El desafío de la Selección
Argentina, lo que fue y lo que viene
De repente, Sidny Lopes Cabral, un lateral de 23 años desechado por José Mourinho en su equipo, el Benfica de Portugal, se convirtió en una amenaza tropical en la noche de Miami. “Mi nombre es peligro” parecía gritar el defensor, decidido a jugar de pistolero. Cada vez que tomaba la pelota un hielo seco recorría la espina dorsal argentina, el equipo de Messi cuyas reservas anímicas reptaban por el suelo. Así es el fútbol internacional hoy: un jugador que deambula por Europa –ahora recaló en un equipo de segundo orden de Turquía– le falta el respeto al rey. Abducido por el espíritu de Roberto Carlos –aquel inolvidable lateral brasileño–, Cabral le hizo un golazo al mejor arquero de Qatar 2022.
Generosa en ese sentido, la pelota permite epopeyas románticas de este tipo: un puñado de plebeyos –que al fin de cuentas, no son tan plebeyos– desafían a una potencia –que tampoco lo es tanto– y despiertan la admiración y la empatía global. Son parte del encanto de este deporte que, cuando creíamos que había agotado sus posibilidades de crecimiento, volvió a dar un salto de calidad.
Es curioso: con cada mundial se repiten algunos comentarios a esta altura ya simpáticos. “¿No hay clima de Mundial, no?”, nos decimos unos a otros dos semanas antes, para sucumbir a sus fastos, y a su inigualable pasión, dos horas después de empezado el primer partido. Luego es la sospecha la que muestra sus dientes, cuando alguna decisión arbitral o del VAR es dudosa: “Está todo arreglado para que gane el local (o Brasil. O Messi. O el que fuera), porque a la FIFA le conviene”. Tres semanas más tarde, la teoría conspiranoide le deja paso a la hipérbole: “Es el mejor mundial de la historia”.
En eso estamos ahora: saboreando actuaciones descollantes y empachados de goles, aun en los partidos que no parecían tener ese destino. A esa categoría perteneció el duelo de anoche entre Argentina y Cabo Verde. Nada hacía presagiar que el partido adquiriría esa pátina de incertidumbre que terminó teniendo, con un equipo que parecía destinado a abdicar una vez que se viese abajo en el marcador (el africano) y otro que, como la lógica o la historia indican, todos creíamos que resolvería el asunto una vez que se viese en ventaja. Nada de eso sucedió. El modesto retador, que llegó al empate y mareó a su oponente con su primera mano, se dio cuenta de que la mandíbula del campeón no era tan sólida. Y el campeón, que pensaba que dominaría a su rival solo con su oficio, se sintió vulnerable –es decir, sintió miedo– y esa información se la transmitió a su rival. Enterado de esto, Cabo Verde jugó con coraje o, por hacer una comparación doméstica, como lo hace cualquier seleccionado sudamericano con pretensiones.
¿Pero qué le pasó al equipo de Scaloni? ¿Por qué se siente vulnerable, por qué lo es? ¿Lo es en serio? Hay un verdad inobjetable: ser campeón y tener a Messi en estado de gracia coloca la sortija de su fútbol y de sus ambiciones a la altura del Everest. Es decir, con la selección caemos con mucha facilidad en el incorformismo, una tendencia inevitable. Otra crítica habitual es su falta de laterales, pero ese mismo déficit lo tuvo en el Mundial anterior –son los mismos, o de un nivel similar–, y de todas maneras llegamos a lo más alto. Sí podríamos contabilizar como pasivo la pérdida de Di María, uno de los pocos capaces de desequilibrar en el uno contra uno, irremplazable hasta aquí. Pero también podríamos mitigar ese razonamiento diciendo que Di María jugó la mitad de los partidos en Qatar, por arrastrar una molestia. Dicho esto, o tal vez, debido a esto, aquí se desprende otra verdad: al equipo no le sobra mucho. Su fútbol no tiene demasiados secretos, no tiene muchas variantes. Ante equipos que lo esperan, el plan es tocar y tocar a veces hasta el fastidio, incluso– hasta que en algún momento se produzca el claro. Allí es donde aparece Messi. Así, más Di María, el equipo fue campeón. ¿De Paul y Enzo Fernández estaban mejor hace cuatro años? ¿Julián o Lautaro lo mismo? Tal vez, pero el crédito les pertenece, no porque hayan sido campeones –la alta competencia es impiadosa–, sino porque todos ellos lo pueden hacer.
Pretender mucho más, pretender otra cosa, tal vez sea errado. Porque no, Argentina no es la Francia actual. No tiene la capacidad de provocar una fusión nuclear, como la que logra el subcampeón del mundo cuando Mbappé (O Dembelé) y Olise combinan entre sí. Lo nuestro, al menos ahora, es más llano. La energía está: tenemos al goleador del Mundial. Ningún equipo con ese poder puede no ser considerado candidato.
PP/MG