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El campeón está

Walter

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Hechas las sumas y las restas, incluido en el inventario la presumible y palpable debilidad del oponente, la pregunta del millón fue respondida con creces: la Selección Argentina que reina en América goza de buena salud, consistencia y persistencia.

Sin brillos, conste, acaso entre otras cosas porque los brillos no le representan una marca registrada y tampoco la ocasión los exigía, pero sin casilleros de verdes faltantes o carentes de nitidez.

Bastará con examinar la historia de los Argentina-Venezuela del siglo en curso para tomar nota de que no siempre los tres goles de hipotética ventaja conjetural fueron rubricados en el juego y en la red.

Ni hablar en Caracas, que sin tener ínfulas de Wembley o Maracaná en más de una ocasión se convirtió en un escenario incómodo, cuando no desdichado.

Desandemos el camino que va de lo complejo a lo sencillo y examinemos las tres preguntas esenciales que formulaba el partido del jueves:

¿Sería la Selección capaz de plantarse en la cancha inspirada en su talla, en su venturoso presente y en sus expectativas promisorias?

¿Sería capaz de establecer un dominio territorial, conceptual, estructural y fáctico?

En definitiva, ¿tomaría las cosas donde las había dejado el 10 de julio en la final de la Copa América?

Pues bien: el potencial fue un real que salvo algunos tramos de marea baja o mera regulación se plasmó con meridiana claridad y desde cierta perspectiva en un grado superior al alcanzado hace casi dos meses.

Una Selección, por imperativo de sus nombres propios y más allá de los nombres propios (de paso: la nómina virtuosa se amplía, baste como botón de muestra la contribución de los Correa, Joaquín y Ángel), de versión renovada en la secuencia de pases, en la circulación, en la paciencia y en la eficacia.

¿Venezuela es floja? Claro. ¿Venezuela es más floja aún forzada a jugar 58 minutos diez contra once? También.

Pero así como es prudente pasar de largo del tentador jardín de las grandilocuencias, no sería justo dar por descontado aquello que nada tuvo de descontado y que hubo de ser refrendado en clave de una célebre premisa turfística: en la cancha se ven los pingos.

Y en la cancha, ahí donde era menester rendir uno de los tres exámenes de estos días con proa a un Mundial que empieza a perfilarse en el horizonte, la Selección supo apoyar una mano sobre la mesa y decir "aquí estoy".

Una Selección, de techo por verse, sí, pero con un piso alto que, sea enfatizado ya mismo, salvo una catástrofe no estará cuestionado el domingo en la Arena de San Pablo.

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