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El fútbol como herramienta ante la desigualdad

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Por Maia Moreira, presidenta del Departamento de Relaciones Institucionales, coordinadora del Departamento de Género y Diversidad y miembro de la Subcomisión de Derechos Humanos de Lanús.

Para hablar de igualdad de condiciones en el fútbol debemos tener en claro que este deporte -como la sociedad toda- está fundado en el patriarcado y que tal vez sea su último bastión.

Las desigualdades estructurales pueden verse reflejadas en diversos aspectos. ¿Por ejemplo? No hay ningún club del fútbol argentino en el que mujeres y diversidades ocupen más del 15% de los cargos de Comisión Directiva.

Las desigualdades estructurales pueden describirse de muchas maneras. ¿Por ejemplo? No hay ningún club del fútbol argentino en el que mujeres y diversidades representen más del 40% de la masa societaria.

Las desigualdades estructurales pueden detallarse de muchas maneras. ¿Por ejemplo? No hay ningún club del fútbol argentino en el que el presupuesto destinado al fútbol femenino no sea menos de 100 veces menor que el presupuesto destinado al fútbol masculino.

Las desigualdades estructurales son eso: las manifestaciones potenciadas de violencia machista en una sociedad cimentada sobre la violencia machista. Las expresiones potenciadas de las diferencias padecidas por las mujeres y el resto de las identidades feminizadas en una sociedad edificada sobre las diferencias padecidas por las mujeres y el resto de las identidades feminizadas. El fútbol como espacio privilegiado para la reproducción de la dominación patriarcal en una sociedad construida a partir de la dominación patriarcal.

¿Por qué enfocarse en el fútbol? Porque el fútbol puede ser una herramienta eficiente para dar pelea en la batalla cotidiana por el sentido común, una plataforma estridente para denunciar los atropellos que hay que denunciar. Porque el fútbol, aunque haya quienes intentaron y siguen intentando presentarlo como un fenómeno que debiera caminar lejos de la política, estuvo, está y estará vinculado a eso que solemos llamar poder.

Terrenos en los que históricamente mujeres y diversidades se vieron relegadas, el fútbol y los clubes de fútbol, repletos de mujeres que juegan, alientan y tejen lazos políticos y sociales a diario, no pueden mantenerse al margen de un tiempo en el que las desigualdades de género están siendo puestas en cuestión como nunca antes. Si los clubes son de sus socias, socios y socies y muchísimas socias fueron -y continúan siendo-, a lo largo de años y de años, víctimas de modalidades de violencia que llevan el sello del machismo, ¿Cómo no van a tener los clubes la obligación de intervenir en una pelea que está ligada esencialmente con la vida y con la igualdad? Si el fútbol les pertenece a todas, todos y todes y muchas de esas todas aún sufren la prepotencia patriarcal en las tribunas, en las canchas y en las sedes sociales -en cuanto espacio futbolero aflore en este planeta-, ¿Cómo no va a tener el fútbol la necesidad de replantearse su pasado, su presente y su futuro para contribuir a la construcción de una sociedad más justa?

El fútbol es una cancha amplia sobre la que vale la pena posar los ojos y eso implica comprender que no existe un solo campo de acción y de juego. Y posar los ojos en el fútbol para descifrar cómo se presenta la violencia machista cotidianamente obliga no sólo a poner sobre la mesa ideas generales y denuncias sistémicas, sino a buscar datos concretos que ilustren esa desigualdad. Y aun sabiendo de antemano cuáles son estos resultados, el ejercicio tiene sentido porque sirve para reafirmar el trasfondo de esta historia: todas las legítimas reivindicaciones y peleas de las mujeres dentro y fuera del fútbol no serían necesarias si el patriarcado, con su violencia intrínseca a cuestas, con su entramado discursivo sobre la espalda, no fuera uno de los dispositivos de poder fundamentales que explican por qué esta sociedad es como es.

Ojalá la desigualdad estructural fuera únicamente una idea. La desigualdad estructural es, lamentablemente, una realidad en el fútbol argentino. Una realidad montada sobre la injusticia que supone cada manifestación de violencia machista con la pelota como excusa.

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