Entrevista

Mariana Enríquez: “Mis estudiantes de periodismo se deprimen por no tener clics y no hay nada que decirles”

La escritora y periodista Mariana Enríquez, en la redacción de elDiario.es

Laura García Higueras

Madrid/España —

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El miedo es un elemento constante dentro de la literatura de Mariana Enríquez. Sus libros Los peligros de fumar en la cama (2017), Nuestra parte de noche (2019) y Alguien camina sobre su tumba (2021) son una clara muestra de ello. Su autora es una ferviente defensora de esta sensación por lo estrechamente relacionada que está con nuestro instinto y capacidad de supervivencia. “También por cómo en el terror somos capaces de conversar desde un punto de vista más liviano”, apunta a este periódico. Eso sí, aunque poner nombre a los temores sea una experiencia liberadora, no lleva implícito erradicarlos.

La traductora que pide audios a sus autores: “Es para tener su voz en la cabeza”

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La propia autora también los tiene y varios de ellos están recogidos en El otro lado (Anagrama en España y Ediciones UDP; en Chile), volumen editado por Leila Guerriero que reúne toda su obra periodística desde que comenzara su carrera a finales de los noventa. Un ejemplar que tener en cuenta como manual de quienes quieran dedicarse a esta profesión. “Mis estudiantes de periodismo se deprimen por no tener clics y no hay nada que decirles”, comparte antes de reconocer que lo que más miedo le da de la “compleja” situación a la que se enfrenta ahora el oficio son “las noticias falsas”. “Me preocupa la no distinción entre el periodismo hecho de calidad y el mercenario”, apunta en esta entrevista realizada en España.

La recopilación de sus artículos funciona como si de una obra pictórica se tratara, aunando brochazos de diferentes temáticas, tonos e inquietudes. Hay trazos sobre sus ídolos y fetiches dentro del ámbito de la literatura y la música, piezas de sus inicios como escritora y columnas muy personales. Enríquez dibuja estas últimas con un inteligente sentido del humor que le permite “desdramatizar cosas serias, exorcizarlas y no tomarme a mí misma todo el tiempo tan en serio. No hacerlo abre un poco la discusión. Es una estrategia, sobre todo periodística, de diálogo”. El resultado es un retablo de la palabra que no deja indiferente por lo firmes y eficientes que son las valiosas pinceladas con las que recorre más de dos décadas de trayectoria registrando la historia del momento.

El otro lado incluye textos en los que narra episodios de su vida sobre drogas, alcohol, relaciones sexuales y sentimentales. ¿No le da reparo compartirse?

Sí. A nivel literario en general no lo hago. Lo más cerca que estuve fue en Alguien camina sobre tu tumba. En mi ficción hay un montón de cosas que tienen que ver con lo autobiográfico, pero están tan mezcladas y metidas en el género que nunca queda claro qué pasó y qué no. A veces lo que parece más real es lo inventado. Me gusta más eso que contar en primera persona, pero cuando empecé a hacerlo intuitivamente por ese pudor, utilicé el humor como forma de tomar distancia.

Por eso la mayoría de columnas son en ese tono. Pueden tratar temas terribles como la relación con el cuerpo o la cuestión de la mirada masculina en la calle. Cosas muy serias y pesadas sobre las que prefiero usar el humor para desdramatizarlas y vivirlas sin sufrimiento; como una manera de aceptarlas, exorcizarlas y no tomarme a mí misma todo el tiempo tan en serio, porque a veces llega a ser un problema. No hacerlo abre un poco la discusión. Es una estrategia, sobre todo periodística, de diálogo.

El miedo está muy presente en su ficción. Se suele asociar a algo negativo, pero en sus textos está en un lugar capaz de motivar reacciones positivas. ¿Siempre lo ha concebido así?

El miedo es una emoción que todos sentimos todo el tiempo, desde hacia cosas cotidianas a globales del tipo qué pasaría si nos quedáramos sin energía eléctrica. Abarca desde los temores reales a los fantasmas. No es una sensación mala en cuanto a su componente de advertencia, que es necesaria para la supervivencia. Vivo en un país donde la incertidumbre se mezcla mucho con el miedo. No me atrevo a dejar un trabajo aunque pueda, porque estoy acostumbrada a que si en Argentina no tienes empleo, vas a caer en la miseria y morirás. Todo es muy vertiginoso en cuanto a la cuestión política y económica.

Igual que con el humor, también me gusta cómo en el terror somos capaces de conversar de cosas terribles desde un punto más liviano por lo que implica ponerlo en palabras. El trauma es una interrupción en tu vida, te paraliza, pero nombrarlo ayuda. Esa es la función del miedo en la vida, ayudarte a aliviar esos nudos que van a seguir existiendo.

¿Qué relación debe haber entre el miedo y el periodismo?

El periodismo está en un momento muy complejo. Contrarrestar las noticias falsas me da mucho más miedo que advertir sobre cosas que tienen que darlo. Me da pánico ver una noticia y decir “esto es mentira y está en un medio”. Que puede que no sea prestigioso ni que todo el mundo lo conozca, pero no todo el mundo sabe distinguirlo. Hay mucha gente que porque algo esté posicionado en un lugar alto en un buscador entra y se lo cree. Llega un momento en el que toda la información empieza a tener el mismo nivel.

Este tema me preocupa mucho porque sé cómo el periodismo puede contrarrestarlo internamente, pero no cómo conseguir llegar al lector y advertirle de quién está haciendo su trabajo y quién no. Esto sí que me desvela. Enseño periodismo narrativo y veo a los chicos que están empezando que se deprimen porque sus noticias no tienen clics y no hay nada que decirles. Este mundo es así ahora. Me da miedo esta especie de no distinción entre el periodismo hecho con calidad y el periodismo mercenario.

Me da miedo la no distinción entre el periodismo hecho con calidad y el mercenario

Mariana Enríquez

En muy poco tiempo hemos pasado a vivir en la dictadura de que por muy bien que hayas hecho un tema si luego no se lee...

Desaparece. Y si es un tema importante, ¿qué hacemos? El problema no está tanto en el tema a difundir y cómo hacerlo, sino que llegue. Hay un montón de instancias muy rápidas a las que hay que adaptarse. Como que la gente haga clic o que tu jefe diga “no importa que no se lea mucho, vamos a seguir adelante porque esto interesa”.

¿En qué medida han afectado las redes sociales? ¿Qué importancia le da a las suyas?

Trato de no hacer periodismo en redes. No puedo contarte algo en 140 caracteres o un hilo. Hay mucho ruido. Esta distorsión de realidad me ayuda a escribir terror, ese no saber si estás viviendo en un simulacro. Dónde termina la verdad y dónde la mentira. Pero para el periodismo me preocupa mucho.

En uno de los artículos lamenta que “a los escritores se les pide que tengan opiniones, como si trabajar con la palabra conllevara algún tipo de sabiduría”. ¿Cómo lleva las entrevistas?

Cuando no sé sobre algo, lo digo. En algún momento sí contesté cualquier cosa para no quedar como grosera. Luego me daba vergüenza leerme decir cosas básicas como “la guerra está mal”. Hay que destrabar esta concepción elitista de la literatura de pensar que un escritor es una persona necesariamente curiosa y que va a tener una opinión formada. Los hay que son intelectuales públicos con especial interés por la difusión, pero otros no.

Como periodista cultural, ¿piensa que somos una figura necesaria?

Podría estar más valorado sobre todo en cuanto al trabajo que implica, porque da la sensación de que el periodista que entrevista a políticos trabaja más. Y el cultural se pasa el día leyendo tres libros, escribiendo, entrevistando. O viéndose cinco películas de un director antes de hablar con él. Hay un montón de trabajo detrás. También falta valoración porque parece que lo que hacemos es fácil y divertido. Y no siempre.

Cuando empecé hice mucho periodismo social hasta que escribiendo reportajes y crónicas sobre gente que vivía en la calle, me di cuenta de que al contar su historia no estaba ayudándoles a ellos, sino a mí a posicionarme con textos bien escritos sobre temas que llamaban la atención. En ese momento, siendo además muy joven, sentía una cosa un poco culposa y no le veía la función. Después con los años sí entendí que el periodismo es la historia del momento y está bien que eso quede registrado.

Está la “tentación” de creer que escribiendo según qué temas vamos a cambiarle la vida a alguien. ¿Cómo se da cuenta de que no?

Si tu función fuera cambiar la vida de la gente serías activista, política, asistente social. En el periodismo no, se dan a conocer situaciones para que después intervengan actores sociales que sí pueden ayudar. La función es de mediador. En ese momento me costó hacer la transición de una cosa a otra.

Como mujer, periodista y escritora, ¿ha notado diferencias en cuanto a trato desde que empezó a trabajar?

Mucha. Ha habido un cambio importantísimo sobre todo en una cuestión de paridad y de respeto como escritora. Cuando saqué mi primera novela mi recibimiento en la redacción fue que un periodista me dijera: “La ha escrito tu editor, ¿no?”. No sufrí abuso físico, fui un caso excepcional, pero sí había gente arrogante que te decía estas cosas. Cuando me tradujeron mi primer libro hubo otro compañero que me preguntó por qué a mí me traducían y a él no.

Mi relación con el periodismo fue muy compleja al principio porque nadie quería hablar de literatura, me decían que por qué siendo tan joven sabía tanto de drogas y de sexo. Ahora no se atreverían tanto a preguntar eso. Como periodista me pasaba mucho que como era la chica joven y podía hacer cualquier cosa, me mandaban exactamente a eso. A hacer cualquier cosa mientras los jefes se quedaban con los temas importantes. Si venía a tocar David Bowie me daban una entrada, pero ni cubría el show ni le entrevistaba. Ahora hay otras agresiones y micromachismos, pero el desprecio ha cambiado. Puede haber suspicacia, pero no el ponerte directamente en el rincón, ser la última opción y no creer que seas capaz de hacer cosas.

Mi relación con el periodismo fue muy compleja al principio porque nadie quería hablar de literatura, me decían que por qué siendo tan joven sabía tanto de drogas y de sexo

Mariana Enríquez

En otro artículo afirma que no le gusta la autoficción ni la literatura del yo, algo que se ha convertido en tendencia en los últimos años, especialmente en obras escritas por mujeres. ¿De qué es señal?

No me gusta por una cuestión personal, igual que detesto a The Beatles. Annie Ernaux ha ganado el premio Nobel y me parece una escritura absolutamente extraordinaria porque la forma que tiene de contar en autoficción su vida es muy particular. En El acontecimiento, además de hablar de su aborto, refleja una época de Francia en la que todavía era ilegal. No me gusta la autoficción cerrada que no cuenta las influencias externas. De eso hay muchísimo y al yo lo constituye lo social y lo que está alrededor. Es muy burgués hablar solamente de tu experiencia y nada más, como si fuese la de todo el mundo. Me preocupa que una mujer no pueda hablar de dragones o de las guerras del medievo.

Sí me interesa la literatura del yo que jerarquizó temas realmente importantes que estaban ninguneados. Que esperen de mí que solo hable de esas cosas me preocupa porque, ¿qué pasa si no tengo nada que decir? Y si nunca aborté ni soy madre, ¿qué voy a hacer? ¿Escribir un libro sobre por qué no quise tener hijos? No tengo ganas. Es una mirada del afuera que dice que usted como mujer tiene que hablar de su útero. No es una imposición explícita, es sutil pero acabas viendo que hay 80 libros de autoras contando sus penurias que tienen que ver con el cuerpo, su marido y la violencia; y que los que hay sobre otros temas son menos.

La verdadera igualdad en términos de producción artística está en que haya espacio para las mujeres que tienen otros intereses. No me preocupa en mis textos, a veces escribo sobre temas de agenda. Pero si escribo sobre anorexia, lo hago con una mujer que se enamora de una calavera, que siente una atracción terrible por cómo quiere parecerse a ella. Es una especie de espejo porque ella quiere ser así de delgada. Esa es mi manera de abordar el tema, no si yo tuve o no trastornos de alimentación, cuántas veces vomité o si me metí los dedos.

No es la conversación que quiero tener. No porque me dé vergüenza ni pudor, sino porque en mi escritura prefiero la metaforización. Me parece más interesante para abrir el diálogo que el “yo, yo yo” y “esto me pasó a mí”. La experiencia sola no sirve, hay que tener literatura sobre esa experiencia. Los que lo hacen así me interesan muchísimo. Los que lo hacen como catarsis, vómito y querer contarte lo que les pasa, bastante menos o nada.

LGH

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