Entrevista

Literatura autobiográfica, un amor clandestino y la muerte de los padres según Mauro Libertella

Una fiesta durante una noche de verano, con ese aire un poco zombie que tiene Buenos Aires cuando hace calor, en esa década de comienzos de siglo que todavía no encontró su nombre. Ahí se cruzaron por primera vez el narrador de Un futuro anterior y Leticia, la chica con la que, a partir de ese encuentro, empezará a compartir la vida. Primero, un vínculo apasionado en la clandestinidad: por aquellos días él tenía una novia y Leticia era la novia de uno de sus amigos. Después hubo vaivenes, luego una nueva década los encontró como novios oficiales y, más adelante, la casa compartida y la llegada de la primera hija.

Con esas tres etapas bien marcadas, con nombres y apellidos, con fechas precisas, con zonas ensayísticas, con una escritura fluida, honesta hasta con sus contradicciones; con riesgo y, en definitiva, con material autobiográfico, Mauro Libertella armó su nuevo libro. Un intento por ir un poquito más allá, como repite el autor en diálogo con elDiarioAR.

Una forma incierta –arriesgada a la vez, atrapante– para un esquema tradicional. Porque la novela cuenta la historia de una pareja heterosexual de clase media que deambula por la ciudad desde mediados de los 2000. Hay un protagonista que escribe y tiene dudas sobre eso, que zigzaguea entre trabajos precarios, que ve cómo se derrumban algunas de las ideas y de los espacios que ocupaban las generaciones anteriores, que es hijo de y al mismo tiempo decide tener los suyos. Y, a la vez, Un futuro anterior es una apuesta por el desconcierto que implica relatar una temporalidad que no puede más que ser tramposa. Porque, ¿cuándo empieza lo que empieza (desde la propia obra literaria hasta una historia de amor)? ¿Cómo se gesta un presente compartido? ¿Y si lo que llamamos futuro viene de antes?

Arranco con una cita del libro, para llevarte a la primera pregunta: “Ahora sale todo de una manera incontenible, como un dique que estalla, como todo lo que estuvo reprimido durante mucho tiempo”. Es una escena en la que el narrador hace una especie de impasse con la chica con la que se estaba viendo en una especie de clandestinidad porque en ese momento era la novia de su amigo. ¿Cuál fue el dique que se rompió para que te lanzaras a contar esta historia?

Evidentemente durante mucho tiempo hubo en mi vida una especie de tabú, llamémosle, propio de cierto manto de oscuridad sobre muchas de las escenas que se narran al principio del libro, que son aquellos años de amor clandestino. Era un tema que yo estaba de algún modo negando. No me animaba a hablar de eso, sentía, tal como aparece en el libro, que había hecho algo muy reprobable o reprochable; que no había estado bien. Entonces decidí, de algún modo, cubrir todo eso. Era una resistencia medio absurda porque a la vez eso estaba todo el tiempo manifestándose de distintas maneras. Hasta que todas esas cosas empezaron a salir a flote de una forma cada vez más contundente. En ese momento me di cuenta de que tenía que escribir el libro, y dije ya está. Yo escribo siempre cosas más o menos autobiográficas, le doy bola a esos pequeños signos, que son de alguna manera, no sé, las razones finalmente por las que escribo. Cuando algo me empieza a pinchar digo bueno, este es el momento de meterme con esto. Entonces sí, cuando empecé a escribir el dique se rompió del todo y todas esas escenas que yo tenía un poco negadas, un poco escondidas o un poco olvidadas volvieron todas juntas con una claridad muy fuerte. Como si hubieran sucedido ayer. 

Dijiste “yo trabajo con cosas más o menos autobiográficas” y es curiosa esa forma en la que lo planteás, por un lado por tu propia obra, y también por la discusión que se da alrededor de este tema. Sobre qué es lo autobiográfico, qué es del yo, qué no es o hasta dónde es tuyo lo tuyo, cómo se narra la experiencia propia, cómo se puede definir qué es ficción o qué es una novela. Empecemos por esto ¿vos llamás novela a este libro?

En general le digo libro. No sé, siento como cierto pudor o tengo algún reparo en decirle novela, pero creo que puede ser porque todavía, tal vez un poco conservador, pienso que la novela es la vieja novela del siglo XX, la novela de ficción, con muchos personajes, incluso bien voluminosa. Este libro es como un objeto en algún sentido más contemporáneo porque, bueno, es más híbrido, aunque el híbrido exista hace mil años ¿no? En todo caso está un poco menos definido cuál es su género, cuáles son sus límites, si está entre la ficción y la realidad, entre la narración y el ensayo. Por esa razón me cuesta un poco decirle novela, pero finalmente es una novela porque, tiene narración, tiene incluso diálogos. Podría decir que es una novela autobiográfica. Así como hay novelas de ciencia ficción, novelas policiales, novelas de tesis, si querés, ésta es una novela de base autobiográfica. Yo me amparo a veces en una frase de Mario Levrero que dijo que hoy en día todo lo que esté entre una tapa y una contratapa es una novela. Se abrió tanto el género novela o el formato novela que ya es medio cualquier cosa, o a cualquier cosa le decimos novela. Así que más o menos me monto en eso. Creo que finalmente tiene la forma, tiene el tono de una novela, lo único que la podría poner en duda es el material autobiográfico. La pregunta es si la autobiografía genera novelas o genera algo que tendríamos que llamar de otro modo. Yo creo que hay novelas autobiográficas y ésta es una. Igual no es que me aferro religiosamente a la categoría novela. Si alguien quiere leerla de otro modo, me parece genial. Tuvimos el debate con los editores, ellos no querían ponerle novela en la contratapa. No me explicaron muy bien por qué pero me pareció que era importante. Pero finalmente decidimos entre todos ponerle novela porque también, no sé si lamentablemente o afortunadamente, hay que etiquetar los libros de algún modo también para que los libreros puedan ubicarlos en algún sector de las librerías. ¡Y ganó el que dijo que la palabra novela vende más que otras palabras así que pusimos novela! (risas). Cuando lleguen las regalías te digo si funcionó o no (risas).

Hablabas de la novela y del siglo XX y en tus libros anteriores –y también en el último– estás volviendo a esas escenas un poco entre siglos. De hecho en este libro hay un momento en el que señalás que la generación de tus padres tenía el Instituto Di Tella, ciertos bares, ciertos espacios. Y que a la tuya apenas le queda la sede de Puán (N. de la R.: donde funciona la carrera de Letras, de la Universidad de Buenos Aires) un poco destruida. ¿Pensás que tal vez el problema de ponerle un nombre a este libro puede tener que ver también con el material y con la época que retratás?

Puede ser que estemos en una época donde muchas de las categorías más o menos sólidas que armaban una especie de estructura teórica del mundo ya estén puestas todas en crisis. Entonces es difícil también hablar de objetos del presente con categorías que fueron importantes para los siglos anteriores, cuando sentimos que ahora ya todas esas grandes palabras se pusieron en duda porque ahora está todo más roto, más fragmentado, más disperso. Y, sí, puede ser que la novela sea una de esas categorías que entraron en crisis. Al mismo tiempo, no sé, la literatura todavía es de las pocas cosas que han atravesado los siglos de manera más o menos intacta, digamos. Siempre se augura un supuesto fin de la literatura, y ahí va, como resistiendo y resistiendo de una manera medio intocada. Un libro es un libro hace como 400 años y hoy un libro es más o menos lo mismo. Un cuento es más o menos un cuento, un ensayo es un ensayo, una novela es una novela. Y estamos todo el tiempo buscando ver si cambió, si no cambió. Y tal vez no tenemos que tenerle tanto miedo a usar las mismas palabras que usábamos para la literatura hace 200 años porque milagrosamente es como de lo poco que se mantuvo, incluso en esa incertidumbre. 

La novela autobiográfica tiene ya su tradición. ¿Pensaste en autores o en referencias puntuales a la hora de escribir este libro? 

Sí, es lo que más leo. A veces trato de leer otras cosas, por esto que dicen que está bueno leer cosas distintas para ampliar tu paleta de colores. Pero finalmente termino leyendo más o menos cosas parecidas a las que hago yo, porque por algo hago estas cosas. No sé qué es lo que me interesa de eso, pero soy bastante fanático. Y en los últimos años, creo que (Karl Ove) Knausgård y (Emmanuel) Carrère son las referencias más fuertes y no necesariamente me identifico con lo que hacen ellos, porque suelen publicar libros voluminosos, libros más totales, en algún sentido. Yo me siento más cercano al libro chiquito en general. Pienso en una autora como Annie Ernaux, la francesa que publica pequeños libritos autobiográficos de episodios de su vida. El caso de Knausgård es raro porque es alguien que todo el tiempo parece que nos está contando su vida y al mismo tiempo es imposible que esas diez mil páginas que son su saga de Mi lucha sean reales. Tiene escenas de 150 páginas de una fiesta donde están todos los diálogos en la cocina, en el living, en las habitaciones. En ese sentido lo veo como también más cercano a Philip Roth que todo el tiempo jugaba con el límite de qué es una autobiografía y qué no. Pero Philip Roth todavía estaba más cerca de la ficción, Knausgård creo que llevó ese juego con el límite un poco más a fondo, lo pone en duda de un modo todavía más radical que Philip Roth me parece. Porque Roth era parte todavía de un juego más del siglo XX, esto de bueno, el personaje soy yo. O no, este álter ego que encontré: ¿soy yo o no? Que es algo que también podemos ver en Ricardo Piglia con Emilio Renzi. Es un recurso muy de la época digamos, Paul Auster también lo hizo. Knausgård no te busca un álter ego, todo el tiempo te está diciendo bueno, esta es una saga autobiográfica de seis libros y sin embargo lo que hago es imposible que sea autobiográfico porque nadie puede tener una memoria total sobre los hechos de su vida. En ese sentido me gusta mucho más la apuesta de él porque me parece que pone en conflicto este pliegue entre qué es la autobiografía y qué no lo es. Lo mío me parece que es más clásico. Tengo todas esas referencias, es lo que leo, es lo que me interesa pensar, es lo que me gusta, y sin embargo después, a la hora de escribir, creo que soy más clásico. O, en todo caso, el relato tiene un límite más interno: yo mismo me pregunto hasta cuánto puedo contar las cosas y hasta cuánto no, pero ya más por preservar mi vida privada o mis relaciones actuales.

En ese sentido, hay una especie de arco entre tus libros. Porque a tu novela El invierno con mi generación podríamos vincularla con eso que mencionás de Philip Roth, y en este último la apuesta ya es más precisa: hay nombres y apellidos reales, hechos, lugares, fechas concretas. 

Sí, yo creo que en este libro di algunos pasitos más, son pasitos chiquitos ¿no? Pero bueno, un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad ¿no? (risas). Sí, por un lado tomé esta decisión de poner nombres reales, dedicar el libro a una de las personas (N. de la R: la novela está dedicada a la escritora Leticia Frenkel, pareja del autor). Después sí, decidí contar más cosas de las que yo hubiera pensado que me iba a animar a contar. Decidí también ir un poquito más allá en esa cosa entre narración y ensayo. Antes estaba mucho más contenida la parte ensayística, que es algo que me gusta, que me tira, es un deseo que tengo de escritura. Sin embargo antes decía no, tengo que narrar, tengo que narrar, me lo imponía, me repetía hay que narrar, hay que narrar porque hay que hacer novelas, porque si no después, no sé, los editores quieren novelas, la gente quiere novelas, hay que tratar de que haya una historia más definida. Y esta vez obviamente hay una historia definida, pero también me solté, hice toda esa segunda parte muy larga donde también me solté con el ensayo. Me di una serie de licencias, abrí ese dique que decíamos antes, a eso que se contiene o no se contiene.

Mencionaste a Carrère y una de las últimas polémicas literarias resonantes tuvo que ver con la salida de Yoga y el cruce de cartas y líos legales con su ex esposa, justamente vinculadas al tema de lo autobiográfico. ¿Estuviste viendo algo de esto, te resonó particularmente de alguna manera, o te sirvió a vos para entender algunas cosas de los propios límites de ese tipo de material?

Sí, me interesó, pero siempre sabiendo que la exposición mediática de Carrère obviamente es infinitamente más universal y contundente que la mía (risas). Entonces los problemas que él pueda llegar a tener con algo que escriba van a ser mucho más fuertes que los problemas que yo pueda tener con la gente que me rodea. Sin embargo es un debate que me interesa, me interpela, porque siempre que escribo pienso hasta qué punto puedo llegar a tener algún problema con la gente que está implicada en lo que yo estoy escribiendo. Ahí hay varios elementos. En este libro, sin ir más lejos, mi pareja, mi mujer está muy metida en la historia porque es nuestra historia. Entonces, lo que hice en este caso es pasarle al texto apenas lo terminé para ver si a ella le parecía bien, si había algo que sintiera que podía ser ofensivo o que no le gustaría que se hiciera público. Y a ella le pareció que estaba todo más o menos bien así que ese fue como un primer momento donde dije “ok, vamos bien, no va a pasar nada demasiado grave, no me voy a divorciar”. 

La demanda de los abogados no va a llegar.

Sí. Al mismo tiempo hay algo un poco tramposo en lo que yo hice porque acá ella es, si querés, la persona homenajeada del libro. Se trata de una relación que salió bien, entonces ella va a leer el libro y le va a parecer que está bueno. Si nosotros nos divorciarnos en el futuro de un modo escandaloso y yo escribo un libro, ¡ahí hay que ver si le gusta o no! (risas)

En vez de yoga te pones a hacer kung fu, por ejemplo, y empezás a escribir un libro sobre eso (risas).

Claro. Ahí no sé si le va a gustar mucho (risas). También habría que ver qué pasa si este libro en algún momento lo leen las personas que fueron quedando en el camino, el amigo que yo perdí o mi ex novia con la que yo estaba en el momento en que empecé a estar con mi pareja actual. En realidad el problema está ahí. Pero es gente con la que yo rompí contacto ya hace bastante, entonces tampoco tendría mucho sentido mandarles un original. Y, después, yo sigo siempre una especie de pequeña regla privada que tengo desde que empecé a escribir este tipo de cosas. Y es que si yo voy a hablar de personas que pasaron por mi vida, con las que conviví, con las que fui amigo, con las que fui pareja, o cualquier persona que haya estado cerca, y voy a poner algo de ellos en un libro, algo privado, algo íntimo, yo me tengo que exponer al mismo nivel. Me parece que es como una especie de pacto de honor. Porque si no es muy fácil hablar de los otros y protegerme yo. Entonces tengo siempre presente de un modo tácito o incluso inconsciente esa especie de vara para equilibrar los tantos. Digo, bueno, yo voy a exponer la vida de los otros porque es importante para lo que yo escribo y la vida de los otros también es importante para la constitución de mi vida que finalmente es también lo que estoy narrando. Pero voy a exponer mis miserias, mis miedos, mis bajezas en un mismo plano. Y creo que eso me funciona, al menos como para calmar la neurosis ética o moral.

Siempre se augura un supuesto fin de la literatura, y ahí va, como resistiendo y resistiendo de una manera medio intocada. Un libro es un libro hace como 400 años y hoy un libro es más o menos lo mismo

Entonces, neurosis mediante, ¿todo puede convertirse en relato? ¿Todo, finalmente, se puede contar?

Sí. Sí. Sí. Creo que si encontrás el tono, todo se puede contar. Yo creo que un poco la honestidad está en el tono y no tanto en los temas. Aunque estos son libros también de temas, obviamente, y los temas son pesados. Pero hay algo en el tono que es medio lo que te permite todo. Si vos encontrás un tono, un tono genuino, honesto, buena leche o hiriente, incluso, cuando tiene que serlo, pero por una razón que lo amerite, creo que ese tono te permite medio decirlo todo. No sé si es fácil o no, tal vez lo más difícil de encontrar sea el tono, pero yo creo que me amparo un poco en eso, en la voz que cuenta.

En Un futuro anterior aparecen dos personajes muy fuertes que son tus padres (los escritores Tamara Kamenszain y Héctor Libertella) y en esta historia no es menor que además se trate de escritores porque aparece en escena lo que ellos escribieron de vos en sus libros, en su propia obra, y a la vez vos luego hacés lo mismo con tu hija, hacia el final. ¿Cómo sucedió esto?

Sí, siempre que escribo están mis viejos. A veces están de un modo más deliberado, a veces de un modo más inconsciente, pero siempre están. Me parece que eso es una especie de fatalidad con la que voy a convivir durante toda mi vida. Y después está en mí cuánto seguir mencionándolos o cuánto seguir incorporándolos, aunque sea de manera temática en lo que escribo o si en algún momento va a ser suficiente, voy a decir basta, ya está. Yo creo que van a seguir apareciendo siempre porque es algo que me obsesiona a su modo y es constitutivo de mi escritura y obviamente de mi vida. En algún momento curiosamente del final de la vida y de la literatura de mi viejo y del final de la vida y de la literatura de mi madre se empezó a generar una especie de diálogo entre nuestros libros. O sea, cuando mi viejo murió yo todavía no había publicado nada, pero su último libro es una autobiografía. Él era un escritor hermético, muy difícil de leer, muy apuntalado por una serie de dogmas literarios de los años 70: formalismo duro, la vida privada tiene que estar fuera de la literatura porque es una vulgaridad total, la literatura es artificio y forma pura, la vida pertenece a los realistas, que es lo más burdo que puede existir, o a los vitalistas, o al realismo comprometido. Todas cosas que él despreciaba. Y, sin embargo, su último libro es una autobiografía que se llama La arquitectura del fantasma que es su libro más prístino, un libro muy divertido, muy hermoso, para mí su mejor libro, o el que más me gusta a mí. Y siempre me pregunté qué hubiera pasado si él hubiera vivido, no sé, diez, quince años más. ¿Eso que se abrió en esa autobiografía era una línea que se abría para él? ¿La hubiera seguido o fue como una anomalía total, una excepción, un libro único y hubiera vuelto después a escribir lo que él venía escribiendo? Bueno, obviamente no se va a poder saber nunca eso, pero ese libro quedó ahí, para mí quedó como una especie de mensaje que yo recogí.

Una especie de semilla. 

Claro. Como una antorcha que yo sentí que de algún modo él me pasaba. Es casi un poco esotérico esto pero me gustó leerlo así. De hecho ese fue el único libro que él me dio en estado original, digamos, el manuscrito antes de publicarlo. Y yo creo que él me lo dio porque él de algún modo intuía que ese era un libro de él que a mí sí podía interesarme de verdad. Cuando él me da ese manuscrito yo siento como que me da una literatura en algún sentido. Es como que me transfiere la literatura, me dice bueno, tomá, ahora la literatura es tuya, ahora seguilo vos. Se ve que él ya veía que a mí lo que me interesaba era más eso. Él murió en el 2006, quedó ese libro que, de hecho, es un libro póstumo, él no llegó a verlo porque se publicó días después de su muerte. Entre su muerte y la publicación de mi primer libro (N. de la R: se trata de Mi libro enterrado, donde el autor relata los últimos días de su padre y el vínculo que los unió) pasaron cuatro años. En ese tiempo estuve tratando de lidiar con el duelo y con todo el dolor de no tenerlo, pero también tratando de entender qué era lo que yo quería escribir y cuál era mi lugar en la tradición familiar literaria. Y ese libro, La arquitectura del fantasma, estuvo todo el tiempo ahí: es un libro que estoy arrastrando desde ese momento y creo que lo voy a arrastrar siempre y volvió a aparecer ahora. 

¿Y en el caso de tu madre?

Ella también venía de esa tradición de los años ‘70, pero siempre fue un poco más libre digamos, la suya no fue una literatura tan programática, pero venía de esa tradición y en los últimos diez años, diría, ella también se abrió a una literatura mucho más autobiográfica, de género mucho más híbrido.

A la vez una gran lectora de lo que producen los jóvenes.

Sí, empezó a leer a los jóvenes a full y eso de alguna manera la modernizó, la renovó un montón. Fue como una transfusión de sangre, de los jóvenes hacia ella. Ella puso el interés ahí y eso como que la rejuveneció incluso. Algo que también es impactante y duro porque también murió joven: era una persona de 74 años, pero muy joven físicamente, de actitud y también en sus lecturas. Yo por mi edad leía mucho de lo que se estaba publicando y entonces le pasaba a mi vieja todo el tiempo los libros que iban llegando, no sé, pienso ahora en Alejandro Zambra, ese tipo de literaturas que le gustaban. Así se dio el diálogo literario entre nosotros. Cuando escribí este libro apareció el libro de mi viejo y aparecieron los de ella. Creo que ahora ya es como una red medio irrompible: Cuando yo escribo están esos libros de ellos y se van actualizando a medida que yo voy escribiendo libros nuevos. Me gusta eso, no sé, es como que esos libros de ellos no quedaron estancados y vuelven como a reescribirse a medida que yo vuelvo a mencionarlos o vuelvo a encontrar en un libro de ellos una referencia o a mi vida o a mi escritura. Es muy linda esa red.

Siempre que escribo están mis viejos. A veces están de un modo más deliberado, a veces de un modo más inconsciente, pero siempre están. Me parece que eso es una especie de fatalidad con la que voy a convivir durante toda mi vida

¿Tu madre llegó a leer algo de este libro?

Sí, lo leyó. Y, me da un poco de vergüenza decirlo, pero me dijo como que le parecía mi mejor libro. Y puede tener también que ver con lo de haber llevado un poquito más lejos algunas cosas. Ella siempre me decía que había que ir a fondo. Siempre detectaba cuando uno no había ido a fondo en un texto. Decía acá tuviste miedo o acá no te estás animando a decir todo lo que tenés que decir. Te empujaba un poco a veces al abismo, ¡después los quilombos los tengo yo! (risas). En este libro me marcó muchas cosas formales, sobre todo esto de los puentes entre las partes que lo componen, pero después me dijo que había encontrado algo que antes no estaba. Me pasa que a todos les gusta Mi libro enterrado. Ella trataba de sacarme de ahí, me decía que ese libro está bueno, pero que a ella le gustaban los otros.

Y me lo decía un poco para sacarme el peso de ese libro, al que le fue muy bien, y también porque ella consideraba que el tema de la muerte del padre es como un hit un poco fácil, en algún sentido. Después está lo que hacés con eso ¿no? A ella le pasó que uno de sus libros más hiteros o que a la gente más le gustaba era un libro sobre madre, que es un gran libro, pero que a ella la tenía un poco harta. ¡A la gente le gusta la muerte de los padres! (risas).

Es un buen título ese.

Sí (risas). Pero bueno, ella insistía en que le gustaban mis otros libros, decía que había hecho algo con otras cosas.  

En este sentido, en esto de no tener cierta contención y volviendo al dique, ¿no tuviste miedo de abrir una vena demasiado sentimental? Porque, sobre todo en la zona de ensayo, hablás de las parejas, de qué es una pareja y demás.

Sí, es todo un tema ese. Es complicado el límite. Bueno, ahí está Alejandro Zambra, por ejemplo, que es alguien de quien yo soy muy fan. Y Zambra es un autor completamente sentimental que incluso bordea lo cursi. A él lo salva un poco el humor, me parece. Como que siempre tiene humor, generalmente se está riendo de sí mismo, de los personajes. El humor es el anticuerpo. En mi caso no sé cuál es, si es que hay algún anticuerpo que me salve de la cursilería. Pero bueno, sí, me gusta la sentimentalidad, la llevo y voy también tanteando a ver cuál es el límite.

En algún momento curiosamente del final de la vida y de la literatura de mi viejo y del final de la vida y de la literatura de mi madre se empezó a generar una especie de diálogo entre nuestros libros

En este último tiempo, además, pasaste a formar parte de la editorial independiente Vinilo, con Joana D'Alessio como directora y vos como editor de libros de no ficción breves. ¿Cómo te ves en el rol de editor y en este género?

Estoy tratando de encontrarle la vuelta a mi rol. Cuando Joana, que es la directora, me dijo che, estoy armando una editorial de libros chiquititos como de no ficción tampoco ella tenía muy en claro a qué le llamaba no ficción, del mismo modo que no tenemos muy claro a qué llamarle novela hoy en día porque, bueno, ¿una autobiografía chiquitita es novela o es no ficción? Qué sé yo, en ese límite estábamos. Ella no lo tenía muy claro, yo tampoco y eso me gustó porque sentí que había más posibilidades de hacer cosas. Pero yo nunca había trabajado en una editorial, tampoco sabía qué tipo de trabajo tenía que hacer y fue un poco arrancar y ver qué va pasando en el camino. Por ahora, lo más difícil para mí es decir que no a algunos autores que mandan cosas. Y también estoy viendo, una vez que empezamos a trabajar con algún libro, hasta dónde meterme y hasta dónde no, cuándo hacer una sugerencia, cuándo hacer una recomendación enfática. Porque ahí es como que me siento un poco de los dos lados del mostrador digamos. Porque pasa que a veces un editor te hace un comentario y vos decís che, pero esto es constitutivo de mi escritura. Me puede salir mal o bien, pero yo creo que el editor tiene que marcarte lo que te salió mal dentro de lo que vos hacés, no querer llevarte a que seas otro tipo de escritor. Trato de hacer eso como editor aunque es muy difícil. Tenés que estar muy concentrado, es un laburo de intuición, casi de clarividencia. Para usar un término psicoanalítico, tenés que ver el fantasma, tenés que ver el fantasma en el texto ajeno. Y a veces sale y a veces no. Pero bueno, finalmente el laburo del editor es leer.

A la vez, también trabajás como crítico cultural, como periodista.

Sí, tengo muchos trabajos como muchos de nosotros en esta época. Esta es la época de la precariedad laboral y en estos rubros es un poco así. Así que alterno un poco entre el periodismo cultural, llamémosle, y también a la palabra periodista la pongo entre comillas.

¿Y a cultural no?

Y a cultural también (risas). ¡Pongamos todo entre comillas! Es que para mí periodista siempre fue el que está haciendo una investigación que puede llegar a incidir en algo de la realidad. Me quedó esa concepción, volviendo también a las viejas concepciones del siglo XX. A reseñar libros tal vez la palabra periodismo le queda grande. Pero, al mismo tiempo, trabajo en diarios enormes hace 15 años. En los papeles, en los formularios pongo periodista. 

¿No ponés escritor?

Escritor nunca. Me da vergüenza. No sé, siento como ¡ah, escritor, pará, quién sos! (risas) La siento como una categoría muy rimbombante. Eso es algo que Martín Kohan siempre menciona: cómo en la sociedad la palabra escritor tiene un prestigio, esa idea rayana con lo solemne. Algo que, como marca él, después no se traduce en dinero, en nada, es sólo como una reverencia. Yo lo veía ya con mis viejos, tengo un recuerdo de esos muy precisos y muy raros. Estaba en primero o segundo grado, entrando al colegio y apareció no sé si la directora o alguien que andaba por ahí y dijo él es el hijo de escritores, viste. Y me quedó eso, porque por primera vez pensé mirá, mis padres hacen algo que ocasiona que genera una reverencia social. Y creo que no uso la palabra escritor justamente por eso. Porque me parece que el término socialmente tiene ese lugar que después va en contra de la escritura.

AL