El SOS desesperado de los tablaos en Madrid: si desaparecen muere el flamenco

Espectáculo en el Corral de la Morería.

David López Canales

elDiario.es —

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Hubo una época en Madrid, la de los años sesenta y setenta, en la que los tablaos flamencos eran casi lugares mitológicos. En ellos se sabía cuándo se entraba pero no cuándo se salía. Por sus escenarios circulaban los artistas que luego se convertirían en los grandes maestros del flamenco. En el Corral de la Morería bailaba Antonio Gades. En Caripén se montaba sus fiestas su dueña, Lola Flores. En Torres Bermejas cantaba Camarón y allí conoció a Paco de Lucía. En el Café de Chinitas tocaba cada noche Víctor Monge Serranito Y en sus mesas bebían, debatían y se divertían estrellas de Hollywood de paso por Madrid, aristócratas, empresarios, artistas, intelectuales o noctívagos irredentos. Un tiempo “único”, como lo recuerda el guitarrista Pepe Habichuela, “último mohicano”, como le dicen bromistas en su familia, de una generación irrepetible del flamenco. “Aquello era más legal, más elegante”, lo ensalza. “Ahora se ha agrandado mucho el mundo y hay mucho ruido”.

Pero no sólo se agrandó el mundo. También se redujeron los tablaos. Durante décadas fueron cerrando muchos de ellos y hasta antes de la pandemia quedaban 22 abiertos en Madrid, a los que acudían un millón de turistas cada año. Hoy, de esos 22 cerraron seis; el último, el Villa Rosa, el más antiguo de Madrid, en la plaza de Santa Ana. Abierto en 1911, fue de todo durante más de un siglo, desde freiduría, discoteca o tablao hasta terminar echando el cierre definitivo por la crisis. Entre la media docena cerrados, el primero en caer, y con más estruendo, fue Casa Patas, lugar emblemático porque si por su tablao no paraban de pasar turistas, por su bar no cesaban de dejarse caer los artistas flamencos en noches de cante y juerga que se estiraban como chicles.

Es una situación alarmante. Si desaparecen los tablaos el flamenco colapsa, porque dan trabajo en España al noventa por ciento de los artistas. Y no sólo colapsa el flamenco, sino que corre riesgo de desaparecer un patrimonio cultural único y una parte de la identidad cultural de los españoles. A ver cómo explicamos entonces al mundo que las administraciones han dejado morir el flamenco...”, se lamenta Juan Manuel del Rey, gerente del Corral de la Morería y presidente de la Asociación Nacional de Tablaos flamencos. Del Rey y sus compañeros llevan un año embarcados en una larga lucha por resistir la crisis, con los locales cerrados, pero también por conseguir un apoyo de las instituciones que hasta ahora ha sido, como se queja, “insuficiente”. 

Los tablaos son clave para comprender la historia reciente del flamenco. Hasta que comenzaron a abrir a finales de los años cincuenta -Zambra y el Corral fueron los primeros que lo hicieron en Madrid-, los artistas malvivían. Con los tablaos se empezó a profesionalizar el flamenco: tenían sueldo, actuaciones fijas y no se dependía de los trabajos esporádicos que salieran y de cantar en las ventas a los señoritos. Porque lo de los señoritos no es sólo cosa del sur, no distingue de mapas, sino de la vida. La estabilidad que dieron permitió a los artistas vivir de su arte y eso, como ensalza Del Rey, “ayudó a evolucionar el flamenco y a que se compartieran conocimientos”. “Los tablaos fueron, y son, las universidades del flamenco”. Si desaparecen, ahogados por los aforos reducidos y la ausencia de turistas, esa mayoría de artistas flamencos se quedarán sin trabajo, el flamenco sin escenarios y este arte tan complejo y único, tan especial, volverá a recluirse en las casas de las familias flamencas y gitanas, de donde salió, inaccesible para el público.

Durante meses los dueños de los tablaos trataron de transmitir esa idea a las administraciones. Cuenta Del Rey que en Madrid tanto el Ayuntamiento como la Comunidad los recibieron con “bastante agilidad”, pero que las ayudas ofrecidas fueron insuficientes. El riesgo de que un tablao desaparezca por la crisis de la pandemia no es solo el cierre inmediato, sino, la complicación de que pueda abrir más tarde otro nuevo. Los tablaos disponen de una licencia de restaurante con espectáculo y este tipo de permisos, que aceptan unos niveles de ruido más elevados, apenas se consiguen en el centro de Madrid. 

Peor fue hasta ahora la relación con el Ministerio de Cultura. Durante meses pidieron por teléfono y cartas una reunión con el ministro que se les negaba. En diciembre el Ministerio anunció, dentro de un paquete más amplio de subvenciones, ayudas a los tablaos. Fueron 185.000 euros para solo seis proyectos. Aquel mes los representantes de los tablaos y los artistas se quejaron frente al Ministerio. Finalmente, tres meses más de espera después, se la concedieron la semana pasada, aunque no asistió el ministro, José Manuel Rodríguez. Entre otras medidas, reclaman algunas de carácter puramente simbólico para reconocer la importancia cultural de los tablaos. 

Hoy no poseen ningún tipo de reconocimiento oficial. Tampoco lo tienen, en otras ciudades que podrían ser equivalentes del flamenco y los tablaos de Madrid, las casas de fado en Lisboa ni los clubes de jazz en Nueva Orleans, aunque en ambos casos se trabaja por conseguir también un mayor reconocimiento de estos locales, como confirman a este periódico desde ambas ciudades. En el caso de la ciudad estadounidense se quiere usar como referencia el novedoso programa ‘Legacy Business’ implantado en San Francisco, que reconoce, protege y ayuda a los negocios que tienen una implantación histórica y un valor cultural en la ciudad.

Los tablaos españoles reclaman hoy a las instituciones 19 millones de euros de ayudas. Es la cantidad que han calculado que necesitan el cerca de centenar de tablaos que quedan en España para capear este año de crisis y poder pagar los costos fijos que tienen. Después, como dice Del Rey, “ya nos las arreglaremos nosotros mismos, como siempre hemos hecho porque nunca hemos tenido ningún tipo de ayuda”. La respuesta del Ministerio, de momento, fue una promesa de evaluar la situación y un anuncio de que volverán a reunirse.

Cardamomo, en el barrio de Huertas, anunció que cerraba la primavera pasada. La pandemia no dejaba otra opción. En noviembre, sin embargo, volvió a abrir. Es uno de los pocos tablaos que hoy intenta seguir el célebre dicho de que el show siempre debe continuar. Como dicen allí, estar cerrados los “asfixiaba”. Decidieron abrir como un “acto de fe y de lucha”. Hoy lo hacen los fines de semana y los festivos solamente y con un aforo reducido a 45 personas, menos de la mitad. Pero descubrieron que, frente a la ausencia de público extranjero, llenó la sala el de Madrid. “Hemos tenido una acogida tremenda. Como el público madrileño ahora no tiene nada que hacer, muchos a los que nunca se les había ocurrido ir a un tablao lo están probando”, cuentan. Para atraer a ese público hicieron, además, una oferta del 40 por ciento, con entradas a 25 euros.

Esa es una de las grandes diferencias con aquella época dorada de los tablaos de los sesenta, cuando Madrid era un hervidero de locales flamencos. El público entonces era mayoritariamente español. Con los años y la llegada del turismo extranjero se volteó la situación y hoy en todos los tablaos la mayoría de los asistentes, entre siete y ocho de dada diez, son turistas de fuera. Los tablaos tienen, además, precios que rondan los 40 euros la entrada. Se han quedado como locales y espectáculos para “guiris” (turistas extranjeros). Y no sólo para “guiris”, sino para “guiris” que pueden pagarlo.

“¿Y el Museo del Prado?”, pregunta Del Rey sin esperar respuesta. “Allí el 80 por ciento de los visitantes son extranjeros. Con los tablaos sucede algo parecido. El público internacional quiere disfrutar lo que no tiene en su país y en el caso de España es el patrimonio cultural . Y eso significa, entre otras cosas, el Prado y los tablaos. De hecho, sin ese público internacional el flamenco no sería lo que es”, destaca.

El flamenco, considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2010, sigue siendo un referente de España, aunque su peso como tal se ha diluido durante los últimos años. Como evidencian los estudios que periódicamente realiza el Instituto Elcano sobre la imagen de España en el extranjero, el fútbol y los toros continúan en los primeros puestos de conceptos relacionados directamente con el país, seguidos por el sol y ciudades como Barcelona, Madrid o Sevilla. Pero el flamenco, dicen los informes, “ha perdido completamente su preeminencia”. Al menos en los países más cercanos. Sigue teniéndola en los más lejanos, como Japón, Turquía o Chile, por citar tres de los que continúan mencionado el flamenco como referente español.

“Estamos hablando de espectáculos en los que hay hasta diez artistas trabajando y para un púbico muy reducido. Por eso tiene esas tarifas. Y porque, además, en los tablaos no hay ningún tipo de ayuda pública que permita rebajar el precio de las entradas, como sucede en teatros y festivales”, justifica. Ese es uno de los puntos más polémicos de la realidad de los tablaos. No los precios en sí, sino el hecho de que a pesar de ser negocios que funcionaron hasta la pandemia, muchos artistas se quejan del trato que reciben en algunos de ellos. Lo hacen anónimamente. No quieren que sus nombres aparezcan en un artículo porque temen posibles castigos cuando se recupere la normalidad. Pero la mayoría coinciden: ninguna estabilidad, sueldos precarios y pagos sin cotizar que provocaron que ahora muchos artistas no puedan siquiera tratar de acceder a ayudas para aguantar los largos meses de sequía.

Del Rey, como represente del sector, lo defiende. “En todos los sectores siempre hay alguien que puede hacerlo mal, pero no se puede criminalizar a todos por esos casos. Que me digan que tablao explota a los artistas y no paga impuestos y yo mismo le enviaré una inspección de trabajo, porque, además, nos está haciendo competencia desleal al resto”, afirma rotundo. 

El futuro de esos artistas está estrechamente ligado al de los tablaos. “Si salvamos los tablaos, podrán tener trabajo al menos durante los próximos cincuenta años”. Del Rey cuenta que él aprendió de su padre, Manuel del Rey, el empresario que abrió el Corral de la Morería en los años cincuenta. “Tener a los artistas felices” es una de las prioridades para un tablao. “Si lo están actuarán a gusto, darán el 200 por cien y todos, desde ellos a los empresarios y, por supuesto, el púbico, saldremos ganando”.

Su Corral de la Morería es uno de los locales de leyenda de ese Madrid dorado y casi extinguido del flamenco. Por allí pasaba desde el príncipe Juan Carlos a Ava Gardner, premios Nobel y actores y escritores que en pleno franquismo debatían de política a ritmo de zapateado, espoleados por el alcohol y los rasgueos de las guitarras. Todo aquello lo vivió en primera persona Blanca del Rey, bailaora y esposa del dueño, hoy viuda y alma del Corral. Al otro lado del teléfono su voz suena triste pero combativa. Nunca había estado su Corral cerrado tanto tiempo. Y nunca había sentido su flamenco tan en peligro. “¿Sabes lo que más me duele de todo esto y lo estoy viendo cada día más claro? Que me voy a morir con el pesar de no a ver el flamenco reconocido en España como merece. Toda la vida ha sido así y toda la vida he pensado que cambiaría. Pero no lo hace”.

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