza a surgir a su alrededor un elenco de personajes de extrema particularidad y riqueza que quedan marcados para siempre con las características que esa protagonista advierte en ellos.

Hay novelistas, como Tolstói y Jane Austen, que nos convencen de que sus personajes viven y son complejos debido al efecto que causan  en  muchas  personas  distintas,  que  a  su  vez  los  imitan.  Continúan avanzando y se desenvuelven aquí y allá tanto si su creador los observa como si no. Pero no podemos imaginarnos a Rochester cuando está alejado de Jane Eyre, o mejor dicho,  solo  logramos  verlo  en  diferentes  situaciones  tal  como  ella misma lo hubiera visto en esos contextos, y estar siempre enamorada y ser siempre una institutriz es ir por el mundo con anteojeras. Quizá existan serias limitaciones y bien podría ser que estas den a la obra de Charlotte Brontë un aire de crudeza y violencia al compararla con la de otros artistas más impersonales y experimentados. Al mismo tiempo, es debido a ese maravilloso don de la visión por lo que merece ocupar un lugar junto a los mejores novelistas que tenemos. Es decir, ningún escritor supera la capacidad de esta autora para conseguir que lo que describe se nos haga visible de inmediato. Parece sentarse a escribir en arrebatos. En su mente las escenas están pintadas con tanto atrevimiento y con colores tan fuertes que su mano (o esa sensación nos da) se mueve a toda prisa por el papel y tiembla con la  intensidad  de  su  pensamiento.  No  sorprende  enterarse  de  que no disfrutaba escribiendo sus libros, pero, al mismo tiempo, la escritura era la única ocupación capaz de animarla cuando la carga del dolor y la vergüenza que la vida le había impuesto la aplastaba contra la tierra. Todos y cada uno de sus libros parecen un gesto supremo de desafío, retan a que sus torturadores se marchen y la dejen como Reina de una espléndida isla de la imaginación. Igual que haría un capitán en apuros, congregó a sus tropas y con orgullo aniquiló al enemigo. Sin embargo, aunque se ha hablado largo y tendido de su afición a describir personas reales y a introducir escenas que le habían sucedido a ella, la viveza del resultado no es tan fácil de analizar. Tenía una sensibilidad fuera de lo común que hacía que cualquier persona e incidente dejasen huella en su mente, así como una tenacidad y determinación extraordinarias que la llevaban a poner a prueba e investigar esas impresiones hasta diseccionarlas por completo. En una ocasión escribió: «Jamás podría comunicarme con mentes fuertes, discretas y refinadas, ya fueran masculinas o femeninas, hasta haber superado las fortificaciones de la reserva convencional y haber traspasado el umbral de la confianza, hasta haberme ganado un lugar en el fondo de su corazón». Y es desde ese «fondo de su corazón» desde donde empieza a escribir Charlotte Brontë, con la luz de dicho órgano iluminando la página. De hecho, sus creaciones, por muchos fallos que tengan, siempre dan la impresión de surgir de un lugar profundo en el que el fuego es eterno. Las peculiares virtudes de su estilo, su carácter, su velocidad, su color y su fuerza, parecen todas de su propia cosecha y no deben nada a la formación literaria o a la lectura de numerosos libros. Nunca adquirió la fluidez del escritor profesional, la capacidad de moldear y modular el lenguaje a su antojo. Se mantuvo siempre poco sofisticada, pero con un poder otorgado por la mera fuerza del sentido, de crear la palabra necesaria y abrirse paso con un ritmo propio. Su dominio del lenguaje aumentó conforme ganó madurez como artista, y en Villette, la última y mejor de sus obras, no solo es dueña de un estilo fuerte y personal, sino también de un estilo que es a la vez variable y espléndido. Tampoco podemos olvidar su larga afición al pincel y  al  lápiz,  pues  Charlotte  Brontë  tiene  el  extraño  don,  nada  frecuente en un escritor, de saber plasmar la cualidad del color y de la textura con palabras, y de ese modo otorga a muchas de sus escenas un brillo y una solidez curiosos.

Y eso que se trataba únicamente de un bonito salón con un gabinete  incluido.  En  ambos  había  alfombras  blancas  estampadas  con brillantes guirnaldas de flores; ambos techos estaban decorados con níveas molduras que representaban racimos de uva y hojas de parra, formando un vivo contraste con el púrpura que centelleaba en los cojines y otomanas. Los adornos de la chimenea eran de reluciente cristal de Bohemia, rojo rubí, y los grandes espejos colgados entre las ventanas se encargaban de reflejar aquella mezcla de fuego y nieve.

No solo lo vemos, casi podemos tocarlo. Nunca amontona colores sin más, sino que da un toque de azul o de morado o de su púrpura favorito con tanto acierto en la página que logra pintar la frase igual que si utilizara pigmento auténtico. Por eso, sería lógico esperar que Charlotte Brontë fuese una excelente paisajista, una gran amante del aire libre y del cielo y de todo el espectáculo que se despliega entre la tierra y el cielo; sería difícil para alguna de las personas que la estudian decidir si le importan más sus personajes o el aire fresco o el olor del campo y los «penachos de la tormenta» que los rodean con tanta luz y ambientación, con una poesía tan sobrecogedora. Sus descripciones tampoco pueden considerarse visiones separadas, como tantas veces ocurre con los escritores de menores dotes y fuerza, sino que se abren un hueco en el corazón del libro. 

Estaba a unos dos kilómetros de Thornfield, en un prado que solía llenarse de rosas en verano, de avellanas y moras en otoño, y que incluso ahora poseía tesoros en forma de bayas y escaramujos silvestres. Su mayor atractivo en invierno, sin embargo, residía en la soledad que emanaba del desnudo paisaje. Ni una ráfaga de viento lograba arrancarle el menor ruido: no había un solo acebo ni ninguna otra hoja que crujiera a su paso; los desnudos espinos y los arbustos permanecían tan inmóviles como las blancas y gastadas piedras desperdigadas por el camino. A ambos la-dos se extendían solo campos, yermos de ganado, y los pequeños pájaros de color castaño que de vez en cuando se posaban sobre el seto asemejaban hojas secas que habían olvidado caer.

¡Con qué belleza propagan estas palabras el ánimo del momento por la faz de la tierra!Esos son los detalles de un gran don literario. Volvemos a sus libros y algunas veces nos sorprende esta cualidad, otras veces aquella. Pero en todo momento somos conscientes de algo más elevado que este o aquel acierto y tal vez se trate de la cualidad que nos vincula a los libros, igual que a las personas: a saber, la cualidad  que  nace  de  la  mente  y  la  personalidad  del  escritor. Con sus limitaciones y su gran belleza, tanto la mente como la personalidad de Charlotte Brontë están estampadas en todas las páginas que escribió. No necesitamos conocer su historia ni haber subido la empinada colina ni oteado hacia la casa de piedra entre las lápidas para sentir su tremenda sinceridad y su coraje, para saber que amaba la libertad y la independencia y el esplendor de la naturaleza en estado salvaje, así como a los hombres y las mujeres que son, por encima de todo, apasionados y auténticos. Forman parte de ella tanto como su imaginación y su ingenio, y añaden a nuestra admiración por ella como escritora una especie de peculiar calidez del sentimiento que hace que, cuando surge la ocasión de rendirle homenaje, deseemos levantarnos y alabarla no solo como una escritora de gran genio y talento, sino también como un ser humano de inmensa nobleza.

VW